Pisco
y camarón, religiosa tradición
La mesa del valle de Lunahuaná le debe mucho
a las benditas aguas que discurren por el río Cañete.
El pisco y el vino que se producen en esta tierra generosa
se embriagan con tradición, secreto y religión.
Aquí el camarón que se duerme termina en boca
de los paladares más exigentes. Camine con nosotros
por esta ruta gastronómica y de ensueños que
identifican a un pueblo de historia, encanto y pasión.
Temprana
innovación
Si damos una vuelta por la plaza de armas de Lunahuaná,
en una de las esquinas vamos a encontrar a Emma Celena Flores,
quien a sus trece
años, se
ha convertido
en la jovencita
que
deleita con
sus preparados
de
pisco
sour
a propios
y
extraños.
Suele
estar rodeada de
botellas
con pisco puro, y en tres minutos ya nos tiene servido una
copa del exquisito orgullo peruano, “es bien fácil
preparar el pisco sour, solo hay que tener inspiración
y no olvidarse de los secretos de la abuelita”, nos
habla mientras continúa preparando un delicioso cóctel
de lúcuma.
...
Al
lado del stand de Emma se levanta el puesto de Karina Rivas,
la señora que desde hace poco le ha dado trascendencia
a su tierra al innovar un pisco sour a base camarón
de río (Cryphiops caementarius). Es irresistible la
tentación de probar
y pedimos que nos prepare uno. Vimos como la licuadora en
un minuto
derretía tres cubitos de hielo, dos onzas de pisco
puro, dos camarones crudos, una onza de jarabe de goma, una
clara de huevo, una onza de limón y al final coronaban
dos gotas de amargo angostura al gusto. Solo al probar, la
fusión se siente que discurre discretamente como la
expresión de un trago regional hecho con sabiduría
y de manos curtidas por el tiempo.
Añeja
tradición
Luego de recorrer las calles doblemente calurosas por el abrasador
sol y por su gente que siempre amable intenta reponerse después
del terremoto del 15 de agosto que se trajo abajo algunas
de sus viviendas y espantó el turismo. Hoy no solo
levantan sus viviendas sino reviven las ganas de continuar
invirtiendo en servicios turísticos, además
de rescatar las tradiciones que por herencia les pertenece.
Así
nos enteramos que el camarón seco (después de
sancochado, salado y expuesto al sol) hace ya muchísimos
años servía para la discreción del catador
de pisco. Los catadores se aprovisionaban de camarones salados,
luego empezaban con un ligero sorbo de pisco, y para continuar
degustando los otros piscos, se llevaban un camarón
seco a la boca, y luego otro sorbo de pisco, y otro camarón
seco. Solo así encontraban la diferencia de texturas,
sabores y grado de alcohol del pisco artesanal de Lunahuaná.
Hoy, los camarones simplemente han sido reemplazados por los
maní salados, que duda cabe, otros tiempos.
...
Pero
Ana María también ha identificado otro licor
artesanal que se había perdido en el tiempo: el Arrope.
De las uvas cocinadas resulta este vino dulce y delicioso
que por su textura y sabor se parece a la algarrobina. “Mire
esto, es de mis abuelos”, nos muestra una publicidad
de 1890 cuando el negocio familiar se llamaba “La Fama”
en el que se anuncia la venta de arrope y extractos de uvas
y los pedidos se hacían al teléfono número
2. Hoy, además del arrope, se venden artículos
hechos de cañas, cerámicas, polos, bolsas y
mochilas con diseños y motivos de la tradición
lugareña.
En esta misma línea, hay productos de exportación
como del legendario Domingo, que con su casona eternamente
pisquera, también se puede degustar el vino borgoña
semiseco, el tinto, vino manzanillo, y el vino blanco generoso.
Además se puede ver la verde campiña donde sobresalen
las uvas borgoña blanca y negra, Italia, moscatel rosada,
quebranta, uvina, entre otras variedades.
Igualmente,
Sergio De la Motta, quien vino hace cinco años de su
natal Majes-Arequipa para solo probar el pisco de la zona
y terminó quedándose en Lunahuaná. Desde
entonces ha sabido encontrarle el secreto a las uvas, tanto
así que ya exporta pisco puro a Europa y Estados Unidos.
Nos comenta que para el próximo año se proyecta
embasar unos 15 mil litros de pisco. Con esta y otras producciones,
el valle de Lunahuaná arroja unos 100 mil litros de
pisco al año. Sin duda, la añeja tradición
pisquera continúa con pobladores que en su gran mayoría
descienden de españoles, tal como lo iniciaron sus
antepasados, los que trajeron las primeras cepas de España.
Del
río a la mesa
Ya con unos peruanísimos tragos encima y envueltos
por la tradición, necesitamos que nos conquisten los
paladares, es hora de engreírse con los diversos platillos
donde el camarón es el ingrediente insustituible de
la mesa regional.
Del
camarón de río Cañete se han elaborado
diversos potajes que restaurantes y las familias en casa han
dado rienda suelta a la imaginación, y por eso hoy
en día las expresiones culinarias adoradas en olla
de barro y a leña se encuentran en la carta: “chupe
de camarones”, “tortilla de camarones”,
“chicharrón de camarón”, “guiso
de camarones”, “tiradito de camarones”,
“camarones al ajo”, “cebiche de camarones”,
“sudado de camarones”, “camarones a la plancha”,
“reventón de camarones”, “escabeche
de camarones”, “picante de camarones”, “tallarines
de camarones”, y como muestra del valle “camarones
al vino”. Todos con ingredientes y secretos al gusto
y en su punto.
