
“Los norteamericanos están sometidos a la
esclavitud, pero ellos no se dan cuenta y están contentísimos. Es espantoso que
nuestro destino dependa de gente tan mediocre” (Jorge Luis Borges)
El reciente triunfo en las elecciones de California,
uno de los principales Estados de USA y la quinta economía del planeta, por
parte del popular personaje de la historieta, Terminator, debe ser
considerado como uno de los acontecimientos más impactantes que hasta ahora nos
ha presentado el nuevo milenio que se inicia, así como la puesta a tono y
confirmación de una realidad que se venía vislumbrando desde hace mucho tiempo.
Por supuesto que ha habido múltiples comentarios
sobre el tema, pero por lo general los mismos no han salido de un ámbito de
superficialidad enfatizando en el hecho de que tal espectacular triunfo por más
del 50% del electorado debería reputarse como el resultado de una especie de
voto bronca y castigo hacia la clase política, a la que, de la misma manera que
en la Argentina, se la ha querido sancionar por su ineptitud y corrupción. Así
pues si en nuestro suelo cuando la población quiso oponerse a los políticos
anulaba el voto llenando las boletas con imágenes de sujetos extravagantes y
divertidos, algo parecido y aun más audaz e ingenioso habría hecho el
norteamericano quien habría dado un paso más adelante al elegir para uno de los
cargos más importantes de gobierno a un personaje de ficción, a un popular
héroe de historieta, el que, debido a los “avances” de la tecnología tiene hoy
la ventaja de poseer expresión humana, a diferencia de sus antecesores menos
actuales, como el Pato Donald y el ratón Mickey. Además habría acontecido
también el dato curioso de que tal personaje, además de no contar con ninguna
experiencia política, había propuesto su candidatura unos pocos días antes de
la elección, casi como contestando en broma ante la requisitoria periodística
efectuada en un programa de chismes del espectáculo, junto a otras preguntas
relativas a temas de la farándula. Sin embargo quienes así opinan soslayan el
hecho esencial de que, a diferencia de lo acontecido en la Argentina, la
elección de Terminator es algo más que el producto de un estado de ánimo
pasajero y de enojo en la opinión pública como en nuestro caso, sino es la
demostración más cabal y avanzada del alma del norteamericano y por lo tanto no
un fenómeno ocasional, sino algo que tiende a perpetuarse y a ahondarse cada
vez más con el tiempo. Ello es así porque el norteamericano medio, lejos de
considerar a lo hecho como una broma o una travesura, está en el fondo
convencido de la eficacia y “capacidad” del candidato que él ha elegido.
Es que en general cuando se analiza la idiosincrasia
del norteamericano pocos son los que reparan en que se trata de un tipo de
hombre sustancialmente diferente de todos nosotros. Y a tal respecto recordamos
que alguien ha con razón dicho que en el fondo Norteamérica no es una nación,
sino una civilización y como tal enormemente distinta de las restantes, en la
psicología y manera de ser que nos acompaña en los actos habituales de nuestra
vida. Y si bien es cierto que en algo podemos parecernos a los norteamericanos,
ello no es debido a que nosotros expresemos una comunidad en cuanto a
naturaleza, sino, por el contrario, en razón de una sugestión poderosa e
influjo que nos ha sido impuesta por dicha civilización.
Decía
Piaget, al referirse al error que los psicólogos anteriores habían efectuado al
estudiar al niño, que éstos se habían equivocado al considerarlo como un hombre
en miniatura, soslayando el hecho de que el alma del infante participa de leyes
que le son propias, en algunos casos sustancialmente distintas de las
existentes en el mundo del adulto y que éste ha fracasado habitualmente en
comprenderlo por su incapacidad en saber adaptarse a un universo psíquico que
le resulta sumamente distinto. Así pues, en manera similar, ha sucedido
generalmente que, cuando se ha querido entender a Norteamérica, sea en su
política internacional como interna, se lo ha hecho por comparación con todos
nosotros; y en esto ha estribado el gran error de muchos.
