EL GUARDIAN DE LOS LIBROS

Ahí están los jardines, los templos y la justificación de los templos,
la recta música y las rectas palabras,

los sesenta y cuatro hexagramas,  

los ritos que son la única sabiduría

que otorga el Firmamento a los hombres,

el decoro de aquel emperador

cuya serenidad fue reflejada por el mundo, su espejo,

de suerte que los campos daban sus frutos

y los torrentes respetaban sus márgenes,

el unicornio herido que regresa para marcar el fin,

las secretas leyes eternas,

el concierto del orbe;

esas cosas o su memoria están en los libros

que custodio en la torre.

 

Los tártaros vinieron del Norte

en crinados potros pequeños;

aniquilaron los ejércitos

que el Hijo del Cielo mandó para castigar su impiedad,

erigieron pirámides de fuego y cortaron gargantas,

mataron al perverso y al Justo,

mataron al esclavo encadenado que vigila la puerta,  

usaron y olvidaron a las mujeres

y siguieron al Sur,

inocentes como animales de presa,

crueles como cuchillos.

En el alba dudosa

el padre de mi padre salvó los libros.

Aquí están en la torre donde yazgo,

recordando los días que fueron de otros,

los ajenos y antiguos.

 

En mis ojos no hay días. Los anaqueles

están muy altos y no los alcanzan mis años.

Leguas de polvo y sueño cercan la torre.

¿A qué engañarme?

La verdad es que nuca he sabido leer,

pero me consuelo pensando

que lo imaginado y lo pasado ya son lo mismo

para un hombre que ha sido

y que contempla lo que fue la ciudad

y ahora vuelve a ser el desierto.

¿Qué me impide soñar que alguna vez

descifré la sabiduría

y dibujé con aplicada mano los símbolos?

Mi nombre es Hsiang. Soy el que custodia los libros,  

que acaso son los últimos,

porque nada sabemos del Imperio

y del Hijo del Cielo.

Ahí están en los altos anaqueles,

cercanos y lejanos a un tiempo,

secretos y visibles como los astros.

Ahí están los jardines, los templos.


 


Jorge Luis Borges
Elogio de la sombra, Obra poética, 
Emecé Editores, Bs. As. 1995

 


 
POEMA DE LOS DONES

A María Esther Vázquez

Nadie rebaje a lágrima o reproche 
Esta declaración de la maestría 
De Dios, que con magnífica ironía 
Me dio a la vez los libros y la noche. 

De esta ciudad de libros hizo dueños 
A unos ojos sin luz, que sólo pueden 
Leer en las bibliotecas de los sueños 
Los insensatos párrafos que ceden 

Las albas a su afán. En vano el día 
Les prodiga sus libros infinitos, 
Arduos como los arduos manuscritos 
Que perecieron en Alejandria. 

De hambre y de sed (narra una historia griega) 
Muere un rey entre fuentes y jardines; 
Yo fatigo sin rumbo los confines 
De esa alta y honda biblioteca ciega. 

Enciclopedias, atlas, el Oriente 
Y el Occidente, siglos, dinastías, 
Símbolos, cosmos y cosmogonías 
Brindan los muros, pero inútilmente. 

Lento en mi sombra, la penumbra hueca 
Exploro con el báculo indeciso, 
Yo, que me figuraba el Paraíso 
Bajo la especie de una biblioteca


Algo, que ciertamente no se nombra 
Con la palabra azar, rige estas cosas; 
Otro ya recibió en otras borrosas 
Tardes los muchos libros y la sombra. 

Al errar por las lentas galerías 
Suelo sentir con vago horror sagrado 
Que soy el otro, el muerto, que habrá dado 
Los mismos pasos en los mismos días. 

¿Cuál de los dos escribe este poema 
De un yo plural y de una sola sombra? 
¿Qué importa la palabra que me nombra 
si es indiviso y uno el anatema? 

Groussac o Borges, miro este querido 
Mundo que se deforma y que se apaga 
En una pálida ceniza vaga 
Que se parece al sueño y al olvido. 

Jorge Luis Borges

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