24 de marzo de 1976

UN “PROCESO” DE IZQUIERDA

 

 

Hemos sido saturados en los últimos días con una propaganda partisana producida por la izquierda verborrágica, hoy en el gobierno, en contra del denominado Proceso de Reorganización Nacional al que, entre sus demonizaciones múltiples, se le ha endilgado haber representado un régimen de “derecha” y, como consecuencia de ello, se ha hecho acreedor de todos los anatemas que se suelen lanzar en contra de tal postura, tales como represor, intolerante, discriminador, genocida, etc. Y en la medida que es cierto que el denominado Proceso no ha sido exitoso y que junto a los “desaparecidos” ha producido situaciones de catástrofe como la económica con Martínez de Hoz, así como la derrota militar de Malvinas, la consecuencia que suele recabarse es que todo lo que sea derecha es malo y en cambio la izquierda representaría algo bueno y superior, así como el camino alternativo para solucionar los graves problemas que siempre crea su antagonista.

En el contexto de todas las pruebas que se lanzan hoy en día a la palestra en abono de tal postura nos hemos cansado de escuchar que la cultura de izquierda y progresista fue perseguida crudamente durante tal gobierno y que en cambio la derecha fue la que usufructuó de los espacios culturales, a diferencia de lo que hoy en día sucede. Nosotros, que vivimos en esa época en el ámbito académico y educativo, podemos dar pruebas objetivas de que no fue así en manera alguna, sino todo lo contrario. Para ello acudiré a mi experiencia personal con la esperanza de que la misma pueda servir en algún momento como un aporte para en un mañana efectuar un estudio esclarecedor y serio sobre la situación cultural en la época del Proceso Militar. En ese entonces me desempeñaba como Profesor adjunto en la cátedra de Int. a la Filosofía para la carrera de Psicología en la Universidad de Buenos Aires. En abril de 1976, cuando estaba por iniciarse el ciclo lectivo, tras haber sido intervenido dicho centro de estudios a raíz del golpe de Estado y al haberse puesto al frente de tal carrera a un capitán de navío, fui abruptamente removido del cargo por razones que nunca se me explicaron. Pero curiosamente ello no sucedió con todos los demás miembros de la cátedra y además las cesantías no se produjeron precisamente con izquierdistas, ya que en mi caso particular no lo era, sino que a éstos, que compartían también conmigo la tarea educativa, en cambio se los mantuvo en la función. Puedo testimoniar aquí la presencia del entonces ayudante de cátedra, Santiago Kovadloff, ya en aquella época un renombrado intelectual de origen judío (1) y de izquierda y hoy convertido en un tenaz crítico del Proceso, al cual no se lo removió en ningún momento de sus funciones, sino que fue confirmado en la cátedra. Y podría citar muchos más casos. Por ejemplo, quien había sido director del departamento de Filosofía durante el período en que la Universidad estuvo bajo el control del Movimiento marxista Montoneros, y cuyo apellido era Cordero, fue mantenido en sus funciones docentes sin sufrir ni desaparición ni persecución alguna. Cuando consulté con profesores afines al gobierno del Proceso por qué razón se mantenía a tantos marxistas en las universidades, se me contestó con un argumento increíblemente infantil. Según ellos una cosa era el marxista guerrillero y otra muy distinta el intelectual. Desde mi punto de vista el segundo, en tanto tenía contacto permanente con la juventud, era más peligroso que el primero.

Obligado por el régimen militar a desempeñarme en la docencia secundaria, no terminé tampoco allí de sorprenderme. En dos circunstancias pude comprobar que en la materia Psicología se daba como bibliografía principal el texto de José Bleger, Psicología de la conducta, en donde el autor, reconocido marxista y promotor del psicoanálisis freudiano, además de negar expresamente la existencia de una dimensión metafísica en el hombre, basaba muchos de sus capítulos en reflexiones sobre la obra de Mao tse tung, A propósito de las contradicciones. Por supuesto que tales ejemplos se podrían multiplicar por centenares. La realidad es que en ningún momento dicho gobierno promovió un movimiento cultural en contra del marxismo, sino todo lo contrario, lo cobijó permanentemente en su seno siempre y cuando no se manifestara abiertamente por la guerrilla. Y tal como decía Mao, la dialéctica incluye una pluralidad de frentes de combate, algunos de ellos hasta contradictorios entre sí. Pero lo más asombroso del caso fue constatar que como filosofía educativa se promovían los textos de un autor modernista cristiano, Víctor García Hoz, cuyo lema principal era la instauración de la democracia y la autodisciplina en la escuela, objetivos que en la actualidad no solamente han alcanzado vigencia plena, sino incluso su más deletérea aplicación. (2)

