EL RESPETO EN LA COMUNICACION
ESTANISLAO ZULETA
Nosotros hemos hablado de oponer a una cultura de la violencia, una cultura de los derechos humanos; o dicho de otra manera, de oponer a una cultura autoritaria y de la imposición, una cultura de la reciprocidad y del respeto. Pero no hemos desarrollado, hasta ahora, aquello en lo que podría consistir una cultura del respeto, fuera, desde luego, de lo evidente, es decir, de no matar a la gente, de no pegarle o de impedirle hablar. Pero el problema del respeto no es algo tan claro y su estudio es bastante difícil.
Vamos a hacer aquí un comienzo de desarrollo expuesto de manera muy sencilla. Podemos introducirnos en el tema analizando algunos elementos del problema del respeto en un solo nivel: el discurso autoritario y el discurso respetuoso. Esperamos que de aquí pueda salir para nosotros un material interesante y una acción interesante: un mensaje a los educadores colombianos sobre la educación en el respeto y para el respeto.
Voy a comenzar a exponer de la manera más simple, algunos elementos lingüísticos del análisis del discurso. Es conocido que el discurso se analiza reduciendo a seis elementos mínimos fundamentales (aunque algunos lingüistas le agregan otros) los procesos que confieren una significación al lenguaje. Esto fue lo que hizo Roman Jakobson, y que después de él se ha empleado en mil formas de análisis. Vamos a comentarlo, ya que se trata de un clásico del tema y es bastante conocido. Estos seis elementos son: el referente(contexto), el emisor, el destinatario(receptor), el código, el mensaje y el contacto.
Todo proceso de comunicación tiene tres elementos básicos: el emisor(alguien que habla), el referente(algo de que se habla), y el destinatario(alguien a quien se dirige o a quien se habla). Existe además un código, que debe ser relativamente común, pues es obvio que si uno habla chino y el destinatario no conoce ese idioma, no hay proceso de comunicación. Este código es lingüístico, pero también contiene elementos ideológicos y valorativos. Por ejemplo, si yo expongo un término al que no le doy ningún sentido peyorativo, pero quien lo escucha sí se lo esta dando, tampoco nos vamos a entender aunque la palabra sea la misma.
Tenemos también un contacto, es decir, un medio a través del cual se comunica el emisor y el destinatario. Para dar un ejemplo sencillo observemos que es muy diferente si la comunicación se hace por escrito a través de una conversación. En el primer caso, el destinatario es en cierto modo virtual, ya que un escrito puede ser leído por mucha gente diferente, es virtual incluso si se trata de una carta personal, de la cual uno puede estar seguro de que no va a ser mostrada a otras personas, porque el destinatario la puede recibir en diversos momentos: en un momento en que está entusiasmado o en que está deprimido, en un momento en que está en muy buenas relaciones afectivas con el emisor, o en muy malas, y todo esto determina efectos diferentes. Por el solo hecho de ser un escrito, el destinatario es siempre virtual.
Otra diferencia entre el contacto por la escritura y el contacto oral es que en el lenguaje hablado uno puede estar "chequeando" la manera como está siendo recibido lo que dice, así sea en una manifestación pública o en una conversación personal. Cuando hay signos de desaprobación en el destinatario, uno puede volver sobre lo que ha dicho, corregir y tomar de nuevo su propio discurso modificándolo. En cambio, el lenguaje escrito permanece y tiene que defenderse a sí mismo ante un destinatario virtual.
Otro elemento del proceso de comunicación que por lo general se denomina "mensaje", (yo preferiría llamarlo "forma del mensaje" o estilo) se refiere a la forma de expresión que puede ser poética, simplemente expositiva o didáctica, y que muchas veces es indicativa de lo que el emisor piensa del mensaje. Así, por ejemplo, es muy distinto pedir en un restaurante "un jugoso bistec", que "un pedazo frito de un cadáver de una vaca". Aunque el referente sea el mismo, la impresión que recibe el destinatario del mensaje es completamente diferente. El contacto entre emisor y destinatario no es sólo, desde luego, la escritura o la palabra hablada. Una misma frase, dicha al oído en la almohada o dicha en una manifestación pública, tiene sentidos supremamente distintos.
