La siguiente lectura es el Capítulo 8 del libro Discurso Constructivista sobre las CIENCIAS EXPERIMENTALES. de Rómulo Gallego-Badillo. Editorial Mesa Redonda Magisterio. Bogotá. 1996.
"Los procesos de producción"
Bajo este título se incluyen dos temas a discutir. Las
reglas de instrumentación y el problema del método. Se habla de
procesos de producción porque se trata de caracterizar las
maneras y condiciones para producir ciencia experimental, aun
cuando muchas de ellas ya han sido explicitadas de alguna manera
en los numerales anteriores.
La categoría de procesos de producción, fuera de los
aspectos estrictamente metodológicos intentos propios de cada
ciencia y de las normas de instrumentación, abarca otras
problemáticas, admítase de carácter externo, que no suelen
tratarse con frecuencia en los discursos epistemológicos
comunes. Entre ellas cabe mencionar la tradición
sociocultural, económica y política de un conglomerado humano
o nación, así como la constitución, apoyo y mantenimiento de
verdaderas comunidades científicas, condición sin la cual no es
factible iniciar una tradición sostenida de producción de
conocimiento científico, ni tampoco la formación científica de
las nuevas generaciones.
La lectura crítica de las propuestas de Popper, Kuhn y
Lakatos, como se recordará, hablan, en su orden, de teorías
contrarias, de paradigmas en competencia y de programas de
investigación científica competitivos entre sí. Por un lado,
dichas propuestas enseñan que en el campo del conocimiento
científico nunca ha habido en cada época histórica una
teoría única, una sola versión conceptual. metodológica y
actitudinal, aun cuando haya dominado una entre las tantas, por
razones que ya se discutieron.
Por otro, como también se puntualizó, tales
connotaciones no hicieron sino reconocer un hecho histórico,
consolidado con la primera Revolución Industrial, cuando la
investigación científica entró definitivamente en el juego
del capitalismo y dejó de obedecer a los intereses intelectuales
de individuos o pequeños grupos aislados. El construir
conocimiento por pura curiosidad personal quedó relegado a un
segundo plano. No es extraño entonces que en los países donde
nació y se fortaleció el capitalismo industrial competitivo
fueran aquellos que cimentaron la producción científica y
tecnológica.
Además, los proyectos políticos posteriores, como
proyectos de creación de naciones poderosas y dominantes en el
concierto internacional, apoyaron el desarrollo científico y
tecnológico en sus aspectos bélicos, ya fuera con el fin de
dominio y vasallaje o como argumento de disuasión frente a
posibles ataques de países con el mismo potencial. Esto hizo de
las ciencias experimentales programas competitivos.
Las naciones que no salieron a la Modernidad y
mantuvieron su condición de semifeudales, con una clase
terrateniente y caudillista, vertebrada por los valores y una
concepción del mundo de características medievales, encerrada
en el parroquialismo del alambrado de sus fincas y sustentada
sobre formas de producción fundadas en la explotación extensiva
y repetitiva de la tierra, no vieron en la producción del
conocimiento científico y tecnológico una necesidad, ni
invirtieron en la misma. De hecho, su sistema de producción
funcionaba basado en prácticas empíricas ancestrales,
aprendibles por observación e imitación, sin requerir de la
lectura y la escritura.
Fueron las mismas que, cuando salieron a la
industrialización, se dedicaron a importar maquinarias y
procesos, cuando no obsoletos, de rápida obsolescencia, para la
fabricación de mercancías adquiribles por un mercado interno
subdesarrollado y con capacidad de compra limitada, dada la
pobreza relativa de los clientes potenciales. Generaron
igualmente monopolios internos con el fin de impedir la
competencia de productos similares fabricados en el exterior.
Esos monopolios se establecieron a través de la alianza con la
clase política, ala que la clase industrial sostenía en el
poder y a la que le suministraba la financiación de las
campañas electorales. Esa misma clase política, persiguiendo la
conservación de su poder, no tuvo reparos en aliarse después
con los narcotraficantes.
Las teorías económicas en las que se sustentaban eran
aquellas, como la de Adam Smith, elaboradas a espaldas de la gran
revolución que Watts estaba creando con la modificación de la
máquina de Newcown, que introdujo como capital verdadero el
conocimiento científico y tecnológico. Todo porque la fuente de
riqueza se hallaba en la tenencia de la tierra, en la
explotación del trabajo de campesinos cuya labor no requería de
cualificación científica y tecnológica, esto es, de educación
sistemática y de largo aliento.
