
LOS SÍMBOLOS DE LA OTRA ARGENTINA
por Marcos Ghio
En esta conferencia, que constará de dos partes, una teórica a mi cargo y otra de campo y experiencial, a cargo del ing. Martí, se tratará de develar un tema candente, a nuestro entender eje central de las investigaciones y actividades de nuestro Centro de Estudios; un tema realmente original, pues, hasta donde nosotros conocemos, nunca fue tratado por otros y se refiere a la existencia de una Argentina oculta, precolombina en sus orígenes, y no entendiendo por ello a la patria aborigen y "salvaje" cuyos rastros son los únicos que hoy se encuentran aun visibles en nuestro continente. Para nosotros se trata de precolombina sin otra connotación que aquella que se refiere a una anterioridad cronológica respecto de la llegada de Cristóbal Colón a estas tierras, y por lo tanto no asimilable a las categorías propias de las "culturas" de los "primitivos" y "atrasados" indios como excluyentes habitantes de nuestro suelo.
Aquí sucede algo parecido con las doctrinas evolucionistas en el campo de la biología para las cuales lo anterior al hombre actual sería lo primitivo e incluso lo animal y simiesco, descartándose así rotundamente la posibilidad de existencia de civilizaciones superiores compuestas de hombres de naturaleza inmortal, de carácter adámico, tal como aparece en cambio, y en notorio contraste con los "restos fósiles" encontrados, mencionado en forma unánime en todas las sagas de las grandes religiones. Del mismo modo es que no se acepta sino como salvajes, o al menos inferiores científica y tecnológicamente, a las poblaciones existentes en nuestro continente hasta la gran conquista civilizadora europea acontecida a partir de fines del siglo XV. Y más aun, ha sucedido que, toda vez que se daba con un hallazgo de restos de seres que presentaban caracteres "civilizados" o por lo menos afuera de los cánones oficiales de la cultura aceptada, sea de derecha conservadora como de izquierda y liberal, inmediatamente se ha procedido a ocultar ese descubrimiento. Es que para la mentalidad progresista instalada por el hombre moderno los pueblos anteriores a la modernidad, serían a su vez antecedentes de ésta, como una especie de infancia, preparatoria y preludio de la actual humanidad a la que se asigna como lo más avanzado y perfecto que jamás haya existido en este planeta. Y en función de la validez de tal ideología y prejuicio asumido en forma de lo más fanática y apodíctica, todos los procedimientos han sido válidos, hasta la misma sustracción y ocultamiento de esos descubrimientos o de lo contrario, en forma más sencilla y frecuente, hemos tenido la condena al silencio de los mismos. Pero nosotros sostenemos, a partir del hallazgo de un conjunto de elementos pertenecientes a nuestro pasado, la existencia de civilizaciones varias veces milenarias poseedoras de un saber superior, diferente es cierto del de la ciencia moderna, pero no por ello menos válido. Una simple visita al Cuzco peruano nos da una clara imagen de lo que decimos. Allí observamos por ejemplo una catedral construida ex profeso encima de un templo incaico. Luego de cuatro siglos, la construcción occidental de adobe y ladrillo ya se encuentra en ruinas y necesitada urgentemente de una restauración, la incaica, construida con macizas moles de piedra, en cambio está intacta; más aun, parece haber sido hecha hace muy poco y lo insólito del caso es ver cómo esta última, a la manera de una reivindicación, va paulatinamente retomando el lugar que se le había quitado. Es realmente sorprendente constatar el modo cómo los pueblos habitantes en este continente eran capaces de ensamblar las piedras, verdaderas moles, trasladarlas a grandes distancias, incluso subirlas a elevadas y escarpadas cumbres y unirlas en una precisión milimétrica en donde no aparece siquiera la luz de una grieta. Este hecho, el que podría multiplicarse innumerables veces, sería razón suficiente como para reformular una serie de teorías acerca del "progreso" y evolución incesante de nuestra especie que ve en el pasado tan sólo atraso y superstición.