Muchas de las formas de la incomunicación se deben a fallas en alguno o en todos estos aspectos. Un ejemplo frecuente es cuando el emisor está hablando de una cosa y el destinatario cree que se trata de otra; se produce una incomunicación y se hace necesario aclara el sentido, rectificar. Si dos personas están hablando de la libertad, pero las dos entienden por libertad cosas distintas, entonces se produce un diálogo de sordos, como ocurre muy frecuentemente entre marxistas y liberales. Los marxistas entienden por libertad, la igualdad de posibilidades reales, económicas y educativas, mientras que los liberales entienden, principalmente, el hecho de que no haya prohibición para diferir. Ambos están hablando bien de la libertad, pero entienden de ella cosas distintas, aunque relacionadas.
Miremos un poco el papel que tiene el emisor en el discurso que produce. Hay casos en los cuales el emisor tiene muy poca importancia, o, como suele decirse, tiende casi a cero, que es lo que ocurre en el discurso de la ciencia. Cuando alguien dice "dos más dos son cuatro", no está diciendo nada de sí mismo ni a nombre de sí mismo; e igual pasa en cualquier formulación científica más o menos demostrada. Pero es muy distinto, para poner ilustraciones extremas, cuando el que está hablando es, por ejemplo, un poeta lírico, quien todo lo que todo lo que dice es sobre sí mismo. Pero no nos vamos a detener más en este problema, para llegar rápidamente al punto que mayor interés tiene para nosotros aquí: el análisis del discurso autoritario.
La gran característica del discurso autoritario consiste en que el emisor se considera a sí mismo como garantía de verdad de lo que anuncia. En el esquema de Jakobson este aspecto es denominado el "tercero garante". En el discurso dogmático no se apela a la corroboración por parte del destinatario, simplemente porque no la necesita. Se supone que el emisor mismo tiene la verdad, es decir, se confunden en una sola cosa la autoridad y la razón. Este fenómeno es muy típico del discurso dogmático, político o religioso, en el que se suele apelar a una autoridad venerada, como si tal cosa fuera suficientes para que una determinada proposición sea cierta; es decir, no es el conjunto de un texto lo que se pone a consideración, sino su fuente, que se considera indiscutible. Es muy frecuente en este sentido el empleo en el discurso dogmático de la cita que se considera intocable, necesariamente cierta, hasta el punto de que quien está en desacuerdo con ella es un hereje o algo por el estilo. En un sentido completamente opuesto, la discusión científica no ofrece lo que podríamos llamar el modelo del discurso respetuoso. En este caso el destinatario es considerado como un igual. Cuando uno trata de demostrar algo - y ese es el estilo de la discusión científica - sólo puede tratar al otro como a un igual: a un inferior se le ordena o se le intimida; a un superior se le suplica o se le seduce; pero a un igual se le demuestra. Se trata de un modelo interesante de la reciprocidad en la comunicación, casi ideal, (porque desde luego no todo puede ser discusiones científicas), que consiste en que el otro es tratado como un igual y tiene, por lo tanto, todas las posibilidades de objetar y disentir.
La reciprocidad y la igualdad en el discurso de la ciencia y la filosofía es una posición que nos viene ya incluso desde Grecia, que se encuentra por lo menos en Platón y Aristóteles, o en el Renacimiento (en el Diálogo sobre los sistemas del mundo de Galiléo, por ejemplo), y que se sigue haciendo ahora: al otro se le dan todas las condiciones para que responda y desarrolle su tesis en contra de lo que sostiene el emisor. El otro es tratado con el máximo de respeto. Incluso en las costumbres de la conversación o de la discusión científica lo indican en su estilo mismo: "Permítame, en gracia de discusión, esta hipótesis", con lo cual se le está pidiendo al destinatario permiso para poder desarrollar algo y ver a que conclusión se llega.
