Difícilmente puedan hallarse casos tan puntuales de
similitud como la que existe entre los dos principales funcionarios públicos
que tienen a su cargo la resolución de los conflictivos problemas que hoy
padecen sea Francia como los Estados Unidos. Y como nunca, ha acontecido que
tal semejanza se haya manifestado en forma tan contundente en un mismo día a
través de resoluciones y declaraciones sumamente similares en cuanto a la
expresión de un mismo espíritu.
Así pues la secretaria del Estado norteamericano Condoleezza
Rice acaba de confirmarnos, de manera por lo demás provocativa y audaz, que su
país piensa seguir utilizando las bombas de fósforo blanco en la guerra de
Irak, a pesar de todas las incalculables matanzas que las mismas ya han
provocado en la población civil, tal como fuera señalado en forma puntual en
nuestro anterior comunicado. Nos alega la dulce funcionaria que su país necesita
de mucha iluminación nocturna para aplicar en los territorios “liberados” a fin
de poder dar de una vez por todas con las “armas de destrucción masiva”,
lamentando de todos modos los “daños colaterales” que tan humanitaria búsqueda
pudiera ocasionar. Asimismo, también con una desfachatez similar, nos ha
confirmado que piensa seguir aplicando de la misma manera su política de
“justicia universal”, secuestrando a cualquier sospechoso de “terrorismo”, sin
importar el lugar en donde el mismo se encontrare y sin inquietarse tampoco por
el tiempo de cautiverio clandestino que se le aplique al detenido, del cual
puede ignorarse tranquilamente su paradero, instándonos además a no
preocuparnos por ello en tanto se hallaría bajo el cobijo de una muy
democrática protección. De tal manera el imán egipcio Abu Omar ha sido
secuestrado por la CIA en febrero de 2003 en la ciudad de Milán (ninguna
protesta significativa al respecto por parte de los peleles Fini y Berlusconi)
y del cual lo único que se sabe de boca de la funcionaria es que se encuentra
en muy confortables y democráticas condiciones de detención, siendo por lo
tanto torturado tan sólo “un poco”, pues son respetados los derechos del
detenido quien podrá hacer cesar inmediatamente la molesta sesión en el momento
en que manifieste a sus también demócratas carceleros sentir un dolor intenso
que le atraviesa por todo el cuerpo. Ello por supuesto cesará a partir del
instante en que, con sus “confesiones”, evite futuros magnicidios por parte del
terrorismo islámico y permita de una vez por todas dar con las “armas de
destrucción masiva” que le quitan el sueño al presidente Bush. Tal como vemos,
la lógica de Condoleezza no es muy distinta en sus fundamentos de la que
sustentara entre otros nuestro vernáculo teólogo de tal religión, el ex
presidente Alfonsín, cuando afirmara que: “Con la democracia todo se puede”.
De la misma manera, del otro lado del Océano, el ministro del
Interior francés Sarkozy, luego de haber provocado agresivamente a sus
connacionales descendientes de inmigrantes estimulándolos así a incendiar
varios miles de vehículos y generando un verdadero motín en distintas ciudades
de Francia, (del que por otro lado participaron también varios ciudadanos
nativos de tal país, muchos de ellos “arios” y por lo tanto coherentes y
funcionales con la herencia jacobina inaugurada desde 1789 en tal país); una
vez apaciguada la asonada, halló las excusas suficientes para endurecer su
política anti-inmigratoria con leyes que harían enrojecer de envidia al mismo
“derechista xenófobo” Le Pen. Entre las incalculables reglamentaciones
limitativas establecidas a fin de evitar que su nación siga siendo “invadida”
por inmigrantes de países marginales, entre los cuales también se incluye al
nuestro, del que llega a decirse (obviamente que sin la más mínima reacción de
nuestros “gobernantes”, siempre muy ágiles en cambio en receptar carnalmente
nuevas “inversiones”), que si se abren las fronteras de par en par, “treinta
millones de argentinos, entre otros, invadirían nuestros territorios” (1).
Resulta sumamente risueña la legislación propuesta a tal fin, la que entre
otras cosas establece límites a los matrimonios entre franceses y extranjeros
(sin importar la nacionalidad de los mismos para no “discriminar” una vez más a
los ya discriminados) a fin de evitar que por dicho procedimiento estos últimos
adquieran la nacionalidad del país huésped y de este modo acrecienten la
“extranjerización de Francia”, como si acaso tal país no fuera en los hechos
una colonia más de la civilización norteamericana. Por lo cual, con la excusa
de evitar los “matrimonios por conveniencia”, aunque tan sólo con extranjeros,
una persona vería limitada así su libertad de casarse con quien quiere. Es
curioso que ello suceda en el país declarado cuna y campeón de los derechos
humanos y de la antidiscriminación, de la misma manera que también son
sumamente absurdas e ilógicas las aviesas violaciones a los mismos defendidas
por la Rice.
