“Pronto ardió la nafta que
habían echado sobre las puertas. Entraron en tumulto, gritando. Arrastraron
bancos contra las puertas y la hoguera creció. Otros llevaban reclinatorios,
imágenes y bancos a la calle. La llovizna caía indiferente y frígida. Echaron
nafta y la madera ardió furiosamente, en medio de las heladas ráfagas.
Gritaron, sonaron tiros por ahí, algunos corrían, otros se refugiaban en los
zaguanes de enfrente, contra las paredes, fascinados por el fuego y el pánico.
Alguien alzó en sus brazos una imagen de la Virgen e iba a arrojarla entre las
llamas. Otro, un muchacho obrero, aindiado, gritó: “¡Dámela! ¡No la quemes...
que me hago de unos pesos!”.... Una mujer rubia y alta, con el pelo suelto y
desgreñado, con un hachón de bronce que manejaba a manera de bastón, arrastraba
un bolsa que llenaba con imágenes y objetos de culto... mientras se abría paso, la muchachada le
gritaba porquerías, le tiraba tizones encendidos y se reía, tratando de
manosearla. En otro extremo una mujer aindiada, con un gran palo vigilaba y
atizaba el fuego, como un gigantesco asado. Ahora se levantaban grandes
llamaradas de la curia: ardían los papeles, los registros. Un hombre de
chambergo, morocho, reía histéricamente y tiraba piedras, cascotes, pedazos de
pavimento”.
Ernesto Sabato, Sobre héroes
y tumbas, pg. 250.
El texto de Sabato que acabamos de reproducir representa un
relato testimonial de uno de los hechos más aberrantes de la historia argentina
cual fuera el incendio de la Curia metropolitana, el que fuera acompañado
además por el de otros importantes templos católicos ubicados en el casco
histórico de la ciudad de Buenos Aires y de lo cual hace poco se cumplieron
cincuenta años sin que por supuesto ningún medio de prensa significativo le
prestara mayor atención.
Mucho se ha hablado del conflicto que surgiera entre el gobierno
de Perón y la Iglesia católica aunque no siempre se ha sabido dar adecuadamente
con las causas del mismo. Así pues si por el lado de los exegetas del peronismo
se ha acentuado en ciertos malentendidos acontecidos entre Perón y la Iglesia,
así como en la perseverancia güelfa y política de esta última, para absolver a
la figura de su líder, por el otro, quienes no pertenecen a tal movimiento, han
encontrado las razones del conflicto en circunstancias puramente secundarias.
Así pues el historiador Robert Potash, en sus muy nutridos estudios sobre el
peronismo, luego de corroborar el hecho de que Perón perteneció a una revolución
que levantó al catolicismo como una bandera reivindicatoria y que implantó la
enseñanza de tal religión en las escuelas, considera como un conflicto de
carácter estrictamente personal el que aconteciera entre Perón y la Iglesia.
Las razones las encontraría en una cierta vida licenciosa en la que el mismo
habría incurrido luego de la muerte de su consorte acontecida en 1952. Digamos
rápidamente, que aun aceptando la existencia de la misma, en ningún momento de
la historia la Iglesia ha encontrado en tales circunstancias las causas de un
conflicto con el poder político. Es más, por lo general ha tolerado la
existencia de ciertas debilidades en los gobernantes, siempre y cuando los
mismos promovieran desde sus funciones a la religión católica.
Queda por lo tanto hacerse la pregunta fundamental. ¿El conflicto
entre Perón y la Iglesia católica estuvo motivado por razones puramente
políticas y de circunstancia como manifiestan tanto autores peronistas como
otros que no lo son o en cambio se debió a un antagonismo de fondo que Perón
tenía con el catolicismo? Como consideramos esta segunda razón como valedera,
tal como lo esbozáramos en un anterior artículo en donde resaltamos el carácter
moderno y antitradicional de Perón, trataremos de ampliar nuestra argumentación.
Para ello hagamos una breve alusión a lo que consideramos como
elemento esencial al juzgar lo relativo al catolicismo. Julius Evola entre
otros autores ha diferenciado entre este último y el simple cristianismo.
