Hemos sido saturados en los últimos días con una
propaganda partisana producida por la izquierda verborrágica, hoy en el
gobierno, en contra del denominado Proceso de Reorganización Nacional al que,
entre sus demonizaciones múltiples, se le ha endilgado haber representado un
régimen de “derecha” y, como consecuencia de ello, se ha hecho acreedor de
todos los anatemas que se suelen lanzar en contra de tal postura, tales como
represor, intolerante, discriminador, genocida, etc. Y en la medida que es
cierto que el denominado Proceso no ha sido exitoso y que junto a los
“desaparecidos” ha producido situaciones de catástrofe como la económica con
Martínez de Hoz, así como la derrota militar de Malvinas, la consecuencia que
suele recabarse es que todo lo que sea derecha es malo y en cambio la izquierda
representaría algo bueno y superior, así como el camino alternativo para
solucionar los graves problemas que siempre crea su antagonista.
En el contexto de todas las pruebas que se lanzan hoy en
día a la palestra en abono de tal postura nos hemos cansado de escuchar que la
cultura de izquierda y progresista fue perseguida crudamente durante tal
gobierno y que en cambio la derecha fue la que usufructuó de los espacios
culturales, a diferencia de lo que hoy en día sucede. Nosotros, que vivimos en
esa época en el ámbito académico y educativo, podemos dar pruebas objetivas de
que no fue así en manera alguna, sino todo lo contrario. Para ello acudiré a mi
experiencia personal con la esperanza de que la misma pueda servir en algún
momento como un aporte para en un mañana efectuar un estudio esclarecedor y
serio sobre la situación cultural en la época del Proceso Militar. En ese
entonces me desempeñaba como Profesor adjunto en la cátedra de Int. a la
Filosofía para la carrera de Psicología en la Universidad de Buenos Aires. En
abril de 1976, cuando estaba por iniciarse el ciclo lectivo, tras haber sido
intervenido dicho centro de estudios a raíz del golpe de Estado y al haberse
puesto al frente de tal carrera a un capitán de navío, fui abruptamente
removido del cargo por razones que nunca se me explicaron. Pero curiosamente
ello no sucedió con todos los demás miembros de la cátedra y además las
cesantías no se produjeron precisamente con izquierdistas, ya que en mi caso
particular no lo era, sino que a éstos, que compartían también conmigo la tarea
educativa, en cambio se los mantuvo en la función. Puedo testimoniar aquí la
presencia del entonces ayudante de cátedra, Santiago Kovadloff, ya en aquella
época un renombrado intelectual de origen judío (1) y de izquierda y hoy
convertido en un tenaz crítico del Proceso, al cual no se lo removió en ningún
momento de sus funciones, sino que fue confirmado en la cátedra. Y podría citar
muchos más casos. Por ejemplo, quien había sido director del departamento de
Filosofía durante el período en que la Universidad estuvo bajo el control del
Movimiento marxista Montoneros, y cuyo apellido era Cordero, fue mantenido en
sus funciones docentes sin sufrir ni desaparición ni persecución alguna. Cuando
consulté con profesores afines al gobierno del Proceso por qué razón se
mantenía a tantos marxistas en las universidades, se me contestó con un
argumento increíblemente infantil. Según ellos una cosa era el marxista
guerrillero y otra muy distinta el intelectual. Desde mi punto de vista el
segundo, en tanto tenía contacto permanente con la juventud, era más peligroso
que el primero.
Obligado por el régimen militar a desempeñarme en la
docencia secundaria, no terminé tampoco allí de sorprenderme. En dos
circunstancias pude comprobar que en la materia Psicología se daba como
bibliografía principal el texto de José Bleger, Psicología de la conducta,
en donde el autor, reconocido marxista y promotor del psicoanálisis freudiano,
además de negar expresamente la existencia de una dimensión metafísica en el
hombre, basaba muchos de sus capítulos en reflexiones sobre la obra de Mao tse
tung, A propósito de las contradicciones. Por supuesto que tales
ejemplos se podrían multiplicar por centenares. La realidad es que en ningún
momento dicho gobierno promovió un movimiento cultural en contra del marxismo,
sino todo lo contrario, lo cobijó permanentemente en su seno siempre y
cuando no se manifestara abiertamente por la guerrilla. Y tal como decía Mao,
la dialéctica incluye una pluralidad de frentes de combate, algunos de ellos
hasta contradictorios entre sí. Pero lo más asombroso del caso fue constatar
que como filosofía educativa se promovían los textos de un autor modernista
cristiano, Víctor García Hoz, cuyo lema principal era la instauración de la
democracia y la autodisciplina en la escuela, objetivos que en la actualidad no
solamente han alcanzado vigencia plena, sino incluso su más deletérea
aplicación. (2)
La inclusión de tal pedagogía, a cuya réplica recuerdo que
le dediqué un artículo en la revista católica Verbo, era perfectamente
coherente con la línea política principal implementada por tal movimiento y
explicaba también las razones por las cuales se me excluyera de la enseñanza
universitaria desde ese entonces. Como muy bien ha recordado recientemente la
DAIA, en su informe anual sobre el antisemitismo en la Argentina, el suscripto,
junto al finado Ricardo Curutchet, “estaba entre los redactores de la revista
de derecha Cabildo”(3). Justamente fue esa publicación la que criticara
