A propósito de los procesos a los “represores”

 

RITOS Y MITOS DEMOCRÁTICOS

 

Hemos de reconocer, dándole la razón a nuestros principales comunicadores, que, si bien formamos parte del mundo y participamos de todos sus procesos históricos, somos un país sumamente retrasado y de reflejos lentos. Quizás ésta sea una de las características que hemos heredado de los españoles: siempre terminamos haciendo lo mismo que el resto del mundo, pero tenemos la tendencia a convertir en sumamente prolongados los procesos de cambio, representando ello para muchos uno de los elementos más negativos de los argentinos.

Así pues si Europa, para imponer su democracia, lo hizo en dos etapas, pero en forma acelerada y schockeante a través de dos grandes guerras, la del 14-18 y la del 39-45, es decir, tardó un poco más de treinta años, nosotros en cambio este mismo proceso de dos tiempos lo realizamos nada menos que en 130 años, a pesar de haberlo comenzado antes; aunque es de reconocer que, en razón del carácter antes aludido, tuvimos la ventaja de que aquí las guerras fueron breves y resueltas en ambos casos en una sola batalla, tan definitiva como lo fuera el Waterloo napoleónico. Y las analogías con lo sucedido en Europa fueron también sorprendentemente similares en otros aspectos. Así pues si en la batalla de Caseros de 1852 triunfó la modernidad sobre el feudalismo de Rosas, hecho similar a lo acontecido con las monarquías tradicionales de Europa tras la primera guerra mundial, la de Puerto Argentino en 1982 significó también, como en 1945, el triunfo de la democracia como forma de vida. Y podríamos agregar otras semejanzas sumamente interesantes. Si el tratado de Versailles, luego de la primer contienda bélica, sentó las bases de una nueva geografía europea, más democrática,  balcanizadora y competitiva, en función de las necesidades del capitalismo en expansión, acá nuestra Constitución de 1853 asentó la nación argentina sobre un contrato fundado en la conveniencia y el interés de estar juntos todos para asegurar mejor el bienestar general y los negocios y no en razón de compartir una misma tradición. En ambos casos pues representó el triunfo del espíritu mercantil y burgués.

Es indudable, dándoles una vez más la razón a nuestros comunicadores, que la Argentina no escapa del mundo y que por lo tanto ha participado y participa de una guerra profunda entre concepciones antagónicas y que sus diferencias de situación se deben al hecho de tener una idiosincrasia distinta por la cual los procesos se nos hacen mucho más largos, aunque sin embargo las analogías históricas son las mismas y los acontecimientos que suceden van acompañados en todos los casos de una serie de ritos y de mitos similares.

Yendo a nuestro pasado más reciente, alguien ha demostrado que en la guerra de Malvinas, más allá de la apariencia de un conflicto por la posesión de un territorio, más allá de las intencionalidades de los gobernantes que la convocaron, chocaron entre sí dos concepciones del mundo contrapuestas (1): la católica tradicional inserta en nuestro acervo e inconsciente colectivo, y que se manifestara aun a pesar de la pseudo-iglesia que usurpa a nuestra religión, y la moderna y democrática, de la cual Gran Bretaña junto a Norteamérica son los principales promotores en el mundo. Acotemos también, como otra analogía con 1945, que, luego de la victoria inglesa, o más bien de la apresurada deserción del régimen argentino, acá tuvimos, con la presidencia del general Bignone, un breve interregno, parecido al de Badoglio en Italia, encargado de consumar la entrega democrática de 1983, es decir aliándose con el mismo enemigo que habíamos combatido semanas antes, permitiendo así la consumación plena de la victoria de las fuerzas británicas, en especial de los principios que ellas representaban. E igualmente, del mismo modo que en Europa, como corolario de una guerra perdida, tuvimos un “proceso” en el cual los vencedores juzgaron y condenaron a los vencidos. Al respecto digamos que los militares juzgados, en la miopía inveterada que siempre los ha determinado y que los hace coincidir involuntariamente con los enemigos que actualmente los combaten, yerran infinitamente en considerar que aquí, a diferencia de Europa, se trató de un Nüremberg al revés en el cual los vencidos juzgaron a sus vencedores. Ellos no alcanzan a ver que la guerra contra la subversión marxista y la de Malvinas fueron partes de un mismo combate en contra de la modernidad, acontecido éste a pesar de los gobiernos que pudimos haber tenido y en especial de los objetivos de los mismos. Los jueces que los juzgaron no fueron otra cosa que los personeros de la ideología que enarbolara Inglaterra en su guerra victoriosa, la que, según palabras de la ministro británica de ese entonces, fue hecha no sólo para devolverle la democracia a los kelpers, sino por extensión para hacérsela conocer por primera vez y en su plenitud a los argentinos.

