Crónicas europeas (II)
Rumania:
TRAS LA SOMBRA DE CODREANU
Estamos en Rumania,
en mayo del 2008, más precisamente en la provincia de Bucovina en el norte del
país. Nos sentimos atraídos por esa explosión religiosa, contenida tras décadas
de comunismo ateo, que hoy inunda la región. Centenares de monasterios de credo
ortodoxo enclavados en un espléndido paisaje montañoso atestiguan un renacer
espiritual como no se percibe en otras partes. Sus instalaciones se encuentran
colmadas. Multitudes de fieles hacen colas para ingresar y participar de sus
ritos, muy diferentes de los nuestros, aunque con profundas semejanzas en los
íconos. Mónica, la guía rumana que nos conduce en la visita, nos explica en un
inglés perfecto las circunstancias en que fueron creados dichos templos a lo
largo de la historia de su país. Fundar un monasterio era un verdadero acto de
gobierno. A través del mismo un rey exaltaba su condición de pontífice y su
grandeza y eficiencia solía medirse por la cantidad que hubiese creado. Nos
hace notar también que en todas las instalaciones, en un costado, como
contemplando su obra, reposaba sentada la estatua del monarca en una acción de
custodio milenario. Era la función principal del que gobernaba conducir a sus
súbditos hacia el cielo y no la de llenarles el estómago tal como se concibe
ahora.
Rumania es una
verdadera reserva espiritual de nuestra especie, es un oasis en Europa, en
medio de tanto materialismo. Es de recordar que Dacia, tal el nombre originario
del país, fue el último de los impulsos conquistadores del Imperio romano antes
de llegar a su decadencia. Fue integrada al mismo por el emperador Trajano y su
idioma es un derivado del latín que, a diferencia de los otros, aun conserva
las declinaciones, si bien, a raíz del influjo de otras lenguas, como la turca
y la rusa, se nos hace fonéticamente incomprensible cuando se lo habla.
Mientras escucho las
explicaciones de mi joven guía arribo a la cuenta de que he elegido un momento
muy especial en mi visita. Se cumplen en estos días los 70 años en que en este
mismo suelo se produjera el encuentro entre las dos más grandes cumbres de la
Tradición en el pasado siglo, el filósofo italiano Julius Evola y el legionario
rumano Corneliu Codreanu, en ocasión de un intento fallido por sentar las bases
de un movimiento alternativo en uno de los momentos de mayor tensión en la
historia occidental. Tal como relatáramos en un folleto editado hace unos diez
años (1) en este histórico coloquio Crodreanu, con un lenguaje preciso y
contundente, explicaba que, del mismo modo que el hombre, la sociedad era un
compuesto de tres principios diferentes, cuerpo, alma y espíritu, y que la
modernidad, ese movimiento motorizado especialmente hacía unos 200 años a
partir de la Revolución Francesa, había generado un estado de verdadera
subversión en los mismos en un impulso diabólico y sucesivo tendiente a
degradar a nuestra especie hasta los límites propios de la masificación
democrática, tal como vivimos en nuestros días. Que ante tal anomalía un movimiento
tradicional, a diferencia exacta de los partidos políticos consuetudinarios,
debía efectuar una obra intensa de verdadera rectificación del ser humano que
lo fuera saneando del influjo deletéreo de tantas décadas de incesante
perversión. En relación a ello consideraba que el siglo XX en que le tocaba
vivir había afortunadamente producido dos movimientos rectificatorios. El
primero, el nacional socialismo, había modificado el elemento cuerpo de
la sociedad en la medida que restableciera el orden en la esfera de la economía
sustituyendo la usura y la primacía de la finanza por la del trabajo y la
producción. Luego el fascismo había significado la segunda revolución al sanear
el elemento alma en tanto que instaurara en el cuerpo social un orden
jerárquico consistente en la soberanía del Estado sobre la nación. Faltaba
concretarse la tercera revolución, la más decisiva e importante, la revolución
legionaria que promovía Codreanu, aquella que abarcara el concepto mismo del espíritu
haciéndolo primar sobre las restantes funciones, dando preponderancia, por
sobre la masa o el mero individuo, al elemento persona, es decir a la
condición de ente libre y autosuficiente que diferencia al hombre de las demás
especies vivientes. Y agregaba también
que, si no llegaba a operarse esta tercera revolución, todo lo emprendido
anteriormente estaba destinado al fracaso y si ello acontecía entonces la
decadencia a sobrevenir luego iba a ser mucho mayor de la que se estaba
viviendo. Fiel a tales premisas el movimiento legionario se caracterizaba por
ser una verdadera escuela de formación espiritual estableciendo en su seno la
práctica de virtudes y acciones ascéticas y heroicas, tales como el ayuno o la
castidad, el doblegamiento de la parte inferior de sí, a fin de que el espíritu
fuese capaz de dirigir al alma haciendo en modo tal que ésta pudiese gobernar
al cuerpo. Lamentablemente 1938, una vez
más hace 70 años, la muerte prematura de Codreanu junto a los principales
dirigentes de su organizacíon, víctimas de una artera emboscada, significará en
consecuencia el fracaso del intento por constituir un gran movimiento
legionario multinacional. Y en consecuencia, tras la quiebra de la tercera
revolución necesaria, sobrevendrá, tal como se previera, el retroceso y derrota
de las anteriores llegándose así a la Rumania comunista.
Como si estuviera
leyendo mis pensamientos la joven me manifiesta casi textualmente: "El
comunismo fue una verdadera tragedia para nuestro pueblo; ha sido como una
termita que se ha alimentado de las mejores energías de nuestra nación".
