Pinche desierto
Miguel Ildefonso. Canciones de un bar en
la frontera. Lima: El Santo Oficio, 2001.
- - La voluntad de riesgo, la capacidad
de jugar con el lector a partir de una actitud que no le tiene miedo
al hermetismo pero tampoco (y mucho menos) a la complacencia, su descarnada
actitud que constantemente afirma que no hay por qué ser tan
lírico pero que sin embargo continúa apostando por los
versos que si remueven, su alucinado contrapunto entre las calles
de Lima, los desiertos de Texas, las fronteras de cualquier lugar
del mundo y los tristes bares de toda la vida, son, a mi parecer,
algunos de los principales méritos que hacen de este nuevo
libro de Miguel Ildefonso un texto sobresaliente de la última
poesía peruana. Sin lugar a dudas, esta nueva producción
ha terminado por convertir al mencionado autor en una de las más
importantes voces dentro de un espacio literario, como el peruano,
que por momentos sigue siendo demasiado normativo y conservador.
- - Otra vez: este es un libro arriesgado
y es el vértigo, vale decir, el borde, lo que marca buena parte
de su identidad aunque es muy difícil hablar de tal categoría
cuando las fronteras son aquí, justamente, los referentes que
se intentan nombrar y cuando su producción se origina en un
lugar que también se asume como intersticio. Más aún,
resulta muy difícil definir a este libro pues se trata de un
texto que no tiene miedos estéticos y que nunca se cansa de
explorar distintos tipos de recursos. Dicha búsqueda es rica
y muy vasta, al punto de que muchos de sus mejores poemas confunden
al lector y aparecen casi representados como toscos borradores o descontrolados
“magmas” por trabajar. Está muy bien que así
sea. Ildefonso no ha dudado en presentar sus textos de esa manera
y sin duda consigue impresionarnos con la “salvaje intensidad”
de sus palabras. En estos tiempos (tan teóricos) en que todos
nos encontramos confundidos entre un “original” desautorizado
y múltiples copias que han decidido autonombrase como lo más
importante, en estos tiempos, en que la totalidad parece ser pura
ilusión y donde se nos dice que los fragmentos nunca más
lograrán construir una imagen, Ildefonso arriesga mucho, tiene
poco miedo y construye un testimonio que señala la dura voluntad
de seguir intentando.
- - Como pocos otros, Canciones de un
bar en la frontera es un libro fértil que se nutre de los conflictos
de una tradición que, como todas las tradiciones, es disímil
y muy tensa. No se trata aquí de bandos de camarillas, ni mucho
menos de preguntas inútiles, casi decadentes y muy aburridas:
¿Vallejo o Eguren? ¿Borges o García Márquez?
El desbocado riesgo de este poemario consiste en asimilar diferentes
voces a las que el poeta nunca entiende como opciones enfrentadas
sino más bien como iguales instancias para devorar. “¿Pero
cuál es la frontera? Di pinche desierto”, pregunta un
poema que por momentos reconocemos como propio y, por otros, nos es
totalmente ajeno. Las fronteras son así, y de ahí resuelta
también esa manifiesta voluntad (ya adelantada en Vestigios,
su anterior poemario) de asumir a la propia literatura, no como una
“voz personal”, sino más bien como un amplio cortocircuito
de confundidas voces que se encuentran siempre, todas, radicalmente
interferidas entre sí.
- - ¿En qué consiste exactamente
el mayor riesgo de este nuevo poemario? ¿Qué es lo que
podría haberle provocado miedo y fue inútil? Futuros
estudios deberán estudiar el problema y analizar los diferentes
modelos de representación que en este libro se proponen. Sin
embargo, esa singular y extrañísima mezcla de estilos
puede ser el signo de una voluntad literaria que poco a poco va imponiéndose
en nuestro medio. En todo caso, Miguel Ildefonso ha escrito un buen
libro, francamente provocador, que se asemeja a una intensa sarta
de cohetes y cohetecillos que explotan todos separadamente pero que
componen, juntos, un juego de luces que nunca termina en el horror
y el caos. Más bien, la estética es aquí la de
los colores, la de los múltiples colores que Piero Quijano
ha sabido emplear muy acertadamente en la carátula, y que los
peruanos (no es culpa de los que miran) siempre contemplamos algo
fascinados, irresponsablemente hipnóticos, tercamente conmovidos.
Ajos y zafiros 3/4 pp.257-258