Ignorar esta modalidad propia de la democracia es desconocer su esencia íntima. Se trata de una verdadera y propia religión que, como todas, acude a ritos y mitos formulados para sostener su existencia y preservarla más allá de las coyunturas adversas que pudiesen existir. Tal como dijera uno de sus exponentes, casualmente también británico, se trata del “menos malo de los sistemas posibles”, ya que sería imposible para el hombre el conocimiento de un régimen perfecto. La democracia se funda pues en una concepción antropológica pesimista respecto de la naturaleza humana y ello no es otra cosa que una verdadera secularización de un dogma esencial de la religión judeo-cristiana. Para ésta el mundo, en tanto sometido al pecado, es un valle de lágrimas que cuanto más es posible hacerlo habitable. Y si alguien se quejara por su situación e intentara rebelarse transgrediendo sus reglas, rápidamente los teólogos acudirían a un mito paralizante y atemorizador: el que para el cristianismo era el equivalente del infierno. Tal mito reza de la siguiente manera: si quieres salir de las reglas del juego, lo que te espera es un universo en el cual se encuentra la suma de todos los males y ante el cual este mundo con todas sus imperfecciones siempre será preferible. Del mismo modo también la democracia para subsistir necesita acudir a un mito similar y paralizante. Ante la pregunta que el común de las personas se formulan acerca de los políticos que componen el “menos malo” de los sistemas y de la corrupción que habría que pacientemente tolerarles, la respuesta presurosa de los demócratas no tarda en formularse. “Seremos malos y ladrones, nos dicen, pero hay algo mucho peor que todos nosotros juntos; más aun, si nosotros, que somos los “menos malos”, no llegásemos a estar, habrá de venir alguien más terrible, el que ya estuvo en un tiempo pasado y produjo los mayores cataclismos. Por lo tanto tolérennos y acéptennos en razón de nuestra naturaleza imperfecta, si es que no quieren padecer lo que es peor”. Así pues el mito del infierno democrático ha recibido los nombres sucesivos de holocausto y genocidio, por supuesto formulado y dimensionado en función de los países de los cuales se trata. En Europa para que el régimen exista en un universo de cerca de 300 millones de personas el mito inventado ha sido el de los seis millones de judíos “gaseados”. Mito que siempre existirá a pesar de que se haya demostrado que en los territorios ocupados por el nazismo no vivían seis millones de personas de tal comunidad, ni tampoco que se murieron todos, y que se demostrara también que no existieron cámaras de gas, etc. Todo ello es porque el mito se funda en certezas irracionales y no científicas y además en los errores de ciertas políticas que lo favorecen. Porque es cierto que el racismo nazi, subproducto del racismo judío bíblico y talmúdico, con su brutalidad hacia otras comunidades, favoreció tal demonización que le sobreviniera luego y por lo tanto la consumación de tal mito. Hoy en día resulta indubitable como secuela del mismo que, de no haber existido Adolfo Hitler, no habría existido tampoco el Estado de Israel, ni el sionismo judío hubiera podido justificar sus masacres de palestinos considerada como muy poca cosa en relación a los seis millones padecidos. (2)

Los argentinos, que somos un pueblo más pequeño y más lento en sus reflejos, hemos tenido también un mito democrático proporcional a nuestras dimensiones. Se trata del mito de los 30.000 desaparecidos, es decir muy inferior numéricamente al de los seis millones. Pero como el otro se trata también de nuestro infierno democrático. El mismo se puede formular de la siguiente manera: “¿No te gustan los políticos corruptos? Cuidado pueden volver a desaparecer 30.000 personas”. Todo ello a pesar de que las listas entregadas hablan tan sólo de 8.900 desaparecidos constatados, y de que muchos de éstos hayan luego reaparecido incluso ocupando cargos públicos ostentosos. La realidad es que los inventores del dogma de la soberanía popular en el fondo saben que al pueblo se lo educa como a un niño. Y el mito acude así a la imaginación, facultad que en éste se encuentra estereotipada. “¿No te agrada la sopa que te prepara tu mamá? Cuidado que se viene el hombre de la bolsa”.

