1) La tradición Romana como antítesis superior
No podía Julius Evola, en todas las
notas escritas sobre el problema romano, reducirlo meramente a una temática
“nacionalista” en la que Roma, en razón de haber representado la realización
exitosa de un ideal imperial, apareciera como el antecedente y la confirmación
del sentimiento de potencia que en ese entonces, en la primera mitad del pasado
siglo, se desplegaba vertiginosamente en el seno de la sociedad italiana a la
que pertenecía. Del mismo modo que hoy en día no podría reputarse tampoco,
siempre en concordancia con la perspectiva de nuestro autor, al “imperialismo”
constituido en forma paradigmática por Norteamérica, como la manifestación
actual y vigente de un mismo y recurrente ideal de dominio universal del que
Roma habría constituido su principal antecedente en la antigüedad. Se trataba
en cambio para el mismo de un concepto mucho más vasto del que tienden a
reducirlo las mentalidades actualmente vigentes. Representaba por sobre
todas las cosas un principio irreductible a categorías étnicas o geográficas,
es decir “nacionalistas”, así como en consecuencia tampoco equiparable con el
concepto moderno y degradado que hoy se tiene de imperio. Es verdad sin
embargo que se manifestó en un determinado espacio y lugar y en el seno de una
cierta raza, así como también es cierto que supo imponerse a los otros
utilizando también la fuerza de las armas, pero todo ello no ha representado
sino apenas vehículos e instrumentos utilizados en razón de algo superior, así
como el cuerpo lo es respecto del alma, la cual lo usa como un medio propio
para sus fines sin verse por ello reducida a su dimensión.
Quienes ignoran tal realidad superior y
todo lo reducen a la esfera de las meras apariencias deberían esforzarse por
comprender que no tiene forzosamente por qué ser un dogma universalmente
reconocido e irrebatible el considerar a la historia de la humanidad como el
ámbito en el que se libra una incesante lucha y antagonismo entre pueblos y
naciones rivales por lo que habría regido en todo tiempo y lugar un sentimiento
de dominio que se encontraría como el trasfondo último de cualquier idea o
concepción del mundo que se sustente. Aquellos que así piensan consideran que
estas últimas, más allá de las metas universales que esgriman sus ejecutores,
serían apenas los vehículos y los instrumentos justificatorios de los que se
vale un impulso de poder impersonal e incoercible que las utiliza en manera
astuta con la finalidad de doblegar y confundir la voluntad de los otros cuando
se trata de evitar el uso doloroso de la fuerza militar o cuando también se
pretende convertir a un dominio en una cosa más vasta y efectiva que la que se
basa exclusivamente en la coerción. Un dominio sobre el otro que implique
también lograr que éste llegue a compartir los mismos puntos de vista de quien
lo posee, el que a su vez sea tan sutil y eficaz que muchas veces resulte
inasible por parte del que lo padece.
Por lo cual desde tal óptica sería
totalmente irrelevante el tipo de concepción del mundo a la que se adhiriese,
siendo las mismas, a pesar de los antagonismos diametrales que pudiesen
contraponerlas, apenas las coberturas encargadas de esconder un sentimiento de
dominio que a todos nos gobernaría en grados diferentes y maneras disímiles. Y
como la realidad resultaría un proceso de incesante mutación en el que las
naciones y los pueblos serían aquellos puntos de referencia encargados de
asumir una posición frente a las variables circunstancias, de acuerdo a dicha
perspectiva, por ejemplo, no serían factores relevantes las diferencias
ideológicas que pudiesen haber tenido en el seno de alguna de ellas un Luis XIV
respecto de un Napoleón Bonaparte en Francia por ejemplo, o un Pedro el Grande
respecto de un Lenin en Rusia, etc., en tanto que los mismos, más allá de los
puntos de vista antitéticos que sustentaron en épocas distintas, habrían
bregado por igual y a su manera, conciente o inconscientemente, por un mismo
fin consistente en el triunfo y realización de los “intereses históricos” de
esa macro-individualidad que es la propia nación. La misma, así como la Idea
hegeliana, sería aquella realidad trascendente que utiliza como medios e
instrumentos a diferentes hombres y grupos, como simples mediaciones que actúan
con independencia de las ideas e intenciones que sustenten y aunque
desconociesen ingenuamente tal fatalidad, siendo por lo tanto todos los
integrantes de una determinada comunidad en última instancia meros instrumentos
de dicho “espíritu universal”, el que se les sobrepone de manera fatal y necesaria
doblegando toda voluntad en contrario o utilizándola astutamente en provecho
propio. El mismo aúna las diversidades con independencia de los puntos de vista
dispares que pudiesen haberse formulado, los que no son otra cosa que un medio
adecuado según las circunstancias para ejercer un mismo impulso hacia el
dominio universal. Y aquí hasta puede intervenir la misma ciencia biológica que
aporta también su cuota de determinismo “positivista”, el que como bien sabemos
influyera durante tanto tiempo sobre nuestro “nacionalismo maurrasiano” y
güelfo en la Argentina y en otras naciones. Desde tal punto de vista toda
nación sería como un macroorganismo viviente que, cual una ameba insaciable,
expresa su instinto a la supervivencia a través de una expansión ilimitada que
tan sólo se detiene cuando encuentra ante sí a otro más fuerte con capacidad de
doblegarlo.
