LA
RAZA EN EL PENSAMIENTO EVOLIANO
(Introducción a la obra de Julius Evola, El Mito de la Sangre)
a) Introducción
La obra que aquí presentamos es un texto escrito por encargo de
una importante editorial italiana de ese entonces (Hoepli), en 1938, en
una época en la cual el racismo comenzaba a tener una significativa importancia
en tal nación. En efecto, si bien en sus comienzos el régimen fascista no había
nunca formulado como una cuestión prioritaria el problema de la raza, su cada vez
mayor cercanía con la Alemania nacional-socialista y la incesante crisis de la
situación internacional agudizada por la creciente enemistad con la
colectividad judía, en especial a través de las políticas exteriores hostiles
asumidas en la relación con el gobierno norteamericano en el que la misma tenía
una muy significativa influencia, hizo que tal problema en Italia empezase a
tomar una cierta preponderancia. A ello se asoció, por las circunstancias antes
mentadas, la promulgación de la legislación anti-hebraica en ese mismo año por
la que se establecían límites restrictivos al accionar de tal colectividad en
el seno de la sociedad italiana. Todo esto fue lo que hizo que el problema
racial y, asociado a ello estrechamente, el judío, empezasen a tener en el seno
de tal sociedad una importancia sumamente destacada.
En la obra aquí
mentada Evola, en función del preciso encargo editorial, se dedica
principalmente a exponer de la manera más acrítica y objetiva posible la
historia del movimiento racista en aras de explicar las posturas vigentes en
ese entonces presentes en la política asumida por el régimen nacional
socialista, dedicando un capítulo específico sea a su principal doctrinario, Alfred Rosenberg, como incluso a su
líder, Adolfo Hitler. Es dable
destacar al respecto que, si bien no lo formula aquí en forma expresa, aunque
sí hace notar ciertos excesos extremos a los que tales posturas pueden
conducir, nuestro autor discrepa fundamentalmente con ambos y con varios de sus
precursores, especialmente Chamberlain,
tal como puede recabarse de una atenta lectura del texto. Pero, como aquí de lo
que se trata es de exponer lo más objetivamente posible tales doctrinas, se
reserva para otra obra, La raza del espíritu *, la exposición
sistemática de su punto de vista sobre el tema. Por lo cual el texto que aquí
presentamos constituye un prolegómeno necesario y útil para una mejor
comprensión de la obra mayor aquí mentada. De cualquier modo, tal como nos hace
notar uno de los comentaristas principales de Evola, Renato del Ponte, se perciben igualmente en El Mito de la
Sangre significativas pinceladas de lo que será su visión crítica del
racismo, en especial en la manera como son expuestas tales doctrinas y
resaltadas sus aristas más conflictivas.
Es de señalar
que sea dicha obra, como La raza del espíritu, fueron éxitos editoriales
en su tiempo, cosa que en cambio no había sucedido con otros textos anteriores
de nuestro autor y de mayor envergadura, tales como Rebelión contra el mundo
moderno o incluso Imperialismo Pagano. Por tal razón y debido además
a las alabanzas que Mussolini hiciera de aquellas, y en especial de la segunda,
es que por mucho tiempo Evola fue conocido exclusivamente como un autor
racista, como si ésa hubiera sido su actividad principal de escritor y, puesto
que a su vez el racismo había sido un componente germánico adosado al fascismo
italiano en su última etapa, la fama que se le creó fue también la de haber
sido un pensador filo-nazi. La verdad es en cambio, tal como trataremos de reseñar
aquí y ya lo hiciéramos en otros escritos, que el racismo de Evola tiene muy
poco que ver con el que se sustentara hegemónicamente durante el período nazi
resultando en cambio sumamente crítico respecto del mismo, especialmente de las
vertientes oficiales que más peso tuvieron en tal régimen. Por supuesto que
ello no será obstáculo para rescatar a algunas manifestaciones del mismo, tales
como el racismo psíquico de Clauss
o aun ciertas experiencias habidas con los Castillos de la Orden de la SS, pero
es de acotar que las mismas fueron expresiones excepcionales que de ninguna
manera representaron la generalidad del fenómeno, si bien nuestro autor pensó
que pudiesen en algún momento convertirse en hegemónicas. Nunca podrá saberse
al respecto si tales expresiones, de no haberse operado la circunstancia
trágica de la última guerra y la caída del régimen nacionalsocialista, no
hubieran podido alcanzar a tener una mayor preponderancia.
Formuladas
tales salvedades necesarias, en lo que sigue, debido a que con seguridad muchas
personas que se abocan a la lectura de esta obra no han leído La raza del
espíritu, y si aun lo hubiesen hecho nunca está de más reflexionar sobre el
tema, pasaremos a reseñar lo que, a nuestro entender, representa lo esencial en
la doctrina de la raza de Julius Evola
y aquello en lo cual se contrapone a la nacional socialista, sin pretender que
ello signifique en manera alguna prescindir de la indispensable lectura de este
texto aquí mencionado.
