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Pol�tica & Trabalho 16 - Setembro / 2000 - pp. 185-196


NOTAS SOBRE SOCIEDAD Y CULTURA
DESDE LA CUBA ACTUAL

Fernando Mart�nez Heredia (1)



I

Despu�s de medio milenio de historia escrita y con ciudades, podemos constatar que Cuba ha recorrido un camino muy intenso y en algunos sentidos asombroso. Durante la mayor parte de ese largo intervalo ha sido afectada por la forma fundamental de mundializaci�n del capitalismo, que es el colonialismo y el neocolonialismo. En el curso de sus sucesivas integraciones al sistema internacional, las formaciones econ�micas registraron etapas de dinamismos extraordinarios, a los cuales debi� el pa�s muchos de sus rasgos principales, aunque los sistemas econ�micos resultantes de aquellas integraciones subordinadas explotaron muy duramente a las fuerzas de trabajo, exigieron sistemas sociales opresivos y no fueron capaces de asegurar autorreproducciones econ�micas suficientes. El inter�s econ�mico y las etapas del capitalismo en los pa�ses centrales del sistema, y las relaciones entre las potencias, han afectado siempre a Cuba, y nos han influido mucho sus modos de vida, su pensamiento, sus culturas.�

Otra caracter�stica de la historia cubana -a diferencia de numerosas sociedades - es la intensidad y la sucesi�n de cuatro revoluciones, formas extremas de la actuaci�n social en busca de cambios significativos, en un per�odo hist�ricamente breve. Esas revoluciones tuvieron como veh�culo principal acciones populares colectivas muy intensas y abarcadoras, y como resultado profundos cambios en los individuos, las relaciones sociales y las instituciones.�

No puedo tener en cuenta en estas notas a ese �mbito tan abarcador que acabo apenas de esbozar, y que es, sin embargo, tan atinente a mi tema. Todos aquellos rasgos, m�s la paulatina sedimentaci�n de atributos culturales propios y asimilados, de condensaciones, mezclas y subordinaciones de formas culturales en su interior -ese melting pot que es general en la formaci�n de las naciones-, configuran las acumulaciones culturales que contiene Cuba, esenciales a la hora de inquirir por o de valorar a los eventos y los procesos de la coyuntura.�

La cuarta revoluci�n comenz� como una insurrecci�n contra un gobierno ileg�timo, y triunf� hace 40 a�os. Ha sido el principal hecho cultural de la segunda mitad del siglo en Cuba. Ella implic� los cambios sociales s�bitos m�s trascendentales desde los que en el siglo XVI iniciaron aquella historia escrita. No voy a repetir aqu� los an�lisis y valoraciones que he hecho en numerosos textos acerca de esos cambios, y en general acerca del proceso de la revoluci�n y de la situaci�n actual, sus nexos con la historia cubana, y sobre el contenido y la historia de las ideas en el per�odo. En esos trabajos tambi�n he tenido en cuenta los enfrentamientos y relaciones internacionales: las actuaciones de los Estados Unidos y algunos pa�ses de Am�rica Latina, las ideas y las luchas populares en esta regi�n, los reg�menes establecidos en la URSS y otros pa�ses [fim da p�gina 185] en nombre del socialismo y los movimientos comunistas en el mundo, los pa�ses de capitalismo desarrollado y las fuerzas e ideas diversas que existen.�

S�lo quiero apuntar aqu� tres cuestiones que son constantes en mis hip�tesis de investigaci�n y en mis ensayos sobre el tema, porque las necesito como contextos intelectuales de la reflexi�n. Primera: califico a la revoluci�n de socialista de liberaci�n nacional, porque s�lo pudo triunfar y desarrollarse combinando �ntimamente la lucha de clases anticapitalista y la de liberaci�n nacional. Esto afect� el contenido de lo nacional en Cuba, y le dio determinadas caracter�sticas a su tipo de socialismo (Mart�nez Heredia, 1991; 1995). Segunda: no utilizo los conceptos de �construcci�n del socialismo�, �socialismo pleno�, etc., porque no creo en su capacidad ni fertilidad para la comprensi�n de los procesos reales. Para los reg�menes fundados en poderes anticapitalistas y proyectos comunistas trabajo con conceptos como el de transici�n socialista, que se refiere a lo que son y a lo que deben ser esas sociedades basadas en una intencionalidad y en las que resultan indispensables determinados cambios culturales (Mart�nez Heredia, 1990). Tercera: �el problema de las relaciones entre el poder y el proyecto� es el m�s trascendente para todo el que intenta llevar la realizaci�n pr�ctica de la revoluci�n contra el capitalismo hasta sus �ltimas consecuencias (Mart�nez Heredia, 1989; 1990; 1997; 1997 a):

