EL PEOR DE LOS SISTEMAS POSIBLES
por José Ortega y Gasset
La época en que la democracia era un
sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama
democracia es una degeneración de los corazones.
A Nietzsche debemos el descubrimiento del mecanismo que funciona en la
conciencia pública degenerada: le llamó ressentiment. Cuando un hombre se
siente a sí mismo inferior por carecer de ciertas calidades —inteligencia o
valor o elegancia— procura indirectamente afirmarse ante su propia vista
negando la excelencia de esas cualidades. Como ha indicado finalmente un
glosador de Nietzsche, no se trata del caso de la zorra y las uvas. La zorra
sigue estimando como lo mejor la madurez en el fruto, y se contenta con negar
esa estimable condición a las uvas demasiado altas. El "resentido" va
más allá: odia la madurez y prefiere lo agraz. Es la total inversión de los
valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y
en su lugar triunfa lo inferior.
El hombre del pueblo suele o solía tener una sana capacidad admirativa. Cuando
veía pasar una duquesa, en su carroza se extasiaba, y le era grato cavar la
tierra de un planeta donde se ven, por veces, tan lindos espectáculos
transeúntes. Admira y goza el lujo, la prestancia, la belleza, como admiramos
los oros y los rubíes con que solemniza su ocaso el Sol moribundo. ¿Quién es
capaz de envidiar el áureo lujo del atardecer? El hombre del pueblo no se
despreciaba a sí mismo: se sabía distinto y menor que la clase noble; pero no
mordía su pecho el venenoso "resentimiento". En los comienzos de la
Revolución francesa una carbonera decía a una marquesa: "Señora, ahora las
cosas van a andar al revés: yo iré en silla de manos y la señora llevará al
carbón." Un abogadete "resentido" de los que hostigaban al
pueblo hacia la revolución, hubiera corregido: "No, ciudadana: ahora vamos
a ser todos carboneros."
Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas, y casi siempre con
razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre
los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de
que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y
altura cordial. Cada día que tarde en realizarse esta irrealizable nivelación
es una cruel jornada para esas criaturas "resentidas", que se saben
fatalmente condenadas a formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie.
Cuando se quedan solas les llegan del propio corazón bocanadas de desdén para
sí mismas. Es inútil que por medio de astucias inferiores consigan hacer
papeles vistosos en la sociedad. El aparente triunfo social envenena más su
interior, revelándoles el desequilibrio inestable de su vida, a toda hora amenazada
de un justiciero derrumbamiento. Aparecen ante sus propios ojos como
falsificadores de sí mismos, como monederos falsos de trágica especie, donde la
moneda defraudada es la persona misma defraudadora.
Este estado de espíritu, empapado de ácidos corrosivos, se manifiesta tanto más
en aquellos oficios donde la ficción de las cualidades ausentes es menos
posible. ¿Hay nada tan triste como un escritor, un profesor o un político sin
talento, sin finura sensitiva, mordidos por el íntimo fracaso, a cuanto cruza
ante ellos irradiando perfección y sana estima de sí mismo?
Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el
Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla
porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos "opinión pública" y
"democracia" no es en grande parte sino la purulenta secreción de
esas almas rencorosas."