La otra historia de América, insistimos, no ha sido aun escrita y, si bien existe un conjunto importante de investigaciones, pensando principalmente entre ellas en la del finado Jacques de Mahieu, lo principal es que las mismas no encuentran espacio adecuado en los medios académicos, son permanentemente ocultadas, cuando no explícitamente perseguidas en sus pruebas, siendo sometidas a una verdadera confabulación de silencio. Se trata pues de una historia que apenas estamos tratando de escribir a través de vastas búsquedas de campo, de una de las cuales les hablará seguidamente el ingeniero Martí.
Por lo cual la primera síntesis que podría recabarse de estas breves palabras iniciales es que: así como no creemos en la religión positivista según la cual el hombre deriva del mono (o al menos no creemos que todos los hombres deriven), del mismo modo no creemos tampoco que en este continente había simplemente "salvajes" cuando llegaron los españoles. Aquí nuevamente la categoría salvaje, indica la existencia de una infancia de esta humanidad, en verdad soberbia, pues para la misma su civilización sería la única posible, la única con capacidad de llevar tal nombre. Y en relación a los relatos unánimes de todas las sagas de las grandes religiones existentes, en donde nos hablan de razas y pueblos superiores, de carácter inmortal que, en razón de una caída o mezcla espúrea, habrían degenerado en formas inferiores de humanidad; y podemos referirnos así a las remotas civilizaciones como las de Atlántida y Lemuria, al Diluvio Universal del cual hablan las Escrituras judeocristianas, que habría significado el fin de una determinada humanidad, siendo reiterado ello a su vez en otras sagas en forma unánime; en cambio, para la mentalidad positivista hoy vigente se trataría todo esto tan sólo de una pura ficción. Incluso se ha llegado al absurdo de que, cuando algún "hecho" se descompagina respecto de las teorías habitualmente aceptadas, poniéndolas en abierta contradicción, es rápidamente retirado de circulación a fin de que el mismo no sea utilizado para terminar con alguno de los tantos dogmas sagrados e inquisitorialmente mantenidos. Además se ha logrado instalar en la gente la idea de que lo único válido es lo que dicen los medios masivos de difusión y no en cambio la evidencia que nos proporcionan nuestros mismos sentidos. Curiosamente la época que pretende ser la más científica de todas, la época galileica del "eppur si muove", la que dice estar más que cualquier otra subordinada a las teorías corroborables por la experiencia, es en cambio la más inquisitorial de todas las que hasta ahora hayan existido, justamente en relación a la arbitraria discriminación que efectúa de esos mismos hechos ante los cuales dice someterse. No hace mucho un colaborador de El Fortín, el Dr. Demetrio Charalambous, hizo notar en este medio, incluso con fotografías, que en el museo de La Plata se exhibían momias rubias, ello ante la indiferencia de todos, quienes no habían reparado en ese detalle de lo más visible y a la vista de cualquiera, ni tampoco ahora que se ha hecho público se le presta la más mínima atención. Claro que en otra época, cuando el ser humano no estaba aun tan atontado por la televisión, cuando también aparecieron momias rubias en el museo de Lima, Perú, éstas fueron inmediatamente sacadas de circulación y hoy ya no se pueden ver más. En cambio ahora ni siquiera es necesario ocultar cosas a una humanidad que ha perdido hasta la más elemental capacidad de ver y de asombrarse. En verdad comprobar la existencia de momias rubias milenarias pondría en crisis la teoría aceptada universalmente acerca del origen autóctono, o en todo caso oriental, de la raza americana y exigiría introducir una muy molesta presencia europea antes de la llegada de Colón.
Recordemos al respecto que, además de la desaparición de las momias rubias del museo de Lima, hecho que puede atribuirse a las autoridades del museo, debemos relatar también otras circunstancias aun más violentas y expeditivas como la sustracción del famoso Sol de los Comechingones, arrancado del altar de un templo sito en la provincia de Córdoba y llevado sigilosamente a Londres en 1926, pero no para ser exhibido al público en un museo, sino para ser escondido en un sótano del mismo, como ha podido ser comprobado en épocas recientes.

Sol de piedra de los indios Comechingones, con un peso aproximado a los 300 kilos. Fue sustraido por el antropólogo británico Gordon Gardner en 1926 y hoy se encuentra escondido en el sótano de un museo de Londres.