�El mundo cambiaba cuando sucedi� la Revoluci�n cubana, aunque s�lo adquiri� ese sentido para nosotros como pueblo cuando hicimos aqu� el gran cambio revolucionario. Si hay una expresi�n breve para decirlo es �los 60�. Ahora se percibe, se dice o se piensa que el mundo cambia otra vez, pero sin que casi nadie se alegre. Claro que todo el mundo -o casi - est� viviendo los cambios y se dispone a vivirlos, pero las actitudes se parecen mucho a la resignaci�n o al m�s estrecho pragmatismo. El mundo de estos cambios no parece hecho de la materia que luego abuelos orgullosos les contar�n a nietos admirados. Yo los vivo, nosotros los vivimos, desde el mar de experiencias y la gran cultura pol�tica de los cubanos, desde el inmenso cambio cultural que sucedi� en Cuba. Poder decir �nosotros� es un logro maravilloso en el mundo actual, en que la cultura que se promueve es la de la indiferencia ante la suerte de los dem�s, la cultura de la fragmentaci�n, del miedo y de la resignaci�n.�

Frente al gran capitalismo mundial somos �nosotros�. Pero no somos ciegos ni sordos; no lo soy. Ahora mismo, en nuestro pa�s, en nuestras casas, en nuestras mentes y sentimientos, estamos envueltos en una descomunal pugna de valores. La cultura socialista, la de la solidaridad entre las gentes y el poder redistribuidor justiciero de las riquezas sociales se bate muy arduamente en todos los terrenos. Audacias y prudencias, aciertos y errores, mezquindades y heroismos, trabajos y afanes de lucro, orgullos y desconsuelos, suceden todos en un pa�s que tiene m�s posibilidades de salir adelante como sociedad justa en busca de felicidad que la mayor�a de los pa�ses del mundo. Pero a la vez suceden cerca del borde de un oscuro remolino.�
(Mart�nez Heredia, 1999: 29-30)

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La cultura plasmada en la Cuba contempor�nea es el teatro principal de la intensa pugna de valores en curso, que influir�, quiz�s de manera decisiva, en el tipo de sociedad que emerger� de las duras tareas actuales de la sobrevivencia y la reestructuraci�n de las relaciones econ�micas. Hoy se levantan otra vez las grandes preguntas, en torno a la identidad nacional y sus rasgos principales, a las identidades de grupos de la sociedad, su relaci�n con la identidad nacional y con las instituciones; se pregunta otra vez qu� es la naci�n, y qu� ha sido en los proyectos hist�ricos. En realidad, todas las preguntas ata�en al futuro, lo que evidencia tanto la vitalidad de la cultura cubana como la inquietud, incluso las angustias, del presente. Con el prop�sito de contribuir muy modestamente a un debate imprescindible, limitar� esta vez mis notas a una breve aproximaci�n a tres cuestiones, caracterizadas por las tensiones entre antiguos predominios y nuevas situaciones: el paso de la homogeneidad a los avances de la heterogeneidad; el paso de la politizaci�n a la profesionalizaci�n; y el crecimiento de la religiosidad.



II

Las revoluciones son instancias de unificaci�n social, y la cubana lo fue en un grado alt�simo. La causa principal estuvo en la gran efectividad lograda en su ataque radical a los sistemas de explotaci�n, marginaci�n, subordinaci�n y humillaci�n que exist�an en Cuba. La expropiaci�n general de los capitalistas y la p�rdida del respeto a la propiedad privada, la desposesi�n radical de otros elementos de control econ�mico, pol�tico e ideol�gico que sufrieron los antiguos dominantes, eliminaron gran parte de las diferencias sociales, atenuaron otras y ocultaron a las dem�s. El igualitarismo no es -como se ha pretendido en tiempos recientes - un defecto de la pol�tica de esa �poca: es una de las expresiones ideol�gicas de la formidable igualaci�n de oportunidades experimentada en la pr�ctica por la mayor�a de los cubanos, que lleg� a convertirse en un rasgo cultural que ha persistido hasta hoy. Entre otras expresiones espirituales b�sicas de la sistematizaci�n de las pr�cticas de la Revoluci�n en este campo est�n la pacificaci�n de la existencia de las personas y las familias, y la valoraci�n social de cada individuo por los m�ritos aceptados socialmente, m�ritos que llegaron a ser en su mayor�a de corte socialista. Se alcanz� un gran peso de la actividad social y pol�tica a la escala de las comunidades territoriales y laborales, como �mbitos del ejercicio c�vico y de la fraternidad humana. Las divisiones y dominaciones de clases y de otros grupos humanos retrocedieron tanto - aunque en grados diferentes - que la representaci�n de unificaci�n de la sociedad fue sumamente compartida.�

