LA MUJER TRATA DE VALER TANTO COMO EL HOMBRE
por Julius Evola
Hace poco
hemos escuchado casualmente en una transmisión radial a un conocido director de
revistas que presentaba a nuevos poetas. Se trataba finalmente de presentar
también a poetisas. El aludido entonces manifestó que el término
"poetisa" ya se encuentra
superado. Así como se ha reconocido como conveniente denominar
"embajador" y no "embajadora" a la Señora Luce, del mismo
modo -nos dijo- yo llamo arquitecto y no arquitecta a una sobrina mía y no
hablaré entonces de "poetisas", sino de poetas, poniendo a un lado
así estas "sofisticaciones gramaticales".
El tema nos
ha sorprendido y se nos ocurriría preguntarle si al verse a una joven del tipo
de Sofía Loren en reducida malla de baño junto a un hombre en orden consigo
mismo, reputara que toda diferencia de sexos se redujese a una soslayable sofisticación
gramatical. Permaneceremos en vez en el campo de las denominaciones para
señalar diferentes equívocos.
Es posible
-y agregaríamos que deseable- que al llaamar a Luce 'embajador' y no embajadora
no se hayan tenido susceptibilidades feministas, sino que se haya tenido
presente el hecho de que en el uso corriente de la lengua 'embajadora' ha
significado la esposa del embajador. Lo mismo vale por ejemplo para el término
'presidenta'. Pero todavía nadie ha pensado en llamar profesor a una profesora o
doctor a una doctora. Es en las profesiones en las cuales la mujer ha podido
hace poco acceder, que por una especie de complejo de inferioridad se tiende a
masculinizar el título: por ejemplo se ha dado el caso de que algunas abogadas
han encontrado desagradable no ser llamadas 'abogado'.
Sin
embargo, para subrayar tan sólo la cualidad 'neutra' de ciertas profesiones,
sería necesario que nuestra lengua tuviese, del mismo modo que la alemana, un
género neutro, además del masculino y femenino. Porque, si fuese en vez con
intención que por ejemplo se dice en masculino 'abogado' en vez que 'abogada',
es evidente que en el fondo se arriba a lo opuesto de la tesis feminista: es
decir, se continúa considerando como masculina a la esencia de algunas
ocupaciones, hayan sido o no accedidas por mujeres.
El
denominado 'problema de la mujer' es de vieja data, y hoy se considera
falsamente superado. Para toda persona dotada de un justo discernimiento
algunos puntos deben quedar claros. Todo ser humano se compone de dos partes,
la una externa, cerebral, social, práctica; la otra profunda, esencial. La
primera podemos definirla como su máscara, la otra como su rostro. La primera
es en gran medida algo construido, adquirido. Ella se define con dotes y
facultades en gran medida 'neutras' y generales. La segunda, es la naturaleza
propia de cada uno, su verdadera personalidad. En los individuos, sea una como
otra parte puede estar en mayor o menor medida desarrollada. Pero ello no está
sin relación con el tipo de civilización en la cual ellos viven.
Existen en
efecto civilizaciones que dan preeminencia
a todo lo que es práctico, exterior, cerebral, adquirible, no
cualitativo. En tales civilizaciones resulta fatal una hipertrofia del aspecto
'máscara' (de la individualidad exterior) en detrimento del aspecto 'rostro'
(la verdadera personalidad); siempre menos son requeridas en éstas las
cualidades condicionadas por el propio ser más profundo, de aquello que hace en
modo tal que un determinado ser sea justamente aquel ser, y no otro; en suma,
justamente lo relativo a la 'personalidad'. En tal marco también las
diferencias entre los sexos se convierten en irrelevantes, secundarias. Ahora
bien, la civilización moderna es justamente de este tipo, y por ser así las
mujeres han invadido casi todos los campos. En efecto, debido a la primacía de
lo práctico, de lo cerebral, de la estandarización y tecnificación de casi
todas las ocupaciones modernas, no se ve más por qué éstas deban ser monopolio
de los hombres. Considerando aquello que para esto se requiere, también las
mujeres, con un poco de buena voluntad y de aplicación, pueden ponerse en un
mismo plano. Es justamente aquello que están haciendo, en especial en los
países en donde el verbo de la democracia absoluta reina de manera soberana.
Pero en
cuanto al significado interno de estas 'conquistas' femeninas, no hay que
ilusionarse: representa un significado de renuncia. Ya en lo relativo al
feminismo se ha dicho justamente que el
mismo no ha realmente combatido por los 'derechos de la mujer', sino más bien,
sin darse cuenta, por el derecho de la mujer de hacerse igual al hombre, es
decir por el derecho de la mujer a desnaturalizarse, a traicionarse a sí misma.
Resulta curioso cómo la mujer moderna no haya para nada entendido que al no soportar,
al considerar casi como ofensivo el ser considerada como 'tan sólo mujer', la
misma ha demostrado un verdadero complejo de inferioridad, ella misma ha
pronunciado inconscientemente un juicio negativo injusto sobre la feminidad: lo
cual es lo opuesto a toda verdadera reivindicación relativa a aquello que ella
es justamente como mujer y no como hombre. Y un reflejo residual de esta
actitud errada y renunciataria se lo tiene justamente en el rechazo respecto a
que las denominaciones de las mismas profesiones en sí mismas 'neutras', se
encuentren en femenino, es decir que nos recuerden en todos los casos de ser
mujer, en vez que en masculino.
Para los
seres anacrónicos como nosotros todos éstos son síntomas de que más que
encontrarnos con una civilización 'evolucionada', estamos yendo a paso
agigantado hacia una civilización de 'sin casta', de parias: puesto que
así deberían ser llamados todos aquellos que por analogía no son más fieles a
sí mismos, a su naturaleza más profunda, a la cual siempre corresponden
funciones específicas y vocaciones no permutables. No se entiende que es en el
ser y en el deseo de ser tan sólo mujer y no en descender hacia el plano en el
que las diferencias son borradas o no son más requeridas, que la mujer puede
valer exactamente de la misma manera que el hombre, e incluso si no más, por la
misma razón que un campesino fiel a su tierra que realiza plenamente su función
es superior a un príncipe incapaz de realizar la propia.
Todo esto
es cuestión de sensibilidad: de una sensibilidad que hoy tiende cada vez más a
desaparecer.
Roma, 15 de septiembre de 1955
(Hoy el feminismo, es decir aquella corriente por la cual la mujer trata de
emanciparse del señorío del hombre, del 'machismo', ha dado un paso más hacia
la disolución. Del deseo por ser iguales señalado aquí por el uso del género
masculino para referirse al ejercicio de una profesión con independencia del
sexo al que se pertenezca, se ha pasado a la idea de la superioridad de la
mujer respecto del hombre, la que sería capaz de realizar mejor los fines de la
sociedad, en este caso concebida en forma matriarcal, moderna y 'materialista'
(de mater = madre), el que sería mejor llevado a cabo por alguien perteneciente
a tal sexo. Esto es lo que explica entre otras cosas el énfasis con el cual
nuestra presidente exigió que se la denominara con el género femenino, es decir
'presidenta', a pesar de que ello pudiese haberse confundido con quien ejerce
la función de esposa del presidente. En fin, 54 años más tarde el feminismo ha
profundizado su tendencia, del anhelo por la igualdad absoluta requerida en un
primer momento, ha pasado a la consecuencia lógica de todo impulso hacia la
disolución: la superioridad pretendida esta vez poniendo énfasis en el 'género'
al señalar el ejercicio de la función. M.G.)