por Marcos Ghio
La
reciente y amistosa visita del presidente Kirchner a los Estados Unidos y su
tranquilizadora respuesta a Bush en el sentido de que no se preocupara por el
izquierdismo que él vislumbra en nuestro Continente, con los progresistas Lula,
Lagos y el populista Chávez en el poder, ya que en su caso él era por sobre
todas las cosas un peronista, debería llamarnos a más de una reflexión.
Esta
circunstancia me recuerda cuando años atrás, hallándome en España y ante la
sorpresa de algunos respecto de por qué Menem, que era peronista podía haberlo
privatizado todo y además haber dicho que se encontraba en relaciones carnales
con los Estados Unidos, contesté que ello no era para nada sorprendente, sino
que justamente porque él era peronista esas cosas sucedían. Y aquí hay que
resaltar también que cuando el peronismo se manifiesta, tal como lo hace ahora,
como un movimiento que no es ni de izquierdas ni de derechas, está diciendo
estrictamente lo correcto. Nos está manifestando no solamente que se trata de
un nucleamiento político que se encuentra por encima de las ideologías, sino
más aun, de los mismos principios y en función en cambio de meros intereses.
Desde tal perspectiva las ideologías y plataformas programáticas sirven y son
utilizables sólo en la medida en que cumplen con el interés buscado. Perón por
ejemplo, cuando quiso alzarse con el poder, no tuvo escrúpulo alguno en armar
una guerrilla izquierdista, la que posteriormente habría de generar tanta
violencia en el país, que casi hasta da cuenta de su misma vida. De la misma
manera que a Menem no le preocupó en lo más mínimo aliarse con Norteamérica en
contra de Irak y hasta mandar tropas al país invadido, a pesar de que en la
plataforma de su movimiento figuraba como principio la “Tercera Posición”. Es
decir que en todos los casos de lo que prioritariamente se trata es de alcanzar
el éxito político, conquistar el poder, más allá del cumplimiento o no de
cualquier principio que trascienda la mera circunstancia. Este fenómeno, que no
es exclusivo de este movimiento, ha recibido a lo largo de la historia
diferentes denominaciones, tales como pragmatismo, maquiavelismo o más
vulgarmente, oportunismo, sin embargo ha sido una constante en el peronismo en
sus más diferentes manifestaciones y todas las veces en que le ha tocado
gobernar. Pero sería errado tanto atribuírselo exclusivamente a los peronistas,
así como excluir del mismo al fundador de tal movimiento y sostener, como dicen
neciamente algunos, que ha sido meramente un vicio de sus seguidores que han
desvirtuado el mensaje sustancialmente nacionalista de su fundador. En este
último caso creemos que vale aquí la misma actitud que manifestara años atrás
Solzhyenitzin al referirse al comunismo ruso. Era para él errado detener las
críticas meramente en la figura de Stalin, había que llegar hasta Lenin y
Trotsky, y hasta el mismo Marx, es decir a los fundadores de tal movimiento.
Sólo de esta manera era posible combatirlo con éxito develando su carácter de
anomalía histórica porque resultaba inútil y hasta contraproducente luchar
contra los efectos si no somos capaces de remontarnos a las causas. Así pues
cuando por ejemplo Perón sostiene el famoso apotegma de que “la realidad es la
única verdad” está sentando las bases del oportunismo político que tendrá su
movimiento a lo largo de toda su historia y que todos sus distintos exponentes
han ido desarrollando en mayor o menor medida. Él con esta simple frase nos
está queriendo decir que hay que marchar al ritmo de las circunstancias, que
debemos subordinar cualquier principio al devenir histórico, que no existe
verdad alguna que se encuentre afuera del mismo. Justamente lo mismo que hacía
Menem cuando predicaba las relaciones carnales con el que había ganado la
batalla en 1989, pues representaba la única manera de como nos iba a ir bien.