Digamos
primeramente que, en tanto enmarcado en la totalidad de su pensamiento, el
racismo representa apenas un capítulo suplementario. La meta principal
de toda la obra emprendida por Evola es la de rescatar los valores propios de
un mundo que se encuentra ya extinguido y del cual sólo quedan rastros apenas
perceptibles en el seno de una sociedad que no solamente los ignora
cotidianamente, sino que incluso tiende a constituir un orden cada vez más
antitético del mismo. Los vestigios de tal dimensión tradicional milenaria se
pierden en un tiempo remotísimo cuya entidad resulta difícil de discernir
además debido a las categorizaciones reduccionistas y parciales formuladas por
el moderno. El mismo ha liquidado y reducido a dicho período de manera simplista
con el despectivo mote de prehistoria y de primitivismo salvaje,
esto es, como representando un mero antecedente del pasado infantil de una
humanidad aun inmadura y en ciernes, la que se hallaría consumada en los
tiempos actuales más perfectos de “progreso” y
“evolución”. Para nuestro autor en cambio, si bien es cierto que en tal
pasado “prehistórico” se encuentran pueblos primitivos y salvajes, éstos no
deben reputarse necesariamente como grados anteriores a un proceso evolutivo
que habrían dado lugar posteriormente a la actual humanidad, sino por el contrario también es posible
pensar que hayan sido el producto de una decadencia respecto de algo superior y
que representen incluso a grupos étnicos extinguidos que en manera alguna
pueden ser asimilados como necesarios antecedentes de esta civilización. A su
vez, si bien no existan “rastros” que así lo señalen, consistentes
principalmente en huesos y restos fósiles, lo cual de ninguna manera debe ser
concebido como el único modo de probar la existencia de algo, la unanimidad con
que las sagas de las grandes religiones así lo testimonian nos permite hablar
de una humanidad distinta y superior, de carácter inmortal, coexistente también
en la “prehistoria” junto o incluso antes de los “salvajes” y cuyo orden
representó, a contramano de aquello que hoy constituye
la opinión vigente, un paradigma de civilización humana normal * .
A partir de los
textos sagrados presentes en los más dispares espacios geográficos es posible
pues recabar, en su adaptación a los léxicos actuales, una concepción del
hombre y del mundo diametralmente opuesta a la moderna actualmente vigente. En
dicha civilización anterior se constituyó un tipo de orden en el cual la
existencia tenía un diferente sentido del que hoy existe. No se concebía como
ahora que la misma se redujese a la simple remisión y resolución en la mera
vida fugaz, reiterativa y vermicular, sino que por el contrario se la
comprendió como un acto de trascendencia y de superación de tal dimensión, esto
es en tanto sometimiento de la esfera biológica y material a través de la
realización de lo eterno y de la divinidad ínsita en lo más profundo del
sujeto, en aquello que hoy en día se conoce como la dimensión espiritual.
Desde tal
óptica la antropología tradicional debe reputarse como absolutamente opuesta a
la moderna. En aquella el estar vivo no era concebido ni como una circunstancia
casual por la que de repente un yo se encuentra en una determinada raza o
situación, ni como el producto de una fatalidad ajena a uno mismo por la que se
le impone una cierta manera de ser no elegida ni decidida por éste, tal como se
lo concibe hoy en día, sino que era comprendido en cambio como una elección
trascendental efectuada antes de esta misma existencia y que
obedecía a una meta precisa y puntual que, por afuera de esta misma dimensión
temporal, el mismo se había fijado. El estar aquí y ahora, en este cuerpo
determinado, en este tiempo y situación, en esta comunidad específica, no era
reputado por el hombre tradicional como una cosa absoluta y excluyente en la
que se agotaba la realidad del propio ser, sino apenas como una instancia más
de carácter precario, superficial y transitorio, como un eslabón en una cadena
de acciones obedientes todas a un determinado fin, a una meta que uno mismo se
ha fijado, a una medida que se ha impuesto en función de un objetivo a realizar
en el seno de las múltiples posibilidades de manifestación del ser. La
existencia no es de este modo un mero dato, una “Historia” a la que debamos
adaptarnos sumisamente y de manera fatal y necesaria, sino una tarea a realizar
y el estar aquí encuentra su sentido en esta búsqueda incesante que uno debe
hacer respecto del por qué y el para qué ello sucede de tal manera y no de otra
y de la medida propia a encontrar. Mientras que el moderno, como el prisionero
de la caverna platónica, se dedica a medir y calcular la “realidad” que se le
presenta adelante sin preguntarse nunca por el por qué de la
misma, el hombre tradicional en cambio se interroga siempre por las razones últimas
que la determinan a ser de una cierta manera, tratando de explicar su
significado y aquello que hace que haya debido suceder en modo tal de que uno
deba encontrarse existiendo en una manera y no de otra. ¿Por qué estoy viviendo
aquí, en este cuerpo, en este mundo, en este tiempo y situación y no en otras?
¿cuál es el sentido de todo esto? Tales son las preguntas que se formula el
hombre de la Tradición. En cambio el moderno, a través de su ciencia y
tecnología, ha construido un muro cuya función principal es la de producir el olvido
e indiferencia respecto de tales cuestionamientos esenciales y proponiendo como
alternativa de ello, como un verdadero alucinógeno, la “felicidad”, reducida a
una mera vida placentera en la cual tales “problemas metafísicos” no existan y
sean extirpados definitivamente de nuestra mente. Y es en función de producir
tal olvido que él se agita y aturde en cada vez mayor medida, no encontrándose
paradojalmente, a pesar de su pretendido intento tecnológico por simplificarlo
todo, una existencia más repleta de complicaciones artificiales que la que nos
brinda la sociedad moderna con todos sus progresos y quimeras, con sus
alineaciones y cada vez nuevos mitos.
Buscarse a sí
mismo, trascenderse, no quedar reducido a la simple inmanencia del medio y del
ambiente: ésta es la meta principal del hombre de la Tradición. En tal contexto
es como podemos hallar una primera aproximación a la idea de raza en Julius Evola. La raza no es una
realidad que está allí como una cosa ajena a uno mismo, en la que el azar ha
hecho que nos encontráramos casualmente, como podría haber sido en cambio de
otra manera que tampoco fuera querida, sino que es algo que posee un sentido,
el que debe ser develado, conquistado y realizado en una búsqueda incesante tratando
de hallar en sí mismo lo que uno realmente es a lo largo de una sucesión de
generaciones y circunstancias pasadas que van más allá de esta existencia
actual en la que me encuentro ahora. La vida adquiere así un sentido diferente
del que le otorga el hombre moderno en tanto que ella no se agota ni se
resuelve en sí misma, en la inmediatez del instante, sino que es una incesante
trascendencia y el buscar y hallar esta intencionalidad profunda, ínsita
también en la propia raza, que es lo que se enlaza propiamente con la dimensión
de la persona, comprendida como lo opuesto al mero individuo, es la tarea
emprendida por el hombre de la Tradición.