El infierno consta además de demonios, de brujas y de poseídos que pactan con ellos y los veneran. La Edad Media los condenaba e incineraba. Hoy en día la moderna tecnología permite, a través de la televisión y la justicia, continuar ilimitadamente con procesos que se retroalimentan haciendo siempre presente el “genocidio” aunque en manera más cruda y multiplicada por lo que nos permite mantener siempre viva la idea de que este sistema será imperfecto, pero que hay algo mucho peor que puede llegar a venir en el caso de que éste dejara de existir. Y a su vez, como las imperfecciones del mismo aumentan y se hacen cada vez más perceptibles, también sucede lo mismo consecuentemente con el valor y dimensión que se otorga a los delitos cometidos hace varias décadas pasadas. Más aun es posible afirmar que, en tanto ha pasado más tiempo, la memoria puede ser más frágil y sustituida por los “documentales” de la televisión que nos narran las terribles aberraciones cometidas en manera mucho más cruda que lo que ha captado nuestra simple percepción de los hechos. En Europa alguien constataba que el furor en contra del nazismo y de sus “crímenes” es mucho mayor ahora que cuando se terminó la guerra. Pasa lo mismo en la Argentina. El odio hacia los “represores” y hacia los “aberrantes delitos cometidos”, que han sido declarados imprescriptibles, se encuentra proporcionalmente incrementado en relación al rechazo que la gente tiene hacia el menos malo de los sistemas. Es dentro de este clima de histeria producida que la jefa de las “Abuelas de Plaza de Mayo” ha llegado a decir que “los represores en el fondo no son seres humanos”, no habiendo por lo tanto para ellos ningún derecho. Es que para que Dios exista también debe existir el demonio.

Sin embargo a pesar de los antes aludidos inconvenientes que tenemos respecto del resto del mundo en razón de nuestra inferior idiosincrasia y lentitud en obtener la democracia, hay una ventaja que tiene actualmente la nuestra respecto de la europea y es ésta. Como los “delitos aberrantes” del nazismo sucedieron hace 60 años ya casi no quedan más nazis vivos a quienes juzgar. Los generales han muerto todos, lo mismo ha sucedido con casi todos los demás oficiales y quedaría tan sólo algún cabo vivo y con dificultades como para probarle algún delito. Futuro éste realmente angustiante que exigirá a nuestros demócratas europeos agudizar su imaginación para no dejar de existir. En cambio aquí en la Argentina, como sucedió hace unos veinte años, todavía están vivos casi todos. Le queda pues larga vida a nuestra “democracia”.

Por último formulemos un último consuelo. Resulta que los militares argentinos que hicieron su última revolución invocando como meta el establecimiento de una democracia sana y estable, manifiestan no entender por qué se los persigue tanto si hoy hemos obtenido gracias a ellos dicho sistema. Contestémosle al respecto que no tendrían que desanimarse pues en realidad lo siguen haciendo todavía. Sin sus procesos y condenas no habría más ritos ni mitos que la sustenten.

¿Habrá que esperar entonces que desaparezcan físicamente los “represores” para que también desaparezca este absurdo e inmoral sistema?

 

Lucas Baffi

Buenos Aires, 16-9-04

 

NOTAS

 

(1)     Una visión más exhaustiva sobre la guerra de Malvinas y la actuación de la Iglesia en la misma puede verse en el texto de Marcos Ghio, El rito y la guerra, Ed. Heracles, 2000.

(2)     Una crítica profunda a la concepción hitleriana acerca del judaísmo, ya formulada en su tiempo por varios racistas de origen luterano y protestante, puede verse en la postura sustentada por F. Nietzsche para la cual el mayor favor que se le podría haber hecho al judío en Alemania era segregarlo pues de tal manera se incrementaba su victimización, en lo cual era un verdadero especialista debido a sus varios siglos de diáspora. Este tema es tratado más ampliamente en la conferencia de Marcos Ghio, F. Nietzsche a la luz del pensamiento tradicional.

 

 

 

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