EXISTIRÍA LA ‘SEGUNDA
MUERTE’
por Julius Evola
En ciertas civilizaciones antiguas, aunque también aun
hoy en algunos pueblos exóticos, la más terrible maldición que se podía
proferir era. “¡Ojalá puedas morir en la segunda muerte!”, mientras que en
cambio el más feliz augurio era: “¡Qué tú puedas escapar de la segunda muerte!”.
Resulta una noción sumamente interesante la de la ‘segunda
muerte’, cuya comprensión presupone sin embargo la familiaridad con ciertos
horizontes espirituales ya desde hace mucho tiempo oscurecidos durante el
desarrollo de la civilización occidental. Veamos ahora cómo orientarnos al
respecto.
El punto de partida es una concepción del ser humano
mucho más compleja y profunda de la que hoy en día las mismas teorías ‘espiritualistas’
profesan. Hoy cuanto más nos remitimos al binomio cuerpo-alma, permaneciendo por
lo demás como sumamente inciertos sobre aquello que propiamente debe
comprenderse como ‘alma’. Casi todas las antiguas tradiciones admitían en vez
la existencia de elementos y de fuerzas intermedias, comprendidas entre el polo
de la materialidad visible y física y el de la pura inmaterialidad. A todo
aquello que para el hombre moderno posee
un carácter tan sólo ‘psicológico’, ‘interior’, -pensamientos, sentimientos,
instintos, recuerdos, deseos- le era atribuida también una realidad objetiva sui generis en una zona que, aun no
siendo más la de la corporeidad, no es sin embargo aun la del alma o del
espíritu en sentido propio y absoluto.
Ahora bien, todo aquello que corrientemente fue
concebido como muerte fue comprendido por parte de las tradiciones a las que
nos estamos refiriendo como el desapego de todos los principios no materiales respecto
del cuerpo y como la disolución de la unidad que los mismos formaban con el
cuerpo. El elemento corpóreo abandonado constituye el cadáver: y puesto que en
el mismo no se encuentra más presente la íntima fuerza que lo animaba y
mantenía juntos a los miembros, el cadáver muy pronto se vuelve a disolver en
sus elementos los que pasan a obedecer exclusivamente a las leyes químicas y
físicas de la materia. Es en esto en lo que consiste el fenómeno de la ‘primera
muerte’.
El cual, en tales términos, no tendría aun un
carácter verdaderamente destructivo. Se ha disuelto la unidad psico-física del hombre, pero subsiste aun la unidad
psíquica, es decir la unidad del Yo y de todos aquellos elementos de la vida
interior, afectiva y volitiva que, tal como hemos dicho recién, de acuerdo a
las tradiciones aludidas poseen una realidad propia objetiva sui generis y se mantienen apegados al
alma aun luego de la muerte, aun luego del menoscabo del cuerpo. Sin embargo se
mantienen apegados tan sólo por un tiempo que difiere en los casos según su
duración. En la inmensa mayoría de los seres humanos este mismo apego terminaría
con la disolución: y ésta sería la ‘segunda muerte’. La segunda muerte
consistiría pues en la separación del principio propiamente espiritual e
inmaterial de la personalidad de este conjunto de fuerzas psíquicas, de impulsos,
de pensamientos, con el cual el mismo en la vida ordinaria terrestre hacía una misma
cosa, respecto del cual casi no se distinguía. No tanto la primera muerte cuanto esta segunda constituiría la crisis
más peligrosa y temible, pudiendo en este punto verificarse un menoscabo de
la continuidad de la conciencia a la cual le son ahora quitados todos sus
habituales apoyos, es decir todo aquello con lo cual era identificada durante
las experiencias de la vida terrenal. De aquí pues el sentido de la maldición: “Morir
en la segunda muerte” y del augurio: “Salvarse de la segunda muerte”.
Es interesante hacer alusión a una concepción
complementaria a la hasta ahora indicada. De la misma manera que la primera
muerte da lugar a un cadáver físico, la segunda muerte daría también lugar a un
cadáver, digámoslo así, psíquico, constituido por los elementos psíquicos que
se separan del núcleo puramente espiritual del Yo. Y puesto que luego de un
cierto período el cadáver físico se disuelve, acontece lo mismo (aunque quizás
luego de un período mucho más largo) con el cadáver psíquico: los pensamientos,
las tendencias, los recuerdos, los deseos, los impulsos dinámicos se disocian y
pasan a una vida independiente y automática la que en una zona que en Extremo
Oriente es denominada como la de las ‘influencias errantes’. Y son justamente
estos elementos disociados, variables en cuanto a su intensidad y persistencia
de acuerdo a los individuos y a la vida por ellos desarrollada, que bajo
especiales condiciones pueden también manifestarse en el mundo de los
vivientes: de allí los fenómenos llamados ‘espiritistas’, fenómenos de las ‘casas
frecuentadas’ y de tantos otros del mismo tipo.
