Por:
Daniel G. Cardozo M.
La situación de la infancia abandonada e indigente de
este país es cada día más catastrófica.
Ocurrió en Puerto La Cruz una de estas mañanas en las
cuales como siempre voy a mi trabajo. Una niña de no más de quince años pedía
dinero a los transeúntes que desayunaban en un conocido puesto de arepas de la
ciudad.
Muchos al verla la ignoraban, pero allí seguía ella,
mostrando su necesidad, rogando por algo de dinero para comer.
No pude contenerme ante tal espectáculo: decidí
preguntarle para que quería el dinero – “para cómprame una arepa señor, no he
comido desde ayer” – dijo con una voz lastimada por el mal vivir que le ha
tocado.
De inmediato, le pedí a la señora del puesto que me
hiciese dos arepas “bien resueltas” para la niña y como no había ya jugos, le
ordené una malta. Aquella pequeña al recibir de mis manos lo que creía sería su
desayuno me hizo palidecer de asombro, ya que las tomó y con un “gracias”
apresurado corrió hacia una calle cercana, sin mirar atrás, sin esperar un
segundo.
Pensé para mis adentros que había hecho mi buena obra
del día, pero mayor sorpresa cuando la dueña del puesto me llama aparte para
comentarme – “mire señor, le voy a cobrar las arepas, pero tiene que saber que
esa carajita no se va a comer nada de lo que le dio, eso es para cambiarlo por
piedras, allí a donde va, vive el que las vende, mejor hubiese sido que la
ignorase como hace todo el mundo”…
Mas tarde me entero por uno de los empleados, que esa
niña vive en el barrio, que su madre la abandonó, no tiene familia, que vive
donde la agarra la noche, que se prostituye por drogas, que todo lo que cae en
sus manos es para el vicio, y para comer, revisa las sobras de la basura.
Esta historia es verdadera, me toco vivirla, y
sinceramente el solo recordarla me da pesadillas, pero esa es la realidad, sin
disfraces ni comerciales bonitos, está allí para el que quiera verla.
Esa es la realidad de miles de niños y niñas, es la
existencia irreal a la que se ven sometidos aquellos que perdieron sus sueños,
convertidos en despojos de la indiferencia, de la perdición.
Para esos niños no hay gobierno ni oposición, no hay
matices políticos ni ideologías, no existen discusiones distintas a aquellas
relativas a su personal supervivencia, para esos niños definitivamente no hay
futuro, solo dos arepas, una malta y un espacio en cualquier esquina de una
ciudad donde sus ilusiones son asesinadas por la realidad.
Son los fantasmas de la sociedad, los verdaderos
olvidados, los reales excluidos, los que no queremos ver y los que no existen
para los poderosos ni para los ciegos del alma, son el reflejo de un pobre país
rico.