Ha sido justamente bajo el influjo de
dicha óptica positivista y “nacionalista”, la que por otra parte no se
encontraba muy lejos de los ideales modernos y carbonarios que hicieran la
independencia italiana, cómo en la época en que Evola escribía estos artículos
solía decirse también que Benito Mussolini no era para su contemporaneidad sino
la actualización en el presente de un mismo impulso telúrico y cultural que lo
tuviera a Julio César y a Augusto entre otros como a sus antecesores y modelos.
Todos ellos habrían sido por igual las manifestaciones de una realidad común e
impersonal cual era lo itálico o latino que siempre se manifestaba gestándose a
partir de un mismo territorio y de una misma comunidad, y que ellos en tiempos
diferentes no eran sino la realización histórica de tales “intereses” que los
mancomunaban en razón de una misma pertenencia geográfica e histórica. En todos
los casos aquí mencionados en el fondo lo que ellos habrían querido, con
léxicos y lenguajes distintos, era la grandeza del propio pueblo y, en tanto la
misma se plasmaba a través del señorío ejercido sobre los otros, utilizaban a
la ideología como un mecanismo de dominación una vez que las armas no
hubiesen sido lo suficientemente poderosas y efectivas para el logro de su fin,
en aras de doblegar la voluntad del adversario. Justamente una de las
características principales que distinguía a aquellas naciones que habían
alcanzado a constituirse en imperios estribaba en el hecho de haber sido
capaces de captar eficazmente la circunstancia de que un dominio efectivo,
verdadero y universal no podía ser solamente físico, sino que debía estar
acompañado necesariamente también de uno psicológico. Que un sometimiento
fundado exclusivamente en el poder material era forzosamente efímero y limitado
como la intensidad de fuerza de una mano que mantiene a un cuerpo apretado, la
que desfallece luego de un cierto tiempo. Ello se lo ve hoy en día con claridad
meridiana cuando observamos la manera como los Estados Unidos, el imperio
actualmente vigente, pretenden ejercer tal señorío universal. Ellos no lo hacen
simplemente con las armas, sino que acompañan el procedimiento militar, al que
dejan habitualmente como alternativa última, con distintas sugestiones
psicológicas ejercidas a través de una persistente e incesante penetración
cultural con la que someten a las diferentes comunidades del planeta haciendo
gala de una pluralidad de recursos dispares, tales como el cine, la televisión,
la música, etc., acompañando todo ello con una verdadera acción de atontamiento
colectivo efectuada sobre las multitudes inculcándoles un conjunto de quimeras
que tanto las entusiasman, tales como la de la democracia absoluta, la que bien
sabemos que nunca ha existido como tal y que es apenas la cobertura por la
cual, a través de una sofisticada suma de engaños y halagos, se doblega a las
diferentes comunidades haciéndoles creer a quienes las integran que se
gobiernan a sí mismas cuando en realidad, justamente gracias a tal lavado de
cerebro efectuado, son en cambio ellos los que efectivamente lo hacen, contando
para tal fin con la complicidad de esa caterva de mediocridades que son
nuestros políticos “demócratas” así como sus ideólogos y “comunicadores” de
todas las especies. Por lo tanto todos los imperios serían aquellas naciones
que, además de haber logrado imponer su voluntad a las restantes, también
habrían sido capaces de someterlas psicológicamente a través de diferentes
medios de opresión cultural. Sin embargo, debido a los “avances” de la ciencia
y de la tecnología, el imperio norteamericano sería mucho más eficaz que el
romano por la pluralidad de recursos a su alcance, en tanto que este último
contaba apenas con un solo y muy precario instrumento de dominación, el
“derecho romano”, que solamente se refería a la “superestructura” política no
teniendo en cambio una verdadera influencia en el plano cultural. Roma desde
dicha óptica sería un antecedente menor, más primitivo, de ese verdadero
aparato sofisticado y moderno que es el imperialismo norteamericano.