Pero resulta más curioso aun -y aquí es donde se encuentran las
similitudes entre ambos gobernantes- constatar el vínculo que existe entre
tales acciones punitivas y “discriminatorias” dirigidas hacia determinados
grupos y el origen étnico que poseen sus ejecutores. Condoleezza y Sarkozy
forman parte ellos también y de manera ostensible de minorías poblacionales
dentro de su propio país, las que en otras épocas padecieron una serie de
persecuciones de un tenor muy similar con el que ellos hoy en día castigan a
las restantes y aun a sus mismos connacionales, arribando incluso a extremos
pocas veces vistos y superando en algunos casos a las circunstancias dolorosas
que padecieran sus propios antepasados. Bien sabemos que en el primero se trata
de una descendiente de libertos, formando parte así de una comunidad racial que
hasta hace pocos años era segregada y perseguida en los Estados Unidos, y a su
vez que Sarkozy, quien hoy se destaca por castigar con leyes severísimas a los
inmigrantes extranjeros a los que trata incluso con sumo desprecio y
agresividad, es hijo de una familia polaca radicada en Francia en décadas
pasadas, no perteneciendo por sus rasgos, de la misma manera que la negra
respecto de sus compatriotas norteamericanos, a los arquetípicos del francés
medio y poseyendo incluso ciertos caracteres ashkenazis que resaltan a simple
vista en su expresión facial.
Por lo que cabe preguntarnos entonces ¿cuáles son las razones
que explican que paradojalmente tales medidas represivas sean efectuadas
justamente por descendientes de minorías históricamente segregadas en el propio
suelo? Diríamos que son múltiples, pero tratando de remitirnos a la que
consideramos como la principal, podría sostenerse en primer lugar que la
actitud de tales personas no se diferencia mayormente, salvo en la resonancia
alcanzada, de otras del mismo tenor también acontecidas en el viejo continente.
Tal por ejemplo el caso de los famosos Judenrat, es decir de aquellos
guardianes judíos de los campos de concentración que maltrataban a sus propios
connacionales con una saña que en algunas circunstancias era mayor que la aplicada por el más feroz de los nazis. O
también, remitiéndonos a un plano social, a los casos tan comprobados de
ciertos obreros explotados a quienes determinadas circunstancias azarosas y
excepcionales los enancaron a la misma situación del patrón capitalista. Se ha
constatado también que los mismos actúan con una aun más multiplicada saña
explotadora que la que había poseído aquel que los oprimía anteriormente,
representando todo ello además un acto de resentimiento, de reacción, así como
de catarsis liberadora por la que se pretende hacer padecer a otros los mismos
males que ellos habían soportado. Sucede aquí en los casos mentados que el
siervo o el esclavo, o el oprimido, en su reacción, en vez de negar la
esclavitud, la servidumbre, o la opresión, en el fondo, tras haberlas padecido
severamente, ha terminado sucumbiendo al adaptarse plenamente al espíritu de
las mismas, pasando así de estar sometido a la persona del patrón a estarlo en
cambio al principio que éste aplicaba a su respecto; lo cual es en el fondo
peor porque mientras el amo siempre es tal y por consiguiente no tiene
necesidad de demostrarlo, el que llega a serlo por primera vez siente un deseo
perentorio de hacerlo notar por doquier.
Ha sido también lamentablemente en el marco de tal espíritu
simplemente revanchista que se ha movido la inmensa mayoría de los movimientos
pretendidamente contestatarios del sistema, entre los cuales ocupa un lugar
privilegiado el marxismo, el que se expresara no tan sólo en el momento de
alcanzar el poder del Estado a través de la constitución de sus distintas y
odiosas nomenklaturas, sino en la actualidad con su permanente
exhibición de fanáticos conversos al capitalismo de mercado al que en otras
épocas habían negado incesantemente y hasta con violencia. De la misma manera
podemos reiterar aquí que los problemas de la inmigración marginal y del
“terrorismo”, que tanto afligen a nuestros nuevos conversos, no se resuelven
expulsando y combatiendo a tales figuras, entrando de este modo a formar parte también
los que así lo hacen del sistema padecido con anterioridad, sino a las causas
que las han generado. Ni el terrorismo ha surgido por un odio gratuito hacia el
Occidente y la Cristiandad, tal como nos quieren hacer creer algunos
esquemáticos y maliciosos adeptos de la doctrina del “choque de
civilizaciones”, ni tampoco el inmigrante se encuentra en Europa simplemente
porque es él el que lo ha determinado libremente, tal como insiste toda la
propaganda xenófoba de nuestros días. Ha sido el consumismo desaforado el que
lo hizo venir y el que a su vez lo explota miserablemente. Consumismo del
europeo y del yanqui que quieren gozar ilimitadamente de cosas superfluas y que
precisa de sudacas, chicanos y de magrebíes para la realización de las tareas
serviles que le interfieren con el logro de su felicidad vacuna, y consumismo
del inmigrante atraído por tales quimeras que produce la americanización de la
cultura que también padece en sus países originarios. A su vez el “terrorista”
es el que se defiende de tal invasión.
Un movimiento que desintoxique al mundo del demonismo económico
y tecnológico es la única alternativa.
(1) Ha sido manifestado textualmente en la obra del
antiislamista francés Guillaume Faye, “La colonización europea”, texto muy
considerado por el ministro Sarkozy y reproducido por el autor francés Hervé
Blanchat, en su obra Las claves del fenómeno Le Pen, traducida a nuestra
lengua y vendida sin inconvenientes en nuestro medio. Cabe recordar aquí
nuestra pormenorizada crítica al autor Faye reproducida en estas mismas páginas
y defendido en cambio calurosamente por el filósofo güelfo peronista vernáculo
Alberto Buela quien ha salido recientemente en defensa de tal postura ante
nuestra crítica.