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IV
Vino el tiempo en que dejase mi curadur�a Agust�n de Villanueva y me entregara todos los bienes de mis padres, conforme a la partici�n de herencia hecha con mis hermanos. Mi vida en Valladolid consumi� gran parte de la herencia; estaban por cobrar muchos miles de maraved�s de los gajes de mi madre como criada de la reina; pero por lo que me correspondi� en los bienes de mi difunta hermana y el censo de la Torre de Juan Abad, cre� asegurada mi vida por mucho tiempo. Y as�, comenc� a gastar sin tino. S�bese la continuada serie de disgustos que me han ocasionado tantos pleitos.
No es mi intenci�n relatar mi eterna disensi�n con la Torre. La escritura de censo, otorgada por mi madre, lo fue por ocho mil doscientos ducados de principal a siete mil el millar y con hipoteca especial de los propios y de la sisa. Pronto me convenc� del mal negocio de colocar los dineros en tal censo. Ni mi madre ni sus hijos logramos apenas cobrar los r�ditos. Mi hermana Margarita se cans�, y corr� yo s�lo con el pleito malhadado.
A mi regreso de Valladolid decid� dedicarme por completo a las letras. Era menester justificar los elogios de Lipsio. Comenz� para m� una �poca de actividad fecunda. Ide� entonces los que llamaron mis Sue�os. Dirig� el primero, en 1606, al conde de Lemos, presidente de Indias y generoso protector de los escritores. Quer�a yo fundar mi reputaci�n en obras de mayor enjundia que las hasta aquel instante producidas. A la s�tira se inclinaba naturalmente mi esp�ritu. Era mi pensamiento (esencialmente pol�tico) cauterizar, cantando y riendo, las llagas de una sociedad corrompida. Ten�a por cabecera los discursos del beato Hip�lito, y busqu� en el infierno los vicios, abusos, enga�os y embelecos del mundo. Las alusiones de mis s�tiras eran numerosas, altos personajes de la corte se vieron retratados; acrecent�ronse mis enemigos. Necesitaba de protectores.
Por ello consagr� el Sue�o del Juicio Final al conde de Lemos. Escrib� despu�s El alguacil endemoniado, el Sue�o del infierno y El mundo por de dentro, y para desesperaci�n de los atacados, los dej� correr manuscritos. Adm�tase, por disculpa a aquellos esc�ndalos, que la saz�n de mi vida era por entonces m�s propia del �mpetu que de la consideraci�n. Mas no se crea que me arrepiento de ellos. Cierto que tuve facilidad en dar traslados a los amigos; pero no me falt� cordura para conocer que en la forma en que estaban no eran sufribles a la imprenta; y as�, los abandon�, aunque ellos solos hicieron su camino y a�n se les a�adieron muchas malas compa��as en el andar vagueando.
Atribuyeron algunos a cobard�a la subrepticia manera de deslizar aquellos trabajos. Me atrev� a pedir licencia al Consejo de Castilla para dar a la estampa El sue�o del Juicio Final. Un padre de la Orden de Predicadores, a quien se someti� la censura, arremeti� contra mi, negando la licencia y diciendo que era l�stima que yo, servidor del rey, me entregase a escritos que pod�an hacer m�s mal que bien.
Me refugi� en el puerto de la paciencia y busqu� alg�n arcaduz por donde hallar censura m�s benigna. Dos a�os m�s tarde, en 1612, un docto franciscano, el padre maestro fray Antonio de Santo Domingo, satisfizo cumplidamente mis deseos, hallando en el Sue�o verdades bien corregidas y fondo de moralidad en su autor; s�tira picante y como conven�a para ridiculizar el vicio. Pero los muchos accidentes que me sobrevinieron imped�an mis deseos de imprimir. Y el peor de todos fue que yo no ten�a ya con qu� sustentarme, como toda mi hacienda y patrimonio era el maldito censo de la Torre de Juan Abad, cuyos r�ditos no cobraba, y, por a�adidura, estaba empe�ado en mucha cantidad, que me hab�an prestado diferentes personas.
No por ello, sin embargo, se amortigu� mi af�n de escribir. Empec� la Espa�a defendida; traduje a Jerem�as, a Focilides, a Anacreonte; ayud� al venerable padre Juan de Mariana en la correcci�n de los pasajes hebreos en la censura sobre la edici�n que hizo de la Biblia Regia el doctor Benito Arias Montano.
En verdad, cans�bame ya esa incomodidad alegre que llaman Corte, y anhelaba desembarazarme de ella. La mocedad disipada buscaba un apoyo en la religi�n. No pasaron adelante mis primeras �rdenes, y como cl�rigo de menores de ellas pienso morir, aunque me lo muerdan los que imaginan que lo hice apuntando a beneficios eclesi�sticos. Pero me inscrib�a en la Congregaci�n de Indignos Esclavos del Sant�simo Sacramento, donde eran ya hermanos Vicente Espinel y Miguel de Cervantes.
Decid�, pues, abandonar Madrid y cobijarme en la Torre de Juan Abad, por ver si cobraba algo de aquellos serranos con que poder sustentarme. Y antes de referir los muchos sinsabores que me ocasionaron, relatar� lo que, sin duda, conocer�n de o�das de otros. Ahora se sabr� por el propio a quien sucedi�. Quiero decir mi singular desaf�o con don Luis Pacheco de Narv�ez.
