No han faltado
quienes, aun desde filas en apariencias cercanas a las nuestras, han efectuado
una apología, incluso exacerbada, del MERCOSUR, creyendo ver en tal
conglomerado “un buen comienzo” para efectuar la “unidad iberoamericana”
promovida por nuestros próceres señeros, San Martín y Bolívar. Si bien se
efectuaban a veces reservas en el sentido de que tal institución se basara en
un contexto tan sólo economicista, se pensaba que ello, más que una limitación
u obstáculo, era el producto de una época en la cual la economía resultaba el
modo primario y natural de manifestarse de todas las comunidades humanas. Pero
que, a pesar de ello, la consumación de tal unidad era el signo de un proceso
por el cual, tras empezarse primero con lo material, se continuaría más tarde
con el plano de la cultura. Además se decía también que lo principal de todo
esto consistía en que “Iberoamérica”, al convertirse en un bloque unificado, en
un mundo en el cual las naciones hoy estarían obligadas a agruparse y a unirse
en grandes espacios para hacer frente a “los desafíos de nuestro tiempo” y en
especial al mundialismo que nos gobernaría, en gran medida gracias a nuestra
atávica división, se estaría de esta forma luchando por nuestra tan postergada
independencia.
Digamos en
primer lugar que ese fenómeno que ha recibido múltiples nombre, entre los
cuales se encuentra especialmente el de “mundialismo”, tal como antes era el de
“sinarquía”, en realidad más que un mero intento imperial de dominio universal
del planeta no es sino un inveterado proyecto por constituir un mundo fundado
en los principios de la materia y de la mera inmanencia, es decir justamente un
mundo en el cual la economía sea el destino de las personas.
Por lo tanto el
problema de la existencia de un
gobierno mundial no debe tan sólo preocuparnos en cuanto a que el poder del
planeta se encuentre concentrado en un solo centro de decisión, sino en que, a
partir del mismo, el mundo hoy se halle hilvanado y organizado de acuerdo a una
concepción de la vida sustancialmente distinta de la nuestra.
Resulta de este
modo un error creer que a tal poder lo perturbe la existencia de espacios
plurales compuestos por conglomerados de naciones que compitan con otros en
materia de economía. Ello es, a la inversa, justamente caer víctimas de la
sugestión principal que nos intenta producir nuestro enemigo cual es la de
reducir la realidad a su aspecto inferior y economicista dentro de la cual
se intentan determinar diferentes disyuntivas.
Valga al respecto
el ejemplo que tiempo atrás se mencionara en relación a lo acontecido con
Alemania y Japón luego de su derrota militar. Muchos han llegado a decir, en
tanto partícipes varias veces involuntarios de la mentalidad moderna que se les
ha impuesto en el inconsciente, que tales países en la medida que han
organizado su aparato económico con suma eficiencia llegando a ser “más
competitivos” incluso que los mismos Estados Unidos, han conseguido ganar por
otros medios la guerra que perdieron en cambio en el terreno de las armas. La
verdad es exactamente la opuesta. La verdadera derrota de estas naciones
estriba, más que en haber sido doblegadas en el campo de batalla, justamente en
el camino que ahora han emprendido en forma voluntaria, el que consiste en haber
internalizado y expresado en la práctica, incluso hasta con mayor vigor y
crudeza, el american way of life que fue lo que en verdad se les quiso
imponer. Al Japón, por ejemplo, más que las bombas atómicas de Hiroshima y
Nagasaki, lo destruyó la pérdida de su principio imperial y trascendente.
Cuando el Emperador salió de su palacio para “mezclarse con el pueblo” como uno
más, por expresa sugestión del victorioso general Mac Arthur, ésa fue su
verdadera derrota y su secuela consecuente de profanación y yanquización que
luego sobrevino.
Del mismo modo,
expresar hoy en día que gracias al MERCOSUR desaparecerán los conflictos
limítrofes entre las naciones de “Iberoamérica”, pues nos daremos cuenta de que
más importante es colaborar juntos en un gran “Mercado”, imitando a su similar
modelo existente en Europa, pues así podremos estar unidos para hacer frente
mejor al resto del mundo, ello es algo que, lejos de alegrarnos, debería por el
contrario hundirnos en la desazón. Pues si bien es cierto que las naciones de este
continente deben evitar caer en conflictos artificiales para no favorecer a
nuestro enemigo común, por otra parte lo es también y en modo principal que la unión
no debe darse en los principios sustentados por ese mismo enemigo, pues en
tal caso la misma, lejos de resultar un logro, significa un verdadero fracaso.
No debe ser pues una unión
renunciataria, asumida en función de aquella filosofía que prioriza el
“Mercado”, sino en cambio a partir de una meta que resulte trascendente y que
sea capaz de agrupar detrás suyo al conjunto de las personas de esta porción
del continente. Una unión de mercaderes para los cuales los negocios son lo más
importante, no sólo no representa en manera alguna nuestro objetivo, sino que
debe ser en cambio combatida con todas nuestras fuerzas. Sólo una unidad fundada en principios
heroicos y guerreros debe ser la única posible unión Americana que debe
importarnos.