En un proceso tan fuerte y abarcador no se tienen muy en cuenta las permanencias -que caracterizan, junto a los cambios, a todas las revoluciones-, si ellas se adaptan a las nuevas condiciones. Al analizar desde hoy este primer problema de la homogeneidad alcanzada y los avances recientes de la heterogeneidad, es necesario pasar balance a la existencia y las consecuencias de una historia interna de estos 40 a�os, tan poco tenida en cuenta o francamente olvidada. Distinguir, entre las tareas del proceso, las civilizatorias y las [fim da p�gina 187] liberadoras(2), y las complejas relaciones que se dan entre ambas; analizar los rasgos esenciales de las etapas sucesivas de la revoluci�n en el poder; los alcances y los l�mites del proceso transformador. Registrar entonces los logros y avances, pero tambi�n las detenciones, las deformaciones y los retrocesos respecto al proyecto, sufridos en el curso de esas cuatro d�cadas, y la emergencia de intereses particulares y de poder de nuevos grupos dentro de la sociedad. Es b�sico tener en cuenta para todo lo anterior las relaciones y condicionamientos internacionales de Cuba. Y recordar que cuando se precipit� la crisis de los a�os 90, la sociedad resultante de la revoluci�n ya ten�a fijados caracteres favorables y negativos respecto a su proyecto socialista.�

En los a�os 90 se han abierto paso fuertes diferenciaciones sociales, relativas sobre todo al ingreso y al acceso a consumos. El pleno empleo que rigi� durante 30 a�os, casi todo estatal, implicaba relaciones salariales para la gran mayor�a de la poblaci�n laboral, con una dispersi�n de ingreso peque�a(3); hoy el ingreso y el consumo provienen de un complejo de actividades estatales, privadas o cooperativas, o combinaciones de ellas, donde la retribuci�n y el status se han diversificado bastante. La poblaci�n econ�micamente activa confronta situaciones muy diferentes. Unos han visto descender su capacidad adquisitiva y nivel de vida pero mantienen su prestigio social, otros pueden recibir altos ingresos por productos o por servicios que prestan, pero no tienen un alto prestigio social; en medio hay toda una gama de situaciones. Hay capacidades personales, empleos y hasta v�nculos familiares que han cambiado de significaci�n respecto al ingreso, mientras otros se mantienen, o cambiaron sus modos de operar. La variable regional, e incluso local, pesa mucho tambi�n en las diversidades. Dos monedas y una econom�a mixta, grandes replanteos de las oportunidades, los tipos de actividad, las relaciones y otras circunstancias, crean y despliegan nuevas constelaciones sociales. Los mecanismos de redistribuci�n de la riqueza son hoy menos indirectos que en las tres d�cadas anteriores.�

Pero frente a esas realidades el sistema vigente mantiene el dominio en variables fundamentales: a) un enorme sector econ�mico estatal que funciona efectivamente como tal, y un control firme y una gran capacidad negociadora en el resto de la econom�a; b) la excepcional pol�tica social que ha sido uno de los rasgos definitorios del socialismo cubano y que est� en la base de su sistema pol�tico; y c) su entidad como poder soberano y como polo moral y pol�tico de las esperanzas de una mayor�a que no quiere que desaparezca el tipo de sociedad [fim da p�gina 188] en que ha vivido. Varios �xitos principales marcan su saldo positivo. Super� la crisis de la primera mitad de los 90, sin permitir el desplome del orden y las instituciones, ni la ruptura de la paz social ni la pol�tica: este es un gran logro. La econom�a se recupera lentamente y realiza su reinserci�n en circuitos internacionales. Mantiene firmemente la soberan�a nacional y su capacidad como interlocutor del principal adversario de esa soberan�a, los Estados Unidos. El poder pol�tico maneja con aptitud las transiciones, los elementos diversos y las tendencias implicadas; es hoy la bisagra de la situaci�n. Todos esos �xitos han sido posibles por - y est�n �ntimamente ligados a - la capacidad del sistema

�de regir, darle cauces y alentar la resistencia del pueblo (...) el principal fen�meno pol�tico masivo de los a�os 90 es el predominio de la cohesi�n, la disciplina y la actividad social en apoyo a la manera de vivir que ha regido m�s de tres d�cadas. Esto es, lo decisivo para la pol�tica ha sido ese comportamiento social, y no tanto las actividades pol�ticas mismas. La mayor�a de la poblaci�n expresa as�, desde su conducta social, tanto su apoyo a que contin�en predominando relaciones socialistas, como los rasgos actuales de sus representaciones del socialismo. La identificaci�n pol�tica expresa con el proyecto socialista no es una actitud tan generalizada como esa actuaci�n social.� (Mart�nez Heredia, 1999 a)

