¿FUE LA REVOLUCIÓN FRANCESA UNA VENGANZA DE LOS TEMPLARIOS?
Julius Evola
Un
historiador francés ha observado que mientras hoy se reconoce ya que las
enfermedades del organismo humano no nacen solas, sino que se deben a agentes
invisibles, a microbios y a bacterias, en lo referente a las enfermedades de
esos más grandes organismos que son las sociedades y los Estados, enfermedades
correspondientes a las grandes crisis históricas y a las revoluciones, se piensa
que allí en cambio las cosas sucedan de otra manera, es decir que se trataría
de fenómenos espontáneos o debidos a simples circunstancias exteriores,
mientras que en las mismas pueden haber actuado con gran vigor un conjunto de
fuerzas invisibles similares a los microbios en las enfermedades humanas.
Se ha
escrito mucho respecto de la Revolución Francesa y sobre la causa que la
originó; habitualmente suele reconocerse el papel que, por lo menos como
preparación intelectual, han tenido ciertas sociedades secretas y especialmente
la de los denominados Iluminados. Una tesis específica y más avanzada es
aquella que a tal respecto sostiene que la Revolución Francesa haya
representado una venganza de los Templarios. Ya en un período sumamente cercano
a aquella revolución se había asomado una idea semejante. Seguidamente De
Guaita habría de retomarla y profundizarla.
La
destrucción de la Orden de los Caballeros Templarios fue uno de los
acontecimientos más trágicos y misteriosos de la Edad Media. Los Templarios eran
una Orden cruzada de carácter sea ascético como guerrero, fundada hacia el 1118
por Hugues de Payns.
Exaltada por San Bernardo en su Laude de la nueva Milicia, habría de
convertirse rápidamente en una de las Órdenes caballerescas más ricas y
poderosas. Improvisamente en 1307, la misma fue acusada por la Inquisición. La
iniciativa partió esencialmente de una figura siniestra de soberano, por parte
de Felipe el Hermoso de Francia, quien impuso su voluntad al débil Papa
Clemente V, apuntando así a quedarse con las grandes riquezas de la Orden. Se
reprochaba a los Templarios de profesar sólo en apariencias la fe cristiana, de
tener un culto secreto y una iniciación ajena al cristianismo y más aun
anticristiana. Cómo hayan sido las cosas verdaderamente es algo que no se ha
podido nunca saber con exactitud. De cualquier forma el proceso concluyó con
una condena: la Orden fue disuelta, la mayor parte de los Templarios fue
masacrada y terminó en la hoguera. Fue quemado también el Gran Maestro, Jacques
de Molay. Éste justamente en la hoguera señaló los
días de la muerte de los responsables de la destrucción de la orden, del rey y
del pontífice. Felipe el Hermoso y Clemente V habrían de morir exactamente
dentro de los términos profetizados por el Gran Maestro templario para
presentarse delante del tribunal divino.
Se dice que
algunos Templarios que se salvaron de la masacre se refugiaron en la corte de
Robert Bruce, rey de Escocia, y que se integraron a ciertas sociedades secretas
preexistentes. De cualquier modo, de acuerdo a la tesis mencionada al comienzo,
ciertas derivaciones de los Templarios habrían continuado de manera subterránea
hasta el mismo período de la Revolución Francesa y habrían preparado, como una verdadera venganza,
la caída de la casa de Francia. Que algunas sociedades secretas se hubiesen
organizado para fines revolucionarios, ello es algo develado por la
investigación histórica. Una mera casualidad - el hecho de que un correo de las
mismas fuese abatido por un rayo- permitió descubrir documentos de los
Iluminados que llevaba consigo y que contenían planes revolucionarios. Más
importante aun fue la reunión secreta que se realizó en Frankfurt en 1780. Fue
descripta de manera novelesca por Alejandro Dumas en su famoso libro José
Bálsamo, en donde se sirviera seguramente de los apuntes, publicados en
Italia en 1790 y en Francia en 1791, del proceso realizado por el Santo Oficio
a este misterioso personaje conocido bajo el nombre de Cagliostro.
En su exposición Cagliostro habla de aquella reunión,
hace mención a los Templarios, dice que los convocados se habían comprometido a
tumbar a la casa de Francia; que luego de la caída de esta monarquía su acción
habría debido dirigirse hacia Italia teniendo en mira particularmente Roma,
sede del Papado.
A todo esto
deben agregarse las revelaciones hechas en 1796 por parte de Gassicourt en un libro sumamente raro, Le tombeau de Jacques Molay. En
el mismo se sostiene que "los hechos de la Revolución Francesa tienen un
signo templario". Según el autor el mismo nombre de los Jacobinos -es
decir quienes fueron los principales promotores de la Revolución- vendría de el
del Gran Maesto templario, Jacques Molay, y no, como generalmente se cree, de la iglesia de
religiosos jacobinos, lugar de reunión que la organización secreta habría
elegido por una mera casualidad en el nombre. Y la consigna de la secta, la que
debía ser mantenida aun sucesivamente en algunos altos grados de asociaciones
similares, se componía de las iniciales del nombre
completo del Gran Maestro templario.
Otra
circunstancia extraña y significativa está representada por la elección del
lugar en donde fue mantenido prisionero el último rey de Francia, Luis XVI;
lugar que sólo abandonaría en el momento de subir al patíbulo. Mientras que la
Asamblea Nacional le había asignado como cárcel un local del Palacio de
Luxemburgo, él en vez fue encerrado en el Templo, es decir en la antigua sede
de los Templarios de París: casi como un símbolo de la venganza que golpeaba,
en la persona de su último descendiente, a la dinastía culpable de la
destrucción de la Orden, en el lugar mismo que la misma había ocupado.
Son además
aducidos otros elementos como sostén de tal tesis. Naturalmente, una
investigación que, como ésta, vierte
sobre lo que se ha desarrollado en las sombras, detrás de los bastidores de la
historia conocida, encuentra particulares dificultades. En el caso específico,
aun admitiendo todos los indicios, quedaría por verificar si existió una
continuidad entre los agentes revolucionarios alrededor del '89 y los
verdaderos Templarios medievales, pudiendo también ser que los primeros hayan
tomado de los segundos tan sólo el nombre, mientras que en cambio han obedecido
a fuerzas oscuras de un tipo muy distinto. De cualquier modo la hipótesis aquí
señalada es conocida por parte de aquellos que llevan la mirada sobre lo que
bien podría ser denominado como la dimensión en profundidad de la historia.
Roma, 1º de mayo de 1956.