¿Revolución Judicial o la institucionalización de la injusticia?

Por: Daniel G. Cardozo M.

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Viernes 13 de mayo, 2005

Hablar de la existencia de justicia y libertad plena en Venezuela bajo este régimen a cualquier ciudadano es como tratarle de explicar la inmortalidad del cangrejo o la existencia de buenas costumbres y moral en un burdel; es igual que mencionar en frente del condenado a muerte – quien viendo a su verdugo a los ojos trata de tener un poco de dignidad y morir con la frente en alto – lo rápido que morirá sin sentir dolor si es abaleado en la cabeza y lo afortunado que será por morir en esta forma, ya que las teorías demuestran que cesaría su vida antes que el impulso que le haría sentir el dolor llegase al centro de su cerebro, por supuesto ya derramado en el piso.

 

Si bien es cierto que el sistema judicial venezolano jamás ha funcionado como debería de hacerlo – un sistema justo, imparcial, respetable, respetuoso y eficiente – también es cierto que el signo de los últimos tiempos ha sido el maquillar sus imperfecciones y tratar de esconderle el rostro deformado con jueces a granel, con nombres nuevos y muchas togas de diseñador; embellecimiento irrito e inmoral que tampoco logra – ni tiene la intención – de hacer del sistema judicial y de las personas que imparten esa justicia un ente que pueda tener siquiera aires de credibilidad o que por lo mínimo se le vea como debería ser: justo.

 

Lo peor de todo esto es que quien ahora detenta el poder – y que también quien controla la justicia a su conveniencia – es el mismo que tanto se quejó de la corrupción judicial de antes de su tiempo; pero también es el mismo quien fue beneficiado por esos mismos jueces “políticos” recibiendo una libertad para mi inmerecida, y es el mismo que ha convertido al poder judicial (en minúsculas) de haber sido un surrealista tugurio de tribus y corruptelas donde la justicia se subastaba al mejor postor a ser un antro inmundo donde el vicio, la perdición, la irrestricta pertenencia a la revolución comunista promulgada desde Miraflores y La Habana y la inmoralidad en todas sus formas son los avales necesarios para ser juez, magistrado o presidente del tribunal supremo (también en minúsculas); donde la justicia no solo se subasta al que mas plata o mejores vínculos posea con el régimen, sino que esa “justicia” es impartida hacia las personas a quienes el régimen convierte en delincuentes por no aceptar el modelo ideológico neo-socialista o comunista (escoja usted el formalismo) en la misma forma en que los negreros portugueses de la época colonial trataban a los negros esclavos: no importa si el sodomizado africano era inocente, siempre el negro era culpable por ser diferente y por ser negro; en estos tiempos y con este sistema judicial, siempre el opositor, el demócrata, el que no comulgue con el castro comunismo o esta suerte de nuevo socialismo será culpable de cualquier causa de que se le impute aun si los delitos de los que se le acusa no sean tales, pues con tal de doblegar a los que se le oponen, este régimen al igual que lo hace el de Cuba, plantea que el hecho de no aceptar al caudillo y su pensamiento es causal de enjuiciamiento.

 

En estos tiempos de “revolución”, los jueces idóneos, justos y decentes son una especie casi extinta y los que quedan solo son encontrados por casualidad, con mucha suerte, con la misma suerte con que un investigador conseguirá las pruebas de la existencia de vida en Marte, pues si existen, o están enterrados detrás de montañas de reglamentos, presiones y grupos de poder y difícilmente encuentran una vía para impartir la justicia con equidad y moral (cosa que en este régimen es impensable; si la decisión no va apegada al pensamiento revolucionario entonces es una mala decisión) o ya están en las listas para ser imputados de delitos y destituidos, eso si, primero sometiéndolos al escarnio público, a la descalificación pública y a la flagelación judicial, tal y como a cualquier negro esclavo de tiempos de la colonia se le torturaba antes de ser asesinado o vendido.

 

Ante un panorama así, no es de extrañar que en Venezuela la palabra justicia haya pasado a formar parte del diccionario castellano donde están las vocablos caducos o en desuso, y la simple mención de ser llevado ante un tribunal por cualquier causa – por supuesto, si eres de los que no están con el régimen – es sinónimo de perder el juicio y de ir a la cárcel, pues de entrada ya se sabe que la defensa, así este bien fundamentada y la persona no sea culpable, esta indefectiblemente terminará siéndolo ya que aquí en este país los libros legales y las leyes quedaron para ser papel de baño revolucionario cuando a ellos se les intenta aplicar y un fusil de precisión que nunca falla cuando hay que aplicársela a los “apátridas” opositores.