Concebida en
primer término la doctrina de la preexistencia, punto crucial de la
metafísica de Evola y fundamento último de su “racismo”, es necesario
establecer un vínculo preciso con otras dos intuiciones que pueden encontrarse
también en filósofos tradicionales tales como Platón
o Plotino, cuya influencia resulta muy notoria en la
doctrina evoliana. La misma puede recabarse de la formulación de dos mitos
precisos que están presentes en el pensamiento de tales filósofos, el de la Reminiscencia
y el de Dionisio.
Por el primero
se concibe la existencia espacio temporal del sujeto como un acto de encarnación
producto de una decisión trascendental, la que ha significado en éste dos cosas
diferentes: por un lado, en la medida que se ha producido una interferencia
entre dos situaciones antitéticas, un yo espiritual que ya era anteriormente y
un cuerpo espacio-temporal sometido a los avatares del devenir, ello ha
significado una tendencia al olvido de la esencia más profunda de tal
yo; pero por el otro el hecho de haber venido de otra parte ha representado también
un impulso hacia la trascendencia gestado a partir de tal origen más profundo.
Es decir que si encarnarse o vivir representa por una parte una caída de nivel,
en tanto significa el pasaje de lo imperecedero a lo perecedero, por la otra
tal situación posee el valor de producir un reactivo y una vivencia espiritual
cuya intensidad no se experimentaba en estadios anteriores. En el hombre
coexisten pues dos tendencias antagónicas. Por el primer movimiento se ha
producido un descenso por el que el yo ha ido perdiendo paulatinamente la
propia esencialidad disolviéndose en la dimensión opuesta, de carácter espacio
temporal, en un proceso que ha abarcado momentos diferentes de degradación
hasta arribar a la dimensión más baja constituida por nuestra época postmoderna
y light en la cual la tendencia contraria hacia la elevación y la
trascendencia, la relativa a la persona, se ha prácticamente diluido y
mantenido viva tan sólo en algunos en forma aislada. Por el otro en cambio
tiende por el contrario a apartarse de la misma y a elevarse, sintiéndose estar
en ella como un mero peregrino en una búsqueda incesante de algo superior en
razón de la instancia de donde se ha venido. El instrumento que nosotros hemos
elegido para realizar nuestro fin espiritual, consistente en la realización de
la eternidad, en el momento mismo de operarse el acto de encarnación en la
dimensión espacio temporal, ha implicado pues el riesgo severo de disolverse y
confundirse en la misma.
En razón de tal
dualismo antropológico son posibles dos tipos de sociedades. Aquella ordenada
en función del descenso del hombre hacia las dimensiones más bajas del
devenir y el olvido del ser, o por el contrario aquella de carácter anagógico
dirigida hacia la elevación de éste a su meta principal que se encuentra
más allá de lo que es la mera vida. Desde un punto de vista tradicional la
sociedad y el mundo, lejos ser fines en sí mismos, son medios encargados de
brindarnos puntos de elevación, los cuales son diferentes de acuerdo a las
épocas en que se ha vivido. Una sociedad plenamente enmarcada en valores
tradicionales se caracterizaba por el hecho de que todo lo que en ella existía
estaba ordenado en modo tal de facilitar el despliegue de tal orientación
superior; la misma pues era un orden anagógico cuya función era la de elevar al
sujeto de su condición inmediata y efímera hacia una dimensión que lo
trascendiese. Por lo que las personas se dividían claramente entre dos
categorías diferentes, la de los que eran más (magis) y por lo tanto
conformaban la clase de los maestros (magistri), en tanto que
eran los que en grados distintos podían elevarse por sí mismos y aquellos que
en cambio, en tanto carentes, precisaban de otro para hacerlo: éstos eran los
discípulos. Los primeros eran aquellos que, por haber desplegado en mayor
medida el grado de espiritualidad y su dimensión de persona, es decir por tener
conciencia plena y recuerdo de la meta existencial propia, por tal razón
eran guías e “iniciaban” a los discípulos, los que a su vez se caracterizaban
por presentar como virtud propia un grado de docilidad que les permitía ser
rectificados. Por supuesto que ello es lo opuesto exacto a lo que sucede hoy en
día en una época de decadencia terminal de “educación sistemática”, en donde el
maestro ha dejado de ser tal y simplemente “instruye” o “alfabetiza” y menos
que menos educa, es decir “rectifica” al “educando”, al cual por el contrario,
le debe “respetar” la totalidad de su naturaleza espontánea y puramente
material, instintiva y “social”, corriendo el riesgo, en caso de no hacerlo
puntualmente, de ser reputado como “autoritario”, no siendo por lo tanto en
manera alguna un paradigma a imitar, y en consecuencia tampoco propiamente un
maestro, sino apenas un ser gregario más y de los tantos individuos que componen
una determinada especie. La educación consistía pues de esta manera en un
acto de reminiscencia por el que el hombre “recordaba” las razones por las que
estaba aquí y aprendía no solamente a vivir, pues la existencia era algo más
que la vida animal que se encuentra al nacer, sino principalmente a morir.
En tanto que la
vida no lo era todo, la muerte no era concebida como una nada, como el acto de
disolución absoluta del propio ser que nos abandona de repente y en manera
simultáneamente necesaria y azarosa, del mismo modo a como antes habíamos
comenzado a vivir. De acuerdo a la óptica tradicional ella era por el contrario
un estado de ser, un momento determinado enmarcado en un tránsito más profundo
y duradero compuesto por diferentes posibilidades y etapas, de acuerdo al grado
de elección trascendental efectuada y que podía resolverse en metas distintas.