1 - Conocimiento como transformación
Pero queremos acotar que estas observaciones que podrían multiplicarse hasta el cansancio no obedecen en nosotros a un afán de erudición para satisfacer nuestra "curiosidad científica", ni menos aun a un exacerbado deseo por querer ser originales. Nosotros somos al respecto sustancialmente distintos de los modernos. Y si bien es cierto que en ambos casos lo que queremos es conocer, el conocimiento tiene aquí dos funciones muy diferentes. Para nosotros lo importante del conocer es la posibilidad de alcanzar una transformación interior, de elevarnos hasta nuestro yo más profundo, espiritual, y no a la inversa, tal como sucede habitualmente, para consolidar nuestro yo psicológico. Los modernos reducen la realidad a la simple captación operada por los sentidos más superficiales y externos, los que se encuentran al alcance de todo el mundo y, en razón de ello, han democratizado el conocimiento, en tanto que reputan como único válido el que es de carácter universal y con posibilidad de ser recibido por cualquiera. Todo ello se encuentra en razón directa de ese afán por ser popular y por lo tanto democrático que posee dicho tipo humano, ese anhelo exacerbado por hacerse notar y consolidar así su yo exterior y psicológico. Y como el hecho metafísico no es una realidad perceptible en forma directa por la sensibilidad, (acotemos que sin embargo no es tampoco exclusiva propiedad de "especialistas", habitualmente encargados de esterilizar dicha disciplina, tal como sucede hoy en día) ni tampoco por todos, por lo tanto es negado como algo ilusorio, fantasioso, producto una vez más de una humanidad infantil y "atrasada". De allí el rechazo de la modernidad por ciencias superiores, como la Metafísica y sus derivaciones prácticas, la Magia y la Alquimia, ciencias éstas que sólo podían ser practicadas por algunos provistos de una muy profunda y elevada iniciación, no accesible a cualquiera. Es más, para evitar que un profano se pudiese acercar a dichas disciplinas e intentara vulgarizarlas utilizándolas en un afán de histrionismo y vanidad, típico de la modernidad, a fin de que quedase simplemente atrapado en una tela de arañas que lo detuviera en su intento, es decir, para que se esterilizaran sus propósitos y conseguir así que por lo tanto se apartara rápidamente de las mismas, se recubría a dichas ciencias con una faz engañosa y burda, como por ejemplo afirmar que se trataba de convertir el plomo en oro. O a su vez confundir ex profeso la Magia con la prestidigitación, consiguiendo así que el profano se entretuviera en pequeños detalles, evadiéndosele así lo esencial. De este modo estos saberes quedaban preservados de los vulgarizadores. Hoy en día, en gran medida como producto de la grave crisis espiritual del hombre último, asistimos a un reflorecimiento de estas disciplinas, pero no en su sentido originario y tradicional, sino a la inversa como el producto de la curiosidad y el deseo por hallar alucinógenos o curas de los propios dramas y vacíos existenciales.
2 – La realidad concebida como símbolo.
De acuerdo al método tradicional que nosotros utilizamos, la realidad física, de la cual nosotros también partimos, no es una instancia que se agota en sí misma, sino que representa un símbolo de otra superior, de carácter metafísico. Así como Platón sostenía que el cuerpo es la manifestación de un alma, que detrás de lo visible existe lo invisible, y que sólo en lo invisible se halla la respuesta acerca del por qué y del para qué uno se encuentra en el lugar en donde está, nosotros queremos elevarnos también por encima de esta realidad. La vida, lejos de agotarse en sí misma, era tradicionalmente pensada como una permanente búsqueda de lo trascendente, de lo que era más que ella misma, y era además en la vida, y no en su fuga respecto de ésta, donde se hallaba el sentido de lo que se era. Por lo tanto, dentro de un significado superior y metafísico, vivir era estar permanentemente abierto al ser, esto es, a lo que es más que la vida misma, a fin de que se nos revelara. Por ello reiteramos aquí que conocer no significa desde tal perspectiva una mera satisfacción erudita de incrementar nuestros conocimientos y poder así sobresalir en público. Si a veces hemos utilizado la publicidad en relación a ciertos hallazgos ha sido tan sólo para poder, en esta selva oscura, enviar un mensaje indirecto a aquellos que pueden acercarse a la verdad pero que carecen de medios para hacerlo. El saber superior y metafísico es propiamente una catarsis, un medio de perfección y realización personal, de transformación y no de asentamiento de lo que ya se es.