Es pura superstición e ingenuidad reputar que en
todo esto actúan las almas de los muertos,
y que por lo tanto fenómenos extranormales de tal
tipo puedan valer como una especie de prueba experimental de la inmortalidad
del alma. A alguien que refirió cómo en Inglaterra se creyese en tales cosas,
ciertos lamas tibetanos manifestaron estupefactos: “¡Y ésta es la gente que
conquistó la India!” En realidad, en aquellos fenómenos se manifiestan y actúan
simples residuos psíquicos, liberados con la ‘segunda muerte’: no se trata para
nada del alma en sentido propio.
Podrá entonces preguntarse qué es lo que acontece
finalmente con esta alma en sentido propio. Habrá que agregar: si ella escapa
de la ‘segunda muerte’. Pero lamentablemente no podemos aquí referirnos a tal
tema que pertenece al plano de la metafísica. Aquellos lectores que siguen alguna
de las religiones históricas podrán hallar una respuesta en los dogmas de la
misma. Nosotros hemos querido tan sólo hacer referencia a una especial fenomenología
de la ultratumba, cuya teoría ha sido perdida totalmente en el Occidente
moderno, el que se ha manifestado tan accesible en cambio a cualquier
divagación espiritista y pseudo espiritual.
Roma, 9 de marzo de
1934
·
Si bien el texto está centrado en
criticar a las escuelas espiritistas y a las consecuentes confusiones relativas
al alma y a los residuos psíquicos dejados por ésta en el proceso de la segunda
muerte, queremos agregar un par de reflexiones relativas al grado de decadencia
manifestado por la modernidad en su concepción relativa al hombre.
Tradicionalmente
se lo consideró como un compuesto de tres principios diferentes: el cuerpo, el
alma y el espíritu. El primero lo vinculaba con la dimensión espacial, el
segundo con la temporal y el tercero con la eterna. Mientras que los dos
primeros tenían una existencia finita que concluía con la muerte, el tercero
era en cambio inmortal. Cuerpo y alma morían en circunstancias diferentes,
siendo habitualmente la duración de la segunda muerte más prolongada que la
primera, aunque no sucediera así en los seres inferiores y más vinculados en su
vida con la esfera material quienes alcanzaban a tener una segunda muerte casi
instantánea con la primera. El sentido verdadero de la existencia según la
tradición era alcanzar a despertar la dimensión más profunda que existía en el
sujeto y que es la de carácter espiritual, es decir la conquista de la inmortalidad, la cual no es un bien
democráticamente repartido entre todos, sino algo que se obtiene a través de
una conquista. Ciertos seres privilegiados, por haber sido capaces de
desarrollar un tipo de existencia superior, alcanzan la inmortalidad sin pasar
necesariamente por el proceso de la segunda muerte. Éstos son los héroes y los
santos que, de acuerdo a diferentes tradiciones, van directamente al Cielo. En
nuestra religión estas tres dimensiones están específicamente definidas con las
categorías de Infierno, Purgatorio y Paraíso. Metafísicamente el Infierno es
propiamente la muerte, el Purgatorio es el campo de lucha para sobrevivir a la
segunda muerte y el Cielo es la eternidad.
Si
en el lenguaje religioso esta trilogía se ha conservado, no ha sucedido así en
la antropología del hombre occidental. A una primera confusión entre el alma y
el espíritu por la que prácticamente se han identificado las dos cosas le ha
sobrevenido el paso siguiente más grave que es la confusión entre el cuerpo y
el alma o directamente la negación de la existencia de esta última por parte de
la moderna ciencia psicológica la cual ha dejado de ser como era antes ‘ciencia
del alma’, respetando así su origen etimológico, para convertirse en ‘ciencia
de la conducta’ corpórea asumiéndose como única realidad existente la del
cuerpo es decir lo que es visible y que se ve. Y esto se lo ha podido ver en expresiones
tales como el psicoanálisis que reduce el alma humana al mero manojo de instintos
sexuales provenientes de la esfera corporal, o la reflexología que reduce el
campo de la psicología humana al estudio los ‘reflejos condicionados’ propios
del mundo animal y corpóreo, para referirnos tan sólo a alguna de las tantas manifestaciones
de esta verdadera aberración en que se ha convertido la moderna psicología,
verdadera expresión de tiempos últimos y terminales. Se trata pues de una ‘ciencia’
al servicio del hombre efímero, es decir aquel que, reducido a los procesos
propios del cuerpo, muere simultáneamente con éste.
M.
G.
Buenos
Aires, 17/03/09