EMILIO “AMARU” WESTPHALEN ¿Qué decir, a estas alturas, que no haya sido dicho sobre el significado de Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001) no sólo en la poesía sino en el quehacer cultural de nuestra historia más reciente? En verdad, sobre este último representante de aquellos nuestros primeros años del siglo XX, se han vertido homenajes, análisis, reseñas y demás, y ahora que finalmente ha partido quizá lo mejor sería no entrar en estas lides e imitar su tenaz silencio expresivo; ése que organiza el universo poderoso, místico, de su admirable poesía. Ese mismo silencio con el que seguramente nos miran otros grandes de aquel período mencionado; diría nombres...pero para qué, cada quién sabrá. Resulta que tal vez es hora no sólo
de volver sobre esos versos suyos que alumbran nuestro lenguaje y,
al mismo tiempo, renuevan nuestros sentimiento y actitud ante la vida
misma, sino también de decir siquiera unas palabras sobre ese
otro Westphalen, ya no tan recluido, ya no tan aparentemente cerrado
en su propio quehacer poético; y observar sólo que el
mismo autor de dos poemarios fundamentales en la poesía contemporánea
escrita en castellano (Las ínsulas extrañas y Abolición
de la muerte), dirigió una importante revista: AMARU (1967-1971),
editada por la Universidad Nacional de Ingeniería. ¿Qué
hacía un poeta como él en una universidad de ingeniería?
Pregunta falaz, ya que el estro creador de Westphalen era/es originalmente
revolucionario, y toda revolución es a la vez un acto colectivo
de amor y de ingeniería; de cómo hacer un mundo nuevo,
un nuevo lenguaje, un nuevo hombre. AMARU fue, como toda gran revista,
centro activo de irradiación de ideas y sensibilidades alertas
a lo que acontecía en el Perú y el mundo, que nunca
cesan de cambiar. Y como su sobretítulo indica, divulgó
textos de ciencias y artes, en sus variantes teóricas y creativas.
Ella congregó a científicos, escritores y artistas de
diversos países. Es ya un lugar común decir, por todo
ello, que AMARU es una de las revistas claves en la historia peruana
y latinoamericana. Y no deja de sorprender positivamente que un escritor
tan alejado de cualquier parafernalia social, como Westphalen, y una
universidad peruana, estando las universidades y centros educativos
tan a menudo distraídos de su importante misión en sociedades
jóvenes y dramáticas como la nuestra, convergieran en
esta obra que, como digo, testimonia una vez más que un gran
artista es a la vez constructor de su tiempo; y que asimismo una universidad
puede/debe abrirse sin remilgos al conocimiento interdisciplinario
y consecuente transformación de la realidad con la que interactúa. Así pues, ante todo lo expresado aquí, y también ante esa espúrea condecoración que el Estado peruano colocó a don Emilio Westphalen mediante las ensangrentadas manos del régimen fujimorista, cerremos estas líneas –que antes que un réquiem o hipócrita monumento pretenden ser la celebración de una perdurable experiencia periodística conducida por un hombre que, por ésta y otras razones, nos seguirá acompañando- con lo escrito por el propio poeta, en aquel mismo número 6 de la revista, a propósito del paradójico reconocimiento social al rebelde René Magritte: (...) Lebel juzga que “a pesar de su consagración pública de los últimos años, cuando R.M. murió en agosto de 1967 merecía aun plenamente el epitafio que hubiera satisfecho a ese aficionado a leer novelas sombrías: ‘Se llevó su secreto consigo a la tumba’. Lo que equivale a decir que los que última y multitudinariamente lo elevaron a la fama quizás no percibían claramente a dónde los arrastraba este “dinamitero mental” (de: René Magritte o la pintura como magia). He aquí la ¿última? picadura de la culebra (Amaru es una palabra quechua, que en castellano es: serpiente). Que nos enseñe a descansar en paz.
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