LA ILUSIÓN REENCARNACIONISTA
Si las religiones
y mitologías de los antiguos pueblos que enmarcaban sus avatares dentro de los
parámetros de
Las
alteraciones que sufrió el budismo de los orígenes (fijado en el canon pali),
que en un principio era exclusivamente una vía iniciática -una doctrina
esotérica- que perseguía, como estadio último, el Despertar o Iluminación, las
alteraciones, señalábamos, que sufrió al convertirse en religión, al
masificarse, al degenerar en formas exotéricas y populares acabaron originando
doctrinas como la de la reencarnación. Asimismo la incomprensión que, con el
discurrir del tiempo, sufrieron ciertas enseñanzas de los textos védicos
también acarreó en el hinduismo –como religión- la creencia popular en la
reencarnación.
Estas
distorsiones padecidas por los mencionados textos sapienciales originarios
llegaron a su paroxismo cuando en el siglo XIX empezaron a ser introducidas en
Occidente de la mano de personajes como Elena Petrovna
Blavastky y de corrientes antitradicionales
como la del teosofismo por ella fundado.
Los teosofistas le dieron a esta, ya de por sí, adulteración
que supone el reencarnacionismo un carácter
progresista. Sí, no podía ser de otra manera en unos tiempos en los que la
quimera del progreso indefinido (tan indisociable al intríngulis del mundo
moderno) se había, ya por entonces, convertido en dogma incontestable y en
pilar básico de cualquier corriente filosófica, doctrina social, económica o
política que pretendiera tener repercusión y/o triunfar en los tiempos
deletéreos que corrían.
Así pues, de
acuerdo a este planteamiento progresista, tras la muerte cada individuo se
reencarnaba en otro de superior cualificación espiritual. Así sucedería una y
otra vez hasta llegar al más alto escalafón de perfección que conduciría al
nirvana y, ¡cómo no!, a la iluminación. Éste sería el camino que seguirían, a
pocos méritos que hiciesen, todos los seres humanos. Se vuelve de nuevo a la ya
apuntada democratización de los más altos logros metafísicos a los que la
persona puede aspirar.
Como hemos
indicado al inicio de este escrito estos postulados nada tienen en común (es
más, se hallan en sus antípodas) con las creencias de las antiguas
religiosidades del mundo de
Hasta aquí
hemos hablado básicamente de creencias y, en este terreno, nos hemos tenido que
circunscribir al marco estrictamente religioso, pero si en lugar de creencias
quisiésemos hablar de certidumbres deberíamos recurrir a lo que nos enseñan los
textos sagrados sapienciales, esotéricos y/o metafísicos, pues es en éstos en
los que se refleja el Saber de
En algunos de
estos textos se nos explica con detalle qué es lo que realmente sucede tras la
muerte física y como resulta que sobre ello ya escribimos algo en un ensayo
anterior titulado “José Antonio y Evola”, vamos a
reproducir la mayor parte de lo que entonces expusimos y que hace referencia
explícita a “la idea que sobre la
inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo
titulado ´Las dos vías de la ultratumba´ de su obra ´Rebelión contra el mundo
moderno´ (1), de que tras la muerte física son dos las vías que se le presentan
al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra sería
la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La
primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia
no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que
consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron
posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del
funcionamiento de su entramado psíquico-físico),su disolución, apuntábamos, en
la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga (2) pasando a formar parte (dichas fuerzas o
energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso
particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no
supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas o
energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del
mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los
dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia
terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y
experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que
espiritualizó su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir
Lo apuntado en
esta cita al respecto de la ´vía de los dioses´ o deva-yana lo podemos –y debemos-
ampliar con lo que otros textos Tradicionales como “El libro egipcio de los
muertos” o “El libro tibetano de la muerte” (o Bardo Thödol) (3) nos exponen. Así pues,
de acuerdo con lo que se puede leer en este último, la persona que, tras un
arduo y riguroso proceso iniciático, hubiese llegado al Despertar durante su
existencia terrena se hallaría con que, tras la muerte física, su Alma
Espiritualizada se ´toparía´ con lo Incondicionado, con el Principio Supremo,
con lo Trascendente, con lo Absoluto indefinible e imperecedero que se
encuentra en el origen de todo el proceso de la manifestación cósmica: con el
No-Ser descrito por una determinada metafísica. Se ´toparía´ con el Principio
Primero y al haberlo –en vida- Conocido, experimentado y haberse fundido en uno
con Él lo reconocería como de su misma esencia y se integraría en Él.