Un yo que se “iba” se podía después volver a manifestar de reputarlo necesario,
podía también detenerse en la sucesión de manifestaciones y alcanzar un estado
de quietud y de inmortalidad duradera, o simplemente fenecer y disolverse en la
nada en la medida que había sucumbido en su empresa sin haber alcanzado a
“recordar”, tal como es lo que mayoritariamente acontece hoy en día en esta
época compuesta esencialmente de seres fugaces, efímeros y vermiculares, de
simples imágenes que brillan y desaparecen raudamente como luces en la noche.
En tanto que ni la muerte ni la vida representaban estados absolutos, lo que de
ninguna manera podía aceptarse era la presencia de una sola posibilidad entre
las aquí mentadas, esto es la democracia que, en tanto fenómeno actual y
omnicomprensivo, rige también y especialmente en la esfera espiritual en la
totalidad de las cosmovisiones modernas, sea cristianas sostenedoras de la
inmortalidad colectiva atribuida a todo ser con forma humana, sea
teosófico-reencarnacionistas sostenedoras de la salvación universal, la que no
es otra cosa que una secularización del evolucionismo; sea postmodernas,
pregoneras de la existencia única e irrepetible, sin antes ni después y de la
cual hay que disfrutar antes de que nos desaparezca. Todas ellas son por igual
concepciones que asignan unidimensionalmente situaciones que serían inherentes
a todos los individuos por igual y en manera indiferenciada. Para el
hombre tradicional en cambio cada uno por su existencia elegía, de
acuerdo a la manera como ésta se había desenvuelto, hacia dónde ir,
aquello que iba a hacer posteriormente en relación a su grado de
responsabilidad y no había así nada que le fuera impuesto en forma anticipada y
absoluta ni antes ni después de la existencia, aunque éste en el fondo lo
ignorara, tal como sucede entre la mayoría de nuestros contemporáneos.
El segundo
mito, vinculado estrechamente con el primero, y de singular significación para
comprender el racismo evoliano, es el de Dionisio. El mismo puede
formularse de la siguiente manera: Dionisio, hijo de Zeus, es devorado por los
Titanes envidiosos, Zeus los destruye en venganza, pero, presa de nostalgia y
dolor por el hijo perdido, de las cenizas de éstos crea al hombre. Compuesto
por lo tanto de dos principios, divino el uno, en tanto proveniente de
Dionisio, corruptible y material el otro, en tanto proveniente de los Titanes.
A partir de lo
cual se perfilan en el hombre nuevamente dos posibilidades, dos caminos
existenciales antitéticos, los que se plasman a su vez en dos razas
presentes en grado distinto en uno mismo y con diferentes nombres de acuerdo a
las circunstancias, las cuales deben ser halladas y recreadas en su
pureza más plena a fin de ser capaces de purificarse en concordancia con la
elección trascendental. Liberarse de la raza titánica, tal es la tarea ascética
a efectuar tratando de hallar en qué expresiones de la propia historia la misma
se encuentra en contraposición con la raza dionisíaca. Buscar pues lo divino,
que está presente sea en sí mismo como afuera de sí en las distintas
generaciones, éste era el sentido que tenía para Platón la empresa de la
filosofía. Olvidarse de tal origen sagrado es en cambio la actitud propia del
moderno.
Y es aquí en
donde podemos ingresar de lleno al tema del racismo y ver las dos posibilidades
existentes ante el mismo: el racismo biológico cuya secuela final será el
nacional-socialismo representado por Rosenberg y el espiritual cuyo exponente principal y
hasta diríamos excluyente es Julius
Evola.
Hemos dicho que lo que resulta propio de lo moderno y de la sociedad
actual es la actitud de olvido respecto de lo que se es y de dónde se
viene, habiendo sido efectuado ello en grados y niveles diferentes de
intensidad. Al olvido metafísico primigenio respecto del por qué de la
existencia y de su situación anterior a la misma le ha seguido el olvido
respecto del pasado histórico de la comunidad en la que se vive así como
también respecto de la raza a la que se pertenece y de sus caracteres propios.
El ser sin raza, sin historia, anónimo y sin carácter se inscribe para el
moderno en la tendencia inveterada a hacer tabula rasa de todo lo
existente anteriormente al sujeto y a la propia inmediatez, como si recordar el
origen y el pasado representara una fuga y distracción respecto del aquí y
ahora al que se convierte como lo único verdaderamente existente, la única meta
a realizar. Él no reputa a la vida en la que se encuentra como algo ocasional y
con un significado ulterior, sino como la única realidad verdadera y a la que
por lo tanto en cuanto tal debe venerarse ofrendándole la totalidad del propio
ser, liberándola de cualquier distractivo o “alineación”. Se presenta ante la
misma en un estado de pasividad por el que se disuelve en ella asumiéndola como
fatal y necesaria y en la que le ha tocado estar con independencia de su
voluntad, reduciéndose así, con resignación en muchos e indiferencia e
ignorancia en otros, a la condición de parte de un todo que lo trasciende, no
existiendo por lo tanto nada en él que se halle más allá del medio ambiente y
de la “sociedad” en la que se encuentra. A su vez la “vida” y la “sociedad” lo
forman de este modo como a una arcilla a la que se le imprime un molde
determinado cada vez más semejante al que reciben los otros, es decir, lo
masifica borrando en él cualquier huella de su propia personalidad aun
incipiente, extirpándole toda forma de recuerdo de su pasado, al ser la memoria
una dimensión que se encuentra en la esfera más profunda de su Yo vinculada a
su impulso espontáneo por querer remitirse a su origen primigenio y a las
razones últimas que explican la propia existencia.
