UNA MIRADA A LA ULTRATUMBA
BAJO LA GUÍA DE UN LAMA TIBETANO
Julius Evola
Uno de los
puntos en los cuales existe un preciso contraste entre las posturas que han
predominado en Occidente y las que se han conservado –aunque no siempre en
forma pura– entre casi todos los pueblos de Oriente, se refiere a la concepción
de la muerte.
De acuerdo a las enseñanzas orientales el estado humano de
existencia no es sino una fase de un ritmo que viene desde lo infinito y va
hacia lo infinito. La muerte, a tal respecto, no tiene nada de trágico: es un
simple cambio de estado, uno de los tantos que, en tal desarrollo, ha padecido
un principio esencialmente suprapersonal. Y así como el nacimiento terrenal es
considerado como una muerte con respecto a estadios anteriores, no-humanos, de
la misma manera la muerte terrenal puede tener el significado de un nacimiento
en sentido superior, de un despertar transfigurador. Pero en las enseñanzas
aludidas, esta última idea no queda como entre nosotros en una dimensión
abstractamente mística. La misma adquiere un significado positivo de una
especial tradición relativa a un “arte de morir” y a una ciencia de las
experiencias que deben esperarse en la ultratumba.
La expresión más característica de esta tradición se la
encuentra en algunos textos tibetanos recientemente llevados al conocimiento
del público occidental a través de la traducción del lama K. Dawa Samdup y de
Evans Wentz. El más importante de tales textos se llama Bardo Thödol,
término que se puede traducir aproximadamente así: “Enseñanza a escuchar con
relación a las alternativas” (Bardo).
En efecto, la idea central de esta doctrina es que el destino de
ultratumba no es unívoco; la ultratumba ofrece diferentes posibilidades,
caminos, alternativas, en modo tal que a tal respecto, la actitud y la acción
del alma de aquel que ya ha sido hombre, tienen una importancia fundamental.
Lo que impacta en tales enseñanzas es su absoluta
asentimentalidad, su estilo casi de sala operatoria, en razón de su calma,
precisión, lucidez. “Misterio” y angustias no encuentran lugar aquí. No sin
equivocarse el traductor ha hablado a tal respecto de un traveller’s guide
to other worlds, es decir una especie de Baedecker, de guía para los otros
mundos. El que muere debe mantener el espíritu calmo y firme; con suma fuerza
él debe luchar para no caer en un estado de “sueño”, de coma, de desmayo, lo
cual sería sin embargo posible tan sólo si ya en la vida nos hemos entregado a
especiales disciplinas espirituales, como por ejemplo el Yoga. Las enseñanzas
que entonces son comunicadas, o de las cuales él se debe acordar, tienen más o
menos este sentido: “Sabe que estás por morir. Probarás ésta o aquella
sensación en el cuerpo, sentirás estas fuerzas como si se te escapan, se
detendrá la respiración, cesará este sentido después de este otro – y he aquí:
desde lo profundo, irrumpirá este estado de conciencia, estos vértigos te
tomarán y estas apariciones se formarán mientras eres llevado afuera del mundo
de los cuerpos. No te atemorices, no tiembles. Debes en cambio acordarte del
significado de aquello que experimentarás y de cómo te conviene actuar”.
El ideal más alto de las tradiciones orientales en general es la
“liberación”. La liberación consiste en realizar un estado de unidad con la
suprema realidad metafísica. Aquel que, aun teniendo aspiración a ello, no ha
sido capaz de realizarlo en vida de hombre, tiene la posibilidad de arribar a
ello en el momento de la muerte, o en los estados que inmediatamente le siguen
a la muerte, si es capaz de un acto, el cual hace casi pensar en aquella
violencia a usar para entrar en el reino de los Cielos, de los cuales se habla
también en los Evangelios. Todo dependería de una capacidad intrépida y
fulminante de “identificación”.
Para ello la premisa es que el hombre, en su naturaleza más profunda,
es idéntico no tan sólo a las diferentes fuerzas trascendentes simbolizadas por
las diferentes divinidades del panteón de aquellas tradiciones, sino
también al mismo Supremo. El mundo divino no tendría una realidad objetiva
diferente del Yo: la distinción sería una mera apariencia, un producto de
“ignorancia”. Nos creemos dioses, mientras que no se es sino dioses que
duermen. Pero al caer el cuerpo el velo de la “ignorancia” se resquebraja y el
espíritu tendría –luego de una breve fase de desfallecimiento correspondiente
al compuesto psico-físico– la experiencia directa de estos estados o poderes
metafísicos, a partir de la denominada “Luz-fulgor”, estados y poderes que no
son sino su misma esencia más profunda.
