A
Miguel Ildefonso, poeta que escribía
poemas largos en los bares del Paso.
Esa tarde que podría haber sido cualquier otra
(en esta ciudad todas las tardes son iguales),
caminamos las banquetas ateridas
atravesamos la gasolinera, un estacionamiento
la conversación nuestra de siempre.
Esa tarde perdí un arete.
No supimos dónde, así que rehicimos el camino.
Soy obsesiva, como tú en ciertas cosas
(basta recordar el orden que ponías en tu refrigerador)
y por eso volvimos,
regresamos a buscarlo.
Un pez rojo, pintado a mano.
Rehicimos el camino:
el parque sin niños
el pasto amarillo por el sol.
Y nos pusimos a recordar, recuerdo:
habíamos estado en el Burger king tomando soda,
hacía un calor de playa pero sin playa
y yo estaba triste, sólo triste.
Me dijiste de Lima. Te dije de mi ciudad.
En la mesa en que nos sentamos
encontramos un monedero.
Salimos de prisa, fuimos a otro lugar
a contar nuestras ganancias
(creo que en total tres dólares)
y nos reímos como tontos
como los niños que no había en el parque.
Y a mi se me olvidaba un poco mi tristeza.
Miguel, Miguelito
esta tarde estuve leyendo tus poemas
y recordé nuestras conversaciones
el elevador de la biblioteca
donde hablamos por primera vez
donde te hablé por primera vez de mi tristeza
(en esa época yo siempre estaba triste)
la estatua del cuarto piso
tus Canciones de un bar en la frontera
tu amor que había partido a otro continente
tu madre, tu fantasma.
A veces me da por repasar nuestras soledades
tu soledad, la mía
un sofá que subimos hasta mi departamento
y el borracho que nos ayudó a subirlo.
A veces me da por ir a buscarte a The union
o a la esquina que llevaba hasta tu casa:
y de vez en cuando te encuentro.
Entonces hablamos de un pez pintado a mano que perdimos
de unas monedas
de los poetas de tu generación
y de cómo nos dijimos adiós sin decirlo.