SEVILLA


Cada vez que pienso en Andalucía
pienso en la bella Sevilla,
la antígua Sephela de los fenicios,
la Julia Rómula de los romanos.
¡Qué pasado tan rico y romántico
has tenido, valiente Ixbilyah!
¿Quién no querría mirar en tus ojos
y hundirse en las delícias de tu alma?
Para verte otra vez ¿qué no daría yo?
Tus callecitas y plazuelas tan lindas
bordeadas con naranjos y palmeras;
las plantas trepadoras de tus casitas,
las fragancias de los jazmines y nardos,
de todos esos inolvidables recuerdos
del gran misterio de las celosías moriscas.
¡Oh sevillanos! ¡ Cuántas alegrías
tenéis en vuestras vidas fascinadoras! 
Siempre paseando y mirando a los demás
y siempre llenos de vida, ¡siempre más!
Sevilla, ¿qué sería el mundo sin las sevillanas?

Sevilla, te he dado una noche
mi corazón en el Paseo de las delicias
y tú en el Alcazar con sonrisas caprichosas
me has tomado la mano susurrándome
que me quedaban aún más años de amor
en los cuartos moriscos de marfil y de oro:
yo no quería pensar, quería sin pudor
perderme en tu cuerpo y tu canto.
¿Quien puede sentirse pobre en tus brazos
de jaspe y alabastro?  ¿Quien, paseando
a la sombra de tus arrayanes y tus cidros
con fragancias de magnolia y limonero
puede sentirse solo aunque solitario?
Ahora, lejos de ti, me envuelvo
en los últimos rayos de mi ocaso
en tus lienzos calientes y vivificantes
soñando en las gotas prismáticas del agua
que esparcen las hojas de tus árboles
mientras que sopla una suave brisa.


Claudio
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