CONVERSACIONES DE SOBREMESA CON
HITLER
Julius Evola
Ediciones Longanesi acaba de editar un libro titulado Conversaciones
de sobremesa con Hitler, el que nos es presentado como un texto apropiado
para esclarecernos sobre la figura de Hitler desde un punto de vista más
directo y personal que el que en cambio corresponde a sus diferentes discursos
políticos y a su obra principal, Mi lucha.
Sin embargo
hay que destacar que es cierto que se trata de anotaciones tomadas a partir de
todo lo que Hitler tuvo oportunidad de hablar sobre los temas más variados, en
ocasión de expresar algunas cosas
significativas en conversaciones que tenía en la sobremesa con sus
colaboradores más cercanos, sobre todo en el Cuartel General; sin embargo las
mismas eran luego revisadas en su redacción por el mismo Hitler, a fin de que,
como un ipse dixit, pudiesen servir
eventualmente como una orientación y directiva con respecto a todo aquello
sobre lo que versaban. Además se debe tener presente que, tal como es resaltado
en la introducción, también cuando estaba en la mesa Hitler se sentía como en
una tribuna, por lo cual las temáticas que son hechas conocer aquí nos
presentan varios caracteres de intimidad y espontaneidad.
Por cierto
que este libro nos muestra con la mayor crudeza varios aspectos de la persona,
de la mentalidad y de la concepción del mundo de Hitler: y, digámoslo
enseguida, todo esto está muy lejos de beneficiarlo.
Las
anotaciones se refieren al período que va desde la mitad de 1941 hasta el año
siguiente. Es el período del apogeo militar alemán, antes de la derrota en
Rusia y antes de El Alamein: el período en el cual el
sueño del dominio europeo-continental por parte de Alemania parecía muy cerca
de realizarse. Ahora bien, en primer lugar las posturas de Hitler respecto de
la organización del futuro Reich no pueden no
dejarnos perplejos. Todo es concebido de una manera crudamente realista,
tecnocrática, y digámoslo "moderna" en el peor sentido de la palabra.
No hay una sola referencia a algo verdaderamente espiritual. Una voluntad de
dominio en varios aspectos artificial y violenta, como cuando para poblaciones
como la rusa se programa un status apto para fomentar científicamente la
inferioridad cultural e incluso física con respecto a los grupos germánicos que
habrían debido colonizar, explotar y dominar sus tierras.
El mito de
la raza superior se encuentra naturalmente en la base de tales perspectivas;
pero es el mito tal como es concebido por un diletante, que se conforma con
fórmulas vagas usadas como simples instrumentos políticos, en modo tal de
comprometer aquello que podría existir de justo en algunas doctrinas
antidemocráticas. Si bien Himmler tenía aun una idea
sumamente precisa al referirse propiamente a la raza nórdica, Hitler,
considerando prevalecientemente en ella lo que es puramente alemán y
"germánico" no hizo en verdad racismo, sino en todo caso un
exasperado nacionalismo. Es de saber al respecto que el mismo alemán es un
conglomerado de diferentes razas, cuya superioridad con respecto a otros
conglomerados es por lo menos problemática.
Si en los
gustos y en sus apreciaciones relativas al mundo del arte Hitler no va más allá
de los horizontes y la sensibilidad de un mediocre burgués wagnerizado,
en todo lo que se refiere a la religión, a la Iglesia, a la idea monárquica y
dinástica, así como a la nobleza tradicional, debemos decir que en tales
conversaciones él desciende nada menos que a la brutalidad y a la vulgaridad de
un proletario socialista. Él prácticamente llega a definir, como Marx, a la
religión como un opio para el pueblo, como un medio de explotación, como algo
oscurantista que el progreso de la ciencia poco a poco hará desvanecer, todo
ello en beneficio de una comunidad nacional regimentada dirigida hacia
grandezas puramente temporales.
Se sabe
cómo han sido recurrentes las referencias de Hitler a la Providencia, de la
cual él se sentía el ungido, el protegido y el ejecutor. Ahora bien, no se
entiende qué cosa pueda ser tal Providencia, cuando Hitler por un lado, con
trivialidad darwiniana, como ley suprema de la vida reconoce el derecho del más
fuerte, cuando por el otro excluye como supersticiones cualquier intervención u
orden sobrenatural y proclama "la impotencia del hombre ante la eterna ley
de la naturaleza", del mismo modo que el más chato y decadente
cientificismo.
No faltan
en el libro observaciones interesantes e inteligentes sobre distintos problemas
concretos. Pero la atmósfera general es muy distinta de la que puede
corresponder a un verdadero Jefe, al de aquel que podría estar legítimamente
revestido de una autoridad absoluta.
Ritter, que ha tenido a su cargo la edición
alemana de la obra, al final de su introducción escribe que la enseñanza a
recabar de la misma es que la derrota no
tuvo como causa la superioridad del potencial bélico del enemigo, ni el
retraso en la utilización de alguna arma secreta y ni siquiera un presunto
sabotaje por parte de las fuerzas de la resistencia. "El hombre mismo y su
sistema llevaban consigo la propia condena".
A pesar de
todo lo que hemos dicho hasta aquí, nosotros no suscribiríamos tales palabras:
y resulta curioso que sea un alemán el que las pronuncia. Un alemán no debería
ignorar que Hitler actuó esencialmente como un centro de cristalización de
fuerzas sumamente diferentes, las cuales se encontraron unidas bajo el signo de
la Cruz Gamada tan sólo para la realización de improrrogables cuestiones de
política interna y externa; fuerzas que en gran parte no fueron para nada
creadas por el nacionalsocialismo, sino que habían recibido su forma de una
anterior tradición más alta. Sistema e ideas no deben ser confundidos con sus
falsificaciones y con todo aquello que
en las mismas se resiente de la presencia de factores contingentes. Muchos en
Alemania no cometieron tal confusión, sino que se unieron a Hitler tan sólo en
nombre de Alemania, más aun de Europa, a
la espera de un sucesivo proceso de clarificación y rectificación que el puro
factor militar habría de impedir.
Roma, 19 de febrero de 1953