Y es también, de acuerdo a este punto de vista en el que se
preeminencia el trasfondo irracional e impersonal que regiría a la totalidad de
los seres humanos, por el que se diría que tampoco en Rusia por ejemplo serían
en el fondo cosas muy diferentes la religión cristiano ortodoxa que primara en
la época de los zares, con su ideal de pueblo teóforo encargado de evangelizar
al mundo entero, del marxismo leninismo que rigiera a tal país durante la casi
totalidad del pasado siglo, el que formularía también esa misma inquietud de
dominio universal, pero adaptada a las circunstancias variables del tiempo, en
tanto que, en una época “científica”, positivista y unidimensional como la que
vivimos, no era recomendable acudir a los argumentos “supersticiosos” de una
religión de carácter trascendente, sino a una que poseyese por fundamento a la
“ciencia” y entre éstas especialmente a la economía, que bien sabemos que las
castas inferiores han convertido en forma obligatoria en el destino de los
seres humanos. Por lo cual las dos serían expresiones diferentes y en
circunstancias distintas de esa cosa impersonal actuante entre bastidores que
es en tal caso el “alma rusa”. Del mismo modo que tampoco desde tal punto de
vista el absolutismo monárquico francés o el despotismo ilustrado de los
“filósofos” serían en el fondo algo tan antagónico respecto del liberalismo que
triunfara luego con la Revolución Francesa, en la medida que también aquí todas
ellas habrían sido las expresiones de una misma “alma” anidada en tal nación.
Así también, siempre en concordancia con la aceptación de tal concepción
reivindicativa de un sentimiento de dominio universal existente de manera
natural en todas las comunidades humanas, aunque no siempre reconocido como tal
por la totalidad de sus integrantes, no serían muy diferentes en el fondo lo
que antiguamente fuera el imperio romano, con lo que hoy en día sería su actual
expresión similar, los USA, los cuales se asemejarían muchísimo en tanto que en
los dos casos nos encontraríamos con un despliegue casi absoluto del poder en
el planeta y sin rival alguno que fuera capaz de hacerle frente. Por lo que la
existencia de estos dos “imperios” en épocas tan dispares nos testimoniaría
plenamente también la del sentimiento de poder como realidad excluyente y
omnicomprensiva presente en todas las épocas y entre todas las naciones en un
grado de diferente intensidad.
Se trata aquí de una máxima universalmente aceptada e impuesta
como un dogma entre todos los hombres, o al menos entre una inmensa mayoría de
éstos, la de que los seres humanos en el fondo se movilizan principalmente
por intereses y no por principios. Que las ideas, si bien se conciben y se
poseen, son apenas instrumentos de los mismos y no factores determinantes de la
acción. Éste es en el fondo el materialismo esencial a nivel antropológico que
caracteriza a la modernidad en cualquier momento de la historia del que se
trate y aquello por lo cual se puede calificar también al orden que la misma
concibe como el de una sociedad de masas, en la medida en que se
comprenda al sujeto como un simple instrumento de una potencia impersonal que
lo trasciende, lo cual se ha convertido además en un dogma religioso asumido e
impuesto en forma universal, obligatoria e incluso fastidiosa, aunque las
deidades que se veneren puedan ser distintas de acuerdo a épocas, modas o
naciones. Así como hoy en día se ha prácticamente aceptado que la libertad
representa una quimera pues en el fondo seríamos un manojo de instintos que
gobiernan a la totalidad de nuestras acciones, a pesar muchas veces de nuestra
voluntad en contrario, que seríamos prácticamente marionetas de algún impulso
irracional, trátese del instinto sexual (Freud) o del de dominio (Adler); de la
misma manera se acepta también que a un nivel histórico y social, lo que hoy se
denominaría con la palabra sincopada “macro”, existe una fuerza impersonal
que lo hace en forma colectiva con todos nosotros utilizándonos como meros
medios de realización de los fines de tal realidad superior. La misma ha
adquirido con el tiempo una serie de denominaciones dispares aunque obedientes
por igual a un mismo principio moderno: o es la economía en el caso sea del
marxismo como del liberalismo, o la raza, o la “vida” si de lo que se trata es
del nazismo biológico rosenbergiano o maurrasiano, o la historia si es en
cambio el historicismo hegeliano, o la “Divina Providencia” a través de una
determinada iglesia si es que se trata del güelfismo sea católico, judaico,
etc.. A su vez tales cosmovisiones son tan categóricas en sus aseveraciones y
creencias que conceptúan que aun el acto de negárselas en sus principios
esenciales estaría manifestando también el carácter categórico y global de su sistema
el que como tal tiene la capacidad de incluir en sí aun a las conductas
contrarias al mismo. De tal modo que cada vez que alguno interviniera para
negar o refutar tales puntos de vista materialistas, por ejemplo diciendo que
no es el sexo, ni la raza, ni la economía, ni la Historia, ni el Dios
providencial lo que nos gobierna y moviliza cual pasivas marionetas, sino que
el hombre es libre y en el fondo dueño y señor de su destino, capaz de evitar
que los diferentes condicionamientos que existen a su alrededor se conviertan
en él en modo necesario en determinismos, pues es esto lo que distingue al
hombre del animal, estaría en cambio demostrando lo contrario. Frente a ello
tales dogmas supersticiosos e institucionalizados nos responden que esto no significa
otra cosa que dar un argumento adicional a sus fanáticas sugestiones. Ellos
consideran que el acto de negación de tal fatalismo, en tanto el mismo
representaría un hecho expresado por seres que son minoritarios, quedaría
incluido como la excepción respecto de la regla, no representando por lo tanto
otra cosa que una anomalía de sujetos que, ante el carácter omnicomprensivo y
fatal de tal dogma “aceptado” y asumido por las “amplias mayorías populares”,
presas de un infantilismo intentan “reprimirlo” con “inmadurez” debido a su
incapacidad de “soportarlo” o “asumirlo”, como en cambio haría una persona
adulta, informada, equilibrada y “realista”. Hegel llamaba a tales actitudes
inmaduras como “conciencias infelices” que no querían “reconciliarse” con la realidad
histórica, Freud los definía como productores de “censuras” y “represiones”
(términos éstos que bien sabemos que, en razón de la publicidad masiva que han
tenido tales panegíricos, se han convertido en malas palabras en todos los
sentidos) surgidas vanamente para frenar la fuerza espontánea e irreversible
del “ello” instintivo. Marx los llamaba los “sembradores de opios” que
ocultaban los “intereses históricos” de una determinada clase fabricando
“superestructuras” y alucinógenos para mantener así “la explotación del hombre
por el hombre”, y podríamos extendernos aun más.