Podría argumentarse que la incorporación de la
construcción del conocimiento científico y tecnológico a los
mismos horizontes de sentido del capitalismo industrial
competitivo y al mantenimiento del poderío económico, político
y militar, es criticable desde muchos ángulos sociales y
culturales. No obstante, y dejando de lado las vacunas y los
antibióticos, es menester subrayar que en los países en los
que eso sucedió, a la larga se elevó la calidad de vida de la
población general, se acabó con el analfabetismo, se supo
desbaratar las predicciones de Marx (Popper, K., 1985), y, dado
el aumento de la capacidad adquisitiva, se pusieron en manos de
la gente los productos de las ciencias y las tecnologías.
Esas naciones desarrolladas, por razones de
productividad, alentaron, apoyaron y sostuvieron la creación
de comunidades científicas, a las que les exigieron, una vez
consolidadas, una producción competitiva de conocimientos.
Esas comunidades, desde la historia de la Universidad Medieval,
fueron a la vez pedagógicas y didácticas, hicieron del ámbito
educativo su núcleo natural, con salarios que les permitían a
sus miembros llevar una vida digna; salarios que en la sociedad
de mercado se hicieron también competitivos, con el fin de ganar
para el sistema a los más capaces. Para comprender lo afirmado
de otra manera, habría que decir que para estos países la
educación en general nunca fue una propuesta demagógica y
retórica, en virtud de que estaba vinculada y constituía el eje
vertebral de un proyecto político claro: educar no podía ser
una obra de caridad.
Desde el reconocimiento de una sociedad liberal,
democrática y pluralista que alentaba el desarrollo de los
intereses individuales de los alumnos, las ciencias
experimentales empezaron a vertebrar todo el currículo, con el
propósito de ganar para la producción de dicho conocimiento a
la mayoría de jóvenes con talento. En virtud de que esos
saberes habían sido creados por ellos, la enseñanza y el
aprendizaje, hasta cierto punto, no se redujeron a la
memorización de fórmulas matemáticas o de procedimientos
insípidos.
Dos elementos de juicio apoyan la afirmación
precedente. En primer lugar, como concreción del orgullo
nacional, crearon museos de ciencia y tecnología, para mostrarle
a los jóvenes los procedimientos metodológicos mediante los
cuales sus científicos y tecnólogos habían construido las
teorías y los tecnofactos de los cuales se preciaban. En segundo
lugar, la Reforma de Lutero, que entregó a cada quien su
interpretación del proyecto de Dios y su responsabilidad con
el mismo, fortaleció la creencia en volver a cimentarse sobre
la lectura de los originales, el ir por cuenta propia o mayoría
de edad. De hecho, esto condujo a la necesidad de enseñar a leer
y a escribir a toda la población, para que se enfrentara a la
lectura de la Biblia traducida a su propia lengua.
La reforma y, en todo caso, la liberación del
sometimiento a la dogmática de Roma y la creación de
bibliotecas públicas, para que cada quien, sabiendo leer y
escribir, bebiera en la «fuente». La escuela dejó de ser una
institución en la que los alumnos tenían que someterse
únicamente a la interpretación de la interpretación de los
profesores. Salió entonces a ser una organización creativa,
en la que los profesores tenían necesariamente que afirmar lo
que fulano había dicho, pero ellos podían sostener otra
posición.
En los países en los que no se dio este salto, para
repetirlo, estas condiciones no se generaron, la educación en el
espíritu de las ciencias experimentales no se dio; los
profesores se dedicaron a repetir interpretaciones de otros; dado
que no poseían una tradición creativa, dogmatizaron el saber
científico, cuya historia de creación desconocían y se
plegaron fácilmente a los presupuestos empiroinductivistas, sin
ser conscientes de ese plegamiento.
El problema del método
Aristóteles, a pesar de que, contradiciendo a Platón,
afirmaba que el conocimiento entraba al entendimiento por los
sentidos, y así lo recoge Rafael en su famoso cuadro de
los sabios de Grecia, elevó a máxima estimación como método
para demostrar la verdad el silogismo, o al menos así lo
entendieron los escolásticos. Un método de razonamiento que,
a través de la combinación lógica de las premisas, llega a una
conclusión que es, como más tarde lo dirá Descartes, ya sabida
por quien elabora el silogismo.