3 – Carácter trascendente de los conceptos de Nación y de Estado.
Ahora, luego de formular estos esenciales principios, establezcamos un puente con nuestra realidad cotidiana, con nuestra circunstancia argentina, tomando un ejemplo a partir de un hecho ocurrido en los tiempos últimos. Queremos expresamente recordar esta presencia de lo trascendente en lo real en relación a un acontecimiento que en su momento suscitó nuestro repudio, casi como una voz aislada en medio de tanta indiferencia; nos referimos al famoso proyecto de traslado de la capital argentina, formulado en 1985 en función de "desburocratizar" y "descentralizar" el Estado. En razón de esta ceguera hacia lo trascendente, se ignoraba con dicha medida el hecho profundo del significado de una nación y, dentro de tal contexto, de la fundación de una ciudad, y más aun, de una capital. Al respecto digamos que nunca fue una casualidad, originada en un arbitrio, la fundación de la ciudad de Buenos Aires en el lugar en donde se encuentra, ni tampoco su constitución como capital de un Estado. La creación de las ciudades era el producto de una profunda vocación. El que las creaba o fundaba obedecía a un llamado proveniente de lo alto, que estaba precedido habitualmente por señales indicativas que operaban como verdaderas y propias revelaciones. Quien así pensaba se ubicaba en antítesis tanto de quienes concebían al mundo como un valle de lágrimas del que había que escapar, como de los que, a la inversa, lo reputaban como un inmenso baldío usufructuable en el que había que asentarse. La fundación obedecía pues a un llamado de fuerzas de lo alto que estaban presentes acá mismo, en este mundo, en esta circunstancia. Era pues como un acto reiterativo de algo que ya había sucedido, pero en una dimensión superior.
No casualmente Juan de Garay, quien fundara la ciudad de Buenos Aires como un lugar permanente y signado por un destino superior, lo hizo en una expedición por la que buscaba la augusta Ciudad de los Césares, ciudad mágica en la que, según ciertos indicios aun no corroborados, se habrían hallado sobrevivientes de la gran decadencia.
4 – La doctrina de la preexistencia.
En relación a este contenido trascendente otorgado a lo real es que afirmamos que, de acuerdo a la doctrina tradicional, así como nada resulta arbitrario ni azaroso en el universo, de la misma manera la existencia no es algo dado y recibido en contra o independientemente de la propia voluntad. La vida, en tanto no se agota en las meras apariencias, tiene el sentido de una búsqueda incesante de un destino trascendente a la propia situación, de aquello que va más allá de lo que a simple vista es arbitrario y casual. Y en esta búsqueda consiste la verdadera felicidad: en saber encontrarse y reconocerse en lo que verdaderamente se es y no en poder llegar a serlo todo o de todo, sin tener en cuenta la propia medida. En nuestro caso concreto pasa lo mismo que con el concepto persona; no se nace persona, se deviene; ser persona es un proyecto que dura toda una existencia; del mismo modo que no nace uno simplemente argentino, sino que llega a serlo; ello representa una empresa a realizar. Ser argentino no es una etiqueta que se nos pone para señalar el lugar en donde hemos nacido, así como esos brazaletes identificatorios que se endosan a los neonatos en las maternidades, sino que es un proyecto existencial, el que puede cumplirse o no. Del mismo modo es que se nace individuo, hecho biológico, pero se deviene persona, circunstancia espiritual, y algunos individuos –en especial en las épocas actuales de alto estado de masificación– mueren sin haber alcanzado prácticamente rasgo alguno de personalidad. Así como un perro nunca podría ser persona, tampoco podría ser propiamente argentino desde este punto de vista. Puede haber nacido en un territorio que pertenece a la Argentina, de la misma manera que puede haberlo hecho en el seno de una determinada familia, que es un conjunto de personas, pero no podemos decir que forme parte de esa familia propiamente, pues la nacionalidad o el ser persona es algo propio de un ser con espíritu. El viejo nacionalismo (y decimos viejo porque lo consideramos un fenómeno totalmente superado) decía con razón, aunque no agotando para nada el sentido último de la definición aportada, que la nación es una empresa histórica, y no un mero hecho consumado.