El ejemplo dado por el psicólogo suizo sirve también
para corroborar aquel diagnóstico dado en el siglo pasado por el que, al
caracterizar el alma yanqui, se puso el acento esencial sobre su infantilismo.
Y si el mismo quiso ser refutado por la circunstancia de tratarse de una nación
sumamente poderosa, la más poderosa de todas, ello no ha significado sino querer
juzgar con categorías de niño lo que es en cambio algo característico del mundo
de los adultos. El niño carece casi por completo del conocimiento abstracto,
propio de la función racional de la mente, su forma de conocer es
principalmente a través de imágenes, es decir, de aquella facultad propia de
los sentidos internos. Y si lo principal en el plano de la razón es la
coherencia entre los conceptos y juicios y el rigor y exactitud en la
formulación del razonamiento, así como el esfuerzo por aprehender las leyes y
esencias del mundo externo, el universo del niño en cambio se encuentra
afectado principalmente por el impacto e impresión que en él producen las
imágenes, a nivel de conocimiento y el juego en el ámbito propio de la acción.
Ello es lo que explica no solamente el éxito notorio que en Norteamérica han
tenido las “artes” audiovisuales, como el cine y la televisión, sino dentro de
las mismas principalmente las películas que se destacan por sus “efectos
especiales” y en cambio el escaso valor que allí se asigna, no digamos a
temáticas metafísicas, disciplina ésta para la cual, en razón de su
infantilismo, se encuentra negado por naturaleza el norteamericano, sino aun a
cuestiones menores, relativas al tratamiento de problemáticas históricas o
éticas. Resulta curioso constatar tal característica a través de las increíbles
interpretaciones que en las cintas producidas en Hollywood se produce con las
grandes temáticas históricas, en donde los problemas más medulosos de nuestra
historia son reducidos en forma maniquea a una lucha entre el bien y el mal,
siendo lo primero lógicamente asimilable a la pequeña moral que el
norteamericano ha constituido a lo largo de toda su historia, en donde ser
bueno no es obviamente adherir a determinados principios superiores y eternos,
sino algo más pedestre como ser cumplir a rajatablas con la política de los
Estados Unidos, sostener su concepto de democracia y derechos humanos,
exaltarlos e imitarlos. Es también característica del niño la actitud
caprichosa de obtener resultados rápidos y sin esfuerzo, rehuyendo el dolor y
el sacrificio. Por ello las guerras para éste deben ser rápidas y sin el mayor
sufrimiento y desgaste para tal nación. Pensemos en la reciente guerra de Irak,
cuyo resultado estribaba tan sólo en el hecho de que concluyese rápidamente,
sin importar los medios que se utilizaran al respecto, ni tampoco en las
consecuencias de postguerra, tal como hoy las estamos viviendo. Ello
explica también el hecho de que por lo general
en las acciones emprendidas no son propiamente yanquis en su mayoría los
combatientes, sino inmigrantes o negros los enviados al frente y los que
engrosan en mayor medida en número de bajas en combate.