En los países en que no se dio el salto a la
Modernidad, como los hispanoamericanos, que se sustrajeron a la
construcción de una tradición científica experimental, hasta
cierto punto siguió predominando en su educación el método
silogístico aristotélico, todo porque se dogmatizó un
conocimiento que admitieron como verdadero per se, en la
medida en que los profesores se hicieron repetitivos de un saber
paralizante en el que de antemano se sabían las respuestas a
todas las preguntas. La dominancia de un escolasticismo
comprendido a medias, que definió desde sus orígenes la idea
de investigación como la de volver a seguir la huella,
desvirtuó la naturaleza del conocimiento científico y expulsó
la creatividad.
Francis Bacon (1561 1626). en su obra Novun Organum,
se revela contra el método escolástico que promulgaba un
conocimiento basado en los escritos de Aristóteles. Bacon
propone el método inductivo como clave para el conocimiento de
la naturaleza. Según este método, por inducción se infiere el
todo a partir de las partes; de premisas particulares que
describen observaciones puntuales, se infieren principios y
teoría generales: de las partes al todo es la máxima que guía
al inductivismo.
Esta concepción epistemológica ingresó a las escuelas
hispanoamericanas en razón de que se acomodaba, mutatis
mumandis, a la filosofía escolástica dominante, en el
momento en que se promulgaba que la metodología baconiana no se
podía seguir desconociendo, y porque penalizaba en cierta
medida la creatividad y la posibilidad de partir de
interpretaciones personales.
Sostuvo que los preceptos para la interpretación de la
naturaleza se dividían en dos clases. Los primeros enseñan a
hacer salir de la experiencia las leyes generales. Los
segundos, a derivar de las leyes generales nuevas experiencias.
Con respecto a una propiedad dada, se hacen comparecer ante la
inteligencia todos los hechos conocidos en los cuales se presenta
esa propiedad (Tabla de los hechos positivos); se trata de una
recolección a la manera del historiador. En segundo lugar, se
hacen comparecer todos los hechos en los cuales no se encuentra
la propiedad en cuestión (Tabla de los hechos negativos).
Finalmente, se coleccionan los hechos que presentan la
propiedad en grados diferentes (Tabla de grados o de
comparación).
Sin lugar a dudas, el recurso newtoniano para evitar la
persecusión religiosa, en el sentido de que no hacía otra cosa
que interpretar un orden ya dado e instaurado por la Divinidad,
lo que excluía la discusión en tomo al orden, caló en
aquellos grupos nacionales que se inscribieron en dicha posición
epistemológica, que les evitaba, de alguna manera, cualquier
modalidad de ostracismo. Ese medio rechazó al final de cuentas
el método galileano, reinterpretado por Newton en la misma
dirección dada por el creador de la ciencia experimental.
Teniendo las tres tablas, el investigador deberá
excluir todas las hipótesis insuficientes para explicar todo
lo observado, reunirá las que le parecen viables, las
comprobará una a una, respecto a las cosas más decisivas, y,
por fin, elegirá la interpretación que a lo largo de todo este
proceso se haya revelado como cierta y segura. El proceso que se
da es semejante al armado de un rompecabezas, encontrando las
diferentes partes en que está dividido y, claro, sólo después
de contar con el mayor número de ellas se puede adelantar su
estructura general, supuesta la existencia de esa estructura.
Los representantes de esta corriente epistemológica
sostienen que no tiene asidero real la construcción de una
teoría si no es engranando afirmaciones parciales extraídas
de las observaciones. Tal concepción se desvía hacia el
empirismo, en cuyo seno la reflexión teórica es posterior,
cuando no irrelevante, y ve a la «ciencia» como un conjunto de
narraciones de sucesos y observaciones del tipo: «Se tiré la
piedra hacia arriba y luego de algunos minutos, cayó
nuevamente al suelo». Esto es lo que los empiristas sostienen
que debe decirse. Las reflexiones sobre por qué las piedras caen
al suelo y no salen disparadas hacia el espacio las tildan
despectivamente de especulaciones.
