Artículo que aparece en el catalogo del Festival
Cervantino 94 (JAB)
ROMAYNE WHEELER
Además de ser un músico
singular, Romayne Wheeler representa, en nuestro tiempo, a una larga genealogía
de músicos de todas la épocas quienes después de transitar
por una carrera más o menos convencional, dan un giro radical a
su vida y a su música para recuperar la dinámica y el espíritu
de un mundo que la mayoría de nosotros desconoce. Esto es mucho
más que un simple alejarse del mundanal ruido para hacer música
en paz; se trata, de modo más complejo, de integrarse a una sociedad
distinta, ajena, seguramente más sabia, y desde ahí revaluar
el propio trabajo musical y su posible afecto en el mundo interno y en
el mundo externo.
Originario de California, donde nace en
1942, Romayne Wheeler recibe una de sus primeras influencias musicales
a través de los ritmos tropicales de Santo Domingo, que muy temprano
lo ponen en contacto con una música muy arraigada en la tierra.
Después su carrera sigue rutas más o menos convencionales
: estudios en Salzburgo y Viena, graduación como pianista, actuaciones
como concertista desde 1968, giras por Europa, Canadá, los Estados
Unidos, México, El Caribe y el Medio Oriente. Un primer acercamiento
a lo que ha de venir se da en el hecho de que Romayne Wheeler comienza
a utilizar el sintetizador como medio expresivo, aplicándolo no
sólo a las obras ya clásicas, sino también a sus propias
composiciones. Más tarde, su primer contacto con los orígenes
: su trato con los hopis, en las cercanías del Gran Cañón,
le permite descubrir la relación intima que hay entre el mundo natural
y el mundo del alma. A partir de entonces, Romayne Wheeler enfoca su trabajo
creativo a través de algunos conceptos aprendidos con los hopi.
Mientras su trabajo se va transformando a partir de estos parámetros,
nuevos para él pero inmemoriables para el mundo, conoce al padre
Luis Verplancken, a través de quien entra en contacto con el mundo
de los tarahuamaras. Convive durante una docena de años con el pueblo
rarámuri, y la asimilación de otra forma de vida y de pensamiento
lo lleva a adoptar una decisión de importancia capital : deja atrás
California, símbolo perfecto del mundo moderno que tiene todas las
ventajas (y todas las trampas), así como todos los adelantos de
la vida actual (y todas sus presiones), para instalarse con su piano en
las altura, en el enrarecido y fascinante mundo de los tarahumaras. Así,
Romayne Wheeler pasa a formar parte, desde 1993, de una comunidad que si
el principio es totalmente ajena a aquella que lo vió nacer y crecer,
hoy es parte integral de su mundo, de su modo de ver las cosas, de su modo
de concebir, interpretar y compartir la música.
Es por ello que las presentaciones de Romayne Wheeler son
más que un concierto o recital ; el compositor-intérprete-poeta
las concibe más como un ritual de añejas raíces que
como un evento social despersonalizado y frío. Como todo buen ritual,
musical o de otro tipo, un recital de Wheeler suele iniciarse con una ofrenda
(equivalente ritual del Ofertorio de una misa) para después dar
paso a una materia poético-musical que sin duda representará
una experiencia única para quien la escuche. Aquí están
las músicas del propio Wheeler, nutridas con la improbable mezcla
del origen Californiano, la experiencia Europea, los conceptos hopi y la
vida tarahumara. Que nadie se extrañe al oir en estas músicas
una referencia continua al mundo natural, representado sobretodo por los
animales (¿tonal, náhual ?) su relación, por una parte,
con el ritmo del universo, y por la otra con el ritmo del hombre, es decir,
la danza. En este contexto, se antoja más que sugerente y atractiva
la inclusión de piezas pianísticas de gran tradición
occidental de concierto. Por otra parte, son obras de gran calibre del
punto de vista estrictamente musical, abstracto. Y por otra parte, son
piezas que de una u otra manera hacen referencia a asuntos que Romayne
Wheeler tiene muy presentes en su propio trabajo : las mariposas, los pájaros,
el agua, los templos, la lluvia, el viento, la luna... Ni Schumann, ni
Grieg, ni Chopin, ni Debussy fueron músicos que en su tiempo dejaron
la metrópolis para alejarse del mundo en busca de su origen ; sin
embargo, todos ellos fueron músicos que estuvieron siempre muy cerca
del piano (medio fundamental de la expresión de Romayne Wheeler)
y además, cada uno de ellos en sus propios términos y en
el estilo propio de su tiempo y lugar (nacionalismo, romanticismo, impresionismo)
supieron acercarse tangencialmente a algunos elementos del mundo natural
que en diversas épocas han sido olvidados por los músicos.
He aquí, pues, un recital pianístico
en el que los sonidos del teclado son sólo una parte de la historia
; he aquí el trabajo, honesto y comprometido, de un músico
que ha intentado convertirse en algo más que la suma de sus influencias
y de sus años de aprendizaje ; he aquí un interesante intento
de sintetizar sonidos, conceptos, orígenes, mundos aparentemente
inconexos pero que, finalmente, se han fundido en una expresión
artística poco común, ciertamente atractiva : la de Romayne
Wheeler. (JAB).