Entonces se plantea una alternativa: o se es capaz, a través de
un impulso absoluto del espíritu, de “identificarse”, de sentirse como aquella
Luz –y entonces la “liberación” es alcanzada, el “dios que duerme” se
despierta. O en cambio se tiene miedo, se da marcha atrás, y entonces se desciende,
se pasa a otras experiencias, en las cuales, como por una sacudida dada a un
calidoscopio, la misma realidad espiritual se presentará no más en aquella
forma desnuda y absoluta, sino en la semblanza de seres personales y divinos. Y
aquí se repite la misma situación, la misma alternativa, la misma prueba.
Habría propiamente dos grados. En primer lugar aparecerían
formas divinas calmas, poderosas, luminosas: luego, formas divinas terribles,
destructivas, amenazantes. En uno como en otro caso, de acuerdo a la enseñanza
en cuestión, no nos debemos engañar ni asustar; es la misma mente que, casi a
la manera de una alucinación, crea y se proyecta ante sí misma todas estas
figuras: es la misma sustancia abismal del Yo que se objetiva, con la ayuda de
las imágenes que fueron más familiares a un muerto. Por lo cual, es admitido
sin más que el hindú “verá” las divinidades hindúes, el mahometano al Dios
islámico, el buddhista a uno de los Buddha divinificados, y así sucesivamente,
tratándose de formas variadas, pero equivalentes, de un fenómeno puramente
mental.
Todo tiene que ver con que “aquel que ha partido” (el muerto)
logre destruir la ilusión de una diferencia entre sí mismo y tales imágenes y
mantener, por decirlo así, su sangre fría. Ello no es sin embargo tan difícil,
en cuanto más él, bajo el impulso de fuerzas oscuras e irracionales, se aleje
del punto inicial de las experiencias póstumas. En efecto, es más arduo
reconocerse en un dios que toma el aspecto de persona y que fue siempre adorado
como ser distinto, que en una forma de pura luz; y es sumamente menos probable
que luego la identificación pueda acontecer frente a las divinidades
“terribles”, a menos que, en la vida, no nos hayamos consagrado a cultos
especiales. El velo de la ilusión se hace así paulatinamente siempre más
espeso, en un progresivo menoscabo, equivalente a una disminución de la luz
interna. Se cae, nos acercamos al destino de pasar nuevamente a una forma
finita y condicionada de existencia que, por lo demás, no está dicho que sea
nuevamente y terrestre como querrían aquellos que asumen como un dogma, de
manera grosera y simplista, la teoría de la reencarnación.
Pero el que se “acuerda”, hasta el último momento tendría
posibilidades; los textos en cuestión indican en efecto acciones espirituales,
por medio de las cuales o se logra “abrir la matriz”, o bien, por lo menos, se
logra “elegir” – elegir el plano, el lugar y el modo de la nueva manifestación,
del nuevo estado de existencia, entre todos aquello que, en un último y supremo
momento de lucidez, se revelarían a la visión del muerto. La reaparición en el
mundo condicionado acontecería a través de un proceso que, en estos textos
tibetanos, presenta una singular concordancia con varias posturas del
psicoanálisis, y que implicaría una interrupción de la continuidad de
conciencia: se borra el recuerdo de las anteriores experiencias suprasensibles,
pero se mantiene sin embargo, en el caso de un “nacimiento elegido” el impulso,
la dirección. Se tendrá así un ser que, aun hallándose nuevamente en la
situación de experimentar la vida como “un viaje en las horas de la noche”, se
encuentra animado por una vocación superior, es conducido por una fuerza de lo
alto, no es uno de aquellos seres vulgares destinados a “perderse como una
flecha lanzada en la oscuridad”, sino un “noble” al que un impulso más fuerte
que él lo impulsará hacia el mismo fin hacia el cual en la primera prueba se ha
venido a menos, pero que ahora, como un nuevo poder, será nuevamente
enfrentada.
Singulares perspectivas se abren pues con estas enseñanzas,
fundadas en una tradición milenaria. Cualquier cosa pueda decirse de los
mismos, una cosa es segura: los horizontes, con tales enseñanzas, son
ampliados, en modo tal que las oscuridades, las tragedias, las contingencias de
esta vida humana no pueden sino resultar relativizadas. Aquello que, en una
especie de pesadilla, se podía considerar como definitivo, puede no ser sino un
episodio, con respecto a algo más fuerte y más alto, que no comienza con el
nacimiento y que no concluye con la muerte y que puede aun valer como principio
de una calma superior y de una incomparable, inquebrantable seguridad ante toda
prueba.
(La Stampa, Diciembre de 1943).