HESICASMO
Y YOGA CRISTIANO
por Julius Evola
Entre nosotros ya todo
el mundo sabe acerca del Yoga, aun si las ideas respecto de
esta especial disciplina hindú son sumamente vagas y fantasiosas. Así pues algunos
pondrán en una misma bolsa a los faquires con los cultores del Yoga: otros
pensarán esencialmente en prácticas dirigidas hacia la adquisición de
facultades especiales extranormales; otros todavía,
en razón de ciertas divulgaciones yanquizadas, se
referirán a ciertos ejercicios físicos que comprenden diferentes posturas del
cuerpo y un control de la respiración y que tienen finalidades higiénicas o de
tal tipo.
Muchos son los libros
que se han publicado sobre el Yoga, en el contexto del ocultismo y del
neo-espiritualismo contemporáneo; pocos son sin embargo aquellos que pueden dar
una noción exacta y auténtica de aquello de lo que se trata. De cualquier
manera el interés por el Yoga en Occidente es un hecho real. Así pues hay quienes
se han preguntado si el Yoga es una disciplina privada de relaciones con
nuestras tradiciones, como formando parte de una espiritualidad que nos resulta
ajena. Aquel que se interesa en tales temas no pude permanecer ajeno a una obra
publicada recientemente: El Hesicasmo -Yoga cristiano (ed. Rocco, Nápoles, 1955).
¿Existiría en el cristianismo un equivalente al Yoga? ¿Sería posible hallar los
mismos métodos y buscar las mismas finalidades de esta rama de la sabiduría
hindú sin salir del dominio de la religión que ha predominado en el Occidente?
En primer lugar: ¿qué
es el Hesicasmo? Es una corriente ascética
perteneciente por supuesto al cristianismo, pero al greco-ortodoxo y que tiene
como centro principal al famoso convento del Monte Athos.
Tal como se sabe, la Iglesia de Oriente, habiéndose separado de la católica de
Occidente alrededor del 1000, tiene en común con ésta las ideas fundamentales
del cristianismo, pero le da un relieve particular a la patrística griega, muy
poco considerada por el cristianismo latino pero mucho más rica en referencias
interesantes, no privadas de relación con las doctrinas de los antiguos
Misterios. El término “hesicasmo” viene de la palabra
“hesikìa”
que significa paz y reposo; y la corriente se denomina así porque indica en la
paz interior la condición primera para toda realización en el campo de la vida
espiritual.
La atención sobre el Hesicasmo ha sido recientemente puesta en boga por
escritores adheridos a las ideas de René Guénon, justamente
con el intento de hallar, en los marcos del cristianismo, una especie de
doctrina secreta y de práctica de la alta contemplación. Sin embargo en cuanto
a los puntos de contacto con el Yoga hindú, los mismos son escasos y de un
orden sumamente subordinado.
Analizando el libro en
cuestión, muy interesante desde más de un punto de vista, se ve que, a tal
respecto, el todo se reduce al hecho de que, como en el Yoga, en el Hesicasmo se encuentran disciplinas espirituales que se
aplican también al cuerpo, en el sentido que determinados puntos del cuerpo son
indicados como los lugares en donde la mente se debe concentrar para facilitar
la consecución de determinados estados místicos. Se trata sobre todo de un
centro situado en el corazón; al concentrarse en el mismo, suspendiendo por
mucho tiempo la respiración e invocando mentalmente sin interrupción el nombre
de Jesús, los monjes hesicastas dicen que consiguen
una milagrosa ampliación de la conciencia, la iluminación y el éxtasis.
El Yoga conoce
efectivamente prácticas análogas, centros secretos del cuerpo, uso de la
respiración, repetición de fórmulas mágicas o sagradas. Pero también, prescindiendo
del hecho de que en el Yoga todo esto tiene un desarrollo mucho más vasto, exacto y sistemático, queda una
diferencia fundamental en cuanto al sentido y al fin de procedimientos de tal
tipo: diferencia debida a la profunda heterogeneidad existente entre todo lo
que es cristianismo y el trasfondo metafísico propio de las formas más típicas
de Yoga. Naturalmente debemos limitarnos aquí a una simple mención alrededor de
dos puntos.
El primero es que en
el cristianismo la intervención de la Divinidad, bajo la forma de la gracia, es
la condición para cualquier realización mística. Todo aquello que el hombre
puede hacer, sus disciplinas, sus ejercicios, sus mortificaciones ascéticas, sirven tan sólo como una preparación. Es más, de acuerdo a
algunos teólogos, incluso esta obra de preparación propiciatoria de la gracia
presupondría una forma especial de gracia. En vez las disciplinas del Yoga tienen un carácter autónomo y determinante.
Prescinden de la intervención divina. Puede decirse que el Yoga toma en
serio lo que se dice, a pesar de ello, en los mismos Evangelios, es decir que
se puede usar la violencia sobre las puertas del reino de los cielos.
En segundo lugar, el
cristianismo se centra en las relaciones entre un creador y una criatura
limitada por el pecado original. Nada de todo esto se encuentra en el Yoga. La
idea de un creador está aquí ausente, o en todo caso tiene un papel muy
secundario. La Divinidad hace una misma cosa con la esencia más profunda del
Yo, la cual no es creada, sino que es eterna. Y no se trata aquí de redimirse
del pecado; se trata en cambio de ‘despertarse’, de volver a tomar conciencia
de aquello que fundamentalmente se es y de lo cual nos hemos olvidado por la
intervención de una forma trascendental de ‘ignorancia’, llamada avidya. Por lo
tanto se trata aquí del ‘conocimiento’ como centro, en lugar de la
devoción, del anhelo hacia la salvación
y la redención a través de la mediación del Cristo.
En razón de estos
puntos esenciales (y muchos otros que se podrían agregar) toda analogía entre
una forma cualquiera de ascética o de mística cristiana y el Yoga, tendrá
siempre un carácter puramente exterior. Los dos dominios corresponden a
vocaciones totalmente diferentes. En cuanto al Hesicasmo,
el mismo en el cristianismo representa una corriente interesante y poco
conocida; por lo cual el libro antes señalado cumple una interesante función
informativa. Sin embargo hablar de un ‘Yoga cristiano’ es para nosotros una
contradicción en los términos.
Roma, 24 de noviembre de 1955