De este modo, cuando se comprueba la existencia de personas que
sostengan la primacía de la idea y el principio por sobre el mero interés
material, ello es inmediatamente negado socarronamente por los pregoneros del
instinto de dominio, de la soberanía de la “realidad empírica” y de la “vida”
ilimitadamente expansiva y promiscua, brindándosenos el ejemplo de lo que
acontece en la vida cotidiana. Vemos justamente allí que nuestros políticos y
demás hombres “exitosos” que nos circundan, han dado pruebas cabales de tal
“realismo” justamente no siendo principistas y jactándose en cambio de ser lo
opuesto, en lo cual se encontraría la clave del “éxito”, es decir ser
pragmáticos, maquiavélicos y “heterodoxos”, términos éstos que se han
convertido hoy en día en cosas sumamente buenas y signos de “madurez” (en la
actualidad la palabra ortodoxo, es decir la actitud de aquel que es fiel hasta
las últimas consecuencias a los propios principios, es también sinónimo de algo
feo asimilable a las ya mencionadas “censura” y “represión”). Efectivamente son
ellos los que demuestran siempre el valor que poseen los ideales y los
principios en su condición de “superestructuras”, es decir anzuelos idóneos para
atrapar a los débiles y tontos a fin de poder alcanzar el poder sin preocuparse
luego por contradecirlos, denotando así con tal conducta que es la
satisfacción de los instintos y los intereses, y entre éstos principalmente
el de dominio, aquello que nos gobierna a todos, aunque pueda haber
algunos que no lo reconozcan. En todos los casos realizarse como personas
(término que ellos capciosamente confunden con individuo) significa seguir el
rumbo fatal e irreversible de tal realidad impersonal que siempre se sobrepone
a nosotros y nos gobierna aun cuando nos opongamos a ella. Así como Dios se
sirve del demonio y del pecado, así como la idea lo hace con las “conciencias
infelices”, etc. para obtener sus fines, siendo vanas las oposiciones a tal
fatalismo, por lo que es el más fuerte y astuto, el “realista”, el que
comprende y acepta tal fatalidad, el que triunfa, del mismo modo que en la
esfera interior del yo lo hace el instinto sexual sobreponiéndose y triunfando
toda vez que elimina las distintas “censuras” que se establecen en su contra.
Ante lo cual la primera y esencial
pregunta que cabría hacerse sería la siguiente: ¿no es también sostener un
principio determinado manifestar que los hombres son gobernados por
intereses instintivos e inconscientes? Un principio que por supuesto se opone a
aquel que expresa que no es la materia y el tiempo la única realidad que pueden
“interesar” al hombre, sino también y principalmente el espíritu y la eternidad.
Que el hombre no es necesariamente un esclavo de la “historia”, del instinto,
del “Dios providente” o más sencillamente de la “realidad”, del mismo modo que
no es cierto tampoco que todos los seres humanos provengan del animal, sino que
puede haber también algunos que sean libres.
Luego de lo cual cabe también esta otra objeción. ¿Por qué
suponer obligatoriamente que quienes sostienen esta última posibilidad deban
tratarse necesariamente de individuos desapegados de la “realidad” y por lo
tanto “utopistas”, “apolíticos” y “ahistóricos”? o más todavía, ¿por qué debemos
denominar “realidad” lo que ellos reputan como tal? ¿Por qué no pueden existir
también seres que transitan por la política y por la historia con principios
que trascienden sus puntos de vista y que por lo tanto no se agotan en ellos?
