MEDIO ORIENTE:
1967-2006: DE LA GUERRA DE
NACIONES A LA GUERRA DE CIVILIZACIONES
Días pasados se cumplieron 39 años de la famosa guerra de los
seis días en la cual se enfrentaron bélicamente por un lado las naciones
árabes de Egipto, Siria y Jordania y por el otro el Estado de Israel, el que no
había aun cumplido los 20 años de existencia. Es de señalar que quien en ese
entonces lideraba la alianza que desencadenó tal contienda fue el egipcio Gamal
Abdel Nasser, un paradigma de caudillo tercermundista, al cual se calificaba en
ese entonces como el Perón del Medio Oriente, debido a que, en una actitud de
“independencia” y de “tercera posición” en relación a las dos grandes potencias
(USA y URSS) que se disputaban el dominio del planeta, intentaba constituir un
gran bloque en aquella región, tratando así de sustraerle la condición de liderazgo
al nuevo Estado hebreo. La guerra emprendida por Nasser, quien a pesar de haber
contado con fuerzas militares que triplicaban a las de su adversario, terminó
de la manera más vergonzosa y estrepitosa que se pudiese haber imaginado. El
nombre de seis días con que se la recuerda no es un simple eufemismo, sino que
fue el tiempo en que la misma duró. Y hubiera podido prolongarse quizás unos
días más a no ser que esta vez las Naciones Unidas actuaron con rapidez para
evitar previsoramente daños mayores e inimaginables para éste, los que luego en
un futuro pudieran haberle sobrevenido también al vencedor de entonces, el
Estado de Israel. En una rápida reacción, el mismo en la cantidad de días aquí
aludida puso en fuga a los ejércitos invasores y además él mismo invadió todos
esos territorios duplicando así el propio, arribando hasta las mismas orillas
del Mar Rojo, ocupándole además Jerusalén a Jordania y las colinas de Golán a
Siria y, tal como dijéramos, si la ONU no intervenía a tiempo, iba a llegar a
ocupar el mismo Cairo. No pudo alegarse entonces que los ejércitos árabes
estuviesen mal pertrechados, pues habían sido equipados ampliamente por la
Unión Soviética, la cual con su “ayuda” pretendía establecer una activa
presencia en tal región.
Vale este recordatorio a ser efectuado
en una circunstancia que presenta hoy en día, 39 años más tarde,
simultáneamente analogías y desemejanzas con aquella contienda. De la misma
manera que en esa época hoy Israel se encuentra en guerra en contra de los
árabes. Pero esta vez no se ha tratado de una guerra con un final fulminante y
victorioso, sino que hace un mes ya que la misma ha comenzado y su resultado
resulta ser cada día que pasa cada vez más dudoso respecto de la causa israelí.
Además, a diferencia de aquella época, la guerra no ha sido en contra de
Estados soberanos, sino en contra de una “organización terrorista”, “nómada” u
“ONG” como dicen algunos, siendo aquí el Estado atacado, El Líbano, apenas una
institución neutral que presencia como estas dos organizaciones rivales, el
Hezbollah y e Israel, dirimen sus diferencias en su mismo territorio. A su vez
también esta vez la ONU pretende intervenir, pero la gran diferencia que existe
con aquella otra época es que ahora, en vez de detenerlo a Israel en su pretensión
ilimitada por establecer fronteras delirantes, puesto que bien sabemos que con
el tiempo no pudo retener ni siquiera la más limitada que conquistara en
aquella guerra, de lo que se trata es de colaborar con dicho Estado para
desarticular a Hezbollah una vez que haya establecido una franja libre en el
territorio libanés.
Pero hay una diferencia más fundamental
entre las dos contiendas. En 1967 la guerra era entre naciones que
disputaban meramente por territorios y hegemonías geográficas, esto es era una
guerra establecida dentro del contexto de los principios de la modernidad para
la cual los intereses de los Estados representan la justificación y fundamento
de cualquier conflicto. Ahora la guerra es entre concepciones del
mundo antagónicas. Esta vez el gran enemigo de Israel no es un Estado
soberano que le disputa simplemente territorio, sino que se trata aquí de una
organización que sustenta principios diametralmente opuestos a los propios. Nos
referimos aquí al fundamentalismo islámico, el que ha tenido en el Oriente
medio diferentes expresiones, sea del lado chiíta como del sunnita. En el
primer caso hallamos al régimen de Khomeini con su actual heredero Ahmadineyad
y el mismo Hezbollah y por el lado sunnita se encuentran especialmente Al Qaeda
y el movimiento Talibán también en guerra y desde hace más tiempo en contra de
un similar enemigo. A pesar de que los mismos puedan manifestar ciertas
diferencias menores en cuanto al trasfondo religioso en que se fundan (1),
tienen en común el hecho de expresar por igual principios radicalmente opuestos
a los de la modernidad. Mientras que para ésta el consumo, la tecnología, el
sexo y consecuentemente la droga, la economía, etc, es decir lo referente a la
vida material, lo son todo, para el fundamentalismo islámico lo esencial está
representado por lo que es más que mera vida, por Dios, por lo
espiritual, por lo sagrado. Dentro de tal contexto es como deben entenderse sus
rechazos sea hacia una economía fundada en la moneda y en la producción
desaforada, así como una vida social en la cual el sexo y la mujer representan
el centro alrededor del cual se organizan las principales actividades del
hombre como en el mundo moderno “occidental”.