Y al respecto vale también un capítulo especial
dedicado al negro. Siempre se ha dicho que en USA ha sido el blanco el que ha
sometido al negro, lo cual es cierto sólo en un plano superficial y externo. Si
bien es verdad que fácticamente el blanco ha dominado y explotado al negro, y
el caso recién mentado podría ser una prueba, a nivel psicológico, justamente
en razón del infantilismo propio de tal alma, ha sido el ingrediente negro el
que ha contribuido notoriamente a consolidarla e incrementarla. En efecto, ha
sido siempre propio de tal raza la estereotipación de los valores propios del cuerpo
y de la sensibilidad. Justamente las principales manifestaciones de la cultura
norteamericana son propias del negro. Tales como el culto por el deporte, el
que se ha convertido poco menos que en una religión reducida a un plano de
despliegues físicos desaforados y a veces incluso antinaturales con el empleo
de medios químicos como los anabólicos; del mismo modo que la música a través
del jazz y el rock, derivaciones de los negroes spirituals,
y que recaban de lo negro la exacerbación de ritmos descontrolados y
reiterativos expuestos en un plano puramente sensual y primitivo, típicos de
los tam-tam de las tribus africanas. Y por último es dable señalar
también que la obsesión que el norteamericano tiene por el trabajo, así como su
afán por su derivado, el dinero, es también un aporte del alma negra, vinculada
a su vez con el espíritu calvinista de los primeros colonos yanquis. La
actividad vocacional y determinada por valores e impulsos espirituales es
sustituida en cambio por la acción entendida como oscura necesidad, determinada
por motivaciones materiales, que es propia de los esclavos, condición en la que
vivieron por años los negros norteamericanos, pero que fue luego absorbida por
el alma yanqui pasando a formar parte de su estructura más íntima. Por ello
nuestro Borges pudo decir con acierto que en el fondo el norteamericano es un
esclavo feliz, inconsciente de su situación, pero peligroso porque quiere
difundir por todo el mundo su desgraciada condición, sin conocer las
consecuencias que la misma posee.
Por lo dicho volvamos ahora a Terminator y,
tratando de descender un poco en el alma de los niños, tratemos de explicar lo
sucedido. ¿Cuál es el cambio acontecido por el que ahora Norteamérica acude a
un superhéroe de ficción (recordemos que en razón de su infantilismo el
norteamericano ignora los límites entre lo ficticio y lo real) para resolver
sus asuntos de Estado? Pues bien nadie ha dicho hasta ahora que ello es la
consecuencia del atentado de las Torres Gemelas. El miedo y el rechazo por el
sufrimiento ha generado en Norteamérica un estado prolongado de inseguridad y
desazón por la que se ha constituido en su conciencia la imagen obsesiva y
angustiante de un supervillano, denominado Bin Laden y, si bien en los
videoclips ha sido convertido en el blanco de todas las sesiones ciber,
luchando en su contra millones de niños y no tanto a fin de aniquilarlo de las
pantallas, sin embargo todas las expediciones punitivas en su contra no han
dado aun con los resultados que en cambio nos pinta diariamente la televisión y
el tétrico “estrellador de aviones” sigue vivo y amenazando, incrementando cada
vez más sus atentados, por lo general no difundidos por la prensa o disimulados
con accidentes. No habiendo sido a su vez capaz el superinepto exponente de los
políticos que gobiernan de eliminarlo ni a él, ni a sus secuaces menores, el
Mullah Omar y Saddam Hussein, entre otros. ¿Qué mejor entonces que hacerlo
entrar en escena a Terminator quien nunca pierde y destruye
pavorosamente y sin piedad alguna a sus rivales?
El miedo además no es sonso. La estupidez y
pacatería yanqui que impidiera que alguien pudiera candidatearse a presidente
por haber cometido una infidelidad matrimonial hoy acepta sin chistar los
acosos sexuales de Terminator a sus colegas actrices. Quince de ellas se
atrevieron a denunciarlo dos días antes de las elecciones, aportando con lujos
de detalles la impudicia y lujuria del candidato, pero ello no le quitó un solo
voto.
Por último una reflexión final. Ha sido una
característica de los grandes imperios en los momentos de su conclusión el
buscar para sus lideres nombres que de alguna manera indicaran el destino final
que les esperaba, ello fue hecho siempre de manera inconciente, como queriendo
anunciarnos la conclusión de un ciclo. Roma llamó a su último emperador, Rómulo
Augusto, es decir unió los nombres del fundador de la ciudad y el del Imperio,
como queriendo cerrar un círculo. Se dice que el cristianismo, de acuerdo a las
profecías, habrá de llamar Pedro II a su último Papa. Quizás este imperio
infantil, acostumbrado a la simpleza e inocencia que poseen los niños, nos esté
indicando con la elección del simpático hombre-robot una denominación más
directa y precisa para indicarnos un pronto final.
Buenos Aires, 12-10-03