Instaura la actitud pasiva del sujeto cognoscente, al
que le prohíbe, para volver a repetirlo, la creatividad, e
incluso, a pesar de la actitud narrativa de lo existente que
instaura, excluyendo las explicaciones causales, penaliza la
tarea de novelar la realidad. La conciencia del investigador es
convertida en un reflejo, en una fotografía de la realidad
exterior.
Galileo (Laín Entralgo, y López Piñeros, 1963), el
fundador de las ciencias experimentales, inaugura un método
distinto, que parte de una construcción a priori que luego el
experimento contrasta positiva o negativamente. En la
concepción de que el conocimiento se halla en el mundo, sus
intérpretes suelen decir que, a la vista de la diversa y
dinámica realidad exterior, la mente del investigador aísla un
sector de ella, concibiéndola matemáticamente (método
compositivo) y luego postula una serie de experimentos para
demostrar la concepción establecida (método resolutivo). Como
es necesario llevar a cabo una cosmovisión de ese sector que se
aísla desde el saber que geometriza, entonces no sólo la
teoría precede al experimento, sino al inicio de la
investigación en su totalidad.
Este método, que fue fructífero para la construcción
de las ciencias experimentales que Galileo imaginó, fue
tergiversado por el empiropositivismo, que se dio el placer de no
reconocer la historia y de inventar una ideología acerca del
conocimiento científico en la que hizo primar el
empiroinductivismo, sobre todo desde la interpretación que
Voltaire elaboró de cómo la caída de una manzana sobre su
cabeza fue la que llevó a Newton a la construcción empirista de
la teoría de la gravitación.
Como ya se tuvo la oportunidad de presentar, el otro
método es el deductivo, cuya versión moderna fue expuesta en el
año 1934 por Popper. Sostiene que la actividad del investigador
consiste en establecer hipótesis y sistemas de teoría, que se
contrastan mediante experimentos. Del sistema se deducen
predicciones (pronóstico). Si los pronósticos se confirman,
el sector particular del cual se deducen las hipótesis se
admite, mas no la teoría en su totalidad. Por el contrario, si
no se confirman (falsabilidad), el sistema en su totalidad
queda afectado. Como puede verse, esta concepción de método
se ubica al otro lado del inductivismo.
La posición de Popper introduce dentro de la idea de
método del empiropositivismo, una alternativa que rompe con las
aceptaciones que se venían dando, y que eran impermeables a los
cambios que las elaboraciones de la mecánica relativista y la de
los cuantas habían creado. Si había un método en las ciencias
experimentales, éste no se remitía a la descripción de caminos
para descubrir una realidad preexistente a cualquier actividad
cognoscitiva. Con Popper, el método es una invención permanente
en la lógica de la lucha entre teorías rivales, cada una de las
cuales tiene que ser necesariamente falsable.
En el inductivismo, por su forma de construcción, la
teoría es verdadera y debe ser aceptada casi que como un
dogma. Con el deductivismo popperiano, las confirmaciones son
sólo parciales y no absolutas, y cada sistema teórico llene
muchas posibilidades de formulación de pronósticos y cualquiera
de ellos puede en un momento falsar el sistema. El deductivismo
instaura un relativismo en la validez de una teoría que pone a
los que la sostienen a la espera del día en que será por fin
falsaria.
Popper sostiene una concepción evolucionista del
conocimiento y rechaza la supuesta primacía de la observación
en la investigación. Acusa también de craso error la
suposición de que el objetivo del conocimiento sea la certeza y
propone la verdad. Se centra en un esquema que consiste en la
comparación entre teorías para elegir las que conserven o
aumenten el grado de falsabilidad, las que se aproximen más a
la verdad o tengan mayor grado de verosimilitud.
La concepción de Popper fue retomada críticamente por
Lakatos, quien concibe la investigación como un programa con su
propia metodología y contenido teóricos. El contenido teórico
está conformado por dos clases de axiomas. Uno, llamado
núcleo firme del programa, que no se somete a prueba. Los otros,
consecuencias particulares del anterior, los cinturones
protectores de hipótesis, son los que se contrastan
experimentalmente, sin que los resultados afecten al núcleo
firme.