La disociaci�n de los factores sociales -que hubiera tenido funestas consecuencias - pudo ser evitada, aun en momentos tan duros como el verano de 1994. En la actualidad la integraci�n social es referida a la unidad nacional y la justicia social, aunque el discurso invoca mucho m�s a la primera. Se ha hecho obvia la gran diversidad social que caracteriza a todas las comunidades nacionales, que hab�a sido muy amortiguada por la gran revoluci�n social y bien articulada durante d�cadas por realidades eficaces y por un proyecto trascendente. Numerosas especificidades han aparecido o se han multiplicado, en medio de los problemas cotidianos y para preocupaci�n de algunos. Las distintas actividades econ�micas, las religiones, las razas, los niveles educacionales, las fraternidades, con su diversidad de intereses, de consumos, de juicios y de preferencias, tejen un cuadro heterog�neo de los cubanos, y ocupan espacios en un medio que antes estaba muy institucionalizado, en tipos y veh�culos de actividad orientados pol�ticamente. Los resultados de mediciones y valoraciones de esas especificidades, y de su interiorizaci�n por los individuos y los grupos sociales, quiz�s sean incipientes y parciales, pero sin dudas ese es uno de los procesos b�sicos en la sociedad cubana actual, y est� en tensi�n y contradicciones con otros aspectos del universo espiritual de los cubanos.

Llegamos as� a una segunda cuesti�n en estas breves notas: la disminuci�n de la politizaci�n de la vida. Dec�a que el comportamiento social de la mayor�a, de cohesi�n y apoyo activo a la forma de sociedad en que ha vivido, ha sido decisivo para la pol�tica. Por lo dem�s, aumenta progresivamente la proporci�n de las actividades de los cubanos que no encuentran su sentido en lo pol�tico. La actividad �profesional� - los oficios, dedicaciones, carreras, t�cnicas, habilidades - se convierte en el centro del inter�s y las relaciones, de las expresiones y representaciones de una gran parte de la poblaci�n. Dos procesos [fim da p�gina 189] coexistieron en una etapa prolongada: las vivencias y la memoria aproximaban o incluso reun�an lo p�blico y lo privado, de modos que me permito llamar leg�timos; se pretendi� una politizaci�n muy formalizada y normativa, invasiva de demasiados campos de la vida de las personas y la sociedad, y el discurso tenaz que la expresaba se fue vaciando. Lo usual hoy es la distancia respecto a aquel discurso, y la distancia entre lo p�blico y lo privado (Mart�nez Heredia, 1995 a; 1999 b). El alejamiento de lo pol�tico crece, en una poblaci�n que tiene una alta cultura pol�tica.�

En su lugar, los investigadores sociales constatan que el �mbito familiar es el preferido a numerosos efectos individuales, seguido por el de los amigos cercanos (Ar�s, 1998; Centro de Investigaci�n de la cultura Juan Marinello, 1998; Hern�ndez y Romero, 1999; Alejandro y Socarr�s, 1999)(4). Durante una larga etapa los proyectos personales fueron de alcances dilatados, y ten�an relaciones bastante fuertes con los proyectos de la sociedad. Hoy se aprecia un notable recorte temporal de los proyectos, que muchas veces en realidad son s�lo estrategias de sobrevivencia o de ubicaci�n m�s ventajosa, y tambi�n se advierte una lejan�a entre los proyectos individuales y los que se considerar�an de mayor alcance social. La alta escolarizaci�n y los niveles profesionales, que fueron tan apreciados durante d�cadas por las familias e individuos, y estuvieron tan articulados a lo social, han perdido peso en el inter�s y las expectativas de muchos. El auge de la atenci�n a lo privado coincide con un aumento del peso de la sensibilidad, los pensamientos y las conductas de tipo tradicional. En 1994 se�al� que una ola conservadora se extend�a entre nosotros(5); hoy no me parece posible variar esa afirmaci�n.�

Sin embargo, no se trata de una carrera de lobos. Elementos principales de la cultura predominante en Cuba operan en contra, o por lo menos no favorecen esa actitud que est� tan extendida en la esfera privada y la vida cotidiana de otras sociedades. Desde el inicio de la revoluci�n y durante un per�odo muy prolongado, tanto el impacto libertario como el del poder fueron muy opuestos al ego�smo, el individualismo y el af�n de lucro, con los cambios consecuentes en la sociedad y en las representaciones sociales que apunt� al inicio de este ac�pite. A pesar de los aspectos negativos procedentes de los l�mites que el proceso no pudo traspasar y de las deficiencias propias que fue desarrollando, el saldo del proceso que sigui� ha sido favorable a convertir en costumbres los v�nculos de solidaridad. Otras representaciones e ideas m�s antiguas o profundas que participaron en la creaci�n de la comunidad nacional y en sus correcciones y avances posteriores conten�an tendencias igualitarias y solidarias(6); ellas fueron asumidas, exacerbadas y exaltadas sin descanso por la [fim da p�gina 190] revoluci�n, y han servido para fortalecer sus pr�cticas simb�licas y la idea de socialismo. Otros componentes populares de la cultura nacional, que no han sido expresa o suficientemente atendidos ni resignificados en estos cuarenta a�os, concurren o pudieran converger, sin embargo, a favor de tendencias anticapitalistas.�

