Enero 11th, 2006
Por: Daniel
Cardozo
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Trágicamente, hace falta mucho sufrimiento y caos para que los tiranos
queden al descubierto.
La asimetría entre lo recibido y lo entregado da cuenta de la enorme
ineficiencia de un sistema dirigido por seres incapaces de planificar el como
generar bienestar a quienes les colocaron en esos cargos, pero lo mas trágico
no es que en 7 largos años no hayan creado el estado de eficiente, moderno e
impoluto que se desviven en vendernos, sino que ya como dicen algunos, se les
acabaron las excusas y los gobiernos anteriores a quienes culpar de su
estrepitoso fracaso.
Pero la ineficiencia no solo se concentra en las altas esferas del poder
ni tampoco la corrupción es exclusiva de los nuevos ricos oligarcas y nepotistas que dirigen el país sino que esta capacidad de
destrucción y saqueo es ahora propiedad colectiva de un aluvión de predicadores
de la revolución inconclusa que destruye mas no construye, que derriba para
nunca erigir nada, que ni lava ni presta la batea.
Vayamos a las regiones, a aquellos estados y municipios donde la
confraternidad de ineptos domina las administraciones y veremos que cada uno de
ellos, alcaldes y gobernadores, diputados regionales y concejales se remedan
entre si para finalmente ser parte de un conglomerado corrupto, vicioso,
enfermo de poder, resentido, envidioso y capaz de mentir sin ruborizarse.
La proliferación de las “familias reales” es escandalosa. Son conocidas
las historias de la “Royal Family” de Barinas, o los
ostentosos gastos en caprichos del Califa de La Ribereña en Anzoátegui, o las
súbitas riquezas obtenidas por la corte del tirano Hugo y los escandalosos
aspectos de la vida de sus hijos, hermanos y primos, así como cada una de las
increíbles peripecias de los diputados y diputadas nacionales quienes entre si
compiten para ver quien es el mas excéntrico, sin dejar atrás las rumbas
flamencas de dos alcaldes capitalinos, o el gusto por los caballos finos de un
reyezuelo guariqueño, pero nada se compara con los exquisitos gustos de Hugo y
sus compinches quienes en un abrir y cerrar de ojos pasaron de ser modestos
profesionales a millonarios sauditas.
Desnudar la corrupción, la mentira y la falsedad de este régimen no
requiere de un sastre con el traje “perfecto” para el rey, solo necesita de
observar sin fanatismos la manera en que el país entero se cae a pedazos
mientras los nuevos ricos revolucionarios hacen de las suyas adquiriendo todos
aquellos juguetes que nunca tuvieron y siempre envidiaron, pero
desgraciadamente – de nuevo – para mal de este país, siempre existirán los
aduladores quienes viendo al rey desnudo y en pelotas, dirán “ay que traje tan
glamoroso”.