Ante ello el hecho de buscar dentro de sí, entre las diferentes
orientaciones existentes, a la propia raza, es decir, aquello que realmente se
es, significa por lo tanto trascender la modernidad. Es el impulso por querer
conocerse más allá de la circunstancial situación en la que uno se encuentra y
tratar de hallar así un por qué y un para qué nos encontramos aquí y ahora. La
primera constatación que puede hacer el racismo espiritual es que, justamente a
partir de tal situación de hecho en que se encuentran habitualmente nuestros
contemporáneos, resulta irrebatible sostener que somos el producto de una
mezcla originaria entre dos razas antitéticas y antagónicas: una es la que se
manifiesta a través de esa tendencia que nos hunde y asimila en la
cotidianeidad y otra en cambio es la que nos eleva desde esta situación y nos
impulsa hacia la trascendencia. Somos pues simultáneamente seres descendientes
del Titán y de Dionisio, o también hiperbóreos y telúricos a un mismo tiempo,
seres que son un compuesto de cielo y de tierra, en los cuales se manifiesta,
en grados diferentes, la presencia de dos direcciones antitéticas. El hombre es
pues una combinación entre dos principios, el uno es el que se ha plasmado en
la constitución del mundo moderno y el otro está representado por ese deseo, en
muchos aun confuso, por querer trascender tal realidad que nos rodea. Desde la
óptica de un racismo espiritual el hecho de ser moderno no es una circunstancia
fatal ni necesaria, tal como creen los hombres de tal edad, sino el producto
exasperado de una determinada raza presente en nosotros mismos como una
forma impura y defectuosa y a la que debemos abatir. Es la raza titánica,
la raza del hombre fugaz y efímero al que se modela y masifica pasivamente, del
sujeto sumergido y reducido a la mera temporalidad y devenir en lo que se
disuelve. Frente a la misma se encuentra la raza de Dionisio, el ser divino, el
eterno, cuya existencia y recreación está sometida a una prueba, a una guerra
santa e interior por la que debe lograr el doblegamiento del hombre moderno y
titánico que existe en uno mismo instaurando la dirección contraria. Por la
misma debemos llegar a ser capaces de concebir a esta existencia no como un
absoluto, sino como un grado más de manifestación englobado en un fin que la
trasciende. A su vez y como una extensión de tal combate sostenido en el seno
de uno mismo, de ese conflicto interior que acontece en lo más profundo de sí
entre dos razas antitéticas, es que se desenvuelve también la otra guerra, la
de la Rebelión en contra del mundo moderno, al que hay que abatir para
restaurar la Tradición superando así los límites finitos del propio yo. Dicha
guerra, si bien debe iniciarse en la interioridad del sujeto, es infinita y por
ende no queda recluida adentro de los propios límites. Ésta es pues la raza
espiritual y dionisíaca que debe ser encontrada en nosotros mismos
trascendiendo el mundo moderno.
Por lo tanto buscar la propia raza e historia implica
esencialmente efectuar una selección en el seno de sí y de la colectividad
en que uno se encuentra entre direcciones contrarias. Evola considera que, de
la misma manera que en uno mismo deben discriminarse inclinaciones antitéticas
provenientes de estos dos orígenes distintos, ello es posible también hallarlo
exteriormente en toda comunidad histórica a través de un señalamiento
paradigmático de razas diferentes. Es decir que en toda comunidad se manifiesta
en grados distintos sea una civilización y una historia del hombre telúrico y
titánico como a su vez otra del hombre hiperbóreo y dionisiaco, desarrolladas
ambas simultáneamente en una misma circunstancia concreta. En Italia, por
ejemplo, que es la experiencia inmediata con que nuestro autor se encuentra, él
halla tal dicotomía en lo que él denomina como el antagonismo entre la raza
mediterránea y latina, por contraposición a la ario-romana o
también, en tanto remitida a su presente, del hombre fascista (por
supuesto que purificando al fascismo de todas sus abundantes connotaciones
burguesas). Las dos se caracterizan por expresar en el seno de una misma
circunstancia histórica y geográfica estas manifestaciones posibles, de
carácter moderno la primera en tanto impulso a radicarse en la mera inmanencia
y hacer de la simple “vida” la meta existencial, y tradicional la segunda en
tanto proyectada hacia lo que es más que todo ello. En otros textos hemos hecho
alusión a que también esta dicotomía puede ser resaltada en nuestra sociedad
argentina de la misma manera que en otras, y es la que en nuestro caso
específico contrapone al hombre democrático con el hombre de Malvinas,
es decir el espíritu telúrico y burgués por un lado, dispuesto a apacentarse en
la vida moderna y materialista, y el tradicional heroico y guerrero por el otro
dirigido hacia la negación y superación de tales límites. Ambos tuvieron
manifestaciones históricas distintas en grados también diferentes en cuanto a
duración e intensidad. No olvidemos que la raza del hombre de Malvinas
tuvo una repentina irrupción con una inesperada guerra en 1982, la que fue
sofocada luego hasta nuestros días por la raza del hombre democrático,
verdadera causa última de la profunda decadencia de nuestro país.