Si
antes el camarón era la comida del pobre, hoy en día
se ha convertido en el plato distinguido por excelencia con
precios que superan los 15 soles (5 dólares). Pero
lo que muy pocos saben es que hace unos diez años el
camarón de esta parte se agotó como consecuencia
de la caza indiscriminada sometidas por inescrupulosos recolectores
y de los relaves mineros río arriba. Entre 1998 y el
2000, el Gremio de Recolectores de Camarones del Río
Cañete y las autoridades ediles se fueron hasta el
río Majes en Camaná y trajeron 100 mil ejemplares
que fueron repoblándolos en toda la cuenta de Cañete
(San Vicente, Lunahuaná, Zúñiga y Pacarán).
Desde entonces, los 50 miembros del gremio camaronero vienen
haciendo cumplir las vedas y librando batallas contra quienes
se niegan a obedecer las disposiciones.
Es
así como luego de varios años de lucha por recuperar
el preciado crustáceo, en estos momentos un recolector
puede cazar hasta tres kilos por jornada diaria que luego
los venden a 25 soles el kilo en el mercado local. Recuperado
los camarones, estabilizado la economía familiar de
los recolectores, otra vez se aplacan los deseos de servirse
un exquisito potaje en base a camarones, aunque ya no importa
de dónde hayan venido, sino que no falte en la mesa.
Eso es lo importante.
A
punto de caña y ganchón
...
De acuerdo con la tradición de caza del camarón
en la cuenca del río Cañete, lo más remoto
que se recuerde se basaba en la práctica del “ganchón”.
Es decir, un mechero (hojalatala con mecha de tela y kerosene)
era suficiente para en las noches recorrer el río y
ver reflejados los ojos del camarón por efectos de
la luz. Entonces los recolectores de otros tiempos, aprovechaban
en llenar los crustáceos en sus chiwas (bolsos de hilo)
especialmente diseñadas para esta actividad. Eran los
tiempos en abundancia.
...
En
la actualidad, la caza se realiza con equipos de buceo y se
recorre el río acorralando con las manos cada piedra
hasta que la suerte acompañe en atrapar a un camarón.
Todo recuerdo es tiempo pasado.
...
Pero
la cosa va en serio. En el río encontramos a José
Rodríguez De la Cruz, Luis Sánchez Sánchez,
Francisco Lira Sánchez y Stalin Sandoval, todos ensayando
la caza ancestral. “El camarón es la identidad
del pueblo y nosotros tenemos que cuidar que no se pierda
esa esencia cultural de nuestros antepasados”, nos dice
José Rodríguez, mientras muestra la cosecha
del momento en el que es evidente que los tiempos han cambiado
radicalmente.
Y
así es. Rememorar las costumbres es identificarse con
su cultura y defenderla es mucho más aún. Lunahuaná
le rinde homenaje al noble camarón y también
al pisco porque sería indigerible pretender reposar
en un guiso de camarones sin pisco. Estas iniciativas, además
permiten honrar con sabiduría los otros platos que
se sirven en la mesa espiritual del gran valle de Lunahuaná.
Camino
del pasado
...
Alguna
vez leímos que en 1550, el reputado cronista español
Pedro Cieza de León en La Crónica General del
Perú escribió en uno de sus párrafos
refiriéndose al «Chuquimancu, cacique de estas
tierras al sur de Lima, contemplaba en un cálido atardecer
bandadas de avecillas que surcaban el horizonte marino, en
busca de islas de reposo. Eran millares de pájaros
que conocía en su idioma quechua como pishkos».
Eran
los tiempos del mayor apogeo incaico, el imperio gobernado
por Pachacútec que junto a su hijo Túpac Inca
Yupanqui venció al guerrero Chuquimancu y se desató
una gran represalia por haber demorado tanto la conquista,
de manera que miles de prisioneros yungas fueron colgados
de los árboles y sentenciados a la pena del Huarcu
que en quechua derivaría del vocablo huarcona (ahorcadura)
y huarcuy (ahorcar). Desde entonces, el valle tomó
el nombre de Huarcu o valle del ahorcado, y sólo cambió
con la llegada del Virrey Andrés Hurtado de Mendoza,
Marqués de Cañete.
Así
es Cañete, así es Lunahuaná,
con historia y tradición marcada por el pasado. Tierra
del héroe anónimo Felipe Santiago Oré
Casas, y de tantos rostros sudorosos que se empeñan
en labrar sin descanso sus terrenos de cultivos. Pero también
un río inagotable que merece toda la atención
de sus autoridades y pobladores, sin que manos interesadas
contaminen o destruyan el ecosistema a lo largo de la cuenca.
Esta es una mirada a la población generosa que intenta
encontrar su propio camino, y al que siempre hay que volver.
Autor: Iván Reyna Ramos
Texto
extraído de la sección: Crónicas
de Viaje de la Revista Rumbos del Perú (publicado
con autorización del autor).
Para ver la versión completa del
Texto
original
http://www.rumbosdelperu.com/rumbostravel/travelaldia_lunahuana_b37.htm
Fotos:
LunahuanaWeb
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