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Reflexiones desde La Habana por Alfonso González A mí la lógica me parece tajante. El que quiera llevar a cabo sus ideas políticas que se presente a unas elecciones y, una vez elegido, las lleve a la práctica. Pero el que sea un "empleado" del gobierno (y por lo tanto del pueblo llano) le pagan para que haga lo que se le manda y no lo que le parezca mejor. Y si no es capaz de hacer esto es que no vale para el puesto. Claro, no es fácil esto que digo. En la sociedad ideal los ciudadanos están bien informados de los asuntos de interés público y, con opiniones bien formadas, eligen a los políticos que mejor representan sus posiciones. Pero muchos de estos mismos ciudadanos son funcionarios llamados a hacer cosas con las que pueden estar en desacuerdo y esto lleva a conflictos personales. En la sociedad ideal los ciudadanos cumplen la ley incluso cuando están en desacuerdo con ella y hacen lo que pueden por cambiarla si no les gusta. Pero en la sociedad ideal los ciudadanos también siguen el mandato de sus conciencias en cuestiones éticas. Esto lleva a conflictos que son de muy difícil resolución. Dos objetores de conciencia son llamados a filas para ser enviados a la guerra. Los dos tienen fuertes convicciones morales en contra de la guerra. Uno decide rehusar aun a costa de ser encarcelado. Si sus motivaciones son realmente sinceras y por motivos éticos no cabe duda de que es digno de respeto y admiración. Pero el otro decide que sacrificará sus propios motivos y aceptará lo que la comunidad le pide. Aun estando en desacuerdo hará lo que le mandan. ¿No es esto igual de admirable o más? Yo creo que es una postura mucho más difícil de tomar porque requiere poner a los demás por encima de uno mismo. Lo que quiero decir con esto es que lo que importa realmente no es lo que se hace sino que es mucho más importante la motivación. Si la motivación es sincera y desinteresada es digna de respeto y admiración. Desgraciadamente a la hora de juzgar los hechos históricos solemos caer en la simpleza de valorar los hechos que coinciden con lo que nosotros hubiéramos hecho y de condenar los hechos con los que no estamos de acuerdo. En la fachada del Hotel Inglaterra de La Habana hay una placa dedicada a la memoria de Nicolás Estévanez (1838-1914). No tengo a mano el texto exacto pero, en esencia, la placa dice que siendo capitán en el ejército español se negó a participar en el fusilamiento de ocho estudiantes condenados a muerte diciendo que "antes que la patria están la humanidad y la justicia". Sigue diciendo la placa que, por este motivo, fue expulsado del ejército pero que nunca se arrepintió de haber hecho esto y que llegó a ser diputado en el parlamento y ministro del gobierno. La placa tiene el inconfundible tono que glorifica a este hombre por el mero hecho de haberse puesto del lado cubano y contra España. Pero esto es pueril y patriotero. Analicemos esto con más profundidad. Este hombre indudablemente se vio en un dilema moral. Por una parte, al hacerse militar se había comprometido a cumplir órdenes aunque no estuviese de acuerdo con ellas. Un ejército (o cualquier empresa) donde los subordinados solamente están obligados a cumplir las órdenes con las que están de acuerdo es una quimera. Por otra parte a nadie se le puede exigir que haga cosas que vayan gravemente en contra de sus convicciones morales y éticas. Yo no sé qué delito habían cometido los estudiantes ni creo que debamos juzgar si la pena era justa. Para eso estaba el tribunal que impuso la pena. Pero claramente el capitán Estévanez tuvo un dilema moral y decidió que no podía cumplir una orden que iba en contra de sus valores morales. El que se negara a cumplirla sabiendo que perdería su carrera militar es admirable. Pero también hubiera sido admirable si hubiera decidido que era capaz de sacrificarse y cumplir una orden con la que estaba en desacuerdo. En ambos casos lo que importa es que ha decidido en función de valores morales superiores a sí mismo y no en función de intereses personales ni egoístas. Pero ahora miremos el otro lado de este dilema. Miremos desde el lado de la sociedad que requiere un servicio de su empleado y éste se niega a cumplirlo en base a convicciones morales personales. La placa nos dice que por este hecho Nicolás Estévanez perdió su empleo en el ejército pero también nos dice que llegó más tarde a diputado e incluso a ministro. Evidentemente se trataba de un hombre de fuertes convicciones y de admirable capacidad y merecedor de admiración. Ahora bien, ¿qué pretende el régimen cubano al colocar esta placa? No veo una intención de hacer un homenaje bien merecido a un hombre honrado y decente sino más bien un panfleto patriotero. Supongamos que en el siglo pasado, en el mismo conflicto, un oficial independentista se hubiera negado a cumplir una orden similar por motivos de conciencia. ¿Le honrarían de la misma forma? Dejemos de lado el patrioterismo fácil. El que actúa por motivos nobles merece nuestro respeto igual cuando está de nuestra parte que cuando está en nuestra contra. Supongamos por un momento que un oficial del ejército cubano hoy se negara a cumplir una orden por motivos de conciencia ¿cuales serían las consecuencias para él? Por mucho menos el régimen cubano ha ejecutado a muchísimos cubanos o los ha condenado a años de cárcel. Si el pecado es haber ejecutado cubanos o haberles causado miseria, el presente régimen es mucho peor que el régimen colonial. A mi lo que me dice esta placa es que el régimen español de hace más de cien años tenía más respeto por aquellos que discrepaban que el actual régimen cubano. Desgraciadamente la historia no siempre avanza sino que a veces retrocede. En los años 30 y 40 de este siglo la intolerancia se apoderó de España y cada parte consideró que lo mejor era eliminar a los discrepantes. No hace falta recordar las funestas consecuencias que esto trajo. El vivir en paz requiere respetar a los que no están de acuerdo con nuestras ideas pero voy más lejos, requiere reconocerles la nobleza de sus motivaciones e incluso estar dispuestos a ceder en cosas que nos puedan parecer fundamentales. Tenemos que hacer de la convivencia un valor fundamental o llega el momento en que todos los demás valores se pierden.
Estudiantes de Medicina Fusilados el 27 de Noviembre 1871
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