Mientras que el primero se caracteriza por considerar la primacía de lo sagrado
y trascendente por encima de lo meramente temporal y social, el simple
cristianismo, dentro de cuyo contexto se ubican tanto diferentes expresiones
del protestantismo como del catolicismo modernista y secularizado, considera a
la religión como la expresión más sublime de aquello que es meramente humano y
moral. Así pues para este último el mensaje cristiano se reduce a una mera
tarea de asistencialismo social, tal como se expresa hoy nítidamente en las
vertientes tercermundistas de la Iglesia en su tan exaltada “opción por los
pobres”.
Ahora bien, yendo al fenómeno peronista podemos decir que
mientras que Potash dijera que el conflicto con la Iglesia se acentuara tras la
muerte de Eva Perón, la “abanderada de los humildes”, podemos decir sin lugar a
duda alguna que el mismo surgió de mucho antes y que se incentivara
especialmente durante la vida de ésta. Así pues es justamente en la obra Eva
Perón La razón de mi vida donde se encuentran las críticas más duras a
la Iglesia católica, a la que se acusa de haber olvidado los principios del
cristianismo, habiendo constituido una religión de ricos y no de pobres y
olvidados como en cambio lo sería el peronismo que significaba por contraste un
“cristianismo vivido”, mientras que el Vaticano es en cambio equiparado con los
distintos centros del poder mundial. A esa reivindicación del cristianismo en
contraposición con el catolicismo se le asocian otras circunstancias no
menores. Por un lado el nombramiento efectuado en 1950 del reconocido masón
anticlerical Méndez de San Martín como ministro de Educación el cual con suma
habilidad, en vez de derogar la enseñanza de la religión católica de las
escuelas, sustituyó a los sacerdotes encargados de impartirla por docentes
laicos a fin de que enseñaran el “cristianismo popular”, “justicialista”, es
decir secular y moderno más afín con la masonería.
Pero el influjo moderno, del cual la masonería ha sido siempre la
gran impulsora en todos los frentes, no solamente se lo verá a nivel socio-político
como en el caso antes aludido, sino en un ataque directo dirigido hacia los
dogmas más sagrados de nuestra religión. Así pues no debería llamar la atención
el auge que durante tal período tuvieran por un lado los movimientos
pentecostales con el conocido vidente yanqui Mr. Hicks ocupando espacios
importantes de poder, así como la Escuela Científica Basilio, una rama
importante del espiritismo que creciera vertiginosamente bajo tal gobierno, la
que también en 1950 convocara a un acto bajo el lema de “Jesús no es Dios” y
“El espíritu se ve”. Lo significativo del caso es que tal acto contó con la
adhesión expresa del presidente de la República y de su señora esposa.
Indudablemente algo sumamente más grave para un gobernante que se proclamaba
católico que lo que hoy en día acontece con las diatribas de su actual heredero
Kirchner en contra del obispo Baseotto, lo cual es apenas una tibia secuela de
una misma orientación. Es de recordar al respecto las notas que Julio
Meinvielle dirigiera en contra de tales increíbles adhesiones. Basándose en el
texto de René Guénon, no traducido al castellano, El error espiritista,
demostraba el carácter moderno de tal movimiento que pretendía con
procedimientos propios de una ciencia dirigida hacia realidades puramente físicas
tratar de explicar fenómenos pertenecientes a otra dimensión, de carácter
estrictamente metafísico. En tales textos el ilustre sacerdote descree que
Perón adhiera íntimamente a tal aberración. La posterior cercanía e influencia
de López Rega en sus últimos tiempos, declarado exponente de tal doctrina, así
como su adhesión a extrañas sectas heresiarcas como la Iglesia Católica
Americana, uno de cuyos “obispos” bendijera las instalaciones del fallido
“Altar de la Patria”, ratificarían todo lo contrario. Espiritismo y
cristianismo secularizado tienen en común la negación de la trascendencia y por
lo tanto ratifican el carácter moderno de Perón para quien la quema de Iglesias
y de la Curia no deben haber representado en manera alguna delitos dirigidos en
contra del más allá.
Marcos Ghio
Buenos
Aires, 30-12-05