Si esto es así formulémonos esta última pregunta decisiva: Si es verdad -y no
lo rebatimos- que actualmente rige el principio de la soberanía del interés
material en la vida política e histórica y la economía hoy resulta el destino
universal ¿por cuál razón es que debemos decir que ello siempre ha sido así? ¿Por
qué tenemos que reducir todos los tiempos históricos al actual? ¿Por qué
tiene que existir forzosamente una “Historia” y no diferentes historias,
diferentes tipos de hombre y consecuentemente diferentes modos de percibir lo
real? O más sencillamente: ¿Por qué debemos manifestar que en todo momento el
hombre fue moderno? O también: ¿por qué no concebir algún tipo de orden en el
cual lo moderno, que siempre existió como una forma determinada de ser y no
como se cree actualmente la única posible, no fue sin embargo el principio que
rigió en todo momento a las sociedades, que hubo otras en las cuales las que
estuvieron vigentes fueron categorías diametralmente diferentes, de carácter tradicional,
es decir principios en los cuales la experiencia que captan nuestros sentidos
externos, la “realidad material” o “vital” no fue concebida como la única
posible, como algo que se agotaba en sí mismo y ante la cual nos debíamos
plegar y venerar como si se tratara de la única y excluyente en la que se
reducía la totalidad de nuestro ser y destino, sino en vez apenas un momento,
un símbolo de una cosa superior que la trascendía y que se consideró a la vida
no como una realidad concluida y acabada y en la cual estábamos condenados a estar
fatalmente a la manera de un individuo o parte encargado de perpetuarla, sino
como una instancia provisoria a transitar en función de otra cosa superior,
aquello que es más que la mera vida.
Es exclusivamente dentro de esta óptica
que debe entenderse la romanidad en Julius Evola. Roma tuvo importancia en él
no como la confirmación de que imperialismos como el norteamericano representan
una cosa natural y explicable por la naturaleza siempre “interesada” e
instintivamente dominadora del hombre, sino todo lo contrario. Fue en cambio el
último intento con una cierta continuidad de querer establecer un orden
universal no moderno y de carácter sagrado en donde el cosmos no fuera
concebido como en la actualidad como una cosa a poner a nuestra absoluta disposición
para llegar a ser “felices”, sino como una escala jerárquica ordenada hacia la
eternidad. En donde se comprendió a la vida como teniendo sentido en tal
función superior, y no como una cosa que se agotaba en sí misma.
Es decir que Evola concibe que hay un
modo moderno y un modo tradicional de percibir una misma realidad. Lo actitud
moderna consiste esencialmente en el materialismo a nivel de concepción del
mundo y la sociedad de masas a nivel de concepción social y política. Materialismo,
de su raíz mater, principio femenino que consiste en concebir la
relación del hombre con las cosas de una manera pasiva y de subordinación.
Desde tal óptica el materialismo es un fenómeno muy vasto y no limitado tan
sólo a las expresiones fragmentarias que habitualmente se conocen como tales
(materialismo histórico, dialéctico, mecanicista, etc., las que no son sino
modos diferentes de manifestación de un mismo fenómeno) siendo todas ellas
maneras de expresar un mismo hecho por el que se concibe al hombre como un mero
medio o instrumento de una cosa reputada como superior a él frente a la cual él
permanece en estado de subordinación y dependencia. La misma puede ser Dios, la
Historia, la Naturaleza, la Raza, la Sociedad, la especie humana, o algún tipo
de Instinto irracional como podría ser el sexual, etc. Y a su vez concibe a la
existencia del sujeto como teniendo sentido únicamente integrándose o
reconociéndose en tales realidades superiores a las que hay que adaptarse en
manera pasiva, dependiendo de ello nuestra “felicidad”, estando relacionado a
las mismas así como un instrumento lo está respecto de aquel que lo utiliza.
Este tipo de hombre, el individuo en serie, repetitivo y que se disuelve en los
momentos espacio-temporales de la historia, no es propiamente persona, sino
masa, es decir un ser incapaz de encontrar en sí mismo la propia razón de ser,
sino que en cambio la remite a otra cosa que se le sobrepone como algo superior
y respecto de la cual él acepta cumplir con la función de simple medio o
instrumento. Por supuesto que la modernidad ha tenido grados diferentes de
manifestación en tal tendencia materialista y masificadora a lo largo de toda
su historia por lo que no es una misma cosa el proceso de masificación que
tuviera el Occidente en la edad Antigua del que en cambio acontece en esta era
terminal en la que nos hallamos en la cual el proceso hacia la
despersonalización y por ende hacia la incesante masificación ha alcanzado
niveles realmente aterradores. Acotemos además que la masificación debe tener
como correlato necesario en primer término la igualdad ya que la masa se
caracteriza por ser un compuesto de seres casi idénticos y sin un carácter
propio que los singularice. En segundo lugar la democracia concebida en esta
fase terminal como una forma totalitaria de gobierno y de sociedad en donde las
simples mayorías debidamente domesticadas por la propaganda y los medios
subliminales de atontamiento colectivo es la que determina lo que debe hacerse
en detrimento de la libertad de aquellos que son verdaderamente personas en
tanto que, como tales, piensan y reflexionan y por lo tanto poseen un carácter
propio. Esta democracia coercitiva y masificadora en sus tiempos finales
adquiere también la forma de “imperialismo”, tal como acontece en nuestros días
a través del despliegue invasivo de los USA por el mundo entero, por el que
invade a las naciones, encarcela a las personas en cualquier lugar del planeta
en que se encuentren, transgrede hasta la más elemental norma de derecho en
aras de imponer coercitivamente la “democracia”, tal como ha acontecido en los
casos Irak, Afganistán, etc..