La puntualización lakatosiana suministra el
convencimiento de que cada programa de investigación determina
sus propias formas metodológicas de contrastar, en la
persecusión de saber si la interpretación de unos resultados
apoya empíricamente a un programa o no. Esta conceptualización
obliga a que la comunidad de especialistas conozca el programa
desde el cual se plantea la contrastación, de tal manera que,
sobre el supuesto de una transacción que condujo a significados
compartidos, la evaluación sea discutible.
Por su parte, Kuhn (1971) habla de paradigma. Un
paradigma obtiene su estatus porque tiene más éxitos que sus
competidores para resolver unos cuantos problemas que el grupo de
investigadores ha llegado a reconocer como agudos. La idea de
éxito no significa un triunfo completo en la solución de
problemas específicos o que dé resultados completamente
satisfactorios a un número considerable de esos problemas.
Aquí habría que decir que la concepción de método en
Kuhn parece ser difusa, lo cual es sintomático de la idea de que
cualquier concepción de método fijo podría ser un punto de
vista estéril, en particular, si se piensa que cada paradigma
posee sus formas metodológicas propias. Cualquier otra exigencia
sería de profesores que no están metidos en el problema de
producir conocimiento científico y sólo se ocupan en la
aplicación de estrategias ya conocidas sobre paradigmas
validados.
Paul Feyerabend (Moser, E, 1983), con su «anything goes» («haz lo que quieras»), formula una teoría anarquista del conocimiento, un todo vale en donde el trabajo científico debe realizarse sin imperativos metodológicos, aunque sin llegar a ser asistemático y desordenado. Las tesis de este epistemólogo, en forma resumida, son:
·
La ciencia es esencialmente una empresa anarquista. El anarquismo
teórico es mucho más humanista y más susceptible de estimular
el progreso que la concepción de ley y orden.
·
El único principio que no le pone trabas al progreso es «haz lo
que quieras».
Feyerabend (1984) dice que la ciencia como debería ser,
ciencia del Terca Mundo, de países subdesarrollados, está de
acuerdo con reglas estándar, ciertas e infalibles, que él
denuncia como peligrosas. Es del parecer que, tal como hoy se
conoce, la educación científica tiene el propósito de lavar
cerebros, hacer la ciencia más monótona, más simple, más
uniforme y más accesible al tratamiento por reglas ciertas e
infalibles. La simplificación racionalista se logra por una
simplificación de quienes participan en tal educación.
El anarquismo metodológico de Feyerabend es
eminentemente liberador, silo comprenden los científicos del
llamado Tercer Mundo. Lo cierto es que si se historia la
enseñanza de las ciencias experimentales en dichos países, se
encuentra una práctica fundada en el repetir lo que han dicho
profesores anteriores, sin ninguna actividad creativa, en razón
deque el entorno los obliga a hacer una ciencia de segunda mano,
apoyada en la repetición de aquello que ya ha sido probado.
Por su parte, E. Zahar (1982) presenta las metodologías
como sistemas de valoración que dan juicios sobre productos
acabados. Ellas no desempeñan ningún papel preponderante en el
descubrimiento científico; sólo un ejercicio académico
irrelevante en la praxis científica. E. McMullin (1982)
considera que es necesario clarificarle a los jóvenes que
quieren ser científicos, que no deben aprender su profesión de
los esquemas metodológicos.
La anotación de E. Zahar y la complementación de
McMullln son necesariamente sintomáticas. Es un hecho que
permite conceptualizar acerca del método en dos
puntualizaciones. En primer lugar, aquellos que viven sometidos
a un método dado son quienes, por formación científica
extraña, en el sentido de que no pertenece a la tradición en
la cual sufren la formación, en la repetitividad de un saber
estático dentro de una sociedad dada, se dedican a practicar un
método mecánico de fácil obsolescencia, que no conducirá a
la producción de nuevas ECMAAs competitivas.
En segundo lugar, seguir insistiendo en cuestiones
metodológicas posee validez en aquellos cursos aislados de
divulgación, para dar una idea de tipo cultural a aquellos que
no elegirán el campo de las ciencias experimentales como campo
profesional de producción de conocimiento. Y aún así puede
resultar nocivo sembrar en la gente una creencia que carece de
bases reales.
