Hector Ñaupari Perú
CAJAMARCA 5:45 AM

Despertaste agitada por el áspero vibrar de los cristales del ómnibus contra las tinieblas. Cajamarca estaba cerca, dijiste, para desperezarte por completo. Y recordaste el sueño: tu joven amante en el Pabellón de Derecho, esforzándose por gozar de tus favores, y tú cediendo - hembra sabia al fin - tan lentamente a sus avances. Ese liberarte calladamente de la ropa, una treta tan vieja como el mundo. Un sostén satinado cayendo levemente a sus pies, Venus de Boticcelli en Lima. Seguro te sentiste tocada en la húmeda hendidura del vientre por el recuerdo.

¿Me dijiste que sus ojos se distraían con el rocío que recorrían tus pezones? Qué cursi y forzado suena todo esto ahora que lo recuerdas. Tantos años de aquello y aún tu lengua recorre tu paladar como él lo hacía. Alguna vez me preguntaste, temerosa, si todos los hombres dicen cosas tan estúpidas cuando te poseen. Eso hacía ese joven en el salón ennegrecido y denso, más grande ahora en tus sueños, mientras te mordías los labios tratando de no gritar. Qué pálida y frágil, pequeña niña. Tan asustada. ¿Y si pasaban los soldados? Pensaste.

Otro ladear del vehículo te sacó del sueño. A tu lado, en la ventana, un furor sombrío e invisible que, al sumergirte en tus recuerdos, era el mismo de los soldados golpeando la puerta del cuarto donde ustedes estaban. ¿Sería ese furor, acaso, igual al tuyo cuando me viste con aquella joven, que eras tú en mis sueños, mis manos repasando una y otra vez sus nalgas, su cintura, acariciando su nuca, desvistiéndola mientras pasaba a una aula oscura? No ¿verdad?

Nunca olvidarás los gritos detrás de la puerta. Casi puedo oler tu sudor helado en este viaje, como entonces, cuando amparada por la oscuridad como un útero negro, endurecías tus nalgas estrellándolas una y otra vez contra las caderas de tu amante. Querías gritar, salir cuando los culatazos contra la puerta parecían quebrarla. Luego escucharon el zumbido de una piedra estrellándose contra el casco de uno de ellos. Cayó al suelo, el casco rodando, confusión, insultos. Un segundo después, ráfagas de metralleta, ladridos, un pequeño caos a medianoche. El peligro había pasado. ¿Quieres seguir? - te preguntó. Por supuesto que sí, por supuesto.

Él supo tiempo después que fui yo quien lanzó la primera piedra. Quizás si no la hubiera lanzado, habrías tenido lo que te merecías. Eso ya no importa. Ahora has ido a buscarlo, como yo a aquella joven. Pero, a pesar de todo, seguimos pensando y soñando las mismas cosas. Te veo llegando a Cajamarca, y tú me ves desnudo y dormido mientras ella reposa junto a mí, velando mi sueño como un cadáver aún caliente. El recuerdo que nos persigue a ambos durante el tramo final de tu viaje ha cesado ya, como la noche. Cajamarca, 5:45 a.m. Todo volverá a ser como antes, dijiste, al llegar a la puerta donde estaba. Cruzaste el umbral.




















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