Frente a tal tipo de hombre y
cosmovisión se yergue la figura antitética del hombre tradicional para el cual se
es persona únicamente en tanto se encuentre en sí mismo y no en otra cosa la
razón última del propio ser. Es decir que, a diferencia del mundo animal,
lo propio del hombre es ser persona, lo cual no es una realidad encontrada y ya
hecha naturalmente, sino algo que debe construirse uno mismo a lo largo de
la propia existencia. Mientras que ser individuo, que es lo que se trae al
nacer, significa ser dependiente de otra cosa, persona es en cambio ser
independiente, esto es, libre. En tanto es la libertad lo que categoriza
esencialmente a las personas, distinguiéndolas de los restantes individuos y en
tanto la misma representa una conquista realizada por uno mismo, ésta no es
igual en todos los seres por lo que éstos se distinguen entre sí por el
grado que han desarrollado de la misma. Por tal motivo una sociedad regulada
en función de la libertad que puedan poseer las personas no puede ser nunca
igualitaria y debe contraponerse necesariamente a la actual y masificada
propia de la modernidad. Frente a la nivelación igualitaria de una humanidad
sin nombre ni carácter propio, como la existente en la actual sociedad
democrática, se yergue su antagonista absoluta que es la sociedad jerárquica,
graduada en función de la libertad que hayan conquistado los seres. Ante el
igualitarismo masificador la sociedad tradicional impuso un orden de castas de
tipo jerárquico en donde las personas hallaban una tipificación respecto del
grado de libertad al que alcanzaban a desplegar en su existencia.
El moderno en su materialismo ha
equiparado ilícitamente el concepto de persona con el mero hecho de estar vivo,
por lo cual hoy en día son reputados como sinónimos los conceptos de individuo
y de persona. La gran diferencia que existe con la concepción tradicional es
que para ésta no solamente se trata de conceptos distintos y antitéticos sino
que se es persona o individuo de acuerdo al grado de libertad que se haya
desplegado. Individuo es el sujeto que se reduce simplemente al papel de
parte de un todo que lo trasciende, persona es en cambio aquel que se
constituye a sí mismo como ese todo. Y así como se es más o menos
persona de acuerdo al grado de libertad que se posea, se es más o menos
individuo a la inversa de acuerdo al grado de dependencia. Individuo y
persona son los equivalentes a los dos polos ideales en que se constituye lo
real, la materia y la forma, el cuerpo y el espíritu. Y así como no existe ni
la materia ni la forma absoluta, sino grados de mayor o menor aproximación a
las mismas, las dos polaridades en que se ordena una sociedad jerárquica y de
castas son el paria, lo más cercano al mero individuo y el Emperador
que es en cambio aquel que se encuentra más cerca de la persona absoluta pues
es el único totalmente libre. Tales dos polaridades constituyen pues dos
órdenes distintos y antitéticos: el Imperio, símbolo de la persona absoluta y la
Democracia, símbolo y sociedad del paria o del individuo absoluto.
El imperialismo Norteamérica es de
carácter impersonal en tanto desconoce la figura del emperador, es por lo
tanto el dominio abusivo y estrepitoso del paria.