Ahora bien, si la existencia es una acción por develar y realizar el propio destino ¿Cuál es el ámbito que nos lo permite reconocer? Justamente el símbolo, el cual, insistimos una vez más, no es una cosa que ha sido puesta ante nosotros de manera arbitraria, sino con la finalidad precisa de permitir elevarnos. Es desde esta perspectiva que nuestra reflexión apunta pues a develar el significado de la palabra Argentina, es decir, de esa empresa histórica antes aludida, en primer término y en segundo, el más difícil de todos, el por qué dicha palabra ha sido asignada a los habitantes de este territorio.
5 – La metahistoria, diferencias con la historiografía.
Acotemos también que nuestra manera de estudiar la historia es radicalmente distinta de la moderna historiografía. Hoy el historiador, en razón de la democratización del conocimiento antes mentada, aplica a la realidad que investiga los mismos métodos que se utilizan en las ciencias fácticas, como la física y la química. Sólo interesa lo tangible y visible y las causas que se tratan de determinar no escapan para nada de la esfera de la objetividad física. En la historiografía actual, hacía notar Evola, sólo interesan los hechos y los actores visibles: queda por lo demás vedada la idea de una tercera dimensión oculta que opera entre bastidores, como rigiendo las circunstancias. Y puesto que las clases económicas son las que hoy hacen la historia visible, el eje del estudio de la misma, los hechos analizables y determinantes, son los que pertenecen a la esfera de la economía o de la simple sociedad civil en su carácter puramente gregario y cuasi animal. Lo que en la historia sucede es desde tal perspectiva meramente producto de un azar. El individuo aparece en ella como parte de una dimensión que lo trasciende: su especie, las leyes de la Economía, la dialéctica del devenir histórico, etc. Las realidades que las componen son tan sólo entes intercambiables, tal como los individuos pertenecientes a una determinada especie natural, la que se reitera en forma incesante y vermicular a través de éstos, los que representan tan sólo sus medios de manifestación. Las naciones son desde tal perspectiva como organismos que nacen, se desarrollan y perecen, de la misma manera que como los seres humanos desde el punto de vista de su dimensión física. Únicamente que, en función de su superior magnitud, su duración sería mayor, serían más duraderas que la vida de un hombre o de algunas generaciones. Del mismo modo que es puramente un producto del azar que nosotros hayamos nacido en esta época, estemos vistiendo este cuerpo, vivamos cobijados en una determinada patria, y que tengamos una determinada bandera. Para el moderno, así como un individuo puede llegar a ser cualquier cosa y todo resulta producto de la mera circunstancia azarosa, de la misma manera es por lo demás indiferente y carente de significado especial el hecho de ser o no argentino, de pertenecer o no a una determinada casta o familia, de ser de una determinada raza, etc.
6 – Azar y fatalidad como falsas disyuntivas ante la existencia.
Ante este relativismo de la modernidad se ha pensado falsamente que con la afirmación de que la patria es un bien que no se elige y que por lo tanto somos elegidos por ella, nos hallamos con la antítesis del mismo sosteniendo la idea de una cierta fatalidad ante la cual debemos adherir, ya que sería imposible en el fondo evadirnos de la misma. Así como, de acuerdo a la doctrina de la predestinación, correlato de la de la justificación por la fe, doctrina de origen protestante, pero que hoy ha sido aceptada por la cúpula de la Iglesia Católica, es un dios caprichoso y arbitrario el que nos salva y redime, de la misma manera es aquí el que ha resuelto por su cuenta y sin razón alguna que así lo justifique, qué ser darnos, en cuál patria vivir, en cuál familia, en qué raza o sexo estar existiendo, etc. Elección que, en tanto originada en un arbitrio o en una razón superior ajena a nuestro alcance, hace que, como contrapartida, desde nuestro punto de vista singular, en tanto la misma es inasible para nosotros, nuestra existencia termine siendo atribuida a un cierto azar. Así pues lo que es fatal y necesario desde un punto de vista absoluto, en tanto oscuro e inasible para el hombre en sus razones últimas, se convierte así en azaroso desde una perspectiva humana. Si se trata de algo que no ha sido elegido por nosotros, es por lo tanto un mero azar, algo ajeno a nuestra voluntad el hecho de que estemos o no en esta patria, en este tiempo, en este lugar, con este cuerpo o con este sexo. Al respecto aparecen dos posturas en apariencias antitéticas en función de la primacía que es dada, sea al punto de vista individual, entonces prima aquí la idea de azar, y tenemos el liberalismo individualista, o a la inversa, si la idea es puesta desde el punto de vista del Dios soberano, prima aquí el principio de la fatalidad. Así pues, aquellos que preeminencian la fatalidad, consideran al hecho histórico y social como