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VI
DE acuerdo con el virrey, los marqueses de Bedmar y de Villafranca, embajador el uno de Venecia y gobernador el otro de Mil�n, yo part�, por orden de Osuna, a conferenciar recatadamente en Venecia con el embajador y realizar una diligencia de gran riesgo. Ibamos a poner fin a las disensiones entre N�poles y el chisme del mundo, que as� llamo yo a Venecia.
El duque previno a su gente. Tom� la posta para Brindis y arrib� disfrazado a la ciudad edificada sobre las olas. Eran los primeros d�as de mayo de 1618. Conferencie con Bedmar. Todo estaba dispuesto.
Fueron llegando secretamente y distribuy�ndose por la ciudad los bravos del duque. Ten�an inteligencia con �l y entraban en la conjuraci�n (negociado todo con grandes presentes y mayores promesas) algunos senadores venecianos. Concert�se el negocio con gran secreto para el d�a de La Ascensi�n. Para la toma de Venecia dispon�an de cuatro mil hombres los capitanes del duque, Serrano, Villegas, Meneses, Herrera, Cereceda y Torrera. Dividieron sus milicias en peque�os grupos, para no infundir sospecha. Yo y Jacques Pierres, un normando al servicio de Osuna, acech�bamos el instante.
La armada del duque esper�base al rayar el alba.
Todav�a sin tomar nuestros puestos por no ser hora a�n, un traidor franc�s delat� la conjura. Los capitanes del duque dieron �rdenes a todos sus hombres, los cuales, aprovechando el momento, salieron en millares de barcas por la otra parte del mar.
Comenz� inmediatamente una persecuci�n terrible contra todos los extranjeros. Fue apedreada la casa del embajador Bedmar y por todas partes se buscaba al consejero y confidente del duque de Osuna. Busc�banme, pero no me hallaron y me tuvieron delante. En la noche feroz del 19 de mayo, en h�bito de pordiosero, todo haraposo, estuve hablando, en el m�s perfecto italiano, con los mismos esbirros que me persegu�an para matarme. No sospecharon ni que fuese extranjero ni que fuese yo. Por milagro salv� la vida. Ellos quiz� fueron torpes y descuidados. Entre ayes de moribundos, gritos de verdugos y blasfemias de sicarios, abandon� la ciudad y llegu� sano a N�poles.
Disgust� el fracaso del duque. Arreciaron contra �l las protestas de los venecianos. El Senado de la Seren�sima Rep�blica pidi� al Rey Cat�lico la destituci�n de Bedmar. Quej�se del propio Osuna la nobleza de N�poles. Era el duque hip�crita de pecados. Para acallar el clamoreo de la corte de Madrid acusando al virrey de intentar de hacerse independiente, part� al punto otra vez camino de Espa�a.
Mas en los nidos de anta�o no hab�a p�jaros hoga�o. Venecia era ahora la dadivosa. Por ende, comenzaba una era de grandes trastornos pol�ticos. El duque de Uceda arrojaba a su padre del valimiento. Not� resfriada la amistad de los antiguos protectores de Osuna.
Vi que me perd�a yo mismo y no salvaba al duque. Empero mi adhesi�n y fidelidad hab�an de intentarlo todo. Entonces Uceda envi� cartas al virrey que minaban mi intenci�n, dici�ndole que mi libertad era desapacible a los negocios y que conven�a sacarme de ellos con brevedad. Crey� aquel que as� conven�a y dijo en p�blico palabras que le mostraban descompuesto conmigo. Escribi�ronme mis adversarios que no me arrojase a volver, porque peligrar�a mi vida, por si con el miedo pod�an hacer que, deteni�ndome, me culpase.
Con desprecio de tales persecuciones, pas� a N�poles en compa��a del marqu�s de Santa Cruz. Pero advert� que el duque se hallaba en estado que le era fuerza negociar con mi persecuci�n. Hice prop�sito firme, viendo adolecer mi opini�n y enfermar mi buena fortuna, de descansar de estos odios, afanes y miserias pol�ticas y regresar a la patria para entregarme, en la paz del campo, a las musas y a las letras. Y as�, me baj� de donde quer�an derribarme, y al d�a siguiente solicit� mi vuelta a Espa�a.
Qued� don Pedro T�llez Gir�n abandonado a su suerte, y v�neme a Madrid dos a�os y medio antes que �l y lastimado con la voz que derramaban de que estaba quejoso de m�.
Compr� unas casas en la Corte, y para asegurar un lugar de retiro y de estudio, adquir� el se�or�o de la villa de la Torre de Juan Abad. P�seme entonces a escribir la Vida del bienaventurado fray Tom�s de Villanueva. Otra vez en la tierra, hallaba mi centro.
A esto vino el duque, destituido de N�poles, y a vista de toda Espa�a hizo conmigo m�s demostraciones de afecto que nunca, tantas, que hubo quien dijese que la desavenencia pasada hab�a sido traza entre los dos; y con estas acciones y favores dec�a que s�lo yo le hab�a dicho lo que, si hubiera hecho, no se viera en el estado que lloraba. Pero estaba escrito que la amistad de Osuna hab�a de serme fatal. Porque como le ve�an comer y andar siempre conmigo y s�lo asistir a mi casa, los que me hab�an descompuesto con �l, temiendo que yo, desobligado, no le advirtiese de lo mal que le divert�an sin remedio ni castigo, dej�ndole en manos de la persecuci�n, o porque no viese la gente juzgado el pleito en mi favor, asiendo de los primeros achaques me prendieron y desterraron.
Llev�ronme a Ucl�s y luego a la Torre, donde tuve mi casa por c�rcel. Ped� las causas per qu� me persegu�an; no me las dieron, ni se recataron en contestar que me castigaban de memoria. Y a no morir Su Majestad, que est� en el cielo, ni el presidente de Castilla, ni el duque de Uceda otorgaran en muchos a�os mi vuelta a la Corte. Tal era su rencor.
�V�ase ahora c�mo mejor� mi suerte al mudar mundo y tierra! Sal� de la Torre para ir a Italia, y volv� de Italia para entrar en la Torre preso y desterrado.
Cap�tulo V
Cap�tulo VII
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