Ahora bien, volviendo a la obra sobre
La Tradición Romana que nos convoca en esta fecha, digamos que para Evola
resulta de singular importancia poder indicar el significado histórico que ha
tenido Roma justamente dentro del contexto de antagonismo entre estos dos tipos
de humanidad antes mentada: aquella que se asienta en la masa, que sostiene
como sistema político la democracia y que tiene como concepción del mundo al
materialismo, y la que en cambio lo hace en la persona, en el imperio como
forma política, y en la Tradición como
concepción del mundo. En tanto fundado en la metafísica su planteo es
consecuentemente metahistórico, es decir fundado en una metafísica de la
historia que interpreta al mito como un ente significativo que indica
orientaciones existenciales paradigmáticas diferentes y presentes en todo
tiempo y lugar. En toda época histórica los hombres han tenido siempre en mayor
o menor grado dos metas y direcciones diferentes: la persona o el individuo, es decir la de tener como paradigma a
un ser autosuficiente y libre capaz de darse a sí mismo una ley o en cambio
reducirse a la comprensión de sí como mera parte de un proceso o de un todo que
lo trasciende. Las diferentes mitologías de los diversos pueblos, sea arios como
semitas, occidentales u orientales, nos hablan siempre de un antagonismo
esencial que habría existido desde los orígenes mismos de la humanidad y que,
de la resolución que las diferentes culturas han dado del mismo, se han
recabado también distintas direcciones siendo la una hacia el determinismo
representado en la figura del individuo-masa comprendido y reducido al
papel de parte de un todo y la otra hacia el individuo-persona es decir
un ser libre y autosuficiente por participación y grados. Y ello estaría
determinado de acuerdo al tipo de elección realizada. Todo pueblo, todo tipo de
humanidad ha estado sometido a una decisión trascendental consistente en la
superación de un obstáculo. Algunos triunfan, mientras que en cambio otros
sucumben. En esto él considera que los pueblos arios han expresado
históricamente una ventaja en tanto que, ante un mismo antagonismo, han dado
una resolución diferente que la acontecida en el caso de los pueblos semitas.
Mientras que ante una misma prueba consistente en la superación de un obstáculo
el hombre semita arquetípico, Adán, sucumbe ante el mismo (el árbol, la
manzana, etc.) y es doblegado al ser sometido a una existencia posterior de
pecado y dependencia, a una situación de simple criatura en la que la muerte se
convierte en él en su estado natural, quedando así reducido al rol de mera
parte subordinada a un proceso superior. El ario en cambio, a través de figuras
arquetípicas como la de Heracles, pasa también por esa misma prueba, pero el
resultado es en el mismo diferente, pues sale victorioso. Se recuerda que en
los dos casos está presente la figura de la mujer como tentación (Eva en el
primero y las Hespérides en el segundo) y de una manzana como un límite que
debe ser sorteado, aunque los resultados son distintos en los dos casos. La
misma semejanza aparece también en las sagas de los hermanos antagónicos
representando los mismos dos posibilidades diferentes: Caín y Abel entre los
semitas y en el ámbito Romano aparecen en cambio las figuras de Rómulo y Remo,
en donde el primero representa un principio sagrado de elevación espiritual e
inmortalidad olímpica, la política comprendida como una misión redentora, en
cambio el segundo representa el asentamiento en la mera “vida”, en el
bienestar, en la economía y la administracion y el acto de asentarse y
reducirse a tales dimensiones inferiores. En los dos casos al verificarse el
antagonismo irreversible, el uno mata al otro imponiendo su propia ley. Pero
los resultados son una vez más diferentes. Mientras que entre los pueblos
semitas triunfa el principio impuro, meramente telúrico representado por Caín,
entre los arios es en cambio Rómulo, es decir el principio sidéreo y celestial
el que triunfa sobre el lunar y terrestre representado por Remo.
Pero lo interesante a señalar aquí es
que, si bien en Roma ha tenido una resolución favorable la victoria definitiva
de un principio superior sobre uno inferior, no significará ello que se haya
producido una aniquilación del que fuera vencido. Lo telúrico y moderno
existirá como una posibilidad siempre lista a eclosionar en el momento de
debilidad de la otra. Es decir que no significa en manera alguna que el
triunfo de un principio implique una determinación fatal para la descendencia.
Ni un semita está condenado a subordinarse a una religión lunar, ni el ario
siempre participará de un espíritu sidéreo. Si bien se encontrarán ciertas
ventajas por la existencia de un ámbito propio que así lo favorece, la
existencia es concebida como una lucha entre ambos principios la que será de carácter
incondicional y sólo se resolverá con el triunfo de uno de los dos términos. El
principio telúrico representado por Remo estará siempre presente en la plebe,
teniendo incluso una localización geográfica en el monte Aventino, por
contraposición al principio sidéreo, representado por Rómulo, cuyos herederos
serán los patricios y su sede el monte Palatino. El principio plebeyo y
telúrico tendrá sucesivas confirmaciones en otros pueblos, principalmente de
origen asiático y semítico, como los Etruscos, los Cartaginenses, los Egipcios
y finalmente el judeo-cristianismo. En síntesis lo propio de lo semita es el
sustentar una religiosidad fundada en un estado de servilismo y dependencia del
hombre-masa o simple individuo, sometido a una divinidad trascendente ante la
cual su condición es la de mera “criatura” o “parte”, o “mediación” de un todo
superior que puede ser la especie, la Historia, la Idea, etc. de acuerdo a los
tiempos o modas que se sucedan. Por contraposición a ello se yergue el
hombre-persona, creador y no criatura, divino e incondicionado y no mortal y
condicionado, compañero y colaborador de Dios y no siervo y dependiente del
mismo, ante el cual se le reza de pie y no de rodillas y postrado, ante el cual
se permanece con la frente alta y no en estado de humillación, al cual hay que
ser capaz de hacer descender hacia sí y no de “aniquilarse a sí mismo”. Todo
ello no es otra cosa que el antagonismo que hoy en día se ha sintetizado con la
dicotomía entre el hombre moderno y el tradicional.