Para que ello acontezca es necesario que, en el contexto de nuestro
continente, exista al menos una nación o un grupo de personas que, tras haber
hurgado en el propio pasado, sea capaz de hallar en sí un destino trascendente
que la singularice y aparte de los principios que intenta imponernos el
mundialismo. Es tan sólo dentro de este contexto que adquiere valor nuestro nacionalismo. En la
guerra de Malvinas la Argentina sembró el único y verdadero embrión de unidad
americana en este siglo. Luchando en contra del enemigo común y enarbolando (si
bien apenas larvadamente) una concepción del mundo diferente de la anglosajona,
enfervorizó a los pueblos del resto del continente por lo que, de repente,
todos se sintieron por igual “argentinos” como nosotros. Nuestra unidad, en
tanto se basaba en una concepción distinta de la del “mercado”, era auténtica y
representaba nuestra verdadera antítesis respecto del actual poder mundial. Por ello nuestra meta no debe ser tanto estar unidos, sino
estarlo de una determinada manera, sustancialmente distinta de la que hoy
impera en el concierto mundial.
Pero habría que agregar también al
respecto que, así como la economía puede ser motivo de unión, en tanto que la
soberanía de la misma pueda implicar la renuncia a luchar por otros valores
superiores que dividen, sin embargo la misma puede a la inversa, en tanto se la
profundice, ser causa de mayores desuniones incluso en el seno de las mismas
naciones que compongan el concierto del MERCOSUR.
Si el interés material resulta lo más importante, en modo tal de que una
nación renunciará a luchar por otros valores superiores y priorizará la paz en
función de la economía (recordemos que, en función de tales principios
economicistas, se dispuso que las islas del Beagle debían ser entregadas a
Chile por ser “desérticas” e improductivas), de la misma manera dentro de una
misma nación las partes que la componen también juzgarán a sus semejantes de
acuerdo al principio de la conveniencia económica. Si el estar unidos es
determinado por un destino común y superior de carácter espiritual y
trascendente, resulta indiferente el hecho de que alguno de los integrantes de
tal unión sea rico o pobre, poco competitivo o muy productivo. Si en cambio es
el interés el móvil que congrega, del mismo modo que en una empresa se separa a
un socio que no aporta el suficiente capital o a un empleado poco productivo,
en una nación la región más rica bregará por separarse de la más pobre. Y esto
ha sido la consecuencia natural del ejemplo paradigmático que hoy informa al
MERCOSUR, el Mercado Común Europeo (ahora denominado Comunidad Económica
Europea). Si bien el mismo ha evitado la existencia de guerra entre naciones
por causas fronterizas, en cambio ha acentuado un movimiento centrífugo de
regiones que, a cualquier precio pretenden independizarse de las naciones que
integran por puras razones de conveniencia. Tenemos fenómenos como el catalán,
el vasco, el corso así como también el “padano” que agrupa al norte de Italia.
Puesto que lo económico resulta aquí el destino, todo se lo mide en función de
la eficiencia y de las riquezas que se posean. A tales regiones les resulta más
conveniente ser “europeas”, siendo Europa reducida a la condición de un
“mercado”, que españolas, italianas o francesas. La nación, en tanto unidad
espiritual es aquí la víctima obligada, pero no porque haya sido sustituida por
otra unidad superior cual podría se un imperio, sino por algo sumamente
inferior cual es un conglomerado de simples mercaderes, interesados tan sólo en
ser “competitivos” y por lo tanto ganar más y ser “felices”.
El MERCOSUR es el hijo de la Argentina burguesa del
referéndum sobre el Beagle, la que juzgaba a las islas entregables por ser un
desierto que no justificaba una guerra. No es
casual que los dos presidentes que nos diera la democracia estuvieran a la
cabeza de tal movimiento “de integración con Chile”. Allí lo que se buscaba
principalmente era que el principio de la dignidad fuese sustituido por el de
la conveniencia: es decir que lo burgués suplantara a lo guerrero, así como las
regiones a las naciones.
(...)
¿Qué hacer entonces con el MERCOSUR? ¿No estaríamos obligados a asumir la
“realidad” de un mundo globalizado en donde el capitalismo es el que ganó? ¿No
deberíamos entonces ante esta situación irreversible y de hecho defendernos en
espacios plurales para ganar la pulseada dentro de las leyes del mercado?
No, en absoluto. Nadie nos puede exigir ser marionetas de este universo
de masas, de máquinas y de simples individuos. La verdadera libertad consiste
en cambio en pinchar el globo de la globalización. Una nación que se precie de
tal y valore su propia libertad debe ser capaz de demostrarse a sí misma que
puede vivir aislada de las restantes. Jamás deberemos suplantar nuestra
esencial condición de independencia por la tan cacareada hoy en día
“interdependencia”, la que no es otra cosa que un sofisma embaucador de la
dependencia que siempre deberíamos tener respecto de algo, así como el burgués
depende de las cosas materiales. ¿Qué me importa que todos los demás sean
capitalistas, que todos se globalicen en el mundo y que por lo tanto se vuelvan
consumistas? Yo, no: así es como debemos pensar los argentinos. Por lo demás,
¿en dónde se encuentran las ventajas, aun materiales, que nos reportaría estar
sometidos? La Argentina debe abandonar con urgencia tales trampas fatalistas
que le inculcan sus políticos corruptos y con vigor sostener ya mismo la salida del MERCOSUR y por lo
tanto sostener la posibilidad de vivir con los propios recursos. Sustituir la
pobreza que marcha aparejada con el afán desconsolado por ser ricos, por la austeridad. Y sostener
principalmente la unidad de América en función de lo que nos diferencia
verdaderamente del mundialismo anglosajón de origen protestante: nuestra visión católica de la existencia, consistente en la primacía del espíritu y de lo sagrado por sobre la
materia y lo profano, de la política por sobre la economía. Tan sólo esta
unidad nos interesa, la otra no.
(de El Fortín N.º 6 – Agosto-Septiembre 1996)