Tal como como expresa el
título de esta conferencia no es nuestra finalidad, en estas pocas palabras que
pronunciaremos acerca de lo que es y representa el pensamiento de Nietzsche,
hacer aquí una exposición académica, típica de meros profesores de filosofía.
Lejos estamos nosotros de pretendidas “objetividades” ni de alardes eruditos. Y
además a esto se agrega que fue justamente Nietzsche quien jamás quiso
ser un profesor de filosofía, sustituyendo sus estudios vocacionales en
relación a tal disciplina por los de filología. Y ello en razón de una
intencionalidad muy precisa: la filosofía de Occidente, según Nietzsche,
desde hacía más de dos mil años, es decir, prácticamente desde sus mismos
orígenes, en vez de haber sido el instrumento para conocer la realidad había
sido en cambio la encargada de ocultarla ahogando con sus esquematismos e
idealizaciones todo lo que fuera vida e impulso primario hacia la misma, es
decir, cerrando al hombre aquella vía que permitiese el despliegue de la
voluntad de poder, habiendo de tal modo representado un desvío y una decadencia
de nuestra civilización.
Nietzsche murió hace 100 años prácticamente ignorado por la
inmensa mayoría de sus contemporáneos. Sus obras fueron difíciles de ser
vendidas en vida del autor, muchas de ellas jamás hallaron un editor que se
arriesgara en la empresa, pero él sin embargo decía siempre que su filosofía
(retengamos siempre la diferencia entre filósofo y profesor de filosofía) no
era para su tiempo, sino para épocas futuras. Hoy, luego de 100 años de la
muerte del gran filósofo, del más gran filósofo que ha dado el siglo XIX,
podemos decir que en tal aspecto su profecía se ha cumplido. Hoy todos hablan
de Nietzsche, Nietzsche se ha convertido en lectura obligada en
las más diferentes universidades, pero lamentablemente lo que jamás hubiera
podido imaginarse nuestro autor es que el Nietzsche que se nos ha
impuesto, es propiamente lo contrario de lo que fuera tal pensador. Justamente,
dentro del contexto de tal distorsión, me ha sucedido recientemente presenciar
por televisión cómo una profesora universitaria, luego de manifestarse como
adepta a todas las manifestaciones de la decadencia combatidas por el mismo Nietzsche
en vida, tales como el anarquismo, el socialismo, la democracia, pero
principalmente el feminismo, lo proclamara a éste como a su gran mentor.
Digamos al respecto que si nuestro venerado filósofo hoy estuviera vivo y
escuchara tales despropósitos iría a corregir presurosamente aquel texto del Zarathustra
en el que afirma que cuando uno se topa con una mujer, (se refiere por supuesto
a una de esas mujeres “emancipadas” y adeptas al feminismo, que es, digámoslo
de paso la verdadera negación de lo que es una mujer en su esencia) habría que
utilizar no el látigo, sino que esta vez diría de manera más drástica que lo
que debería recurrirse es a la guillotina.
Resaltemos entonces que
nuestro único deseo aquí es el de ayudar a rescatarlo a Nietzsche de la
confusión en la que se encuentra sumido en la actualidad, hoy convertido en un
pensador de moda y curiosamente como una especie de filósofo mentor de las
posturas que se proclaman adeptas de ese pintoresco fenómeno cual es lo que ha
dado en llamarse la postmodernidad. Postura ésta que se encuentra
justamente en las antípodas de sus líneas de pensamiento esencial. Al respecto,
digamos de entrada que es cierto que Nietzsche no fue en nada un
pensador moderno, que fue un profundo crítico de la modernidad, pero ello no
ha sido al modo como hoy se concibe dicha crítica, en tanto que la misma
representa por el contrario una estereotipación de todos sus mismos defectos, y
principalmente del relativismo y del nihilismo, tan combatidos por nuestro
filósofo y de lo cual luego hablaremos.
Agreguemos también, en
relación al título que lleva esta conferencia, y anticipando nuestra tesis, que
Nietzsche, si bien no fue un pensador tradicional en sentido estricto,
como pueden haberlo sido Plotino, Guénon o Julius Evola,
sin embargo intentaremos demostrar en esta exposición que en lo esencial no
se les opone y que sus diferencias son en gran medida secundarias y
soslayables en la perspectiva actual de elaborar un pensamiento alternativo al
de la modernidad.