Ahora bien, tengamos en cuenta que cualquier discurso puede ser autoritario independientemente del tema, es decir, que se puede enseñar dogmáticamente cualquier cosa, no sólo el catecismo del padre Astete, sino incluso la aritmética. El problema, pues, no es que haya referentes, como la religión o como ciertas formas de políticas que de suyo son dogmáticas, sino que cualquier referente se puede volver dogmático, según la manera como el emisor trate al destinatario.
Es posible analizar en detalle un cierto discurso y encontrar que ya en las características de su código de lenguaje (el tipo de adjetivación, los sustantivos usados) se está descalificando al otro totalmente. La frase: "Ese es un personaje al que no vale la pena dirigirse", contiene una autorreferencia que liquida de antemano cualquier discusión: "Nosotros - los emisores - somos honestos y por lo tanto lo que hacemos lo hacemos bien. Aquellos son deshonestos y todo lo que hacen lo hacen mal".
Una característica muy frecuente del discurso autoritario consiste en que el emisor no puede siquiera imaginar que alguien piense distinto a él. Tertuliano, aquel emperador que se convirtió al cristianismo decía: "Todos los que no piensan como nosotros, están locos". Y lo más particular es que lo decía en un texto sobre la santísima trinidad que no era nada evidente.
En psicoanálisis conocemos un fenómeno que puede denominarse "el discurso paranoico". Una característica muy típica de este discurso consiste en que el sujeto habla desde la evidencia: lo que él dice es cierto, y todo lo que pueda ocurrir sólo le puede demostrar su verdad. En los celos interpretativos, que es una de las formas clásicas de la paranoia, todo le demuestra al sujeto que su esposa le está siendo infiel con alguien conocido. Generalmente este tipo de personaje tiene un cómplice que le hace caso, al cual le dice entonces: "¿Te diste cuenta? ni siquiera se miraron en toda la noche, sólo por despistarme a mí". Pase lo que pase, todo le va a demostrar su tesis.
En el discurso paranoico está implícito que el destinatario tiene que ser, o un espejo que refleje todo lo que el emisor dice y lo apruebe, o un ciego que no ve nada. En los análisis de caso en psicoanálisis esto aparece por todas partes. Se trata de todas maneras del desconocimiento del destinatario, al cual, en última instancia, se le convierte en un enemigo cuando no aprueba el discurso. El mismo juego se da con una inmensa frecuencia en política. Si el otro no está de acuerdo es porque representa a los enemigos de clase. Si lo que yo digo es el punto de vista del proletariado, y el otro representa a la burguesía, no es sólo que no está de acuerdo sino que, además, hace parte de los perseguidores; o simplemente, es de una ingenuidad tal que no entiende nada.
Aunque es más infrecuente, este tipo de discurso también se da en la escuela. El que no está de acuerdo con algo es porque tiene mala voluntad o quiere boicotear la clase. No puede ser, en ningún caso, que el otro está viendo las cosas distintas, porque el emisor está hablando desde esa posición que vamos a llamar paranoica, para darle algún nombre. No habla desde una hipótesis ni pone en duda lo que está diciendo, sino que hable desde la evidencia, es decir, no espera del destinatario ninguna corroboración efectiva, que le sirva para reconocer que lo que está planteando puede ser cierto.
Muchos de nosotros, que hemos estado cerca de movimientos políticos, podemos reconocer hasta qué punto se ha empleado este tipo de discurso, que se combina en política muy frecuentemente con lo que podríamos llamar "identificación imaginaria", es decir, que quien habla no se considera como una persona que tiene una opinión particular, sino que habla a nombre del "proletariado", de la "nación", de la "patria", de los "abstencionistas", etc.
Es muy frecuente, por ejemplo, que los caudillos y los dictadores hablen siempre a nombre del "pueblo", y consideren que fuera de ellos sólo puede haber "enemigos del pueblo", planteando así una disyuntiva obligada: "Yo no soy un hombre, soy un pueblo", decía Gaitán". Las opiniones de aquellos que no están de acuerdo conmigo sólo representan intereses particulares.
