ACEPTAR Y ENTENDER
por Julius Evola
Un
interesante campo, para quien observe con la debida distancia a la civilización
contemporánea, se refiere a la manera como resulta ‘fabricada’ la así llamada
opinión pública, esta presunta soberana del mundo de las democracias, así como también
el misterio que se esconde detrás del éxito de ésta o de aquella teoría, a
través del eco que suscita una u otra de las consignas hoy en boga. Ya al usar
en el primer caso el término ‘fabricar’, hemos querido significar que tales
procesos en gran parte no son ‘espontáneos’ o determinados por factores
contingentes. En especial en lo referente a los ejemplos más importantes podemos
decir que los mismos son provocados o dirigidos por medio de oportunas
sugestiones o por acciones efectuadas, por así
decirlo, por detrás de los bastidores.
Pero
además de este dominio que tiene relación sobre todo con el mundo de la
política y de las ideas o de las ideologías predominantes, entra aquí en
cuestión, para el mencionado estudio, un dominio menor, referido al arte, a la
cultura y a la literatura. También aquí quien es capaz de una mirada
distanciada no puede no ser impactado por el papel que cumplen los factores
irracionales y las corrientes en gran medida fabricadas por la moda, por el
gusto y el interés. Es en los tiempos modernos que, por efecto de todo aquello
que ha sido considerado como la apertura y difusión de la cultura, este
fenómeno ha tenido un carácter esencial, lo cual por lo demás es natural: es
una consecuencia por un lado del incremento de los órganos de información y de difusión
en manos de camarillas de críticos y de intelectuales, por la otra, justamente
por el acrecentamiento democrático del público, mucho más allá de los
restringidos círculos más calificados de aquellos que anteriormente disfrutaban
verdaderamente de los bienes de la cultura y del arte.
Para
considerar el estado actual de las cosas en el uno y el otro de los dos
dominios mencionados, no se pude no sonreír por las extravagancias de aquellos
para los cuales la humanidad moderna sería aquella que por fin habría arribado
intelectualmente a la mayoría de edad y a la capacidad de juzgar por sí misma.
La verdad es en cambio que raramente un grado semejante de pasividad, de
labilidad y de influenciabilidad se ha jamás registrado en nuestra historia. Comenzando
por un fenómeno muy típico de nuestros días cual es el increíble dominio que
tiene la publicidad y la existencia en función de la misma de una verdadera y
propia ciencia de base psicoanalítica (la MR = motivational research) usada en Norteamérica para
influir sobre la parte inconsciente, afectiva e irracional del público y de las
masas. Usada primeramente para la venta de productos, se ha podido notar que
estas mismas técnicas se han ido utilizando también para el ‘lanzamiento’ de
una novela o de un actor y en una campaña presidencial, sin rasgos muy
distintos de lo que podría emplearse para promocionar un dentífrico o un
electrodoméstico. Que este fenómeno y estas técnicas, que tienen como
presupuesto para su éxito una pasividad que arriba incluso a la credulidad y
sugestión infantil, sean típicos de la ‘civilización-guía’ que se encuentra a la
cabeza del ‘progreso democrático’, es decir de América US, es todo esto también
algo natural y significativo.
Pero
deteniéndonos un instante en el campo del arte, en especial en sus variedades
modernas, vemos aquí una contraparte irracional de su éxito y fama, aun en el
caso de obras y de corrientes notabilísimas que tienen una aceptación
indiscutida.
Un
ejemplo entre los tantos. Hace muy poco tuvo lugar un concierto de música
exclusivamente atonal y dodecafónica en un gran teatro a precios altísimos y
con un agotamiento total de localidades. No cuestionamos aquí el significado de
tal música: la misma lo pudo tener en sus orígenes, como señal de un
determinado clima espiritual, y puede conservarlo aun para un muy restringido
público especializado. Lo cierto es que entre todos los que presenciaban tal
concierto con seguridad ni un 10% de los presentes estaba en condiciones de
vivir tal música, salvo que como un fastidioso conjunto de ruidos. El 90%
restante habría tenido que admitirlo, si hubiese sido sincero consigo mismo, en
vez de dar a entender que le gustaba y que la entendía para demostrar
encontrarse à la page.