Y aquí valgan un par de ideas
para referirnos a lo que representa el pensamiento tradicional. El mismo se
distingue del moderno porque, a diferencia de éste, no reduce el campo del
conocimiento humano a la organización de los meros datos que captan nuestros
sentidos externos. No acepta por lo tanto la mera existencia del plano
físico y material, sino que afirma también la de una dimensión metafísica, como
una realidad superior y superpuesta a lo que es meramente natural y que, así
como existe un camino para acceder a la realidad física que es el que se organiza
a través de los sentidos externos, también hay una vía para acceder a la
metafísica cual es el intelecto en su función intuitiva (no
meramente discursiva a lo que lo ha reducido la modernidad) y que por lo tanto
el hombre es el único de los seres del cosmos con capacidad de participar
simultáneamente de estas dos realidades. Tal como dijera Pico de la
Mirándola: “Lo grande en el hombre es que además del conocimiento
sensitivo, propio de los animales, tiene también el intelectivo que es común al
ángel. Y además es el único ser en el cual hay una participación de las dos
dimensiones de lo real: es mortal, pero también capaz de alcanzar la
inmortalidad”. Y tal como dijeran a su vez contemporáneamente Los
Dióscuros, retomando ellos también desde el tradicionalismo un gran
pensamiento de Nietzsche, lo grande en el hombre es el de ser medio y
puente y no fin, él tiene la inmensa posibilidad desde rebajarse a la condición
de un bruto hasta elevarse a la de un dios que siempre es.
Además la vía metafísica correspondiente
a lo que se comprende como el ejercicio de la intuición intelectual no es
accesible en modo espontáneo y a partir de la condición en la cual naturalmente
el hombre se encuentra desde que nace y a través de su convivencia social, sino
que es un camino sólo asible a través de un aprendizaje y transformación
esencial del sujeto, lo cual es lo que tradicionalmente se conoce con el nombre
de iniciación. Por tal causa sea Evola como los grandes
pensadores de esta corriente siempre han resaltado que el conocimiento
metafísico, a diferencia del profano y vulgar, es fundamentalmente una realización,
que transforma y modifica al sujeto que participa del mismo.
Hechas estas acotaciones
esenciales digamos en primer término que Nietzsche no fue un pensador
metafísico en el sentido que la tradición asigna a tal término. Es más, en él
suele asociarse un profundo rechazo hacia la metafísica acompañada por un mismo
sentimiento de desagrado y antagonismo respecto de la religión convencional,
especialmente la que ha venido a imponerse en el Occidente. Ésta es la primera
observación que podemos hacer de su pensamiento. Si bien resultan
válidas las objeciones que él formula a la religión convencional y meramente
fideísta, y si bien puede resultar aceptable afirmar que la misma ha
representado en Occidente un esencial antecedente de todas las corrientes
secularizadas, emanadas de ésta, tales como el socialismo, la democracia, el
liberalismo, etc., sin embargo reputamos como objetable su rechazo por la
metafísica y por el esoterismo en tanto se proceda a la asimilación de ambos
fenómenos con el de la religión.
Pero una vez hecha esta
primera observación, volvamos a señalar que Nietzsche no fue sin embargo
un pensador postmoderno, como pretende hoy en día afirmarse, sino esencialmente
antimoderno, y tal será pues el sentido que se resaltará en esta
conferencia. Podemos al respecto decir que el abismo que ha existido siempre
entre tradición y modernidad a lo largo de todos los tiempos de la historia hoy
con la aparición de este movimiento denominado de la postmodernidad, lejos de
haberse reducido la fisura y el abismo, éste se ha ahondado en mayor medida y
que la crítica que Nietzsche formula a la modernidad es justamente hacia
aquellos aspectos que luego se han manifestado estereotipadamente en la etapa
terminal representada por la postmodernidad.
¿Qué es lo que Nietzsche
critica a la modernidad? Rechaza todas las manifestaciones últimas de su
tiempo: el igualitarismo, la democracia, el socialismo, del mismo modo que el
dogmatismo religioso, en el que sin embargo erradamente incluye a la metafísica. Nietzsche es
de los pocos que se ubica por afuera de los dos bandos en los que se divide su
época. Él está simultánemente en contra del fideísmo religioso representado por
la religión convencional como del laicismo cientificista, representado por las
filosofías progresistas, iluministas o historicistas, incrementadas a partir de
la Revolución Francesa. Denuncia en ambos por igual su fe en un cierto
progreso, diferente en ambas concepciones, pero progreso al fin, y por lo tanto
la idea compartida por ambos de que la existencia tenga un sentido que se le
ha superpuesto y al cual ésta deba en el fondo ordenarse. Este fenómeno
recibirá de su parte el nombre de nihilismo, en tanto que ambos
movimientos han significado una negación y depreciación de la vida en la medida
en que la han mediatizado y subordinado a una realidad a la que se reputa como
superior (Dios, Historia, Ley del Progreso, etc.) y que sólo en la cual la
misma adquiriría un sentido. Denomina por lo tanto como nihilismo a aquel
movimento por el cual se le niega a la vida valor en sí mismo.