Una característica muy típica del populismo es que el caudillo no se considera a sí mismo como un político, sino como alguien que está en contra de los políticos, o en contra de las oligarquías. Gaitán, por ejemplo, explicaba que las oligarquías no eran los ricos, y que los verdaderos oligarcas eran los "politiqueros", que se habrían tomado el país. En el mismo sentido hablaba Laureano Gomez de los "politicastros". Aunque, desde luego, también el caudillo o el dictador son políticos, pero se sacan a sí mismos del juego y descalifican cualquier réplica como cosa de "politiqueros" que sólo hablan a nombre de sus partidos. Este procedimiento, que consiste en devaluar de antemano toda posibilidad de réplica del destinatario, es típico del discurso autoritario.
Llamamos "imaginarias" a estas identificaciones, pues el emisor del discurso se considera representante de todo un pueblo que ni siquiera ha sido consultado. Existen representantes que pueden ser relativamente reales, como alguien que es elegido por un sector al Concejo Municipal, suponiendo que este sector fue por lo menos consultado; también hay representantes efectivos, como ocurre con un grupo de trabajo que luego de una discusión decide sostener determinados puntos y designa a alguien para que hable en nombre del grupo, que se convierte entonces en un representante real.
Un representante imaginario es, por ejemplo, uno de esos señores que, con un grupo de amigos, decide "representar" al proletariado, el cual no sabe siquiera que existe. A partir de ese momento no se les puede hacer ninguna objeción sin que ésta se entienda como un "ataque al proletariado".
La posibilidad de un discurso radicalmente no autoritario es un ideal, pero es un ideal al que puede tenderse. Es bueno ver las cosas en términos de ideales. En el sentido Kantiano, un ideal no es una quimera - uso los mismos términos de Kant - como puede ser, por ejemplo, una utopía (un pueblo de genios como en la utopía romántica). Un ideal es más bien algo a lo que no se pude llegar en términos absolutos, pero a lo que se puede tender a acercarse, como por ejemplo, la igualdad entre los hombres. La igualdad no es una quimera, y nos sirve para establecer una tipología: en ningún país los hombres son iguales, pero no es lo mismo Suráfrica que Suecia, desde el punto de vista de la igualdad o, por ejemplo, del respeto a los derechos humanos.
Los derechos humanos son también un ideal. En ninguna parte los derechos humanos se realizan en sentido absoluto. El mismo Kant decía que las relaciones humanas no podrán ser nunca recíprocas. Hay tipos de relaciones que ni lo pueden ser de suyo, como por ejemplo la relación entre los niños y los adultos: los niños dependen de los adultos mientras los adultos no dependen de los niños; hay diferencias de saber entre unos y otros, incluso con respecto a lo que le conviene al otro; pero de todas maneras no es lo mismo tratar a los niños en forma afectuosa y con explicaciones que tratarlos a las patadas. En tal sentido, los derechos humanos son un ideal, una tendencia, que nos permite hacer una tipología de las sociedades y también de las relaciones personales.
Otro aspecto que se ha estudiado mucho últimamente es el que se denomina "El discurso dialogístico" que consiste en que, aunque no se trate realmente de un diálogo, en la forma del discurso se tiene permanentemente en cuenta el pensamiento y todas las posibilidades de diferenciación que podrían tener aquellos a los que se dirige, en lugar de descartarlos o de englobarlos.
El discurso dialogístico tiene ejemplos supremamente altos en la historia de la filosofía, como los Diálogos de Platón, especialmente el Gorgias, que es un ejemplo maravilloso de cómo un expositor (en este caso Platón) no solamente tiene en cuenta a quienes no están de acuerdo con sus tesis, sino que pone en su boca los mejores argumentos posibles desde su punto de vista, en lugar de hacer lo que podríamos llamar "parlamentarismo tramposo", es decir, tratar de descontinuar al otro, no refutando su tesis con argumentos pertinentes, sino aprovechando sus errores o cualquier motivo para desacreditarlo, o haciéndole designaciones que desacrediten su discurso por sus orígenes en el momento en que está haciendo un buen argumento, etc.