Paso a la tercera cuesti�n. Sin disminuir la importancia que tiene la creencia en trascendencias en la formaci�n del sentido com�n de la mayor�a de las personas, es indudable que la pol�tica ha sido la concreci�n ideal en forma de conciencia social m�s usual en Cuba desde hace algo m�s de un siglo. En Cuba, la historia de las relaciones entre religi�n y dominaci�n social y colonial -dos formas de dominaci�n que es vital no confundir ni reducir a una sola, aunque aparezcan juntas-, est� atravesada por tres factores: el enorme peso demogr�fico en el siglo XIX de las etnias africanas, por la entrada masiva de esclavos, y la importancia del componente de ese origen en la formaci�n de una etnia cubana, hasta hoy; el racismo antinegro moderno como una necesidad de la dominaci�n, desarrollado en el siglo XIX; el deterioro del catolicismo, ideolog�a y forma cultural religiosa dominante en la colonia criollo-hispana de los siglos XVI-XVIII, durante la gran expansi�n que sigui�, y sobre todo por su extranjerizaci�n y reducci�n a ideolog�a de los �espa�oles de Cuba�, y a ser su Iglesia instituci�n un brazo del colonialismo.�

En el cuadro resultante, se estableci� la influencia en la sociedad de la religiosidad, devociones y religiones de origen africano, a pesar de la opresi�n ejercida sobre sus portadores originarios y la grande y duradera discriminaci�n posterior. Ellas, las devociones cat�licas y el espiritismo han sido las formas principales de religiosidad popular. La preeminencia de lo pol�tico conllev� tambi�n un violento rechazo a las instituciones e ideas eclesi�sticas -y a las ideolog�as de base o influencia religiosa-, asociado a las luchas e ideales nacionalistas y de justicia social. La forja de una conciencia nacional hacia fines del siglo XIX, la Revoluci�n del 95 y el nuevo Estado republicano impusieron un laicismo bastante radical. La cultura determinada que se fij� como �cultura nacional� no ten�a buenas razones para estimar a la Iglesia Cat�lica, pero a�n menos a las religiones de origen africano. La fe, la religiosidad y las religiones tienen en el per�odo 1899-1958 una historia mucho m�s compleja que lo que podr�a sintetizar aqu� - incluida la implantaci�n de iglesias cristianas �protestantes�-, pero en lo concerniente a sus relaciones con lo pol�tico y con la mayor�a de las instituciones sociales, lo general fue que enfrentaran un riguroso laicismo. La Revoluci�n del 30 y la reformulaci�n de la hegemon�a burguesa neocolonial que le sigui� mantuvieron la m�s n�tida separaci�n entre pol�tica y religi�n.�

La cuarta revoluci�n asumi� y reforz� ese rasgo, primero por el malhadado enfrentamiento eclesi�stico a la liberaci�n cubana en los a�os 60, los m�s candentes de acci�n y concientizaci�n masivas, funesto error que quiz�s era inevitable. Y tambi�n por la confluencia en la revoluci�n de dos ideolog�as promotoras de la secularizaci�n extrema: el radicalismo de tradici�n occidental [fim da p�gina 191] y la vertiente sovi�tica del marxismo. La imposici�n del llamado ate�smo cient�fico en la segunda etapa del proceso iniciado en 1959 -la que comenz� en los primeros a�os 70 - constituy� un grave error ideol�gico y una dolorosa experiencia pr�ctica para muchos creyentes; la religi�n era vista como un rasgo oscurantista en feliz trance de desaparici�n. Por otra parte, el sentido que asum�an los cambios pr�cticos en la vida de las mayor�as y el inmenso prestigio del conocimiento como instancia iluminadora de la vida, aportados a la sociedad por la obra de la revoluci�n, erosionaron mucho el suelo de las creencias religiosas y aumentaron sensiblemente la presi�n social irreligiosa. Con aquella historia previa tan influyente y circunstancias sociales de tanto peso, la irreligiosidad tuvo en Cuba de esa etapa un �xito enorme, cuando en muchos lugares de Occidente el largo proceso de secularizaci�n estaba perdiendo fuerza, o incluso revirti�ndose. La influencia de la Revoluci�n sandinista de 1979, y sobre todo el proceso pol�tico llamado �de rectificaci�n de errores�, iniciado por la direcci�n del pa�s en 1985-86, abrieron paso a cambios positivos en la pol�tica hacia los creyentes religiosos, institucionalizados por el IV Congreso del Partido Comunista (1991) y por la reforma constitucional de 1992 (Cepeda, 1986; G�mez Treto, 1987; Alonso, 1994)(7).�

Es dif�cil relacionar los hechos expuestos con el notable y sostenido crecimiento de la religiosidad y las religiones en la Cuba de la �ltima d�cada. �C�mo entenderlo, con una historia como la cubana, un triunfo tan completo como el que tuvo la ideolog�a revolucionaria y el gigantesco proceso educacional de los j�venes desde posiciones ateistas que sucedi� en las d�cadas recientes? �Qu� necesidades espirituales est� expresando el gran boom de la religiosidad? Hoy son creyentes muchos miles de j�venes que no tuvieron experiencias religiosas cuando eran ni�os. Todas las religiones han crecido, tanto que ya son habituales los grandes grupos de personas en los lugares de culto y el uso de una parte del tiempo de no trabajo en ceremonias, reuniones o lecturas de contenido religioso; numerosas palabras de ese �mbito resultan ahora corrientes en el habla com�n. En general este hecho novedoso es vivido socialmente con naturalidad, y ya va siendo aceptado en l�neas generales por los poderes p�blicos. Las instituciones religiosas, que son muy diversas, reaccionan o act�an como pueden frente a un hecho para el cual no estaban preparadas, aceptando o no las consecuencias, variando en sus liturgias, su organizaci�n o el orden en que ve�an las cosas, actuando en terrenos que les eran insospechados. Hoy se hacen visibles muchas veces los aspectos no religiosos de esas instituciones.�

Frente a la perplejidad o el entusiasmo de unos, el dejar pasar de otros y algunos avances de los conocimientos sociales, la fe religiosa y la pertenencia a religiones est�n ocupando un espacio significativo en la cultura cubana(8). �Tender� ese hecho a la permanencia? A los efectos de estas notas apunto s�lo [fim da p�gina 192] algunas de sus relaciones con lo dicho hasta aqu�, desde el estado en que se encuentran mis an�lisis. Ante todo, el hecho religioso en la Cuba actual es un indicador vigoroso de la diversidad social; a la vez que se incorpora al avance de lo heterog�neo, hasta ahora no parece respetar las l�neas de diferenciaci�n social tendidas por el ingreso y el consumo. Sin duda, el auge religioso actual forma parte de la disminuci�n de la politizaci�n de la vida. La fe religiosa brinda un espacio privilegiado a lo personal, y entre las instituciones sociales reivindica fuertemente a la familia. El converso reciente vive con pasi�n sus experiencias y se siente miembro de una comunidad de creyentes, en la cual intercambia afectos y busca apoyo; �l puede ver como crece una nueva entidad que es m�s que cada uno de sus miembros. Ante las necesidades de sentido com�n de una �poca de desgarramientos y de transiciones, �llegar� a ser la religi�n entre nosotros uno de los discursos p�blicos de lo privado? �Encontrar� fuerza en el predominio que posee del material �espont�neo�, diferente a la concientizaci�n? Las religiones brindan a sus adeptos, adem�s, un proyecto trascendente -algo tan necesario a las personas y los grupos-, que es muy diferente a las pr�cticas cotidianas y no parece relacionado con ellas.�

Los fen�menos religiosos actuales no permanecen ajenos a la descomunal pugna de valores en curso que mencion� arriba. Las tradiciones intelectuales religiosas incluyen aproximaciones diversas, e incluso contradictorias, a los temas m�s agudos de esa pugna de valores; este elemento le presta singular inter�s a las posiciones posibles desde la religiosidad. Aunque el discurso religioso se expresa por lo general al margen de las pr�cticas pol�ticas, es inevitable relacionar con lo pol�tico al hecho religioso cubano actual y sus implicaciones. La religiosidad, las religiones, �formar�n parte de la ola conservadora a la que me refer�a, o podr�n participar en una formulaci�n renovada del proyecto socialista cubano? �Est�n marcadas por un inevitable peso ideol�gico conservador, o pueden ayudar a mantener la conversi�n en costumbres de los v�nculos de solidaridad?�

Lo cierto es que la religiosidad y sus pr�cticas se ven influidas por un gran n�mero de factores y de tensiones. La historia reciente - y la ignorancia del proceso hist�rico - pueden facilitar la impresi�n de que las pr�cticas y los ideales religiosos son respuestas o resistencias al mundo �oficial�, que ser�a ateo, autoritario, o por lo menos la opci�n que el religioso no escoge. El dinero y las crecientes relaciones promotoras del individualismo, el ego�smo y el af�n de lucro, son rechazables por la moral religiosa; pero existe una acumulaci�n cultural religiosa -con sus varientes - que contiene ambig�edades y campo para vivir las dicotom�as entre el �hombre econ�mico�, �el mundo� o �el siglo�, por un lado, y la persona religiosa practicante por otro, de modo funcional a la hegemon�a capitalista. En sentido contrario, las tradiciones religiosas contienen condenas al poder de los ricos, a la opresi�n y a la vida regida por el inter�s mezquino y el lucro, que han inspirado rebeld�as y tienen formulaciones morales y teol�gicas(9).�

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El problema planteado arriba es demasiado serio para aludirlo de pasada, y me parece que todav�a no se ha desplegado suficientemente. Me limito entonces a agregar la menci�n de tres signos que estimo positivos: el auge de las religiones de origen africano ataca a uno de los elementos que componen la cultura cubana: el racismo, que influye todav�a a pesar de los inmensos avances integradores de las revoluciones. En segundo lugar, el Papa fue muy bien recibido, pero enseguida fue olvidado, y su visita era tambi�n un test acerca de las posibilidades de perturbar al r�gimen desde la religi�n. Tercero, en determinados medios �protestantes� se hacen esfuerzos serios por participar, desde sus pr�cticas, su �tica y su eclesiolog�a, en la defensa de la sociedad solidaria que ha existido y en la necesidad de reformularla a la altura de los problemas actuales; esa actitud intenta superar la vieja relaci�n protestante Iglesia-Estado.



III

El esfuerzo hegemonista principal del gran capitalismo actual est� puesto en una guerra cultural mundial. Su objetivo es que todos aceptemos que la �nica manera posible de vida cotidiana es la que obedece las reglas del capitalismo, y que estas reglas constituyen el deber ser de la vida ciudadana. S�lo de ah� en adelante es que las diversidades son admitidas, y hasta estimuladas en ciertos casos, para controlarlas y manipularlas. No lo hace por capricho o simple maldad. En su fase actual, el capitalismo no puede evitar, por su naturaleza, excluir de sus procesos a gran parte de la poblaci�n del mundo. No es la econom�a a secas la que no puede satisfacer ni siquiera de manera elemental a miles de millones de personas, ni puede evitar agredir gravemente al medio en que vivimos: es la econom�a capitalista dominante. Sin reformas que redistribuyan algo el ingreso, ampl�en ciertas capas medias y brinden bases sociales al sistema, la lucha burguesa por mantener la hegemon�a en un mundo de parias y de iniquidades escandalosas tiene a la cultura por teatro principal. El gran capitalismo transnacional y parasitario centraliza el poder y las decisiones a un grado nunca visto, vac�a de sentido a la pol�tica mientras exige el imperio de la democracia formal, y ejerce controles casi totalitarios sobre la informaci�n y la formaci�n de opini�n p�blica; pretende imponer en suma un sistema de homogeneizaci�n cultural omnipresente, que provea todos los consumos espirituales y desmonte todo potencial de protesta. �Neoliberalismo� o �globalizaci�n� son palabras de un lenguaje que limita el pensamiento a debates secundarios o confusionistas respecto a lo esencial del sistema; este propone hoy, en lugar de las antiguas promesas, una cultura del miedo, la indiferencia, la fragmentaci�n y la resignaci�n (Mart�nez Heredia 1997 a; 1997 b; 1998).�

Cuba tambi�n est� inmersa en esa batalla mundial, con graves debilidades pero con muchas cartas a su favor para defender la manera de vivir socialista desde la lucha cultural. Son reales los avances del conservatismo en nuestro pa�s, del apoliticismo y de relaciones y representaciones ajenas al socialismo. Pero nada est� decidido, estamos en medio de una confrontaci�n. Ante todo, es [fim da p�gina 194] necesario derrotar la sugerencia de aceptar la generalizaci�n de relaciones y representaciones capitalistas como un fen�meno de origen externo, que nos es ajeno e inevitable. E impedir los avances de formas nacionales de hacer �naturales� las diferencias sociales y las jerarquizaciones a partir del poder del dinero. El fin de ambos procesos ser�a -aunque no se tenga conciencia de ello - dar lugar a una transici�n al tipo de capitalismo que le corresponder�a a Cuba. Ellos no son tan fuertes en la actualidad, porque el sistema vigente mantiene su poder en las variables fundamentales que describ� arriba, y porque el fatalismo y el poder del dinero carecen de legitimidad pol�tica, y hasta ahora carecen tambi�n de legitimidad social.�

Pero se est� arriesgando en la actualidad la disociaci�n de lo cubano y el socialismo. No ser� positivo aferrarse a una naci�n sin apellidos, porque ese tipo de naci�n resulta siempre a la postre un dominio burgu�s. Pienso que la diversidad social no es nuestra debilidad sino una fuente potencial de renovaci�n de todos los aspectos de la vida social, si logramos darle sentido socialista a sus actividades, ideales y organizaciones. Salir adelante implicar� resolver exigencias clave en todos los campos de la vida social. Y habr� que cumplir, entre otros requisitos, los de no considerar como algo dado lo que en realidad es un gran escenario en movimiento, abandonar cierto n�mero de certezas para reidentificar desde los valores hasta las instituciones, y sobre todo para recrear y crear, que a menos no se puede aspirar si se quiere ser pragm�tico en la lucha anticapitalista.�

Bibliograf�a


Notas

1) Investigador Titular en el Centro de Investigaciones de la Cultura Cubana "Juan Marinello", La Habana, Cuba.