 

Las causas abiertas – de nuevo y por las mismas imputaciones que ya fueron desechadas anteriormente – en contra de alcaldes de la oposición, los juicios políticos que se siguen en contra de los principales actores no partidistas del 11 de Abril y sucesos posteriores – paro, guarimbas, referéndum y por opinar o informar – y las causas abiertas contra periodistas – la mayoría inculcándoles difamación o falta de “veracidad” en la información –  violando abiertamente el derecho a la libertad de expresión e información demuestran que lo que tanto se ha recalcado – que en Venezuela no hay justicia sino un parapeto destinado a enjuiciar a la disidencia – es un hecho cierto e intangible y también da constancia que el sistema judicial quedó para el propósito del dictador de usarlo como instrumento para eliminar a sus detractores o a todos aquellos que resulten molestos para sus planes de dominación absoluta pero también como órgano ejecutor, casi como pelotón de fusilamiento, pues todo el mundo sabe que para un ciudadano no acostumbrado al sub-mundo delincuencial sus probabilidades de supervivencia en cualquier penal del país son casi nulas y es que casi el 100% de los imputados por delitos políticos, de desacato, de vilipendio, de opinión y otras causas consideradas de orden político son personas que jamás han pisado una cárcel ni son delincuentes y por ende son enviados con conocimiento de causa por parte de los ejecutores de sentencias (ya es difícil llamarle jueces) a formar parte de un sistema carcelario donde por seguro serán o muertos o sodomizados pues para terminar de rematar, a los presos políticos en su gran mayoría – caso del General Felipe Rodríguez, encerrado en Yare, una cárcel de las mas violentas y peligrosas del país – son colocados con la población penal, púes este sistema carcelario no tiene la capacidad de separar a los detenidos ni de clasificarlos según sus delitos o su peligrosidad, sino que mezcla en un mismo espacio a violadores y asesinos ya condenados y sentenciados con procesados y personas que van presos por delitos no violentos o por causas políticas. Si bien la constitución no admite la pena de muerte, el simple hecho de enviar a una persona que jamás ha cometido delitos violentos y que es enjuiciada por “delitos de opinión o desacato” a convivir con los peores matones es en si una forma de sentenciar a este individuo a una muerte segura.

 

Por supuesto, todavía queda un recurso para evitar ser enjuiciado y este parece ser tanto efectivo como del agrado de Hugo Chávez y sus seguidores: el arrepentimiento publico y la posterior genuflexión donde la nariz toca los muslos poniendo “rodilla en tierra” y cantando alabanzas mientras aceptas haber estado equivocado, y eso es lo que a mi juicio le salvo el pellejo – nuevamente – a un señor a quien le tuve aprecio y hasta admiré, pero que me ha dejado absolutamente decepcionado, no porque haya salido de la cárcel sin odiar al verdugo sino por ser capaz de hablar bien de su carcelero y hablar mal de si mismo: el general (con minúsculas) Alfonso.

 

A este ciudadano quien se declaró en desobediencia el 11 de Abril del 2002 cuando desacató la orden de masacrar al pueblo dada por Hugo Chávez, se le ha sometido a una serie de situaciones las cuales podrían haberlo doblegado al extremo de haber salido de la cárcel sumamente dócil, tan dócil que en diversas entrevistas se ha disculpado ante el régimen por sus acciones, sin embargo hay que ver en su persona el mas vivo ejemplo de lo que significa la vejación, la presión y la crueldad con que este régimen actúa.

 

 Es increíble – y para muchos inconcebible – que este general actúe como lo hace, casi acobardado, pero es que después de haber sido secuestrado por los órganos de seguridad de estado, torturado,  colocado en arresto domiciliario, echado a la cárcel por dos años, y luego de eso exculpado por decisión de un tribunal, justo cuando logra su libertad abren de nuevo el juicio, colocándolo quizás en un estado de terror, luego el tsj hace poco niega la causa pero el juicio en su contra continua en una espiral interminable, por lo que para el, una persona que perdió su pensión, su casa, los medios de sustento conocidos, que ha sido tratado canallescamente el único método de defensa que le queda es negar sus convicciones, doblegarse, entregarse al verdugo y “portarse bien” de ahora en adelante pues esa espada de Damocles que pende sobre su cuello la cual dice que si abre la boca va preso de nuevo es una tremenda motivación para actuar como un cobarde, como una victima, como alguien a quien el sistema supo presionar y doblegar como quiere hacer con el resto de la población.