la orientación liberal que había asumido el movimiento militar, especialmente
bajo las orientaciones de sendos presidentes, Videla y Viola. A nivel económico
se había aplicado el más crudo librecambismo con Martínez de Hoz que destruyera
nuestro aparato productivo, pero a nivel político el Proceso era también y
coherentemente liberal en tanto señalaba en modo explícito que su meta
principal era el restablecimiento de “una democracia sana y estable” en razón
de la enferma y caótica que se viviera durante la época de Isabel Perón y López
Rega. Se manifestaba que, cuando se hubiese restablecido la salud en el cuerpo
social, volverían a regir las instituciones republicanas y democráticas. Es
decir que se retornaría a la situación anterior que había sido la causa
principal de la decadencia argentina. Como además los mismos políticos días
antes del golpe habían manifestado su incapacidad por adoptar medidas
excepcionales para sanear la situación de anarquía que en ese entonces se
vivía, el Proceso militar pudo justificarse así como un remedo del estado de
sitio que figura en la misma Constitución, esto es un estado de excepción que se
instauraba en forma provisoria hasta que se restableciera la normalidad. Hoy en
día, al haberse “saneado” la democracia, los objetivos del Proceso se
encuentran plenamente cumplidos. La revista Cabildo sostenía en cambio
que, en vez de un “Proceso”, el país necesitaba una Revolución que
acabara en sus raíces con el mal democrático, de allí que fuera clausurada por
el mismo y que quienes sostuviésemos tales principios no se reputara
conveniente que enseñáramos, a diferencia de los marxistas que, como bien sabíamos,
y ahora lo comprobamos cada día mejor, en el fondo eran “democráticos”.
Lo manifestado hasta aquí niega rotundamente que el
Proceso haya sido de derecha. En la medida que sostuvo en sus principios
esenciales la democracia y consecuentemente con ello el dogma de la soberanía
del pueblo, fue lisa y llanamente un movimiento de izquierda.
Lamentablemente en la época actual, caracterizada entre otros por los
desórdenes semánticos, se ha impuesto, en función de las circunstancias
históricas cambiantes, la costumbre de relativizar todos los conceptos, entre
ellos los de izquierda y de derecha. Así pues el liberalismo, ideología que
hiciera la Revolución Francesa y que fuera caracterizado en su época y se
proclamara a sí mismo como de izquierda, luego, con el surgimiento del
socialismo, perdió la propiedad de tal calificativo cabiéndole desde entonces
caprichosamente la denominación de “derecha”, aun sin haber modificado en
ningún momento sus puntos de vista esenciales. Con el comunismo pasó algo
parecido respecto del socialismo reformista y el mismo régimen soviético fue
luego designado también como “de derecha” por los movimientos renovadores
surgidos en su seno, representando ellos en vez en lo sucesivo “la izquierda”.
Para nosotros en cambio tales conceptos no poseen valor
relativo o histórico, sino absoluto y meta-histórico. Ser de derecha
significa sostener en cualquier tiempo y lugar el principio de la desigualdad y
por lo tanto negar el dogma de la soberanía popular, esto es la democracia,
sustentando en cambio la soberanía del Estado con respecto a la nación y al
pueblo, cosa que en ningún momento hizo el Proceso, sino lo contrario. Por lo
cual fue sin lugar a dudas un movimiento de izquierda y las afinidades
electivas acontecidas en el ámbito de la cultura y la educación no fueron el
producto de una confusión o ignorancia, sino un acto de plena coherencia con
los postulados modernos y “democráticos” en que se sustentó (4).
1- Es bueno
recordarles también a quienes pretenden equiparar al régimen del Proceso con el
antisemitismo (entre ellos la misma DAIA) que una de las primeras medidas
represivas efectuadas por tal gobierno fue la clausura de la editorial nazi Milicia.
2- Esta actitud
de tolerancia hacia el marxismo explica en gran medida la postura asumida por
su institución decana en la Argentina, el Partido Comunista, para el cual, de
acuerdo a su dictamen del Comité Central de Abril de 1976, el General Videla
era “un militar democrático y progresista”.
3- Corrigiendo
lo afirmado por la DAIA, queremos manifestar que nuestra pública participación
en tal revista se remonta a partir de las postrimerías del Proceso, entre 1983
y 1989, cuando consideramos necesario, ante el grado de catástrofe mayor por el
que se adentraba la Argentina, (lo que lamentablemente no pudo detenerse)
ofrecer nuestro aporte periodístico de esclarecimiento.
4- Queremos
agregar que el denominado Proceso, que realizara su postulado esencial de
reimplantar en el país una “democracia sana”, hoy en día continúa cumpliendo
involuntariamente con su función. Ante el notorio fracaso de la Argentina
actual, el pasado régimen militar sigue brindando una justificación respecto de
por qué no hemos sido exitosos: ello habría sido en razón de sus traumáticos
genocidios y descalabros sociales, “cuyas secuelas aun siguen viviéndose”.
Baste para ello observar toda la propaganda propalada por los medios de prensa
condenando ese “período negro” de nuestra historia. De su análisis se
desprendería que, de no haber existido dicha circunstancia, muy distintas
habrían sido las cosas. Se olvida así lo obvio de que, mientras el último
período militar duró apenas siete años, la larga noche democrática ya lleva 23.
Marcos
Ghio
Buenos Aires, 24-03-06