Ahora bien, yendo a la circunstancia concreta del racismo surgido
en Europa en el siglo pasado con su secuela final en el nacional socialismo,
Evola considera que, tomado en sí mismo, representa un fenómeno al que deben
reconocérsele caracteres positivos, tal como ha acontecido por ejemplo con el
caso del movimiento nacionalista. Cuando el nacionalismo rescata del
olvido en el hombre a su pasado histórico frente al humanismo abstracto y
anónimo del iluminismo liberal, ello en sí mismo representa un hecho
auspicioso, pero sin embargo esto sólo no significa aun haber salido de los
márgenes de la modernidad. Él considera que puede existir un nacionalismo
puramente historicista que rescate el pasado sin beneficio de inventario
y resalte lo propio simplemente por ser tal independientemente
del valor que éste posea, creyendo así falsamente que porque el movimiento que
lo precediera era universalista y anti-histórico, por lo tanto todo ideal de
carácter universal resultaría negativo, así como la historia en sí misma se
convertiría en la fuente de toda verdad. En los dos casos el hombre queda
recluido en la inmanencia y el movimiento a trascenderla que se había iniciado
queda de este modo trunco generando así un nuevo fatalismo y una nueva
pasividad y sumisión. Así como en el caso anterior el hombre debía someterse a
la “realidad única” que se le presentaba absoluta y fatalmente, ahora tal
objeto de sumisión y determinismo estaría representado por otra realidad “de
hecho”, la patria, el patrimonio histórico y cultural propio. De la misma
manera que puede existir también un racismo que, reduciendo por un lado la
reivindicación de la raza a su fenómeno puramente externo y superficial, es
decir a lo relativo al propio cuerpo, termine identificándola con la propia
comunidad tal como ésta se presenta con independencia de los valores que la
misma posea, sean ellos positivos o negativos, aceptándolos simplemente
porque son los propios y no porque sean realmente valiosos en sí mismos. De
esta manera el racismo, lo mismo que cierto nacionalismo, termina constituyéndose
en otra de las tantas formas degradadas de modernidad, consistente en la
asunción de una actitud de pasiva aceptación de lo existente por parte del
sujeto y no de discriminación y selección. En este caso ello acontece a través
de la adhesión a un relativismo consistente en una exaltación obtusa e
irracional de lo propio con independencia de cualquier valor superior. De este
modo al racionalismo burgués e iluminista que formula ideales universales
abstractos ajenos a la raza y a la historia por los cuáles pretende subsumir
todo lo existente, le termina oponiendo un irracionalismo consistente en la
exaltación de lo meramente instintivo: en los dos casos el hombre queda
recluido en la esfera de la inmanencia. En realidad de lo que se trata es en
vez de sustentar aquello que es más y no menos que la razón discursiva,
el intelecto, el espíritu, la capacidad de captar y realizar lo divino y
trascendente en sí mismo y en los otros. En su rechazo por tal posibilidad
existencial en el hombre concuerdan por igual sea el racionalismo liberal
iluminista como el irracionalismo propio del racismo nazi, constituyéndose así
ambos en dos caras distintas de un mismo fenómeno moderno.
Ha acontecido
de este modo con tal racismo que la reivindicación de la raza, en vez de ser
concebida como la de una realidad trascendente a buscar en uno mismo a través
de una ascética que opera entre orientaciones antagónicas, se convirtió en
cambio en una simple sacralización de la inmanencia, rechazando la existencia
de una dimensión metafísica y reduciendo la realidad a lo que es puramente
material asimilable así al cuidado que puede tenerse con el pedigrí de una
determinada especie viviente, tal como acontece con los perros o los caballos,
resultando así un movimiento afín con el cientificismo materialista moderno
encargado de identificar al hombre con el animal. La consecuencia de haberse
negado la existencia de una dimensión superior espiritual y divina en el hombre
dio así por resultado que se redujese la cuestión de la raza a un capítulo
perteneciente a la simple biología. De tal modo, como hizo notar Evola, con el
racismo ha sucedido que, partiendo de un reclamo justo y positivo cual era la
de la búsqueda del origen en el hombre, ha terminado en cambio produciendo el
último zarpazo que la modernidad podía dar confiscando para sí a una categoría
que aun pertenecía al mundo de la Tradición y que todavía no había podido ser
bastardeada, la de raza, comprendida como herencia metafísica y sagrada
presente en el sujeto y que poco tiene que ver con el mundo animal, por más que
puedan existir semejanzas puramente externas con el mismo, las que
eventualmente pueden tener valor como símbolo o analogía, pero en ninguna
manera reducir a la totalidad del hombre.
Sin embargo
Evola, a diferencia de otros autores críticos hacia tal movimiento al cual
identifican con el modernismo, tal como aparece sea en el prólogo como en la
conclusión de esta obra, es prudente al considerar que, a pesar de todas las
limitaciones aquí mentadas, el hecho de que aunque sea parcialmente haya
formulado el problema de la herencia, aunque ello haya sido reducido
exclusivamente a un plano biológico e inmanente, sin embargo, si lograra ser
profundizado, tal como considera que ha acontecido en ciertas posibilidades del
nacional-socialismo lamentablemente permanecidas en ciernes o abruptamente abortadas con la resolución
bélica, podía haber recreado ciertos principios tradicionales en contraposición
con las posturas socialistas y ambientalistas propias de la modernidad vigente.
En lo que sigue
sintetizaremos las principales objeciones que Evola dirige al racismo
nacional-socialista con la intencionalidad precisa de rectificarlo.
1)
Ha reducido la raza a un fenómeno biológico llegando así a negar la existencia
en el hombre de una dimensión trascendente asumiendo de tal modo las
acusaciones triviales que la modernidad ha efectuado hacia todo aquello que no
es material o “positivo”, a lo que califica también como un “duplicado
esquizofrénico” de la realidad. Es decir que en tanto ha rechazado la
existencia de una dimensión metafísica y reducido unidimensionalmente lo humano
al plano puramente físico y materialista, ha profundizado de este modo la
decadencia moderna. A pesar de tal racismo, el hombre es principalmente una
realidad espiritual y el espíritu no es un epifenómeno del cuerpo, tal como
sostienen los mentores de tal movimiento, pues lo superior no puede
comprenderse a partir de lo inferior.