 

Pero el no es el único ejemplo, quizás sea el mas notorio, pero no es el único donde ese acto de constricción salva a los que lo hacen de ir presos, de perder su trabajo y les permite entonces comenzar a tener su parte de los beneficios que da el formar parte de la pandilla delincuencial del tirano y sus cuarenta ladrones o simplemente les abre la oportunidad de sobrevivir ya que en este país si no eres “del proceso” los derechos ciudadanos – salud, trabajo, educación – te son sistemáticamente negados, y esto funciona sobre todo si tomamos en cuenta que para los sectores humildes y mas desposeídos (80% de la población) la fuente de empleo mas expedita son los gobiernos nacionales y locales, la única fuente de financiamiento son los programas de créditos que el régimen da a sus seguidores, y en todo caso les queda finalmente a los mas depauperados la posibilidad de pertenecer a alguna misión o incluso a la reserva, pero para entrar, primero debes vestirte del rojo comunista y besar los pies del tirano.

 

Ese mismo método de presión judicial – de terrorismo jurídico – se implementa contra los botados y los aun empleados de PDVSA y la administración publica por haber firmado para ejercer un derecho constitucional, y es el mismo esquema que se usa contra periodistas, televisoras, emisoras de radio, periódicos, contratistas, empresas extranjeras, comerciantes, contribuyentes, alcaldes, gobernadores y contra cualquier ciudadano al que se le pueda presionar así sea usando la tragedia personal como excusa para esta presión. Este régimen ha sido capaz de dejar sin empleo o esperando por una operación en las puertas de un hospital a mas de un ciudadano por no “ser del proceso” ya que al sistema solo le importa cumplir el objetivo de dominar a todos sin importar los medios que use; donde la crueldad es la norma y la falta de humanidad el método.

 

         Por esta razón, miles de ciudadanos comunes son obligados a buscar “certificados” de arrepentimiento siendo conminados por el régimen a expresar públicamente su “equivocación” y su adhesión al sistema como única forma de acceder a beneficios que por ley no pueden ser negados a nadie o para mantener sus puestos de trabajo, servicios de salud y hasta la escolaridad de sus hijos, creando entonces una industria donde el producto es la opresión de los mas débiles jurídicamente hablando, ya que estas personas, al estar presentes en listas de “antirrevolucionarios” o por haber expresado su disconformidad con el sistema pasan a ser parte de los nuevos excluidos y no pueden acceder a la justicia simplemente porque esta solo existe para – irónicamente – impartir esta solo a favor del sistema; nunca para contradecirlo y donde las causas y las denuncias colocadas por estos ciudadanos ante los entes de justicia – tribunales laborales, defensoría, tribunales civiles, etc. – por discriminación política, presión laboral, despidos injustificados, o cualquier otra causa que incluya la diferencia de posición política como motivo para la exclusión nunca pasen de la taquilla donde se hacen las denuncias y jamás sean investigadas, ya que todos los entes siempre tiene a la mano excelentes excusas para no hacerlo: falta de substanciación de la denuncia, falta de pruebas, poca credibilidad del denunciante, y un largo etcétera de motivos para jamás procesar los casos.

 

En total contradicción, se observa notoriamente como el sistema y sus integrantes son protegidos por estas mismas instancias judiciales. Si se revisa con detenimiento las decenas de causas “no procedentes” que el TSJ y los tribunales civiles y militares han desechado, se observa un patrón interesante: la mayoría de los procesos solicitados en contra por ejemplo del presidente, que aun a pesar de estar sustentados no solo en pruebas sino también de su aceptación de haber cometido hechos irregulares – el caso del FIEM y los mas de 3.000 MM$ que el presidente acepto haber malversado – donde esta causa fue detenida por un tecnicismo absurdo: los demandantes no han sido según los tribunales “afectados” por ese caso e irremediablemente casi todos terminan siendo detenidos por la misma causal, ya que según la fiscalía o el órgano encargado de determinar la legalidad de la demanda, quienes solicitan la investigación no son victimas y no pueden proceder con la denuncia, o sencillamente son “engavetados” y esas causas son olvidadas para siempre.