La inclusión de tal pedagogía, a cuya réplica recuerdo que le dediqué un artículo en la revista católica Verbo, era perfectamente coherente con la línea política principal implementada por tal movimiento y explicaba también las razones por las cuales se me excluyera de la enseñanza universitaria desde ese entonces. Como muy bien ha recordado recientemente la DAIA, en su informe anual sobre el antisemitismo en la Argentina, el suscripto, junto al finado Ricardo Curutchet, “estaba entre los redactores de la revista de derecha Cabildo”(3). Justamente fue esa publicación la que criticara la orientación liberal que había asumido el movimiento militar, especialmente bajo las orientaciones de sendos presidentes, Videla y Viola. A nivel económico se había aplicado el más crudo librecambismo con Martínez de Hoz que destruyera nuestro aparato productivo, pero a nivel político el Proceso era también y coherentemente liberal en tanto señalaba en modo explícito que su meta principal era el restablecimiento de “una democracia sana y estable” en razón de la enferma y caótica que se viviera durante la época de Isabel Perón y López Rega. Se manifestaba que, cuando se hubiese restablecido la salud en el cuerpo social, volverían a regir las instituciones republicanas y democráticas. Es decir que se retornaría a la situación anterior que había sido la causa principal de la decadencia argentina. Como además los mismos políticos días antes del golpe habían manifestado su incapacidad por adoptar medidas excepcionales para sanear la situación de anarquía que en ese entonces se vivía, el Proceso militar pudo justificarse así como un remedo del estado de sitio que figura en la misma Constitución, esto es un estado de excepción que se instauraba en forma provisoria hasta que se restableciera la normalidad. Hoy en día, al haberse “saneado” la democracia, los objetivos del Proceso se encuentran plenamente cumplidos. La revista Cabildo sostenía en cambio que, en vez de un “Proceso”, el país necesitaba una Revolución que acabara en sus raíces con el mal democrático, de allí que fuera clausurada por el mismo y que quienes sostuviésemos tales principios no se reputara conveniente que enseñáramos, a diferencia de los marxistas que, como bien sabíamos, y ahora lo comprobamos cada día mejor, en el fondo eran “democráticos”.

Lo manifestado hasta aquí niega rotundamente que el Proceso haya sido de derecha. En la medida que sostuvo en sus principios esenciales la democracia y consecuentemente con ello el dogma de la soberanía del pueblo, fue lisa y llanamente un movimiento de izquierda. Lamentablemente en la época actual, caracterizada entre otros por los desórdenes semánticos, se ha impuesto, en función de las circunstancias históricas cambiantes, la costumbre de relativizar todos los conceptos, entre ellos los de izquierda y de derecha. Así pues el liberalismo, ideología que hiciera la Revolución Francesa y que fuera caracterizado en su época y se proclamara a sí mismo como de izquierda, luego, con el surgimiento del socialismo, perdió la propiedad de tal calificativo cabiéndole desde entonces caprichosamente la denominación de “derecha”, aun sin haber modificado en ningún momento sus puntos de vista esenciales. Con el comunismo pasó algo parecido respecto del socialismo reformista y el mismo régimen soviético fue luego designado también como “de derecha” por los movimientos renovadores surgidos en su seno, representando ellos en vez en lo sucesivo “la izquierda”.

Para nosotros en cambio tales conceptos no poseen valor relativo o histórico, sino absoluto y meta-histórico. Ser de derecha significa sostener en cualquier tiempo y lugar el principio de la desigualdad y por lo tanto negar el dogma de la soberanía popular, esto es la democracia, sustentando en cambio la soberanía del Estado con respecto a la nación y al pueblo, cosa que en ningún momento hizo el Proceso, sino lo contrario. Por lo cual fue sin lugar a dudas un movimiento de izquierda y las afinidades electivas acontecidas en el ámbito de la cultura y la educación no fueron el producto de una confusión o ignorancia, sino un acto de plena coherencia con los postulados modernos y “democráticos” en que se sustentó (4).

 

 

1- Es bueno recordarles también a quienes pretenden equiparar al régimen del Proceso con el antisemitismo (entre ellos la misma DAIA) que una de las primeras medidas represivas efectuadas por tal gobierno fue la clausura de la editorial nazi Milicia.

2- Esta actitud de tolerancia hacia el marxismo explica en gran medida la postura asumida por su institución decana en la Argentina, el Partido Comunista, para el cual, de acuerdo a su dictamen del Comité Central de Abril de 1976, el General Videla era “un militar democrático y progresista”.

3- Corrigiendo lo afirmado por la DAIA, queremos manifestar que nuestra pública participación en tal revista se remonta a partir de las postrimerías del Proceso, entre 1983 y 1989, cuando consideramos necesario, ante el grado de catástrofe mayor por el que se adentraba la Argentina, (lo que lamentablemente no pudo detenerse) ofrecer nuestro aporte periodístico de esclarecimiento.

4- Queremos agregar que el denominado Proceso, que realizara su postulado esencial de reimplantar en el país una “democracia sana”, hoy en día continúa cumpliendo involuntariamente con su función. Ante el notorio fracaso de la Argentina actual, el pasado régimen militar sigue brindando una justificación respecto de por qué no hemos sido exitosos: ello habría sido en razón de sus traumáticos genocidios y descalabros sociales, “cuyas secuelas aun siguen viviéndose”. Baste para ello observar toda la propaganda propalada por los medios de prensa condenando ese “período negro” de nuestra historia. De su análisis se desprendería que, de no haber existido dicha circunstancia, muy distintas habrían sido las cosas. Se olvida así lo obvio de que, mientras el último período militar duró apenas siete años, la larga noche democrática ya lleva 23.

 

                               

                                                                                                                        Marcos Ghio

Buenos Aires, 24-03-06

 

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