2)
Por tal razón, la raza, que desde un punto de vista tradicional se plantea como
una cosa a ser buscada y actualizada a través de una profunda e incesante
actividad ascética, y que por lo tanto podía existir de manera excelente tan
sólo en algunos que oficiaban de guía (magistri) para el resto de la
comunidad, queda aquí reducida a una cosa que se encuentra ya hecha y al
alcance de cualquiera en tanto que sin más se trae al nacer, sin haber tenido
que intervenir la voluntad humana para ello, no habiendo así necesidad alguna
de buscarla o de transformarse a sí mismos, sino simplemente la de dejarse
afectar y determinar por tal fatalidad evitando simplemente en lo sucesivo la
presencia de cruzas impuras. Una vez más el hombre queda reducido a su medio
que en este caso recibe el nombre pomposo de raza.
3)
El racismo nazi se vincula así con la asunción de un cierto nacionalismo de
corte relativista promovido por la Revolución Francesa y por la Modernidad y
concebido como quiebra del universalismo medieval. Para éste la raza
pasa a formar parte de un patrimonio heredado que no se elige, sino que
por el contrario somos elegidos por ésta, por lo que nuestra función se reduce
a hacerla perdurar y triunfar sobre las restantes con independencia del valor
que la misma posea. Es desde tal óptica que, con la calificación de ario
referido a la propia comunidad, se le asigna a ésta en forma unilateral y
caprichosa un carácter de superioridad respecto de las restantes. En esto queda
siempre indeterminado saber si una raza es superior tan sólo porque es la
propia y por lo tanto la tarea del sujeto es hacerla vencer en una lucha por el
triunfo del más apto, o si por el contrario este hecho alcanza a ser algo
excepcional resultando los beneficiaros de ello un “pueblo elegido” a pesar de
la propia voluntad y no en cambio un pueblo que elige cuál es la orientación a seguir.
En el caso aquí aludido se recrea el idealismo fichteano para el cual lo
germánico era considerado como sinónimo de verdadero y de bueno y lo no
germánico u opuesto a lo germánico, era en cambio reputado como un disvalor.*
Aquellos que no forman parte de este pueblo privilegiado estarían condenados a
un estado irreversible de inferioridad.
4)
Puede decirse así que, a pesar de los anatemas descalificatorios dirigidos
hacia el judaísmo, en realidad el nazismo biológico no rechaza, sino por el
contrario asume el espíritu más profundo presente sea en su vertiente
secularizada como talmúdica, siendo a su vez la misma una de las
principales inspiraciones de la modernidad. Esto aparece en su asunción del
concepto de “pueblo elegido”, por la que se expresa también aquí la idea de la
existencia de una raza que sería superior a las restantes, las que deberían a
aceptar su señorío. Discrepa tan sólo con el mismo en determinar cuál de los
dos es el encargado de dirigir los destinos del planeta, si el “ario” o el “judío”.
Cuando hoy en día ciertos movimientos políticos, en especial de izquierda,
hablan de las afinidades entre el nazismo y el judaísmo sionista, no están del
todo equivocados.
5)
En tanto fundado en un sentimiento moderno y por lo tanto acorde con toda la
tendencia titánica antes mentada considera la superioridad de la raza, aria
germánica en algunos casos, o simplemente blanca en otros, en función de
ciertos logros acontecidos en el plano de las ciencias y de la tecnología.
Dicho sentimiento hoy resulta también algo propio de los europeos y
norteamericanos quienes de la misma manera exaltan la superioridad de su
civilización en función de sus mayores capacidades tecnológicas y económicas,
las que también justificarían nuestra subordinación a su visión omnicomprensiva
y globalizadora.
d) Racismo y
Judaísmo
Una vez que se ha rechazado el concepto de pueblo o raza elegida
propio de ciertas expresiones modernas, tales como el nazismo biológico y el
judaísmo talmúdico, digamos lo último en relación al enfoque que en esta obra
nuestro autor nos ofrece del problema judaico.
En primer lugar
no existe para él un pueblo que hoy en día posea en exclusividad los caracteres
de la raza espiritual hiperbórea, dionisíaca o simplemente Tradicional. Dicho
elemento divino está presente en todas las comunidades con independencia de su
color de piel o del lugar geográfico en que se encuentren. Podrá haber
algunas que por su historia pasada posean un grado mayor que otras que les
permita realizar tal raza interior de una mejor manera y con posibilidades
mejores. Sin embargo nada está dado anticipadamente. Es verdad que la raza
blanca rubia, occidental y nórdica puede en algunos casos haber tenido una
mayor aproximación con tales valores, del mismo modo que a un hombre medieval
le ha resultado más fácil acceder a una dimensión espiritual que al de la light
y rockeada sociedad postmoderna. Sin embargo, tal como decían los Dióscuros: “estamos más cerca de un
bantú, que con todas las limitaciones que le ha producido su cuerpo y su
cultura tribal, a pesar de ello se ha mantenido fiel a sus dioses, que de un
sueco o noruego rubio, en orden con su cuerpo, pero que espiritualmente es una
excrescencia que se reduce y resuelve en una existencia de carácter hedonista”.
Del mismo modo que hoy en día estamos mucho más cerca de los árabes semitas de
piel oscura o aun somalíes africanos y negros ofrendados en una plegaria de
cinco veces diarias y luchando como monjes guerreros y mártires por la
Tradición espiritual de su pueblo que de esos norteamericanos yankis o europeos
blancos y rubios y aun de modales finos y educados, pero volcados como ebrios a
una sociedad de consumos infinitos.
Ha sido un
mérito indudable de Evola haber separado la idea de raza de la de fatalidad y determinismo.