De los dos mitos antes mentados emanan
dos antropologías diferentes, la que ensalza al hombre persona, tal la
concepción ario-romana y patricia y por contraposición a ella la plebeya que
reduce a la humanidad a la condición de individuo-masa. Espiritualismo y
materialismo, modernidad y tradición son las dos posibilidades existentes de
las cuales derivan dos éticas distintas propias de dos humanidades, de dos
razas diferentes, una patricia y otra plebeya, en una misma colectividad. ¿Qué
es lo que distingue a la una y a otra? Ambas son antagónicas e
irreconciliables, tal como el agua y el aceite.
Pues bien en el primer caso la ética
aria y patricia se caracteriza por tenemos un amor por las distancias, por un
estilo rudo, severo y viril de la existencia para el cual el contenido y la
intención valen más que las formas externas. Es máxima esencial de tal
forma de moral que es preferible ser antes que tener. El estilo patricio es
“monumental”, el plebeyo en cambio coreográfico y teatral. Este último, al cual
denomina también como mediterráneo, se caracteriza por una constante inclinación
hacia la exterioridad, hacia el individualismo que se distingue por la
insufribilidad respecto de cualquier autoridad superior, de cualquier ley
general de orden. Es una característica propia del plebeyo el desesperado afán
por ponerse insistentemente de relieve. Ante el estilo severo de aquel que
preeminencia la manifestación del principio por encima de todo y ante el cual
está dispuesto a sacrificarse a sí mismo y a su “interés”, el plebeyo insiste
en cambio en resaltarse constantemente a sí mismo no importándole si en aras de
ello puede echar por la borda a más de un principio. A tal respecto resulta ser
un crítico a ultranza y más que la verdad le interesa siempre destacarse y es
habilísimo en encontrar siempre algún recoveco para escapar de un obstáculo o
una ley, así como poseedor de un gusto estrepitoso por mostrarse sumamente
inteligente aun a costa de convertir al otro en estúpido, tal como lo vemos cotidianamente
entre nuestros periodistas o comunicadores sociales preocupados por mostrase
siempre como muy vivos e inteligentes ante el público. Se destaca también por
una descontrolada fiebre romántica, por un deseo exacerbado por comunicarse y
exteriorizar los propios sentimientos, por ser extremadamente expansivos.
La segunda característica de lo moderno
es lo cuantitativo, lo cual determina su carácter dual y con dobles y hasta
triples mensajes y discursos formulados de acuerdo a las circunstancias variables.
Frente a ello encontramos las máximas de Séneca: “Mantenerse firme en el ser”,
nos decía, lo cual equivale a mantener la propia coherencia y la unidad de sí
mismo en todas las circunstancias múltiples. Al respecto él opinaba que “Es más
grave mentir que matar”. Matar es en efecto un acto que puede tener
significados distintos, en cambio mentir tiene un solo significado: significa
una degradación, una lesión de la unidad interior, el pasaje de la cualidad de
quien es “derecho” a la de quien es “oblicuo”. Es importante manifestar aquí
que desde tal perspectiva relativa a la unidad de la persona, las
proporciones no cuentan. La pequeña traición es igual absolutamente a la
gran traición. No mantener la palabra empeñada en una cuestión secundaria
relativa a la vida práctica es lo mismo que hacerlo en una cuestión de honor.
Infringir una promesa en algo en apariencias secundario como dejar de fumar
puede tener un valor semejante a no cumplir con un compromiso dirigido hacia
los otros. De la misma manera es tan grave robar una caja de fósforos a un
compañero de trabajo que asaltar un banco. Más aun lo primero resulta más grave
que lo segundo pues en el primer caso se trata de algo carente de riesgos, como
en cambio puede serlo asaltar un banco que exige tener una cierta valentía.
“Mejor padecer una injusticia antes que cometerla” o también: “Lo que no es
honesto ni siquiera puede reputarse como útil”. Tal como vemos, y podríamos
extendernos muchos más, estas dos humanidades diferentes y antitéticas se
caracterizan por éticas diametralmente opuestas.
Con esto hemos tratado de resaltar
algunos valores propios de lo romano en contraposición con lo norteamericano,
modalidad democrática impuesta en nuestro mundo moderno. Podría decirse que
mientras uno es simplemente un “imperialismo” que pretende imponer el modo de
ser moderno y democrático, el otro es en cambio un imperio, en tanto expresión exacta
de lo que es opuesto a la democracia, es decir la expresión de una sociedad tradicional
y jerárquica.
(Conferencia dictada el pasado
5-4-06 en la ciudad de Buenos Aires en ocasión de presentarse la edición
castellana de La Tradición Romana, de Julius Evola)