DOS TIROS CONTRA TODOS NOSOTROS
Yaveh, el Dios del antiguo testamento,
maldijo a a Cain por el asesinato de Abel: «La voz de la sangre
de tu hermano clama desde la tierra». En una impresionante reacción
de dolor e ira popular, centenares de miles de ciudadanos
salieron el sábado por la tarde a la calle para maldecir a ETA
por derramar la sangre de un hombre inocente, que entraba anoche
en coma irreversible. Eran la manifestación espontánea y
representativa del sentimiento de frustración de millones de hogares
en todo el país. Algunos creían ingenuamente que ETA había alcanzado
su máxima capacidad de iniquidad al mantener encerrado durante
año y medio al funcionario Ortega Lara
en condiciones infrahumanas. Pero la banda se ha
superado a sí misma al disparar a sangre fría contra Miguel
Angel Blanco, al que de antemano había fijado día y hora de
ejecución. Incluso los tiranos más sanguinarios guardan las
formas con sus víctimas, a las que, por lo menos, conceden el
beneficio de un juicio para formular su defensa. La banda
terrorista vasca ha vertido la sangre de Miguel Angel Blanco por
pura venganza. No ha podido tolerar la alegría de todos los
demócratas por la liberación de Ortega Lara. Y ha ignorado el
clamor de una inmensa mayoría de vascos y españoles, que se han movilizado
durante 48 horas para lograr lo imposible: paralizar el brazo del
verdugo.
Desde el puñado de personas en una aldea
gallega al medio millón de manifestantes de Bilbao, desde el testimonio
de la madre de un preso etarra al mensaje del Papa, desde las
velas y el silencio de los habitantes de Ermua a la declaración de
Ajuria Enea, no hay precedentes de una reacción tan solidaria y emocionante
como la de estos días. Un sentimiento popular de rechazo a la
violencia y de defensa de la vida ha recorrido toda la geografía
española. No ha bastado para carnbiar la voluntad de los
asesinos, pero sí ha tenido al menos la virtualidad de demostrar
su aislamiento. Dos balas son suficientes para quitar la vida de
una persona. Son suficientes para romper una familia y para
suscitar la amargura de los millones de personas que habían
apostado por la liberación de Miguel Angel Blanco. Pero dos
balas no pueden disimular ni desviar la atención sobre el
patético aislamiento de la banda terrorista y su entorno, que
más que nunca ha quedado patente estos días.
La escena de 70 militantes de HB, protegidos por la Ertzaintza, en Vitoria o la falta de asistencia en Bilbao a la manifestación convocada por la coalición abertzale -incapaz de decir ni una sola palabra de condena sobre el secuestro del concejal del PP- testimonian la falta de apoyo social de los violentos, que paradójicamente con este vil atentado han logrado demostrar la fuerza de los partidarios de la paz. Quienes han guardado silencio y han mirado para otro lado en estos dos pasados días son corresponsables morales y políticos -«cómplices», decía el lehendakari Ardanza- de este crimen. Y, por ello, con toda la serenidad pero con toda la firmeza posible, deben sentir el rechazo de las fuerzas democráticas.
El boicot que los representantes de HB han hecho al Parlamento y a otras instituciones, debe volverse contra ellos. La Mesa Nacional, los ideólogos, los diputados, los concejales y los militantes batasunos deben ser repudiados por los partidos que practican la democracia y por los millones de ciudadanos que denostan la violencia. Y ello es posible desde el respeto a la ley y a las normas de convivencia. Que nadie piense en atajos o en tomar la venganza por su mano. No se trata de eso. Estamos hablando del aislamiento social y político de los que justifican y amparan a ETA, de los que utilizan su libertad para destruir la libertad de los demás. No tiene sentido, por ejemplo, que los partidos de Ajuna Enea acepten la presencia de HB en la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco tras lo acontecido en las últimas semanas. Si el desenlace del secuestro de Miguel Angel Blanco hubiera sido otro, el Estado habría sabido ser generoso. Pero estas dos balas cierran las puertas a cualquier gesto de benevolencia o de buena voluntad. Los quinientos presos vascos no van a salir ganando con este acto de barbarie, que reduce el margen de maniobra político del Gobierno para solucionar su problema. Nadie puede borrar lo sucedido. Como dice el proverbio evángelico, «por sus hechos los conoceréis».
ETA defiende la intolerancia, secuestra, chantajea y mata. Por carecer, carece hasta de piedad, el más elemental de los sentimientos. ¿Qué futuro puede prometer a los vascos quien predica con estos abominables métodos? Los dos tiros contra Miguel Angel Blanco van contra todos nosotros. Pero «nosotros estamos orgullosos de no ser como ellos», como subrayó el ministro Mayor Oreja. Lo estamos y, por eso, creemos que en estas horas difíciles deben prevalecer la racionalidad y la contención, que constituyen la frontera entre «nosotros» y «ellos».