El discurso dialogístico lo expresa Kant de manera inolvidable como la fórmula "Ponerse en el lugar del otro" que considera como una de los criterios de la racionalidad, y de la cual el mismo nos da un ejemplo. Cuando discute con Hume, Kant no se ciñe a lo que este dice en sus textos, sino que trata de mejorarlos y de ver que cosa mejor se podría decir o ver desde su posición, para luego oponerle sus tesis. Lo mismo hace Platón con los sofistas, especialmente con Calicles, el más fuerte de todos. La argumentación de Calicles, quien probablemente no existió sino que es un invento de Platón, a favor de las tesis de los sofistas, es incluso mejor que la de todos los que realmente existieron.
Decíamos que en el análisis moderno del lenguaje se desarrolla el estudio del dialogismo implícito. Se trata de saber en qué medida el expositor es capaz de introducir en su discurso lo que el cree que podrían pensar los destinatarios de sus planteamientos, e intentar responderles. Hay todo un conjunto de fórmulas en las que se presenta este juego implícitamente, que son mucho más frecuentes hoy en día en la prosa anglosajona que en la prosa francesa, como por ejemplo, "a su juicio", "lo que a mí me parece", "hasta donde hemos alcanzado a estudiar el problema, hemos llegado a esta conclusión", etc.
Sobre el discurso dialogístico los textos más clásicos son los de Mijail Bajtín. Hay estudios muy detallados en los que este autor compara el estilo dialogístico (para él el ejemplo máximo es Dostoievski) con lo que el llama el estilo monológico. En este caso el emisor se identifica con una parte del destinatario, la "parte buena", y la separa de la "parte mala". En el discurso pronunciado en el entierro de Lenín, por ejemplo, Stalin divide las cosas de una manera muy simple: "Los comunistas somos hombres de una madera especial, con una visión especial, con una distinción especial". Los "otros" pueden "no estar de acuerdo con nosotros, pero tanto mejor. También Mao decía: Si el enemigo está en desacuerdo, tanto mejor; eso demuestra la verdad de nuestra posición. ¿Y cómo se sabe quién es el enemigo? ¡es el que está en desacuerdo con nosotros! Entonces, la cosa se vuelve redundante, el discurso se cierra sobre sí mismo, se cierra a todo diálogo posible, sólo hay un monólogo autocorroborado. El más claro en este terreno era Hitler. El no ocultaba las cartas, era más burdo y también más bruto. Hitler se anticipa a toda discusión porque se oponía por principio a la inteligencia "Nosotros -decía en un discurso- somos enemigos de la inteligencia que divide un pelo en cuatro y partidarios del gran entusiasmo que mueve las masas".
Para observar otro aspecto del problema que estamos tratando, les quiero recomendar la lectura del ensayo de Montaigne Del arte de conversar. Allí se hace una crítica generalizada de los problemas que se presentan en la comunicación. Montaigne no usa ni términos ni fórmulas como las que aquí hemos utilizado, pero tiene una inmensa visión del problema. Les remito a este texto, de lectura muy placentera por lo demás, para ver todo lo que falla en nosotros cuando conversamos en privado (entre amigos, en el café, etc.) y cómo allí mismo comienza una cultura del irrespeto.
Este fragmento, a manera de introducción, es una invitación a pensar, especialmente formulada para los educadores, sobre la forma en que lograremos que la formación de los estudiantes sea respetuosa ya en la manera misma de formularla (en la forma del trato, en la manera de responder a una objeción equivocada o no) y, en fin, una comunicación humana respetuosa.
Se empieza a irrespetar a la gente desde un cierto tipo de enseñanza. Comencemos a desarrollar, pues, una cultura de los derechos humanos.