¡Que no se equivoque nadie!
Por:
Daniel G. Cardozo M.
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Lunes 15 de
Agosto de 2005
Cuando de payasadas se trata el régimen se lleva los laureles, lastima
que las que hace además de no dar risa son súper costosas.
El juicio al imperialismo resulto ser otra mas de las operetas mediocres
que el maestro del absurdo apetece tanto ya que mediante este tipo de patrañas
consigue un público eufórico capaz de aplaudir cual coro de focas amaestradas
cada una de sus babosadas.
Millones y millones echados al cesto de la basura se utilizaron para
montar semejante acto de por si falto de sentido practico y en donde lo único
que se pudo llenar fue el espacio vació de la cúpula del poliedro con
vociferaciones huecas, tan huecas como los cerebros de quienes idearon
semejante atrocidad.
Pretender que los comunistas trasnochados del mundo – esos que viven
gimiendo por la caída de la Unión Soviética – tengan la moral para juzgar a la
cultura occidental es suponer que los nazis tuvieron la razón cuando asesinaron
y segregaron a negros, judíos, gitanos o cualquier minoría racial y es algo así
como decir que el comunismo soviético
dejó tras de si prosperidad y abundancia y que los millones de muertos y
desaparecidos producto de esos regimenes de terror fueron solo inventos propagandísticos
de las decadentes naciones capitalistas.
Pero algo bueno debía traer tanto el festín de marras como el juicio:
que ya el régimen no puede ocultar mas su rostro transfigurado de comunistas
radicales, que ya la mascara de demócratas se les corrió como maquillaje húmedo
y que no puede quedar lugar a dudas que lo que ellos tienen como plan y propósito
es convertir a Venezuela en una sucursal del autoritarismo caudillista
comunista de Fidel Castro.
Que existan algunos enclenques mentales que creen que con el “socialismo”
de Chávez realmente serán libres es posible, que detrás de tanta perorata
antiimperialista y anticapitalista solo esté el propósito de llevarnos a una
dictadura es innegable, pero que haya venezolanos que consideren que no hay
nada que hacer es inconcebible.
Ellos dirán tener el poder, el petróleo y aparentemente el control pero
lo que no tienen y nunca podrán quitarnos es el que somos demócratas, que
amamos la libertad, que todos queremos progresar, vivir bien, tener casa,
carro, empleo, salud y sobre todo futuro y a esas cosas no se puede renunciar
solo porque uno bocones con billete griten a los cuatro vientos que ahora
Venezuela es de ellos.
Después todo, para lo único que les sirvió haber revivido a los cadáveres
del marxismo fue para terminar de encender la llama y el deseo de quitárnoslos
de encima, el deseo de ser libres y la necesidad de buscar un camino para
enrumbar de nuevo a Venezuela hacia derroteros de libertad y prosperidad en
todos los venezolanos que amamos la libertad, incluso en aquellos que hasta
hace poco se mantenían cegados con el espejismo fabricado por el maligno.
Que no se equivoque nadie: la lucha no será ni es fácil ni tampoco ellos
están guindando de un hilo. Mientras nosotros sigamos pensando que no hay nada
que hacer tendrán ellos el sartén por el mango así que debemos tomar la determinación
de dejar la flojera, de quitarnos el pesimismo y el miedo, de confiar en
nosotros y nuestras decisiones y de afirmarnos cada día en nuestras
convicciones porque una patria se construye con ciudadanos, con demócratas, con
voluntad y bríos, no con lamentos ni esperando una solución divina.
Acuérdense de algo: los guapos cobardes gritan para sacudirse el miedo
que tienen de esos a quienes quieren controlar, pero cuando aquel a quien
pretenden abusar se les voltea y les da el primer bofetón se les moja la canoa rápido
y Chávez ya ha demostrado con sus gritos y vociferaciones que tiene miedo,
mucho miedo que el pueblo venezolano, fiel a su deseo de ser libre despierte de
nuevo porque esta vez ya no oirá a los mensajeros de lo incierto ni a los
pregoneros de la cursilería: esta vez escuchara fuerte su conciencia y gritara ¡LIBERTAD!,
y ese grito será tan fuerte que hasta las paredes erigidas por este régimen tiránico
caerán cono castillos de arena azotados por la tempestad.