Hab�a publicado este caballero sus Cien conclusiones para conocimiento de la verdadera destreza fundada en ciencia. Est�bamos con otros se�ores de la Corte en la casa del presidente de Castilla, donde se discut�a el juego y ejercicio de las armas y las letras. Pretend�a el don Luis la certeza de un acometimiento que en su libro se afirma no tener reparo ni defensa. Arg�� yo en contra, remiti�ndole a la pr�ctica y convid�ndole a la prueba. Era Pacheco presuntuoso, fanfarr�n y avalentonado. Reventaba de orgullo por su calidad de maestro de esgrima del rey (luego fue maestro mayor de las armas y examinador de los dem�s profesores). Excus�base el diestro, alegando que la academia se hab�a reunido para pelear s�lo con razones. Recalc� nuevamente que las del libro eran de todo punto incontrovertibles. Me cans�, y, exaltado, exclame:
- Saque vuesa merced la blanca, si la trae, y veamos cu�l es verdadera destreza, y d�jese de �ngulos, c�rculos, compases mayores y grados del perfil. �Alla stocata!
Tir� de la espada, obligado por la reuni�n. Pus�monos en guardia. Avanz� sobre m�, el acero tendido, diciendo:
- Esta de pu�o es irreparable!
Yo par� el golpe y le asest� al tiempo una cuchillada de resoluci�n, que le hizo saludar a la asamblea, porque le derrib� el sombrero, y, de haber sido espada de combate, all� acabara su vida. Y mientras, avergonzado, recog�a su prenda, exclam�:
- Prob� muy bien don Luis la verdad de su conclusi�n; que a haber reparo en el acometimiento, de ninguna manera yo le pegara.
Ri� la concurrencia el chiste. Somos enemigos desde entonces. Dice mal de m� y de mis cosas; pero el bellaco rehuye mi encuentro.
De este y otros enemigos me compens� pronto la amistad de mi se�or el gran duque de Osuna, cuyo nombre, cuyos sucesos, vida y malogrado fin no puedo recordar sin emoci�n. �Que haya vivido yo para ver que aquel que ensordeci� con rumor la tierra y el mar y fue amenaza de grandes poder�os, tuviese por postrera cl�usula de su vida c�rcel desacreditada!
Era un hombre (no tenia de peque�o sino la estatura) come no lo volver� a ver el mundo, hecho para mandar y no para obedecer. Regresaba a Madrid en 1609 lleno de heridas y pregonando su fama cien hechos gloriosos en las campa�as de Flandes. Am� mi pobre ingenio y yo am� su grandeza, su natural gallard�a y su �nimo guerrero. Me busc�, o m�s bien se buscaron nuestras almas, porque hab�an de necesitarse la una de la otra. Cuando fue nombrado virrey de Sicilia, promet� servirle come a mi se�or; �l me dijo que me solicitaba por camarada. El parti� para Italia. Yo, para la Torre de Juan Abad, en cuyo retiro esperaba sus sucesos. Nada me quedaba por hacer en la Corte, sine, con los ojos puestos en la gloria del duque, meditar en lo vanamente que transcurr�a mi existencia. Entonces escrib� las L�grimas de un penitente, dedicadas a mi t�a do�a Margarita de Espinosa, con un billete, donde le dec�a: "S�1o pretendo, ya que la voz de mis mocedades ha sido molesta a vuesa merced y escandalosa a todos, conozca por este papel mis diferentes prop�sitos". Y cantaba, arrepentido:
"Cuando me vuelvo atr�s a ver los a�os
que han nevado la edad florida m�a;
cuando miro las redes, los enga�os
donde me vi alg�n d�a,
m�s me alegro de verme fuera dellos,
que un tiempo me pes� de padecellos."
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Mis amigos echaron pronto de menos mi presencia. Un m�dico me escribi� pregunt�ndome si era verdad que me hallaba en Sierra Morena. Al punto Le contest�:
"Yo me sal� de la Corte
a vivir en paz conmigo;
que bastan treinta y tres a�os
que para los otros vivo.
Si me hallo, pregunt�is,
en este dulce retiro,
y es aqu� donde me hallo,
pues andaba all� perdido.
Aqu� me sobran los d�as,
y los a�os fugitivos
parece que en estas tierras
entretienen el camino.
No nos engaitan la vida
cortesanos laberintos,
ni la ambici�n ni soberbia
tienen por ac� dominio...
El tiempo gasto en las eras
mirando rastrar los trillos,
y, hecho hormiga, no salgo
de entre montones de trigo..."
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Yo administraba los propios de la Torre desde cuatro a�os atr�s, y, aunque m�s cobraba enfermedades que rentas y tributos, mi estancia all� favorec�a el pago de los r�ditos.
Pleiteante contumaz, hab�a conseguido que se hipotecaran los propios del Consejo para responder a mi cr�dito, cuyos corridos rebasaban la cifra de cien mil reales.
Las continuadas instancias de mi se�or el duque por que fuera a ser su camarada en Sicilia, s�1o esperaban por mi parte, para volar a su lado, el cobro de algo de lo que me adeudaba la Torre. Aguard�, pues, la recogida de la cosecha, pas� por Madrid a primeros de agosto a arreglar mis cosas y a equiparme, cobr� lo que pude, y poco despu�s, en septiembre de aquel a�o de 1613, tom� el camino de Cartagena, y desde all� pas� a Sicilia.
Iba con el pensamiento de si, al mudar mundo y tierra, mejorar�a mi suerte. Y considerando que nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres, propuse dar nuevo rumbo a mi existencia. La fortuna, por fin, parec�a ajustar paces conmigo.
Lo que me sucedi� se ver� en los cap�tulos siguientes.

Cap�tulo III
Cap�tulo V
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