algo irreversible e inmutable (conservadores); éstos leen la historia como una realidad que debe ser simplemente justificada (lo real es racional – Hegel), en tanto habría sido puesta por un Dios que, si bien omnímodo en su voluntad, al mismo tiempo, en razón de un acto de fe y confianza que se le otorga, sería también sumamente misericordioso y justo. Pero, a la inversa, en razón de esta abismal distancia referida a las razones oscuras e ignotas para el hombre por parte de tal dios soberano, sucede así que, confundiéndose fatalidad con destino, en un acto de rebeldía extrema termine primero considerándose el hecho de la pertenencia o no a una determinada patria como un asunto puramente secundario y, en tanto se conciba la existencia como sometida al simple azar, es factible que la misma pueda ser finalmente revertida, ya que la circunstancia carece de una importancia esencial y no ofrece nada que, al trascenderla, le otorgue un valor superior. Entonces sucede que, en tanto la realidad ha sido vaciada de sentido sagrado, se trata pues de transformarla y amoldarla según el propio arbitrio. Tenemos así que al capricho del Dios tiránico se le contrapone ahora el del individuo anárquico y libertino que todo quiere modelarlo de acuerdo a su propia subjetividad, muchas veces enfermiza y obsesa. Y así como existe el caso paradojal de los que quieren cambiar de sexo, en tanto el mismo se les aparece como carente de sacralidad y de valor en sí mismo, siendo cuanto más un mero instrumento de reproducción o dispensador de placeres, también están los que subordinan la idea de patria a la propia conveniencia. Aparece así la máxima plebeya: Ubi bene ibi patria, es decir, la patria se encuentra allí donde está el bienestar. Esta postura está formulada en el preámbulo de nuestra Constitución del 53 en donde la razón última de una nación estaría dada en el hecho de la conveniencia que significa estar juntos para alcanzar el "bienestar general".
Es por eso que nosotros decimos que conservadores y liberales concuerdan en el fondo en considerar que la realidad no tiene una razón de ser en sí misma, propia y trascendente, sino que es siempre el producto de un arbitrio, o de uno mismo o de un ser superior. Que estamos por lo tanto en ella arrojados independientemente de nuestra voluntad y que, al habernos encontrado allí, simplemente las dos actitudes posibles son: o aceptarla como tal, o rechazarla tratando de reducirla a nuestra propia ipseidad. Nosotros, a la inversa de tal postura, consideramos que no hemos sido lanzados a este mundo en una decisión contraria o ajena a nuestro yo más profundo, que ello obedeció a una elección trascendente, efectuada antes de esta vida y que la existencia es una larga empresa por reconocernos en nuestro sentido superior y absoluto, vinculado justamente a esa elección trascendental. Desde este punto de vista la idea de Nación, de Patria y de Estado adquieren pues un sentido más vasto que el dado por los modernos, sea en su variante conservadora o liberal. Dichas entidades no son simplemente reducidas a ámbitos temporales que otorgan y realizan mejor el bien común, ellas están por encima de una naturaleza societaria y animal; no nos encontramos en el Estado en tanto animales sociales, ni la Patria es el equivalente humano del hormiguero animal, sino que son realidades del espíritu cuya función esencial es la de elevarnos, permitirnos el reconocimiento del sentido de nuestra existencia. Entender a la Argentina es por lo tanto una empresa profunda que exige de todos nosotros superar esa aberración representada por el Preámbulo de nuestra Constitución del 53 que reduce tales realidades a categorías espacio-temporales y por lo tanto efímeras, en donde el estar juntos bajo este mismo orden jurídico y político es reputado como una conveniencia del momento determinada en función de la buena y próspera convivencia humana; categoría por lo tanto subordinada y reversible, pues es factible pensar en un mañana o hasta presente globalizado en el que las naciones puedan no llegar a constituir más ese orden de prosperidad y abundancia anhelado. Justamente hoy se habla de globalización y por lo tanto de sustitución del "antiguo y caduco" concepto de Estado-Nación. Pero esta idea resulta en el fondo parecida a la que consideraba antieconómica e inconveniente la actual ubicación de la capital en Buenos Aires. Si la Nación y el Estado como su centro formativo, son entidades espirituales, no pueden ser nunca entes caducos, sino eternos; ellos van más allá del tiempo y, más aun, podríamos decir que, así como el hombre-persona en su dimensión espiritual preexistía a esta vida temporal, una Nación en sentido estricto (no queremos referirnos a esas caricaturas que tanto abundan hoy en día, especialmente las que se esconden tras una sigla, como URSS y USA) es una realidad que también preexiste a su propia fundación. Una Nación es una meta que tan sólo en un momento del tiempo y por circunstancias extremadamente especiales se hace manifiesta.