Una guerra por una concepción del mundo
implica un compromiso mucho mayor y más profundo que aquella que en cambio se
establece por algo que en relación a ello es más superficial como puede ser la
mera posesión de un territorio, de un conjunto de bienes materiales, es decir
de aquello que representa en última instancia un bien que es de valor
económico. Ello es lo que explica también que mientras que las fuerzas
sirio-jordano-egipcias no pudieron, a pesar de sus ingentes y sofisticadas
armas y su gran número, detener el avance de Israel, hoy en día combatientes
fundamentalistas, con un grado de organización y número inmensamente menor, pero
dispuestos en cambio a “suicidarse” por su ideal, lo pueden hacer con armas tan
rudimentarias como los misiles Katiusha lanzados desde precarias plataformas
móviles ubicadas hasta en lomos de burros.
Es por tal razón que hoy día desde el
lado “cristiano”, tal como hemos hecho notar en otras notas, han surgido avales
fervorosos o tácitos hacia el Estado de Israel al cual ya no se ve más como en
la guerra de 1967 como una simple nación que lucha por sus fronteras, sino como
un baluarte del “Occidente” defendiendo su civilización en contra de la otra
que hoy la arremete, el Islam fundamentalista. Y a su vez que haya también
judíos, por supuesto que muy minoritarios, que han apoyado a tal movimiento en
contra de esa “abominación” que es el Estado de Israel. Es de lamentar que en
este nuevo despliegue dialéctico en el planeta no haya surgido aun una fuerza
católica de principios tradicionales enucleada abiertamente del lado del
fundamentalismo islámico, sin por ello renunciar a la propia religión en tanto
que de lo que aquí se trata no es de una guerra de religiones, sino de
civilizaciones (2). Se trataría aquí de una posición católica que, rescatando
el espíritu medieval de la propia civilización, sea capaz de ver que son mucho
mayores las afinidades con el fundamentalismo que con el “Occidente moderno y
judeo-cristiano”.
El dilema de hoy en día es pues una
guerra entre dos civilizaciones: o la moderna y materialista, en la cual ha
ingresado el Occidente, siendo el Israel una de sus expresiones más combativas,
o la espiritual y tradicional, en la cual un sector importante del Islam, sea
chiíta como sunnita, ha sido capaz de tomar la posta.
(1) Es de destacar
que tales diferencias han querido ser explotadas por los regímenes modernos.
Norteamérica y sus aliados en su invasión a Irak han tentado a un importante
sector chiíta para colaborar en la instauración de la democracia en su régimen
servil, lo cual ha desencadenado una feroz guerra civil en tal territorio con
la mayoría del sector sunnita, confabulando así ello con la unión entre los dos
sectores fundamentalistas. Sin embargo la reciente guerra entre Israel y el
Hezbollah ha logrado matizar inmensamente tal circunstancia, lo cual es por
supuesto silenciado olímpicamente por la prensa de todos los sectores. Mientras
que Al Qaeda ha resuelto abiertamente apoyar la causa del movimiento chiíta
Hezbollah, en Irán el diario alemán Die Welt ha reseñado, con muy escasa
difusión de los otros medios, que el hijo mayor de Bin Laden, Sadr, se ha
instalado en tal país para coordinar acciones con su gobierno.
(2) Acá es dable
señalar el notorio sectarismo con que se han movido distintos grupos católicos
tradicionalistas -famosos por su gran inoperatividad en nuestro suelo y su
consuetudinario papel de idiotas útiles- en el juicio que recaban sobre los
distintos movimientos fundamentalistas islámicos. Así pues, mientras que el
“tradicionalista” católico Cosme Beccar Varela denuncia que Hezbollah es un
instrumento de los judíos pues les da excusas para destruir el “Estado
cristiano de El Líbano” (no olvidemos la estrecha sociedad de los maronitas con
el Estado de Israel), el católico sedevacantista Arnaldo Rossi, entre otros,
insiste en denunciar que el movimiento Al Qaeda y Talibán es un agente de los
ingleses. Al respecto bien sabemos que el mismo viene combatiendo en una
victoriosa guerra desde hace cinco años en Afganistán en contra de
Norteamérica y sus aliados (cerca de treinta países), entre los cuales y en un
rol muy principal se encuentra la misma Inglaterra. La razón de ello es muy
parecida a la del anterior autor por lo delirante, lo harían todo para evitar
que en el Medio Oriente se instaure un régimen “peronista” (¿una nueva guerra
de seis días?).
Buenos Aires,
8-08-06