![]()
El relato es sobrecogedor. La Nada, una fuerza abismal y ca�tica, est� devorando el Reino de Fantas�a, el pa�s de los cuentos infantiles, el mundo imaginario de las grandes gestas y las haza�as memorables. A fuerza de realismo y de pragmatismo, a fuerza de positivismo romo, est�n dejando de so�ar los seres humanos y la Nada va engullendo, inexorable, el reino legendario de Fantas�a.
As� nos va relatando Michael Ende esa fant�stica historia que, precisamente por fant�stica, no es sino una fiel descripci�n de nuestra ramplona realidad.
Por fortuna, todav�a nos queda un remedio para evitar la cat�strofe total. La Emperatriz Infantil, la Se�ora del Reino de la Ilusi�n, ha pedido a Atreyu, el ni�o guerrero, que viaje hasta los confines de su reino y le traiga a un humano, capaz todav�a de seguir so�ando, capaz de mantener con vida el pa�s de los sue�os. Y Atreyu, el valeroso guerrero, recorre los caminos del cielo en su drag�n volador, buscando un ser humano que salve a su se�ora y a su reino de las garras implacables de la Nada.
La narraci�n - prosigue Ende la historia - ha llegado a su cl�max. Obligado a superar obst�culos sin cuento, Atreyu va a ser sometido a una prueba decisiva: ha de traspasar la Puerta del Espejo M�gico que le devolver� su propia imagen. Pero he aqu� que, al intentar traspasarla, no es la imagen de Atreyu, sino la de Basti�n la que queda reflejada en el cristal, porque �l es el humano invitado a mantener con vida el Reino de Fantas�a, �l es el llamado a so�ar para que no se desvanezca, engullido por la Nada, el pa�s de la ilusi�n con su Se�ora de los Deseos, la de los Ojos Dorados.
Y en ese punto del cuento el metarrelato se funde con el relato, y cada lector se sabe retado a asumir el papel de Atreyu, a so�ar cuantas quimeras ocurr�rsele puedan, a convertirse en protagonista de una historia que, por quedar en manos de cada posible lector, se convierte en una historia interminable. El Reino de Fantas�a no tiene confines: no tiene m�s l�mites que los que los propios hombres queramos ponerle. La historia de Fantas�a no tiene un final: no tiene m�s t�rmino que el que queramos darle.
Como al mundo del sue�o le ocurre al mundo moral, en realidad tan poco alejado de �l: que no tiene m�s confines, m�s l�mites ni m�s vida que los que cada uno de nosotros, todos nosotros, queramos darle. No tiene por protagonistas h�roes legendarios, ni tampoco exclusivamente pol�ticos, famosos de los medios de comunicaci�n, personajes c�lebres del mundo de la imagen, sino que son sus creadoras cuantas personas - varones y mujeres - se empe�en en la empresa, en el quehacer compartido, de construir en serio un mundo m�s humano. Un mundo al que no puedan resultarle ajenos, sino muy suyos, ni los requerimientos del sufrimiento, ni las exigencias de la justicia, ni la aspiraci�n a la felicidad. Si rehusamos ser los protagonistas de esta historia, podemos tener la certeza de que nadie la har� por nosotros, porque nadie puede hacerla. El viejo dicho de la sabidur�a popular "nadie es insustituible" se hace una vez m�s falso, en el caso de la moral c�vica: las personas de carne y hueso - los ciudadanos - somos insustituibles en la construcci�n de nuestro mundo moral, porque los agentes de moralizaci�n, los encarga-dos de formular los juicios morales, de incorporarlos y trasmitirlos a trav�s de la educaci�n, no son los pol�-ticos ni los personajes del mundo de la imagen, ni los cantantes, ni el clero, ni los intelectuales, sino todas y cada una de las personas que formamos parte de una sociedad. Por eso puede decirse sin temor a errar que la moral de una sociedad civil - la moral c�vica -, o la hacemos las "personas de la calle", o no se har�, y se disolver� en la Nada como el Reino de la Fantas�a.
� 1997
![]()