He dejado atrás la
zona de los monasterios y ahora me encuentro en Transilvania la región que
hiciera famosa el conde Drácula. Aquí no solamente hay templos ortodoxos, sino
también católicos, evangélicos y judíos. Las calles de las principales ciudades
se encuentran tapizadas de propaganda electoral. Vivimos en democracia y en
vísperas de elecciones luego de que terminara la pesadilla totalitaria. De
manera singular, tal como le sucediera con el notorio vampiro, Rumania vivió el
comunismo en modo diferente de los otros países. Mientras que en Chequia,
Polonia, Hungría o Eslovaquia no se ven estatuas recordatorias de la caída de
dicho sistema y quien visita esos países tiene la sensación de que no hubiese
existido nunca tal opresión o que el mismo se hubiese desmoronado de manera
espontánea luego de un fracaso en el ordenamiento de la economía, en Rumania
en cambio el comunismo no se cayó solo sino tras una verdadera revolución.
En todas las ciudades hay monumentos relativos al acontecimiento y en alguna de
ellas, como Brasov, aparecen las tumbas de los caídos expuestas en señal de
homenaje. Se me dice que fueron centenares y hasta miles los muertos en la
revolución de diciembre de 1989 que terminara con la tiranía de Ceausescu y con
las destrucción de los cuarteles de su odiada fuerza, la Securitate.
Nicolai Ceausescu,
que fuera exaltado entre otros por Perón como un exponente de la "Tercera
Posición", fue fusilado finalmente junto a su esposa dándose así fin a su
tiranía. Pero, a pesar de la Revolución, el comunismo no ha desaparecido en
Rumania. Se lo percibe claramente en plena campaña electoral. Los
eurocomunistas, es decir los comunistas que se han enriquecido y que disponen
por lo tanto de muchos euros gracias al régimen anterior, siguen conservando el
color rojo que los distinguiera, pero ahora lo hacen repartiendo una costosa
propaganda electoral; se regalan en las calles cajitas de fósforos y
almanaques. Hay dos partidos euro-comunistas en la pugna, uno de ellos hasta
tiene el nombre de Liberal.
¿Pero qué otra cosa
ha venido luego de tal régimen? Junto a las manifestaciones de fe que
reseñáramos al comienzo otra forma de religiosidad se viene instalando de a
poco en el país: el consumismo, ese gran virus que ataca a nuestro tiempo. Al
lado del hostal en que me alojo hay un ciber. Es imposible utilizar el internet
por la cantidad de jóvenes que allí juegan desenfrenadamente. Son las siete de
la tarde y el humo de cigarrillo hace el lugar también irrespirable. Se me
aconseja concurrir a la mañana temprano pues lo hallaría vacío. Sin embargo a
la madrugada del día siguiente están todavía esas mismas personas atrapadas por
una máquina de la que no pueden zafar. Metros más adelante, tapando la imagen
de una iglesia, en actitud de desafío y sacrilegio, aparece el letrero de un sex
shop en donde se practica la masturbación con materiales pornográficos. El
comunismo ha sido suplantado por otra opresión más dura y escandalosa que es la
del occidente degradado.
Pero hay más. Varias
personas me confirman que a pocos kilómetros de donde estoy, en Timosoara, hay
una cárcel ya no secreta de la CIA en donde se tortura a los mujaidines que
luchan en Afganistán contra la invasión de 40 países; del mismo modo que en
Polonia se encuentra una similar en la localidad de Szymany. ¡Qué paradoja! El
comunismo pudo caer gracias a la derrota que le infligieran los afganos en
febrero de 1989. Hoy los países que lograron liberarse brindan su territorio
para torturar a sus verdaderos benefactores. Rumania es la única nación europea
que, además de invadir a Afganistán, conserva tropas en Irak. Sus gobernantes
hacen esfuerzos estrafalarios por caer bien a los norteamericanos.
Quiero continuar, 70 años más tarde, con el razonamiento de Codreanu. Tras
la derrota de los fascismos sobrevino la etapa de la degradación multiplicada.
Primero se atacó la función cuerpo con el comunismo. El hombre fue amordazado,
pero su alma pudo mantenerse intacta. A través de la religión el espíritu pudo
seguir existiendo como en catacumba en el interior del yo para luego volver a
eclosionar. Hoy le ha arribado el turno al segundo momento, el de la opresión
del alma. Al "opio por lo trascendente" que denunciara Marx se le
trata de imponer ahora un sustituto, esta vez es el opio por lo inmanente. El
peligro es mucho mayor pues se invade la esfera más profunda del hombre para
convertirlo en un verdadero zombi. Es indispensable pues ahora más que nunca la
Tercera Revolución.
No quiero abandonar el país sin visitar nuevamente la tumba de los
mártires de Brasov. No deben estar conformes con lo que acontece. Parecen
querer reprender a sus compatriotas por haber muerto en vano. Podrían estar
repitiéndoles estas inmortales palabras de Nietzshe: "¿Te dices libre?
Quiero conocer los pensamientos que en ti predominan. Han sido muchos los que
han expulsado de sí el último valor en el mismo momento en que dejaron de
servir. ¿Libre respecto de qué cosa? Esto no le interesa a Zarathustra. Tu ojo
debe anunciar sereno: ¿Libre para hacer qué cosa?”
Pero ¿por qué no despedirme de ellos con esta invocación que el joven
legionario Ian Motza le dirigera a Codreanu antes de morir en España luchando
contra los mismos enemigos? "Haz Cornelio de nuestra Patria una tierra
hermosa como el sol, poderosa y obediente a Dios. ¡Viva la Legión!"
(1) Marcos Ghio, "El espíritu legionario", Ed. Heracles
1999.
Marcos Ghio