Pero no debe creerse sin
embargo que las críticas de Nietzsche hacia la religión sean hechas
desde una perspectiva laicista y atea. La muerte de Dios que él predica
no es en manera alguna el ateísmo, sino, tal como se verá, un superhumanismo
que encierra, en manera indirecta, y sin expresarlo explícitamente el autor,
una dimensión propiamente metafísica. Quiero referirme aquí a dos frases que
aparecen en el Zarathustra y que pueden expresarnos de manera cabal lo
que nuestro autor comprende como religión. “Si Dios existe, cómo podría
renunciar a ser yo también Dios” y “Os proclamo una nueva religión, la
religión de la tierra y una meta de la misma: el superhombre”.
Aquí no se rechaza la idea de una
trascendencia, de un fin que vaya más allá del mero presente (tal como es la
formulación del postmodernismo). Y quiero al respecto referirme a una
discrepancia con el análisis que Evola hace de Nietzsche en Cabalgar
el tigre. Allí él manifiesta que nuestro autor, a pesar de su pregonado
nihilismo, en el sentido de no asujetar al hombre a un fin que lo trascienda,
sin embargo sucumbe a la tentación de hallar un sentido con su teoría del
superhombre, a la que le asigna a mi entender erradamente una significación
biologista y darwiniana. El superhombre sería para él un tipo de hombre más
evolucionado y perfecto. Nosotros consideramos en vez que no tenemos aquí en
modo alguno una forma exacerbada de inmanentismo, como sostiene Evola, sino
en cambio la asociación íntima y estrecha de lo divino con lo humano. Nietzsche
no rechaza toda idea de Dios o de
divinidad, sino a un cierto tipo. No el Dios judío absolutamente ajeno al
hombre y ante el cual sólo cabe sumisión y esclavitud, sino el Dios que es
al mismo tiempo hombre. Pero por supuesto que no se trata de este hombre
que nos rodea, el último hombre, sino de un tipo de hombre superior,
quien se encuentra más allá del bien y del mal: el superhombre.
Por ello ni humanismo ni teísmo, las dos formas en que se divide la modernidad,
pero que coinciden ambas por igual en recluir a lo humano en la dimensión de
las apariencias, sino superhumanismo.
Teísmo y humanismo son las
manifestaciones propias de la modernidad y representan un desvío respecto del
impulso originario del hombre hacia la divinización de sí mismo que es la
proyección última de la voluntad de poder. ¿Cuál es la causa de tales desvíos?
Aquí es interesante hallar un comienzo de la decadencia que es cuando se pasa
de una religión heroica en la cual lo divino estaba vinculado a la figura
regia, a lo que denomina como el dominio de los sacerdotes. Con dicha
perspectiva Nietzsche se asocia claramente a la tesis del gibelinismo y
éste es quizás uno de los senderos que lo acercan al mundo de la tradición. Su
análisis parte de la historia del judaísmo, pueblo al cual atribuye causas
profundas de la decadencia del Occidente. Él llega a decir que una
civilización nueva podrá constituirse únicamente defenestrando al judío del
dominio que allí ejerce, dominio no meramente económico, sino principalmente
espiritual. ¿Pero a qué judaísmo él se refiere? Justamente acotemos aquí que
uno de los caballitos de batalla de las actuales interpretaciones postmodernas
es el de haber querido disminuir el antijudaísmo de Nietzsche resaltando
sus diferencias con los antisemitas de su tiempo con los cuales él tenía
severos distanciamientos. Por lo tanto no sería cierta la afirmación de un Nietzsche
cercano al nazismo. Pero éstos acontecían no porque él no fuera antijudío, sino
por el carácter peculiar de su antijudaísmo, el cual no era biológico, ni
confesional. El judío representa para él la fuerza originaria de la
decadencia, la cual se ha expandido luego en el Occidente a través del
cristianismo. El problema del judío no era el de que se tratase de una
subraza biológicamente imperfecta, tesis marcionita hoy sustentada por Miguel
Serrano y el nazismo biológico, ni por haberlo crucificado a Jesús,
tesis católico integrista, sino por haber sido aquel pueblo que ha asumido el
espíritu de la decadencia en manera más abismal esparciéndolo por el mundo
luego a través del judeo-cristianismo. Sin embargo, la decadencia no comienza
propiamente con el surgimiento del pueblo judío, sino en un momento preciso de
su acontecer histórico, el que corresponde al dominio de los sacerdotes.