Si, a lo largo
de la existencia finita, la vía que lleva a
-Ante lo
sobrecogedor que le resulta la contemplación del No-Ser, del Vacío ilimitado,
de la inmensidad sin forma y sin delimitación de un Principio en el que no
hallará ningún soporte ni ninguna referencia inherentes al mundo manifestado
(del que no logró descondicionarse y desligarse del
todo), ante lo sobrecogedor, decíamos, de esa visión que nunca llegó a conocer
en vida sentirá una suerte de pavor que le hará huir de ella. Con lo cual no
podrá, de momento, integrarse en
-La huida le enfrentará
con otra experiencia post mortem: la
de la contemplación de aquellas entidades divinas propias de la religiosidad
que conoció más de cerca por ser la más característica del entorno
sociocultural en el que vivió. Si se identifica con ellas, si siente su esencia
similar o cercana a ellas, se quedará en este plano de la realidad metafísica.
Realidad inmaterial pero condicionada, puesto que las entidades divinas poseen
figura, forma; la de la representación que en su cultura religiosa se les da.
El Yo Superior debería de continuar, una vez
situado y anclado en este plano, el proceso de descondicionamiento total que en
vida no pudo concluir. Y lo debería de continuar para aspirar a volver a
´toparse´ con la primera experiencia de ultratumba que tuvo e integrarse, esta
vez sí, en el No-Ser.
-Si incluso no
se siente identificado con aquellas entidades divinas será porque también le
sobrecoge su cercana y embargadora presencia, ya que, en vida las adoró durante
buena parte de su existencia y no consiguió nunca del todo percibir que tan
sólo formaban parte del mundo manifestado (inmateriales, sí, pero sujetas a las
formas; esto es, condicionadas), sino que siempre llegó a considerarlas como a
las más altas jerarquías del Espíritu, por encima y más allá de las cuales no
habría nada más; por lo que siempre las acabó contemplando aduladoramente desde
una posición empequeñecida. Es por esta razón por la que emprenderá una nueva
huida y experimentará una nueva experiencia
post mortem:
-Entonces el Alma Espiritualizada de la
persona que había dejado la vida terrenal se enfrentará con sus propias
pequeñeces, con sus propios temores, miedos y limitaciones. Unas pequeñeces y
temores que no logró superar antes de la muerte y que son las que le han hecho sentir
cierto pavor ante la magnitud y la presencia de las mencionadas divinidades
(dioses, ángeles,…: todo dependiendo de la religión vivida). Sus propios
temores y miedos pueden adoptar (dependiendo de si existían en la mitología de su
entorno terrenal) la forma de dioses o diosas de aspecto monstruoso, terrible y
pavoroso.