2) Las primeras tienden a satisfacer necesidades como vestido y alimentaci�n, salud, empleo, vivienda, educaci�n, estado de derecho, etc. Las segundas ata�en a cambios profundos de las gentes, sus relaciones entre s� y con las cosas, dirigidos contra todas las dominaciones y a favor de la formaci�n de individuos m�s plenos y m�s solidarios, organizados para que la sociedad sea cada vez m�s libre y m�s socialista. La divisi�n es dif�cil y los intersectos entre ambos tipos de tareas son muy fuertes.

3) La revoluci�n transform� la distribuci�n del ingreso: en 1953, el 40% m�s pobre recib�a el 6,5%, en 1986, recib�a el 26%; el 10% m�s rico, en 1953 recib�a el 38,8%, en 1986, el 20,1%. El PIB per c�pita cubano creci� el 3,1% anual entre 1960-85; en el resto de Am�rica Latina creci� al 1,8% en el mismo per�odo (Zimbalist & Brundenius, 1989: cap. X, tablas 10.2 y 10.6).

4) Adem�s de entrevistas realizadas por el autor.

5) "(...) una reacci�n del campo espiritual que amenaza envolver a la producci�n cultural y a la vida cotidiana" (Mart�nez Heredia, 1995 b).

6) No es posible comprender a Cuba si el an�lisis olvida que este "pa�s socialista" tiene su historia. Isla caribe�a de importancia estrat�gica, una gran expansi�n econ�mica basada en intensa explotaci�n esclavista mercantil, colonialismo y racismo, form� un pueblo oprimido en el siglo XIX, que combati� a muerte por la libertad �personal, social y ciudadana�, y cre� instituciones y representaciones pol�ticas muy modernas desde hace m�s de un siglo. Su en�rgico nacionalismo �y esta es otra diferencia con los de Europa� es de ra�z muy popular, refiere sus pr�cticas simb�licas a guerras revolucionarias e incluye una fuerte aversi�n al poder de los Estados Unidos.

7) Para esa historia ver, entre otros: Documento final del Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Tipograf�a Don Bosco, Roma, 1986; y La voz de la Iglesia en Cuba (100 documentos episcopales). Obra Nacional de la Buena Prensa, M�xico DF, 1995.

8) En los �ltimos a�os se ha publicado un n�mero creciente de estudios de asunto religioso. S�lo para ilustrar el hecho cito a la revista de pensamiento socioteol�gico Caminos, del Centro Martin L. King de La Habana, con catorce n�meros publicados. Y a Temas n�m. 4, de oct/dic. 1995.

9) Am�rica Latina es el sitio de origen y el campo privilegiado de desarrollo de la Teolog�a de la Liberaci�n, aporte intelectual extraordinario a una renovaci�n religiosa que cuenta con innumerables referentes pr�cticos en movimientos sociales de la regi�n. La influencia en Cuba de esta renovaci�n es indudable, pero por diversas razones ha estado reducida a c�rculos exiguos.

RESUMO
NOTAS SOBRE SOCIEDADE
E CULTURA A PARTIR DE CUBA ATUAL


Este artigo prop�e conceitos e discute a hist�ria contempor�nea e a atualidade cubana. A partir deles, discute tr�s tend�ncias atuais na sociedade, tend�ncias essas que considera relevantes: a passagem de uma homogeneidade aos avan�os da heterogeneidade, a passagem da politiza��o � profissionaliza��o e o crescimento da religiosidade. A an�lise se beneficia de pesquisas recentemente desenvolvidas em Cuba.
PALAVRAS-CHAVE: Cuba; religi�o; cultura pol�tica.

ABSTRACT
NOTES ABOUT SOCIETY AND CULTURE IN CONTEMPORAIN CUBA


The essay advances some concepts and a discussion on contemporary history and current events in Cuba. Building on them it analyses three societal trends the author deems relevant: the shift from homogeneity to a degree of heterogeneity; the shift from politisation to professionalisation; and the rise of religious practices. The discussion benefits from the findings of recent research work.
KEYWORDS: Cuba; religion; political culture.



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N�mero 16 - set/2000  |   Universidade Federal da Para�ba  |  Programa de P�s-Gradua��o em Sociologia - UFPb


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modificado pela �ltima vez em 01 de setembro de 2001, por Carla Mary S. Oliveira.

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