En síntesis, dentro del constructivismo, y su
conjunción con la teoría del caos, la de la complejidad y la
de las catástrofes, no existe un método científico único
todopoderoso e infalible que determine los caminos a seguir por
el sujeto cognoscente en su actividad cognoscitiva. Las ciencias
experimentales son creativas. Este sujeto cognoscente, dentro de
sus intencionalidades de hacer un mundo para sí. crea sus
metodologías desde la tradición contrastativa de la comunidad
de especialistas a la que pertenece, lo que no significa
repeticionismo mecánico, sino que llama a hacer presencia a la
creatividad.
Hay que agregar lo ya sostenido sobre la no rigidez
significativa y de formas de significar que subyace a todo cuerpo
conceptual, a toda teoría científica, cuando ésta se encuentra
en el seno de las discusiones en el interior de las comunidades
de especialistas, en la medida en que las correlaciones entre los
conceptos sufren variaciones polémicas, como consecuencia de
la dinámica no lineal de la actividad cognoscitiva. Recuérdese
al respecto que esos conceptos son construidos por cada uno de
los miembros de dichas comunidades, de tal manera que entre
ellos los significados no coinciden uno a uno, en virtud de que
se trata justamente de conceptualizaciones y no de la simple
memorización de definiciones.
Piénsese igualmente en el hecho de que las
contrastaciones experimentales de las hipótesis, por muy
positiva que ellas sean, no generan una actitud pasiva, puesto
que se constituyen en puntos de referencia que sugieren nuevas
posibilidades, olios tipos de adelantamientos que requieren de
nuevos diseños experimentales. En este sentido, la actividad
cognoscitiva propia de las ciencias experimentales es algo de
nunca acabar. De hecho, como se dijo. las variaciones en los
significados y formas de significar son la base de permanente
ocupación, y será así mientras existan sujetos cognoscentes
individuales y colectivos interesados en seguir haciendo ciencia
y reciban el apoyo y mantenimiento del contexto social,
económico y político.
Ciencias de apoyo
Hablar de ciencias de apoyo es excluir la concepción
tradicional de ciencias instrumentales, es decir, de unas
herramientas a utilizar en otras ciencias. Con la idea de
herramienta se cae en el error del uso marginal. Una ciencia es
de apoyo cuando sus estructuras conceptuales, metodológicas,
actitudinales y axiológicas coadyuban a plantear la
problemática de la racionalidad del objeto de conocimiento, es
decir, cuando los logros explicativos de la apoyante permiten
entrar a desarrollar la racionalidad del sector que se desea
comprender.
La relación de apoyo no es unidireccional, es
mutualidad. Es una necesidad creada en el proceso de
conocimiento. Si se dan las necesidades del apoyo, es porque se
ha entendido en qué medida y de qué manera un cuerpo conceptual
y metodológico, perteneciente a otro sector, puede ser retomado
e introducido en el espacio de racionalidad que se está
trabajando. Se trata, en todo caso, de un pensamiento que se
adapta desde otro, sin que el que adapta pierda su identidad, de
tal forma que se vuelva un conocimiento aplicado. Ese retomar
implica una comprensión del discurso que se toma para efectos de
apoyo. No se puede saber qué y cómo apoyar si no se entiende en
dónde es necesario el apoyo. La figura del apoyo nace de la
comprensión.
Cada comunidad de especialistas o, mejor, cada sujeto
cognoscente en su actividad cognoscitiva determina desde sí
cuáles son los saber constituidos y significativamente aceptados
que, de conformidad a sus intencionalidades, requiere para
construir su proyecto científico experimental. Son las ECMAAs
que posee las que determinan qué apoyo conceptual y
metodológico necesita para continuar en la tarea que se ha
impuesto.
De hecho, se sabe que no es factible hacer química sin
el apoyo de física y la matemática e incluso de la biología;
que no se puede hacer biología sin los apoyos que suministra la
física, la química y matemática; y que no se puede elaborar
física sin el apoyo de 1as matemáticas e, incluso, de la
química. Estos apoyos conceptuales y metodológicos no
determinan que las ciencias apoyadas sean una mera aplicación de
aquellas de las que recibe apoyo. Resulta entonces una ilusión
hablar de la existencia de una ciencia pura, aun cuando cada una
de ellas posea su propio objeto de conocimiento, lenguaje
conceptual, sus propias formas de experimentar y sus reglas de
producción.