CADIZ

¿Cómo no querría, isla tan serena

con tus vetustas murallas

que el mar en tu bahía tan tranquila

acaricia con doradas olas?

Recuerdos de tus crepúsculos

suaves y vespertinos

vuelven en el ocaso de mi vida

a rellenar mi alma entristecida

con canciones de dulce amor

que aleja de mí el gran dolor.

 

¡Cádiz! ¿Cómo resistir a tu encanto?

¿Cómo no querer volver a tus calles

donde rebosa lánguido y tranquilo

el amor de las cosas valientes?

Lejos de todos, solitaria como yo,

te gusta vivir de tu pasado,

de todos esos siglos de gloria,

de lujo oriental y de hidalguía.

Tantos se han ido por la Alameda

dejando hondas huella en mi alma.

 

Julio César mismo fue tu amante

llamándote Julia Augusta Gaditana:

y cuando a Egipto se fue por su Cleopatra

muchas veces habló de ti triste

en su gran palacio en Alejandría

llamando en la noche desde allí:

¡Gades! ¡Gades!

En tu nombre se ocultaba su destino

y también el de Marco Antonio.

 

Se dice que dondequiera que vayamos

hay en nosotros una Cadiz que duerme:

como hay en cada hombre deseos

escondidos de amor terrestre

que brotan en los últimos rayos del día.

¡Ay! hay también en cada grandeza

simientes de decadencia

y años atrás ya lo cantaba Luis Mariano

en «la bella señora de Cadiz» que el Tiempo,

monstruo inmortal, ha consagrado al olvido.

 

Dichoso aquel que puede ver a la Gaditana

y paseando bajo sus dorados dátiles

mirar a sus torres que duermen en la gloria

de las legendarias hazañas de la antígua Gades.

Sin apresurarse, como cuando se hace el amor

en una tarde de verano lánguida, vino en la sangre,

me dejo deslizar sin gran hervor

en un mar de azul deslumbrante

hasta que se pueste el sol de mi vida

en ese deleitoso aire meridional de España.

Claudio Wye

 

Hosted by www.Geocities.ws

1