No se es elegido por una raza, sino que la raza es algo que se elige. No
existen ni razas elegidas ni razas condenadas, todo hombre tiene la posibilidad
de hallar en el seno de sí mismo a la propia raza espiritual y superior y los
caminos para ello deben ser hallados en la
civilización, historia y religión de la que se forma parte, pues ellas
son nuestro lenguaje propio. Por supuesto que hay mayores o menores
posibilidades de realización, de la misma manera que no todas las épocas han
proporcionado idénticos sostenes para la realización de la misma. Una sociedad
tradicional era aquella en donde cada acción era un rito y cada realidad un
símbolo que permitía elevarse desde esta situación material. En un desierto
crepuscular como el actual en donde prácticamente todos los sostenes han
desaparecido resulta sumamente más difícil pero no imposible realizar tal fin.
Sin embargo es dable también decir con los grandes místicos que quizás estar
aquí es porque hemos querido otorgarnos una medida difícil probándonos “como el
oro por el fuego”.
Podemos
finalmente formular una última objeción respecto del tratamiento que en esta
obra se hace del tema judío, el cual, tal como dijéramos, por las limitaciones
propias de una simple exposición de un problema y de las circunstancias de la
época, debía ser parcial. Dijimos que el racismo en Evola no es fatalista. Uno
no está condenado a ser parte de una raza elegida, sino que debe siempre elegir
entre orientaciones existenciales diferentes a la raza del espíritu que le
concierne. Que no resulta por lo tanto un factor determinante haber nacido en
una raza o en un pueblo en particular si no se es capaz de recrear en el seno
de los mismos aquellos factores positivos y de carácter espiritual que deben
actualizarse. Ahora bien, al tratar aquí el problema judío vemos cómo nuestro
autor, tras destacar el factor corrosivo y deletéreo producido por tal
comunidad en el seno de las naciones, por lo que en algún momento llega a
definirlo como una anti-raza, sin embargo deja en suspenso lo concerniente a la
posibilidad de redención que el mismo puede tener a fin de superar tal
condición deletérea. Al respecto el antisemitismo ha producido dos
manifestaciones diferentes en Europa. La solución católica fue por años la de
considerar que la resolución de tal problema pasaba por la conversión del judío
a la religión propia. A través de la misma, por el reconocimiento del Mesías
verdadero, el judío cesaría de ser el pueblo condenado e incluso, tal como en
nuestro medio manifestara Julio Meinvielle, ello representaría el fin de la
historia. La solución nazi es en cambio la contraria, por más que el judío se
convierta, nunca va a dejar de ser tal, por tal razón su propuesta era la de
expulsarlo de la propia comunidad e incluso alentar su asentamiento en un
territorio determinado. Tal postura será en el fondo sumamente afín con la del
sionismo. Las circunstancias bélicas europeas impidieron la realización de tal
resultado y la secuela conocida como el Holocausto, más allá de la veracidad de
sus cifras, representó el fracaso de tal solución. En esta obra nuestro autor
comparte la idea de que la conversión no modifica la esencia del judío, pero
¿cuál sería al respecto su solución? Como a su vez en otro texto Evola ha manifestado que, si bien el judaísmo
subversivo ha sido el secularizado que ha abandonado la propia tradición
religiosa, sin embargo el retorno a la misma no lograría quitarle tal condición
en la medida que en ésta también está presente
una doble moral fundada en un sentimiento de dominio universal, el que
aparece en textos sagrados fundamentales como el Talmud, pareciera entonces, y
tal ha sido la crítica que se le efectuara especialmente desde sectores
marxistas, que al encarar tal tema nuestro autor se contradice en su doctrina de
la raza. A pesar de haber sostenido que el hombre es libre en relación a su
raza, sin embargo habría un sujeto histórico, el judío, el cual siempre estaría
condenado a ser de una determinada manera. A pesar de esto nosotros hemos
señalado en otra nota * que, si bien tal tema no es manifestado claramente por
nuestro autor en otras partes, se podría recabar una solución diferente del
mismo a través de los análisis que efectúa en su obra principal, Rebelión
contra el mundo moderno, respecto del judaísmo. Allí él hace notar que
también en esta religión ha existido una forma solar y por lo tanto Tradicional
y no moderna, expresada principalmente en la figura de los reyes, aunque
también presente en ciertos profetas-fundadores de tal pueblo como Jacob quien alcanza su bendición a
través del doblegamiento de la divinidad. Más tarde también en dicho pueblo,
como en otros, sobrevendrá el dominio de los sacerdotes y por lo tanto una
religiosidad pasiva, lunar y de sometimiento, que se estereotipará con la
diáspora, dando cabida al judaísmo talmúdico antes mentado. La solución
evoliana para el judío no sería pues la de convertirse a otra religión, ni
tampoco la de permanecer en su estado actual irreversible, sino la de ser
capaces de vivir en la propia tal experiencia primigenia, de la misma manera
que en el catolicismo no sería una solución la superación del modernismo
conciliar retornando simplemente al espíritu güelfo de Trento, sino al antiguo
espíritu gibelino de las grandes órdenes de la caballería, hoy prácticamente
inexistente en su seno.
Esperamos que estas reflexiones hayan podido servir para efectuar
una aproximación al pensamiento evoliano en lo relativo a tal candente problema
de la raza y coadyuvado en nuestro intento por liberarlo del prejuicio tan
adentrado, en forma capciosa en algunos y por ignorancia en otros, de que se
trata de un autor filonazi, tal como se comprende habitualmente tal fenómeno.
Digamos por
último que esta obra fue editada por primera vez en 1938 y tuvo una segunda
edición ampliada en 1942. Por circunstancias no del todo claras cuando fuera
reeditada en la post-guerra se lo volvió a hacer primeramente, a través de Ediciones
Ar en 1979, con la primera edición,
hasta que en 1995 Renato del Ponte
reeditará la segunda en 1995. Esta última ha sido la que hemos traducido.
Marcos Ghio
Buenos Aires, 5-09-06