Es por ello que decimos que Argentina, de Argentum, preexistía a la misma fundación de la República Argentina, que representa tan sólo la expresión de una empresa mayor a la relatada en nuestro Preámbulo.
Nosotros consideramos que las realidades espirituales no son el producto de ningún arbitrio ajeno a nuestra más profunda voluntad, no es el efecto de un azar o de una fatalidad el hecho de haberse dado este nombre a las tierras de esta zona sur del continente, de la misma manera que los colores símbolo de nuestra Patria, los de la bandera no fueron una elección azarosa, sino que están allí para indicar un sentido preciso a nuestra existencia.
7- Sentido metafísico y trascendente de la Patria Argentina
Y esto al parecer lo tenían claro nuestros próceres (reiteramos que el prócer es el equivalente político del metafísico). No hace muchos años, como un eco de una verdad superior, que otorgaba a ciertas realidades que aparecían en el tiempo un carácter metafísico y trascendente, alguien, al referirse a nuestra bandera decía lo siguiente: "Soldados de la Patria, no olvidéis que nuestra obra es de Dios y que Él nos ha concedido esta Bandera" (Belgrano). Notemos cómo el creador de la bandera, otorgaba a ésta un significado superior al de una mera obra humana en su sentido temporal. El hombre no era el mero receptor de una realidad que lo trascendía, una simple criatura, sino un colaborador con la Divinidad en sus acciones. Los símbolos más que tener la función de indicarnos una cierta diferencia, tenían la de formularnos un sentido, eran como un punto de apoyo para nuestra actividad de reconocernos en lo que somos. No eran pues una creación arbitraria, sino la expresión de un orden superior.
Así es como, para referirnos a este punto esencial, que además esclarece el significado de la palabra Argentina, hemos dicho en el último número de El Fortín:
"Belgrano reunió y no creó nuestros colores, quiso legarnos no un sentimiento romántico y solaz, no pretendió entregarnos para el recuerdo una subjetividad mórbida y gelatinosa, sino la glácida intuición de una verdad solitaria y cruda, mentada a través de una atenta lectura del sentido de nuestros colores originarios, manifestados en circunstancias diversas y centrales de la historia que lo precediera. Que el blanco, el primero de todos en tiempo y comprensión, encerraba el significado del destino que se hallaba inscripto en el nombre de la Argentina (de argentum = plata), que fue el color de la bandera utilizada especialmente por Garay en la segunda fundación de Buenos Aires, quien casualmente en simultaneidad con el hecho de tal recreación, también buscaba entre tierras desérticas y hostiles a la mítica Ciudad de los Césares, misteriosa metrópolis blanca custodiada fieramente por cobrizos nativos y enclavada en nuestro más extremo sur antes de la llegada de los españoles. Y que el Azul Celeste (no el celestito que nos han falsificado los liberales del siglo pasado) no es "el color del cielo" del cual reza nuestro himno Aurora, sino el del manto de la Virgen de Castilla, hoy instalada por voluntad propia en la muy sagrada Basílica de Luján, señalándonos ello la forma histórica propia de la religión de nuestro pueblo. Y en el centro, como un principio contenido por estas dos dimensiones sacras, el sol áureo, rector de la vida y de la humanidad celeste, origen y meta hacia la cual se dirige nuestro ser más hondo y espiritual.
