Sumamente
sensatas han sido las manifestaciones del n° 2 de Al Qaeda, Al Zawahiri,
relativas a las declaraciones del Papa respecto del Islam. ¿Cómo es posible, se
pregunta el egipcio, que justo en el momento en el cual el “occidente
cristiano” invade y masacra a los pueblos islámicos sin que éstos lo hubiesen
atacado previamente, salvo en el hecho de no haber querido practicar la religión
democrática que éste expande coercitivamente por el mundo y en consecuencia no
quererle obsequiar su petróleo a fin de subvencionar el bienestar del “primer
mundo”, cómo es posible, se pregunta siempre, que al papa no se le ocurra otra
cosa que acusar al Islam de violento? ¿Acaso ha dicho algo en relación a la
reciente ley del parlamento norteamericano legalizando la tortura para con los
prisioneros de guerra, es decir violando abiertamente las Convenciones de
Ginebra? ¿Quién es el violento? ¿No es más repudiable la violencia del más
poderoso, más aun si éste se reputa cristiano como el mismo papa? ¿Por qué no
empieza entonces por condenar la
violencia que existe entre quienes veneran a su mismo Dios antes que hacerlo
con la de otros?
Por otro lado no puede argumentar el
papa, tal como ha hecho, respecto de la irrelevancia de sus declaraciones por
haber proferido sus conceptos sobre el Islam en un discurso académico en una
universidad de teología y no para el gran público. Debe recordar siempre que él
ya no es más simplemente el teólogo Ratzinger cuyas expresiones podían o no
afectar la doctrina de la Iglesia católica. Es Benedicto XVI cuyas
declaraciones siempre son públicas y comprometen la opinión de la
institución que preside aunque las hubiese efectuado en un cenáculo cerrado.
Pero a nuestro entender hay algo más
importante en todo esto y que escapa absolutamente a una cuestión de
ingenuidad, distracción u oportunidad. Tales declaraciones, al menos agresivas
hacia el Islam, han sido hechas ex profeso del mismo modo que el papa ex
profeso también ha evitado puntualmente disculparse por las mismas,
escudándose falsamente en el carácter irrelevante de éstas. Aquí es dable
encontrar dos razones concurrentes para explicar los motivos del pretendido
exabrupto papal. En primer lugar que Ratzinger sabía anticipadamente que iba a
despertar reacciones en su contra, tenía ante sí el ejemplo del hindú Rushdie
con lo que le sucediera con sus “Versos Satánicos” en donde también se atacaba
al Islam. En este último caso se trató de un ignoto escritor quien, gracias a
la condena a muerte recibida por parte del Ayatollah Khomeini, saltó de golpe a
la fama y sus monótonos libros se convirtieron prontamente en best sellers. El
caso del papa guarda una gran similitud. Ha logrado de este modo alcanzar un
mayor protagonismo en una época signada por una guerra de civilizaciones* en
donde la Iglesia parece tener un papel subordinado a la zaga de otros. Y
justamente porque de lo que se trata aquí es de una guerra de civilizaciones y no
de religiones, lo lamentable en este caso es constatar de qué lado se ha puesto
la Iglesia católica. Repitiendo una vez más la misma experiencia que nos
cupiera vivir a nosotros en la guerra de Malvinas, el papado romano se ha
ubicado en la misma trinchera del occidente moderno, en ese entonces
representado por Reagan y Margaret Tatcher, del mismo modo que hoy se pone del
lado de Bush y de Blair y en contra de Bin Laden y de Ahminajedad. Es decir se
enuclea del lado de aquella civilización que ha repudiado el legado de su
tradición greco-romana-católico medieval, que él en cambio debería representar
y defender, sosteniendo de esta manera un mundo de consumos superfluos, de
masas, de democracias, de materialismos como aquel en que vivimos. Así como en
nuestra epopeya malvinense el pontífice romano impulsó la paz a cualquier
precio, es decir la rendición a Gran Bretaña y la secuela democrática
consecuente que hoy padecemos los argentinos, del mismo modo es como no censuró
nunca ni condenó la invasión a Afganistán y a Saddam Hussein, de la misma
manera que a Galtieri, le aconsejó desarmarse “para no ser invadido” y para no
padecer daños mayores, facilitando así la ocupación de su país por parte de
Norteamérica. Al respecto cabe preguntarse: ¿puede haber tenido Irak un daño
mayor que la actual “democracia” con su guerra civil incluida? Y la República
Argentina: ¿podría haber conocido algo peor que aquello que nos propuso
entonces el pontífice? Y hoy, en consecuencia estricta con tal política
favorable al occidente moderno, descalifica al Islam tildándolo de irracional y
violento, con la finalidad aviesa de extender tal conflicto a un plano
religioso, cuando su violencia desde un plano moral está plenamente
justificada, pues es en defensa de su dignidad ante la invasión extranjera.
Un capítulo especial merecen
todos los actuales defensores del papa, los que pueden encontrarse en legión
sea entre la intelectualidad liberal y judaica, como entre sectores católicos
integristas de “derecha” o “nacionalistas” güelfos. En ambos casos, su apoyo es
tan incondicional, que hasta lo terminan criticando por ser demasiado bueno,
condescendiente y tibio para con el fundamentalismo pues, a pesar de haber
estado en su más pleno derecho de decir lo que quisiese sobre el Islam (olvidando
así que la opinión del papa no es una más entre otras), no ha hesitado en
buscar una reconciliación y un pretendido pedido de perdón que en realidad,
como sabemos, nunca se hizo. Por supuesto que a tales sectores poco le
preocupan las matanzas que hoy padecen los pueblos islámicos por parte del
“occidente” y sí de las pretendidas persecuciones que se harían como represalia
a los pacíficos turistas y a los misioneros europeos.
Agreguemos por último que, cuando
Ratzinger se refiere al Islam, por supuesto que lo está haciendo con su sector
fundamentalista, sea chiita como sunnita, pues el otro Islam, el de los califas
multimillonarios aliados de Norteamérica, debidamente domesticado en la
modernidad, por supuesto que no es objeto de sus ataques ya que no es
“violento”. Al respecto agreguemos que, como católicos que no nos sentimos para
nada representados por este papa ni por el anterior, no podemos menos que
felicitar sea al Ayatollah Khamenei por el lado chiita, como a Al Zawahiri, por
el sunnita de Al Qaeda, por sus respuestas mesuradas ante la provocación a fin
de no exacerbar una lucha interreligiosa totalmente inútil y estéril a la que
en cambio nos quiere conducir Ratzinger. No llamaron en ningún momento a una
venganza para con el papa, sino que simplemente pusieron el acento en su
incompostura y en su doble discurso. En todo el mundo islámico la única
reacción repudiable ha sido en Somalia en donde se mató a una monja católica,
pero en seguida las Cortes Islámicas, expresión de Al Qaeda que gobiernan tal
país, repudiaron el hecho.