LAS HORDAS DE GOG Y DE MAGOG
por Julius Evola
La esencia
de todo esfuerzo civilizador y de todo Estado verdadero consiste en dar una
forma superior a aquello que en la humanidad resulta informe, instintivo,
sub-personal, salvaje, ligado al elemento masa, materia y número: por lo tanto
consiste también en cerrarle los caminos a aquellas fuerzas que, libradas a sí
mismas, producirían tan sólo destrucción y caos. Sin embargo, aun frenadas,
estas fuerzas subsisten siempre, como una amenaza latente, por debajo de las
diferentes instituciones informadas por un principio de jerarquía, de orden, de
justicia, de espiritual autoridad. En las antiguas tradiciones a la función ordenadora
de lo alto se le vinculó siempre el símbolo de un Soberano que, de acuerdo a
los distintos pueblos, se manifiesta de maneras diferentes, pero que en su
esencia reproduce siempre un único tipo o "arquetipo". El punto de
partida puede, a tal respecto, estar dado por una determinada figura histórica.
Pero en la imaginación popular tal figura en su significado de representante de
la función mencionada no tarda en asumir aspectos míticos que, en una cierta
medida, la separan de la historia y la universalizan. Esto ha acontecido por
ejemplo, además que con algunos soberanos orientales, con Alejandro Magno, con
Carlomagno, con Federico de Hohenstauffen. La India había ya esencializado tal
idea en una concepción metafísica, la del Chakravarti, o "Rey del
Mundo".
Un tema
sugestivo que en un grupo de antiguas leyendas se asocia a estas concepciones
se refiere a las denominadas hordas de Gog y de Magog. La denominación proviene
del Antiguo Testamento. En el mismo las mismas nos son presentadas como hordas
salvajes convocadas por Dios desde el fondo del Asia, hordas que luego de haber
sembrado la destrucción en Israel, estaban destinadas a ser ellas mismas
exterminadas. Pero la idea más profunda que se esconde en esta representación
no se refiere tanto a invasores extranjeros bárbaros y destructores, cuanto
justamente al sustrato oscuro, demónico, salvaje que, encerrado dentro de las
formas de una superior civilización y de un gran Estado, está siempre listo
para volver a brotar, a emerger destructivamente en cada momento de crisis.
Este
significado es sumamente manifiesto en la redacciones bizantinas de la leyenda
de Alejandro Magno. En éstas Alejandro les cierra las vías con una muralla de
hierro a las hordas de Gog y de Magog. Y esta función la vemos atribuida por
parte del Corán también a Dhu l-Qurnain, volviendo a presentarse luego
dicha temática en las sagas relativas a una figura que en el Medioevo tuvo una
gran popularidad, al rey-sacerdote Juan, el cual, si bien hubiese sido pensado
como el soberano de un misterioso reino oriental, es en el fondo también una de
las representaciones de la mencionada función del "Rey del Mundo". El
Preste Juan es descrito como aquel que, entre otras cosas, tiene bajo su poder
a las estirpes de Gog y de Magog. Sería fácil indicar las correspondencias que
existen con otras tradiciones; así pues en la nórdica de los Edda se habla de
los "seres elementales" -Elementarwesen- y del pueblo de los
Rimthursi, enemigos de los hombres, cuya vía es cerrada por una muralla que
ellos tratan constantemente de abatir.
Ahora bien,
a las leyendas de las cuales hablamos se les asocia un tema apocalíptico. Un
día la muralla cederá, las hordas de Gog y de Magog irrumpirán; un tal día en
las formas cristianizadas de la saga es habitualmente identificado con la
venida del Anticristo. Un detalle resulta interesante: la emergencia acontecerá
en el momento en el cual las hordas de Gog y de Magog se darán cuenta de que
las trompetas que hacían sonar antes
aquellos que custodiaban la muralla protectora todavía lo hacen
pero solamente porque es el viento el
que sopla, en tanto que no hay más nadie que las haga resonar. Es éste un
símbolo profundo: las masas se desencadenan cuando se darán cuenta de que, en
realidad, los representantes del principio opuesto son una simple
supervivencia, que no se encuentra más nada detrás de su voz: tan sólo el
viento. Con su irrupción más allá de la muralla arribará también la hora de las
decisiones últimas.
En efecto,
un tema todavía toma forma en estas sagas: es el tema de la "última
batalla". Se habla de un volver a manifestarse de aquel que ya había sido
el representante de las fuerzas de lo alto, el refrenador de las fuerzas del
caos: figura ésta muchas veces dada en los rasgos de un Rey o héroe que se
creía muerto, pero que en cambio sólo "dormía" o se había retirado en
una sede invisible. Es él quien hace frente a las hordas de Gog y de Magog, o a
otras fuerzas que poseen un significado similar, y combate la "última
batalla". Si son tomadas en su conjunto, las sagas de los "tiempos
últimos" dejan como problemática la resolución final. La última batalla
puede ser vencida, pero también perdida. El renacido "Federico" puede
vencerla, haciendo reverdecer el Árbol del Imperio (el mismo del cual habla
también Dante). Sin embargo la saga sabe también de un "Alejandro" o
de un "emperador romano" que se despierta del Sueño, pero que luego
de un breve reino debe finalmente restituir la corona al Señor, dejando que el
hecho se cumpla. Y en la antigua saga nórdica el tema del "crepúsculo de
los dioses", del ragna-rökkr, tan maltratado por Wagner, tiene un
significado no muy diferente.
Todos estos
temas legendarios encierran un significado profético profundo sumamente
visible. Hoy las hordas de Gog y de Magog representan en última instancia a las
masas sin rostro, al reino de la cantidad, a la humanidad colectivizada y
materializada, al anti-Estado afirmado por el frente de la subversión mundial.
La época moderna -la época del "progreso"- ha conocido su emergencia
como una marea, su destrucción sistemática de todas aquellas instituciones
basadas en un superior principio de soberanía, jerarquía y autoridad, su
escalamiento de las estructuras de un Estado degradado, su tender al dominio de
la tierra. Y la "última batalla" de la leyenda con su enigmático
resultado es sumamente menos una ficción apocalíptica que una realidad de
aquello que un futuro no muy lejano con seguridad nos reserva.
Roma, 22 de Febrero de 1956