 

En los casos exhaustivamente sustentados y de conocimiento publico en contra de cualquier ente gubernamental o de personeros del régimen – presidente, ministros, diputados, gobernadores, alcaldes y hasta concejales pistoleros – estos no solo son liberados de todo proceso en su contra, sino que también los demandantes terminan siendo enjuiciados – ejemplo, Tulio Álvarez Vs. William Lara, donde el primero termino siendo enjuiciado por difamación y el ultimo quedo libre de toda culpa – pero lo mas aberrante de todo esto es que los imputados del gobierno no solo no se arrepienten, sino que se vanaglorian de sus acciones criminales – caso del concejal Peñalver, que después de haber sido capturado disparando contra gente inocente y contra la policía, es exaltado como “héroe” y quedo en libertad y los policías que intentaron repeler su acción están siendo enjuiciados – y terminan entonces siendo justificadas sus acciones por diversas acciones “legales” donde finalmente determinan que a pesar de haberse cometido actos considerados delitos, las circunstancias dentro de las cuales los hechos sucedieron, la situación y la necesidad del acusado justifican su acción ya que esta finalmente resultó en un beneficio para la “revolución” o simplemente no es delito porque el acto fue para defender al sistema.

 

Basta con abrir cualquier periódico del país – hasta los tabloides de pueblos pequeños – para ver como la falta de justicia permite que la delincuencia – la del malandro de esquina como la del delincuente político siempre y cuando sea del gobierno – campee por nuestro país sin limitaciones ni nada que se lo impida, ya que este estado de caos controlado, este ambiente donde la justicia no existe es el sistema “perfecto” para que alguien que ya no aspira sino que ya es un dictador pueda continuar siéndolo.

 

Ahora, la mayor evidencia de la sumisión y control del sistema judicial venezolano por parte del tirano Chávez han sido las declaraciones de los noveles magistrados del tsj (en minúsculas) donde según ellos se ha dado inicio a la “revolución judicial”.

 

En términos prácticos, esta “revolución judicial” no es otra cosa más que la eliminación de tribunales, jueces y fiscales no controlados por el régimen y la incorporación al tsj y demás entes jurídicos de jueces, fiscales, escabinos, alguaciles, defensores y abogados que han formado o forman parte del gobierno en mayor o menor grado.

 

Los nombramientos por ejemplo de Velásquez Alvaray (ex diputado por el MVR) y Francisco Carrasquero (ex presidente del CNE) y de varios otros funcionarios evidentemente y estrechamente ligados a la “revolución” (el vice-presidente del tsj Omar Mora, por ejemplo)  son evidencia que al sistema judicial venezolano no solo se le controla desde el ejecutivo, sino que fue tomado por asalto, convirtiéndolo en el ente desde donde se legitiman todas las acciones ilegales e inconstitucionales del régimen.

 

La “revolución judicial” solo procura la politización de la justicia y que el régimen quede suficientemente “blindado” legalmente, pues fuera de los canales de justicia ordinaria donde se dirimen casos “comunes” administrativos, penales o civiles donde al régimen no se le puede procesar, el sector del sistema judicial que posee la potestad de procesar los casos contra del régimen o sus integrantes – FGR, TSJ y los tribunales militares y de primera instancia en lo civil, penal, laboral y administrativo –  son entonces una suerte de laberinto donde cualquier causa contra el gobierno se pierde en miríadas de tecnicismos y los casos en contra de la disidencia política encuentran vías expeditas de ejecución, sin tramites, ni demoras y donde está asegurada la victoria del gobierno, salvo en aquellos casos que ellos determinen sirvan para mantener la fachada de institucionalidad y que por supuesto, serán aquellos donde las cabezas que rueden sean de aquellos que ellos determinen no son imprescindibles o que las causas no afecten negativamente al gobierno.