NI
qué decir de ciertas novelas. Es increíble todo lo que se traduce en italiano,
sobre todo del anglosajón. La producción es aluvional
en el seno de grandes editoriales como Mondadori, Rizzoli o Bompiani. Aquí la falta
de discriminación resulta impresionante. Pero ello significa que si libros de
tal tipo son traducidos e impresos, los mismos son leídos. Por lo cual hay que preguntarse
nuevamente qué es lo que impulsa al lector corriente a comprarlos, en todos los
numerosísimos casos en los cuales no son ni siquiera algo artístico, ni tampoco
se trata de temas excitantes o morbosos, sino simplemente estúpidos, banales,
aburridos, ligados a pequeños ambientes y a mediocres figuras de más allá del
océano, que el italiano debería considerar como ajenos a él y privados de
cualquier interés.
Personalmente
iremos más lejos todavía. Por ejemplo no tenemos dificultad en confesar que no
logramos terminar nunca la lectura del famoso Ulises de Joyce (como tampoco lo pudimos hacer con la Montaña encantada de T. Mann) y que hemos
decididamente cerrado los libros de Faulkner cuando se ha sentido autorizado a
dejar a un lado cualquier forma sensata de expresión en la narrativa, de escribir
frases sin signos de puntuación que se desarrollan por páginas enteras, y así
sucesivamente. Un público consciente y activo, con un preciso rechazo, habría
hecho perderle las ganas a una praxis semejante.
La
función más deletérea en todo esto la tiene la “crítica”, verdadero flagelo del
mundo cultural actual. Es ella la que marca lo bueno y lo malo a través de la ‘gran
prensa’, rodeada por mentes pequeñas y por un público bovino. Aquí alguien ha
hecho recordar oportunamente la historia de Til Eulenspiegel, cuando fue contratado como pintor por la
corte de un rey. Él presentó telas en blanco diciendo que, en razón de un
sortilegio, solamente aquellos que no habían tenido un nacimiento honesto no
habrían visto nada. La consecuencia fue que todos se entregaron a admirar y a
comentar aquellas telas en blanco. Es así como las cosas hoy se encuentran en
la mayoría de los casos. Y si alguien protesta en nombre de la verdad y de la
inteligencia, enseguida se lo acusará de ‘no entender’, casi como si ‘aceptar’
y ‘entender’ fuesen una misma cosa, casi como si no se pudiese rechazar una
obra no ya porque no se la entiende, sino justamente porque como se la entiende
uno se rebela a las cábalas de la ‘crítica’ y de todos aquellos que se le
someten en buena o mala fe.
Dado
que Picasso no era alguien carente de buen humor, seguramente podría ser
verdadera esta pequeña anécdota. Picasso habría donado un cuadro suyo a una
persona respecto de la cual se sentía en deuda. Pero luego de habérselo dado se
percató de que no lo había firmado y entonces fue que dijo: “Espere un momento
que lo firmo, pues de lo contrario no valdría nada, pues cualquiera lo podría
haber hecho”.
Ayer
las cosas se desarrollaban de manera muy distinta en este campo. Que aquello
que antes era pertinencia de un arte de excepción, representado como tal y
apreciado por pocos, y rechazado en cambio por los más, hoy se ha convertido en
cambio en una moda, ello es una señal indubitable de un conformismo nuevo y
peor del anterior, dado que en esto estaban por lo menos en juego algunos
factores y valores tradicionales; y señala en cambio el poder de los procesos
artificiales y de comercialización de ‘fabricación’ de las reputaciones, en el
marco de una fundamental carencia de sinceridad y fatuidad.
Roma, 21 de octubre de 1973.