Si consigue
sobreponerse al miedo infundido por estas imágenes aterradoras se integrará en
la dimensión de la realidad por ellas representada y continuará su proceso descondicionador para aspirar a encontrarse de nuevo con
las entidades divinas del plano superior, con el fin de identificarse con ellas
y con el posterior objetivo de continuar dicho proceso descondicionador
que le lleve nuevamente ante la presencia de
-Si no consigue
superar sus temores y miedos, si siente pavor ante la presencia de esas
divinidades de aspecto terrorífico, es señal de que el camino iniciático de
desapego que recorrió en vida dejó mucho que desear: fue poco intenso y/o poco
duradero. Pero aunque de escasa valía, por lo menos sí que experimentó un
pequeño despegue con respecto al hombre común, al hombre vulgar, al individuo
amorfo arrastrado por las pasiones y los bajos impulsos e instintos. Por lo
cual, aunque este Yo Superior deberá retornar a la existencia terrena, finita y
perecedera para transmigrar y convertirse en el alma, psique o mente de otro
individuo, tendrá el privilegio de elegir de qué embrión (a partir del que se gestará
un nuevo ser humano) formará parte. Tendrá la opción, por ejemplo, de elegir el
embrión del que se formará un individuo que -por entorno familiar, social o
vocacional- gozará de una mayor facilidad y predisposición, así como de mejores
´herramientas´ y más óptimos medios, para emprender, con ciertos visos de éxito,
el metódico y riguroso camino del desapego, de la transmutación interior y del
Despertar y de
Tras estos
comentarios vertidos a propósito de lo enunciado por el Bardo Thödol, quede claro el hecho de que son unos pocos seres
dotados de una cualificación interior especial los que llegarán a experimentar
alguna, varias o todas estas experiencias de ultratumba inherentes a la ´vía de
los dioses´ o deva-yana,
mientras que la mayoría caerán irremisiblemente en la ´vía de los antepasados´
o pitra-yana
reservada al hombre mediocre y vulgar. Remárquese de nuevo, en consecuencia, el
carácter aristocrático, antidemocrático y antiigualitario
de la consecución de la auténtica inmortalidad, de la arribada al ´paraíso´.
Recuérdese,
asimismo, que el pitra-yana sólo contempla la incorporación de las energías y
fuerzas sutiles del muerto al genio o tótem del clan al que perteneció y que
esto se debe a que la personalidad que dicho individuo fue consolidando en vida
se disolverá tras su deceso, por lo cual nadie puede (reivindicando la farsa reencarnacionista) sustentar la idea de que se puedan recordar
existencias pasadas, ya que, repetimos, la individuación (y con ella el
carácter, la personalidad adquirida, los pensamientos y la memoria) a la que un
ser humano haya llegado durante su periplo terrenal se deshace y disuelve tras
su fallecimiento.
Y, para concluir, téngase, igualmente, en
cuenta que ese Yo Superior o Alma Espiritualizada que aquel que tiene el
privilegio de transitar por el deva-yana ha ido forjando en vida es un Yo Superior que ya
durante su existencia terrena se liberó, en mayor o menor medida, de su ego (de
aquello que lo individualiza y apega a lo bajo y a lo caduco) y que, además,
tal como se ha señalado anteriormente, tras la muerte ha asistido a la
disolución de lo que pudiera quedar de su personalidad; memoria incluida. Memoria
de la que sólo una especie de sucedáneo o un tenue reflejo, inconsistente, subsiste,
como llevada por la inercia, acompañando a ese Yo Superior que (debido a no
haber logrado en vida su total desapego) comparecerá ante la presencia de
dioses de carácter ´amable´ o, tal vez, ante la de otros de signo terrorífico.
Esta especie de sombra de aquella memoria que se diluyó tras acaecer el óbito,
acabará por desaparecer irremisiblemente; también en aquel Yo Superior
–insuficientemente descondicionado- que se habrá de
convertir en el alma del embrión al que transmigre.
NOTAS
(1) Traducida al castellano bajo este
título, en 1994, por Ediciones Heracles. Escrita originariamente, en 1.934, como “Rivolta contra il mondo moderno”.
(2)
Clan, gens, sippe
o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero
referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y
eslava.
(3) Un excelente resumen de “El libro
tibetano de la muerte” se puede leer en uno de los apéndices que aparecen al
final de la obra de Evola “Lo yoga della potenza” y que lleva por título “Bardo: acciones después
de la muerte”. Libro del cual existe una versión publicada en castellano, en 1.991,
por la editorial Edaf como “El yoga tántrico”.
EDUARD
ALCÁNTARA
SEPTENTRIONIS LUX