Permítaseme una breve y somera interpretación al respecto. Nuestra Patria, la patria profunda a la que estamos aludiendo, es propiamente una teofanía, es decir, la manifestación de un ser divino y superior que utiliza para expresarse una serie de símbolos, los que pasaremos ahora a descifrar. Oro y plata, representados en el amarillo y el blanco, además de mentar a los metales preciosos, indican a su vez la dupla o díada en que se expresa lo espiritual en sus dimensiones posibles: masculino y femenino, activo y pasivo, acción y contemplación, etc. A su vez, ambos metales simbolizan a las dos edades espirituales en que rigieron las castas superiores, edad de oro y plata, casta sacerdotal o brahamánica y político-guerrera (a distinguir de su actual distorsión político-burocrática o simplemente corrupta), estando por debajo de ellas las edades pertenecientes a los metales más bajos e impuros, el bronce y el hierro, los que dan lugar a las eras inferiores propias del dominio de las clases económicas, como la burguesía y el proletariado.
Ahora bien, la era crepuscular y material en que nos encontramos, la era del hierro, pero en su faz final de herrumbre y corrupción, en que gobiernan los sin casta, es decir, los parias, es justamente la que en modo paradojal incluye en forma potencial y germinal el resurgir y renacer de la antitética era espiritual, también en sus dos dimensiones, las del oro y de la plata. En nuestra bandera está justamente indicada la relación y el modo en que tales dos esferas del espíritu se encuentran contenidas y vinculadas. Aquí está presente la idea de contención propia de los dos planos de lo real: el metafísico y transhistórico y el físico e histórico, actuando en un orden normal el segundo como un símbolo del primero, es decir que su significado último es el de suscitar, a través de su tangibilidad, la intuición de lo suprasensible. Así como el cuerpo es la cobertura del espíritu conteniéndolo en su seno, de la misma manera lo femenino contiene y al mismo tiempo es regido por lo masculino, del mismo modo en que el espíritu nacional, que en su expresión histórica se ha manifestado en estas tierras a través del catolicismo –de allí el símbolo mariano de azul celeste– contiene el sentido superior y metafísico representado por el color blanco, en este caso el símbolo de la plata. El azul contiene al blanco, el que se encuentra en su centro: ello significa que la expresión histórica no se agota en sí misma, sino que es un medio de manifestación de una realidad superior metafísica y metahistórica, en tal sentido la Plata (argentum). Que el catolicismo esté simbolizado con el signo mariano significa la preeminencia del sentido femenino y de contención propio del cristianismo histórico, el cual es nuestra manifestación propia, nuestra forma peculiar y religiosa en que se expresa la realidad metafísica en él contenido; en este caso se trata de la unidad trascendente de las grandes religiones. A su vez el Sol, principio masculino, se encuentra en el centro de la bandera contenido por el blanco de la plata, expresando en la esfera superior nuevamente a la dupla antes aludida. Esta misma relación, contenida en nuestra insignia, está presente también en el símbolo central y fundacional de la civilización occidental: el Santo Grial, el cual, desde las diversas perspectivas por el que se lo quiera analizar, cristiana o no cristiana, simboliza a un principio superior contenido por otro de su misma dimensión, pero que se le subordina. En el caso del cristianismo, el cáliz (el equivalente a la plata), la Virgen María, contiene a la sangre de Jesús (principio áureo y rector, expresión histórica del Sol metafísico)".
8 – Síntesis final
Por todo lo dicho, podemos sintetizar nuestra exposición con estos conceptos:
ILUSTRACIONES COMPLEMENTARIAS

"Bastón de mando" de piedra basáltica, hallado enterrado en la provincia de Córdoba en el centro de la Argentina. Su antigüedad es calculada en varios miles de años.
Piedras rúnicas célticas halladas en la provincia de Chubut en la Patagonia, en territorios en donde más tarde se instalarán colonias de galeses.

Más piedras rúnicas hallando en una de ellas un conjunto de símbolos alquímicos.


La piedra de las cuatro serpientes con notorios símbolos célticos. Una de ellas con el mismo formato se encuentra en un cementerio de antiguos colonos galeses en la Patagonia.
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