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Conducta desnudista, gimnástica y soleada

 
    El mayor Edward C. Worm-Hole, que se cubrió de gloria en la campaña de Crimea, escribió un famoso y enjundioso vademécum titulado La salud por el sol y el ejercicio o normas acroamáticas encaminadas a la vigorización de la humanidad, en el que (como su nombre indica) aconsejaba tomar el sol y hacer algo de ejercicio, tampoco mucho, para mantener la salud y acrecentar las elasticidades del músculo y las eficacias y rendimientos de las glándulas. El ciudadano Iscariote Reclús se lo sabía muy bien sabido y de memoria, y procuraba hacer partícipes de su ciencia experimental a todos aquellos con quienes convivía. Unos se dejaban y otros no, claro es, pero esto era más bien aleatorio y contingente.
    -¿Quiere usted decir que al Iscariote sse le daba una higa?
    -Pues, si; más o menos. Los apóstoles,, a veces, también se desinflan y tienen sus momentos de flaqueza. Recuerde usted a San Pedro, sin ir más lejos.
    -Si, eso también es verdad.
 &nnbsp;  En León, la práctica del desnudismo, la helioterapia y otras acromatías vigorizadoras, no siempre era fácil ni asequible porque ni las costumbres de la ciudad, ni el clima, ni la guardia civil daban clase alguna de facilidades (quizás porque nadie, que se sepa, había leído con detenimiento y un poco de aplicación el libro del mayor Edward C. Worm-Hole).
    -¿Pero qué daño hace uno a la gente, quuiere usted decirme, tomando el sol en actitud pacífica?
    -Bueno, dejémonos de discusiones y de pperder el tiempo; lo que yo le digo es que si atenta usted a la moral, lo enchirono. ¿Se entera?
    -Sí, señor, sí que me entero. ¿No me vvoy a enterar?
    Un día de fiesta por la mañana, el Iscariote, después de desayunar zanahoria y uva*, se acercó hasta el arrabal que dicen Puente del Castro, a solearse el organismo o, al menos, las piernas. Era ya a fines de junio y el solecico se enseñaba clemente y tibio como el cura de Palazuelo de Valcueva, santo varón a quien no le picaban los alacranes ni las tarántulas. El Iscariote, al llegar a Puente del Castro, buscó un lugar apropiado, se quedó en camiseta de media manga y se puso a hacer flexiones, torsiones y extensiones según las normas del poeta Ling, padre de la gimnasia sueca. Un, dos..., un, dos..., un, dos..., y así hasta el final. Cuando el Iscariote andaba por el movimiento que dicen extensión del raquis sentado se presentó, a traición y sin avisar, como los tornados del Mississipi, una dama bigotuda e hidrófoba, la doña Basilisa Morcuera, viuda de Matasejún, rodeada de una nube de señoras leales (y también descaradamente bigotudas) y en compañía de un notario, para que levantara acta de la indecencia, y de dos guardias municipales porque los civiles, según después se supo, pusieron ciertos reparos reglamentarios. El Iscariote, atemorizado ante las iras y denuestos de la doña Basilisa y su hueste, se puso la camisa y la chaqueta y salió arreando y saltando tapias, como un chivo, para ganar distancias.
    La doña Basilisa era mujer de mucha crueldad y de temperamento egoísta y, según lenguas, había asesinado a su difunto, el don Pompeyo Matasejún, profesor de canto y habilitado de clases pasivas, dándole un desayuno a base de vinagre y fósforos económicos y después, cuando se metió en la cama por lo del torcijón, sentándosele encima de la cabeza para no dejarle respirar. Estas cosas conviene ponerlas siempre en cuarentena porque a veces resultan falsas o, al menos, exageradas.
    La doña Basilisa también fue responsable -y esto de manera probada y sin lugar a dudas- del tumulto que se organizó con motivo de la boda naturista que intentó celebrarse -y que hubo que suspender- entre el ciudadano Erasmo Camerario, mancebo de la farmacia homeopática Iris de Hahnemann y pedotribo del gimnasiarca Iscariote, y la ciudadana Gorgona Fenelón, partera titulada y pedonoma del citado profesor. El Erasmo, cuando era mancebo de botica corriente, de botica de bicarbonato, salicilato y permanganato, atendía no más que por Eudoro Guijuelos y tenía mucha disposición para el juego de pelota a mano. La Gorgona, antes de iniciarse en las anagogías y arrobos naturales, se llamaba Paquita López Torremormojón y era famosa por sus andares de reina y su poderío.
    El caso fue que el Erasmo y la Gorgona se conocieron, se trataron un poco, se metieron mano lo corriente, se enamoraron, y, para legalizar su situación ante sus conciencias (porque eran ateos y tampoco creían en juzgados ni registros civiles ni matrimoniales), decidieron casarse según la ley natural, esto es: al aire libre, sin coacción alguna, en cueros y ante unos testigos también en porreta para no desentonar. Eligieron la fecha -el 14 de julio, aniversario de la toma de la bastilla-, el lugar -un prado que queda al pie del monte que dicen Cuestas Chinas, más allá del caserío de Ozaniego, en el ayuntamiento de Alija de los Melones- y media docena de testigos, al frente de los cuales iba el Iscariote Reclús, y allá se fueron una mañana en el ómnibus de La Bañeza, llenos de buen deseo y cargados con un gramófono para tocar la marcha nupcial de Mendelssohn, que es tan emotiva y sublime. Legado que hubieron al lugar del acto y habida cuenta de que no se divisaba un cristiano por todo el contorno, procedieron a desnudarse y a formar la comitiva y, cuando más extasiados estaban oyendo los compases del genial músico hamburgués, aconteció la catástrofe. Primero fue un silbido lejano y casi imperceptible, algo así como una susurrante premonición; después un revolar de pájaros asustados, como en la selva cuando el peligro acecha, y a lo último -y en ataque frontal, como los japoneses- la súbita irrupción y el fiero cabalgar de doña Basilisa y su horda profiriendo gritos de guerra y arreándoles palos y cantazos hasta la dispersión y el exterminio. Los contrayentes y sus invitados, como salieron por pies y despavoridos, tuvieron que abandonar sus ropas en poder de las mesnadas de doña Basilisa, quien ordenó con voz numantina que les pegasen fuego para que escarmentaran de una buena vez. Los contrayentes y sus invitados se echaron al monte pero, a eso de la caída de la tarde, que es cuando ya empieza a refrescar, prefirieron rendirse y se entregaron a la guardia civil. Fue difícil explicar lo ocurrido, pero hablando se llega a Roma y se entiende la gente. A veces hay que hablar mucho, ésa es la verdad, pero al final acaba uno por llegar a Roma y por entenderse.
   

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    * Obsérvese que decir zanahoria y uva (en vez de zanahorias y uvas, que es como suele expresarse la gente ordinaria y del montón) queda mucho más circunspecto y lemosín (lemosín = aleccionador, didáctico, entrañable), mucho más equilibrado y guimbalete (guimbalete = palanca que mueve el émbolo de la bomba aspirante). En esto del lenguaje, ­ cuán cierto es que está el viejo muriendo y está aprendiendo! (Estébanez Calderón)

 

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