En
segundo lugar digamos también que esto no ha sido un invento tampoco de Perón
en nuestra política vernácula, sino que representa el desarrollo y plasmación
de una línea de pensamiento de viejo alcance. Los defensores a ultranza del
peronismo no se han cansado de indicarnos que el mismo se trata de un
nacionalismo. Digamos que también ello es cierto, ya que consideramos que no
todo nacionalismo es bueno. Recordemos que el nacionalismo recibió un severo
impulso y sustento con la Revolución Francesa e informó a todos los movimientos
antitradicionales habidos en el Occidente que subordinaban los principios de
tal civilización a los intereses de la propia nación, permitiendo así disolver
la unidad espiritual de aquella. Dicho nacionalismo es pues burgués,
relativista y oportunista y rechaza a Norteamérica y a Inglaterra, no por los
principios que los mismos sustentan, sino simplemente porque han sido las
naciones ganadoras y exitosas en lugar nuestro. Por lo cual el mismo sostiene
que lejos de oponernos a ellas en sus fundamentos, por el contrario, habría que
imitarlas en su conducta. El historiador Julio Irazusta, de extracción
nacionalista, por ejemplo solía citar aquella famosa frase de un ministro
británico cuando afirmaba que “en materia de política internacional, Inglaterra
no tiene principios, sino simplemente intereses”, pero no se refería a ella
porque estuviera mal, sino porque no habíamos sido nosotros capaces de
hacerlo. Y al respecto criticaba la conducta asumida por Argentina en la
guerra del Pacífico entre Chile y Perú, cuando nuestra nación, en aras de
sostener principios éticos superiores, postergaba su discusión con el primer
país por cuestiones limítrofes hasta que se terminara la guerra, “por no querer
aprovecharse de las circunstancias”. Decía al respecto dicho autor que de esta
forma, en aras de un principio abstracto, se subordinaba la defensa del interés
nacional y concreto. Es decir, tal como sostiene el actual peronismo, por
encima de los principios se encuentran los intereses y la conveniencia de la
propia nación y movimiento.
Irazusta
también hacía notar como los ingleses utilizaban las ideologías con una
finalidad oportunista. Así pues, mientras que ellos promovían la libertad de
comercio en los países sometidos, en el propio en cambio practicaban el
proteccionismo. Es decir una vez más la ideología sirve en función de un
interés. Es como una cobertura que se utiliza para engañar y hacer triunfar la
propia perspectiva. En el fondo Bush, conocedor de este estilo, debe haber
recordado cómo Menem que se declaraba en idilio con su nación imperial, sin
embargo había cedido su petróleo y servicios públicos a empresas europeas,
quitándole a Norteamérica las posibilidades de participar de los “negocios” en
la Argentina. El “montonero” Kirchner, sin hablarnos de carnalidad y hasta repudiando
tal concepto, ha maltratado a los empresarios europeos y en cambio ha ensalzado
a los inversionistas norteamericanos. Admirado pues por la prestancia peronista
del nuevo presidente argentino, Bush le habría preguntado qué planes tenía para
paralizar a la izquierda en sus afanes “antiimperialistas”, justo en momentos
en que se acercan las “negociaciones con el Fondo”. Al respecto Kirchner le
habría contestado recordándole la famosa “teoría de los anticuerpos”, aprendida
de su maestro. Utilizar las ideologías para que se entretengan entre sí en una
lucha interna desgastante y así se las inutiliza respecto de lo esencial. Para
ello se hará alharaca respecto de los procesos y extradiciones a militares
septuagenarios por “delitos” cometidos hace 30 años, para de esta manera tener
a la opinión pública perfectamente distraída.
Pero
convengamos que las amplias sonrisas de Bush aparecidas en las fotos también lo
eran porque ese mismo día le habían confirmado que sus soldados habían logrado
matar a los hijos de Saddam, quienes antes de rendirse, lucharon hasta morir.
Los hijos de Perón en cambio son otra cosa.
Buenos
Aires, 27-07-03