1. EL PROCESO SÍGNICO de Humberto Eco

 l.1. El signo como elemento del proceso de comunicación

 

1.1.1, El signo se utiliza para transmitir una información, para decir, o para indicar a alguien algo que otro conoce y quiere que lo conozcan los demás también. Ello se inserta en un proceso de comunicación de este tipo:

 

fuente - emisor - canal - mensaje - destinatario

 

Este esquema reproduce en forma simplificada el que los ingenieros de telefonía han elaborado para establecer las con­diciones óptimas para la transmisión de informaciones. En todo caso, se aplica a los procesos comunicativos de cualquier clase. Supongamos, por ejemplo, que en Filipinas se ha producido un terremoto y que el corresponsal de un periódico envía la no­ticia por teletipo. Lo que ha ocurrido en Filipinas es la fuente, el corresponsal es el emisor, el sistema de escritura electrónica con sus ondas de radio o de televisión es el canal, la noticia es el mensaje y el redactor que la recibe es el destinatario.

Dejamos aparte las complicaciones técnicas (hay una señal eléctrica, un aparato transmisor y otro receptor, etc.) y algunas simplificaciones posibles (en el caso de un escritor, fuente y emisor prácticamente coinciden). También prescindimos del hecho de que entre el terremoto Y la noticia leída en los periódicos se intercalan varios procesos comunicativos (correspon­sal-redactor, redactor-director, director-articulista, articulista-tipógrafo, etc., hasta llegar al lector).

 

1.1.2. Desde el punto de vista del que estamos hablando, el mensaje equivale al signo. En realidad, un mensaje puede ser (y casi siempre es) la organización compleja de muchos signos. Pero si consideramos un proceso comunicativo más elemental (yo grito /¡Voy!/ a un amigo que me ha llamado), yo soy el emisor, identificado prácticamente con la fuente; el aire por el cual viajan las ondas sonoras que he emitido es e1 canal, y la palabra voy es el mensaje, que esta vez se identifica con un solo signo aislado. Queda claro que el esquema propuesto cons­tituye, como hemos dicho, una simplificación y por lo tanto no responde todavía a problemas de este tipo: ¿El mensaje es la emisión sonora o el significado de esta emisión? ¿El men­saje son las palabras escritas o las palabras que puedo leer en voz alta y que son emisiones sonoras, y no trazos gráficos? To­dos estos problemas serán abordados en otro lugar del libro.

 

1.1.3. En todo caso se ha de añadir algo a nuestro esquema: mi amigo comprende el signo /¡voy!/ solamente si habla cas­tellano; si no conoce mi lengua, recibirá una entidad sonora indiferenciada, pero no comprenderá el significado. Por lo tan­to. entre emisor y destinatario ha de haber un código común, es decir, una serie de reglas que atribuyan un significado al signo.

Al exponer esta exigencia, hemos pasado a otro punto de vista clasificatorio: el signo no es solamente un elemento que entra en el proceso de comunicación (puedo también transmi­tir y comunicar una serie de sonidos sin significado), sino que es una entidad que forma parte del proceso de significación.

 

1.1.4. Un proceso de comunicación en el que no exista código, y, por consiguiente, en el que no exista significación, queda reducido a un proceso de estímulo-respuesta. Los estímulos no se adecuan a una de las definiciones más elementales del signo, la que dice que se pone en lugar de otra cosa. El estímulo no se pone en lugar de otra cosa, sino que provoca directamente esta otra cosa. Una luz deslumbrante que me obliga a cerrar los ojos es una cosa distinta de una orden verbal que me im­ponga el cerrar los ojos. En el primer caso cierro los ojos sin reflexionar; en el segundo, antes que nada he de entender la orden y descodificar el mensaje (proceso sígnico) para luego decidir si obedezco (proceso volitivo, que escapa a la compe­tencia de la semiótica). En este sentido, es estímulo el sonido de la campanilla que induce al perro del experimento de Pavlov a salivar, como si estuviera a punto de llegar aquel alimento que durante largo tiempo se ha asociado al tintineo de la cam­panilla. La campanilla no substituye al alimento; por alguna razón se habla de «reflejo condicionado». Sería distinto el caso de un ser humano que hubiera comprendido que el tintineo precede a la llegada del alimento: en este caso el tintineo sería un indicio de alimento o, como en el caso del toque militar de fajina, un auténtico signo artificial como pudiera serlo un anuncio verbal. Los estudiosos de zoosemiótica (SEBEOK, 1968, 1972) admiten que también los animales tienen procesos sígni­cos. Nosotros creemos que el tintineo seria un signo para el perro si éste se comportara como cl perro de un conocido chis­te, el cual, para conseguir alimento, iba cada día al Instituto Pavlov, se ponía a salivar, e inmediatamente un psicólogo «con­dicionado» hacía sonar una campanilla y le traía un plato de sopa. Lo cual equivale a decir que los procesos sígnicos son ta­les en cuanto son reversibles, como todos los procesos inte­lectuales (PIAGET, 1968); uno puede pasar del signo a su refe­rente cuando es capaz de efectuar igualmente el camino in­verso; es decir, cuando no solamente se sabe que allí donde hay humo se quema algo, sino que cuando algo se quema se produce humo.

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