Clara

Dada mi vagancia en los ultimos meses, en esta ocasión los regalo con un texto que es puro filler sin excusas.Espero que lo disfruten, es mi primera incursion en la ficción en la web.

 

La música se detuvo sólo por un momento, invitando a una pausa y una mirada más.

Ella caminaba sola y tal vez, se dijo, era un poco imprudente. Pero era difícil resistirse, era carnaval después de todo.
La avenida más  ancha del mundo despedía el carnaval de 1982 en un vano esfuerzo por evocar glorias de corsos pasados.Era el  inevitable recurrir de los gobiernos a la magia del carnaval. Desde hace mucho tiempo los carnavales marcan una pausa, sólo por un momento, en el ajetreado transcurrir de las sociedades humanas. Un recreo permitido una vez al año en el que las reglas habituales no se aplican. En este espacio en el que todo vale caminaba Clara, inconsciente de que pronto un guerra cambiaría totalmente su destino, y el de todos los que bailaban en Lima y Bernardo de Irigoyen, todos los habitantes de la avenida más ancha del mundo.

 Clara se detuvo frente  una carroza armada con pedazos de cartón pintado y mucho papel crepé. La carroza no tenía un tema específico, era mas bien la personificación del caos que es el carnaval. Un poco de todo: plumas por aquí, un poco de brillo por allá, y en el fondo, prevaleciente, el forro de tela púrpura aterciopelada, armada con retazos robados en una fábrica de la zona Sur.

 Sobre la carroza, sus ocupantes. Ellos también eran el caos personificado.Dos hombres jóvenes y tres mujeres; un viejo en la parte más alta, una clase de rey sin nombre. Los jóvenes discutían sobre quiénes debían ir adelante, en la tarima más cercana al público, y quiénes atrás.

 Las tres mujeres estaban empeñadas en ir al frente, al igual que los dos jóvenes, y la discusión parecía no tener un fin próximo.Clara los observaba extasiada. Se había escapado de su casona de Belgrano, evadiendo la insoportable vigilancia de sus tíos y tratando de despejar su cabeza de su inminente incorporación a la vida universitaria.Clara era la hija mayor de una familia cualquiera del interior. Su única obligación era terminar sus estudios de ingeniería agrícola en la capital.

 Su única obligación, se dijo esa tarde Clara, era ver el corso en el centro y participar, aunque sólo fuese como espectadora, por primera vez, de ser parte  de la avenida más ancha del mundo.La carroza se acercaba a la intersección. En la tarima, los dos jóvenes habían optado por ceder la parte delantera de la carroza a las mujeres y ellos bailarían atrás. Al llegar a Lima comenzaría su actuación. Durante una cuadra entera serían examinados y evaluados por el jurado, que observaba todo desde una plazoleta.

 El gobierno de la ciudad se había esforzado, pero la miseria se traslucía en las chapas combadas, en las maderas húmedas y en los carteles manchados que componían ese palco improvisado.Uno de los dos jóvenes, el más alto, seguía discutiendo, pero esta vez con su compañero. Clara estaba fascinada con los dos. Los cuerpos jóvenes, los torsos desnudos y bronceados, las piernas firmes y las pequeñas mallas púrpura la enloquecían. El más chico sobre todo llamaba su atención. Su cara era de proporciones mágicas. Los rasgos de la niñez seguían allí, pero se insinuaba ya una firmeza increíble, una masculinidad y una energía únicas.Clara miraba como hipnotizada, y de pronto, al acercarse la carroza, los pudo escuchar.

 “Ya basta Tito, no puedo creer que encima ahora quieras esto”- El más chico gritaba bastante enojado pero tratando de mantener compostura y de vez en cuando ojeaba al rey sin nombre, esperando una mirada de reprobación o de apoyo.“Yo digo basta, ésta es MI carroza, así que bailaré acá solo, vos andá a la parte de atrás y hacé lo que quieras. ¿Entendiste Manuelito?”

El rey sin nombre se encogió de hombros y Clara comprendió. Ésta era la carroza de Tito y todos debían obedecer. Manuel marchó cabizbajo hacia la cola de la carroza y se preparó para empezar.Ahora estaba sólo a unos metros de ella, y la vio.“¿Te gusta la carroza flaca? Si te gusta aplaudí fuerte, porque ahora entramos nosotros” le guiñó un ojo y cabeceó en dirección a los jueces, dando a entender que ya comenzaría el show.“No te preocupes” se sorprendió diciendo Clara. “Nadie va a aplaudir más fuerte que yo.”

Él se agachó y le arrojó unas flores que eran parte del decorado de la carroza. El rey sin nombre hizo una mueca y agradeció que Tito estuviese adelante y no pudiese ver este acto vandálico.

 “¿Cómo te llamás flaca? Yo soy Manuel.”

 “Yo soy Clara.”

 “Nos bajamos en Diagonal Norte, ¿te veo allá?” La cara de Manuel estaba iluminada por una sonrisa. Sus ojos rogaban una respuesta afirmativa.

 Clara estaba totalmente transportada, nunca se había sentido así; su cuerpito flaco y alto, su pelo lacio y oscuro, sus ojos miel, todo le temblaba.Pensó en sus responsabilidades, en la hora a la que debía llegar, en sus padres, en sus tíos, en sus inexpertos 19 años.

 Y dijo que sí.



Adán Buenosayres
Julio 2002

 

 

 

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