 

Esta “revolución judicial”, sumada a la corrupción galopante, al excesivo presidencialismo, al poder hegemónico y totalitarista que Hugo Chávez tiene sobre los poderes públicos con mucho énfasis en el “poder electoral”, ente encargado junto con el tsj de asegurar la permanencia del régimen, el exceso de militarización en todos los entes civiles, el ventajismo que en todos los ámbitos demuestra tener el gobierno, la creación de leyes fabricadas “a la medida” para oprimir toda forma de disidencia política e ideológica, los métodos de autocensura a la opinión publica sustentados en un aparato judicial y extrajudicial represivo y punitivo, conforman un peligroso cúmulo de situaciones las cuales, en cualquier país serio deben ser considerados no como amenazas a la democracia y al estado de derecho, sino como la evidencia de la desaparición de la democracia como sistema para ser solo una fachada de un régimen autocrático, totalitario y dictatorial donde para este el sistema judicial es solo uno mas en su comparsa de entes que le aseguran en control de la sociedad y el reconocimiento internacional, pues para mas nada sirve nuestro actual sistema judicial, ya que si antes servía para que la corrupción fuese tapada, ahora es el brazo opresor de toda la sociedad y no solo el cómplice necesario que sirve de encubridor de la corrupción.

 

En conclusión: la falta de justicia en un país donde existen leyes hechas a la medida facilita la implementación de una forma “legal” de terrorismo, y si el papel de las instituciones de justicia es la de ser cómplices del sistema o del tirano estas terminan siendo simples apéndices que legalizan la injusticia del régimen en contra del pueblo al que oprime.

 

Mucho se ha denunciado este problema en todo ámbito nacional e internacional sin ser escuchados efectivamente pues siempre que se hacen las denuncias, los organismos internacionales y los gobiernos amigos exigen se presenten pruebas, que se lleven mas y mas casos sustentados como que si lo que se ha visto hasta ahora no fuese suficiente para ellos tomar una decisión y definitivamente ayudar a los demócratas que estamos luchando para devolver a Venezuela dentro de los parámetros de decencia y democracia que queremos, y nos preguntamos con angustia: ¿Hasta cuando debemos soportar esta situación? ¿Es que acaso esta penuria nuestra solo será escuchada por los organismos internacionales cuando en Venezuela empiecen los juicios sumarios y los fusilamientos públicos? ¿Cuántas mas pruebas  requieren para aceptar que el sistema judicial esta viciado, corrupto y politizado? ¿Qué los jueces se vistan con togas rojas y en sus escritorios ondee la bandera roja con la hoz y el martillo mientras la foto de Fidel, Chávez y Bolívar sirve de fondo a todo este escenario trágico? ¿Qué esperan para ayudarnos en nuestra lucha? ¿Qué Chávez les declare la guerra? ¿O que se convierta en otro Saddam o Bin Laden? En un país donde la justicia sirve como ametralladora para eliminar a los contrarios, solo es cuestión de tiempo para que las desapariciones, los ajusticiamientos y el terrorismo de estado pasen de ser un hecho “poco documentado” a ser una realidad tan tangible como lo fueron las ejecuciones talibanes en los estadios de fútbol en Afganistán, pero como dije, solo es cuestión de tiempo y cada segundo que pasa es un segundo menos de vida que tiene lo que queda de libertad en nuestro país.

 

Como la justicia no la dan la simple existencia de leyes – estas son solo millones de letras impresas en un papel – sino que se da cuando existe un sistema judicial independiente y honesto y una sociedad preparada para cumplir y hacer cumplir las leyes, la justicia solo existirá en aquel país donde su sociedad entiende y acepta el porqué de las leyes y el porque de la igualdad ante ellas, donde los que son preparados intelectualmente para ejercer la ley también la cumplen y donde nadie es “mas igual” que otro, donde nadie es mejor ni mas importante que los demás cuando tienen que enfrentarse a la dama ciega, y ese país definitivamente no es Venezuela.

 

Cuando en Venezuela existan instituciones judiciales idóneas, justas, equilibradas, respetables, respetuosas e independientes, entones podremos decir que la premisa democrática de igualdad de los ciudadanos ante la ley se cumple, y podremos decir que existen instituciones que velan porque todo ciudadano cumpla la ley, pero mientras tanto, Venezuela seguirá siendo un país donde como siempre, la justicia solo llega cuando esta va a beneficiar al poderoso, va a exculpar al corrupto o va a encubrir al delincuente, pero que jamás podrá tener credibilidad ante los ciudadanos y el mundo, donde cualquier decisión sea “justa” y no solo apegada a “la ley”, puesto que las leyes actuales en nuestro país están desgraciadamente fabricadas para encubrir al sistema y dar impunidad a los que hace tiempo dejaron de ser demócratas: Hugo Chávez y su pandilla.

 

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