Antes, cuando eran los reyes los que ejercían el poder simultánemente político
y religioso, Jeovah, su dios, no era en modo alguno ese dios celoso al que
todos debían someterse tal como ahora lo conocemos, sino que representaba, como
en cualquier otra religión de las existentes, la sublimación de las fuerzas
espirituales de un pueblo expresadas temporalmente a través de la figura de sus
reyes. Los reyes, en todas las grandes tradiciones, eran la representación de
Dios en la tierra y su poder no podía ser nunca defenestrado por el sacerdocio.
(Tal era por otra parte la tesis gibelina combatida por la Iglesia.). Dios era
invocado ante cada conquista obtenida por el pueblo, desde una buena cosecha
hasta el triunfo sobre el enemigo. Y la existencia plena de un rey era como la
confirmación de todas las dichas y el testimonio de que el mismo se había
alineado en la buena senda. Lo divino era pues la representación de todo lo
fausto que le acontecía a un determinado pueblo y la vigencia y el dominio
pleno del Rey era un testimonio ostensible de todo ello. Dios y Rey como su
manifestación visible en la tierra eran a su vez las señales del triunfo de su
poder de voluntad. Pero, cuando éste era vencido, desaparecían simultáneamente
con la obediencia y veneración al Rey también la creencia en el Dios, ambos
eran sustituidos ante la derrota. Se reconocía la superioridad del otro al cual
se trataba de integrarse. Así es como ha acontecido en la historia en donde los
pueblos triunfadores fueron absorbiendo a los vencidos en su civilización.
Pero no fue esto lo que sucedió con el
judío, y aquí se encuentra su especificidad que lo diferencia de los demás.
Éste ante la sucesión de fracasos políticos y militares, seguidos de
sometimientos a pueblos vecinos, se encontrará ante el serio dilema de ser o
no ser y entonces –y éste es el momento de inicio de la decadencia– elige ser a cualquier precio. ¿Y qué
significa ese cualquier precio? Justamente invertir totalmente la idea
tradicional de Dios, e ingresar así al espíritu moderno de la decadencia, del
cual el judío se convertirá en el pueblo arquetípico y motor esencial de tal
tendencia. Ello sobreviene con el dominio del sacerdocio. Aquí esa acción de
agradecimiento y de reconocimiento por lo cual lo divino era el testimonio de
un éxito en el despliegue de la fuerza de la vida, es sustituida por un acto de
sometimiento a la voluntad omnímoda del dios, representada por el sacerdote. No
se acepta que el abandono de un dios significa
el haber concluido un ciclo en la vida, y por lo tanto la sustitución de
ese dios por otro, del pueblo que ha vencido que, en tanto triunfador, no es
sino la manifestación perenne de un mismo principio y al que se trata de
reconocerle entonces su superioridad, sino que lo divino desciende aquí a un
dualismo ético entre culpa y castigo y obediencia y premio. El hombre deja de
ser el colaborador o el compañero de Dios, aquel que testimonia en el mundo su
obra sublime, sino una criatura dependiente y carente. Si haces todo lo que
Dios dice y anulas tu libertad, entonces te salvarás, si no te condenarás, es
la máxima del dominio de los sacerdotes. Y tal accionar obediente es hacia lo
que dice el sacerdote. El Dios se convierte en tiránico y exige un cumplimiento
ilimitado de preceptos y leyes para asegurar su señorío. Repleta es la religión
judía de leyes y reglamentaciones. Surge así simultánemente con el legalismo
moralista, la idea de pecado por la cual el hombre es concebido como un
ser ineficiente que todo debe esperarlo de afuera, de un Dios que premia y
castiga según sus antojos y ante el cual sólo cabe la más absoluta obediencia y
subordinación. Puesto que el hombre está repleto de carencias necesita pues de
un innúmero de leyes para que lo saneen.
Y este dominio del sacerdocio
concuerda con la decadencia de los pueblos. Surge así una religiosidad de
esclavos, de seres carentes y temerosos, de náufragos, a los cuales les es
dable tan sólo obedecer. Y ante ellos el sacerdote aparece como la contraparte
de esta situación. Hay una gran semejanza, secularizada por supuesto, con el
político de los tiempos actuales. Éste también acude simultánemente al miedo y
a la adulación de la masa. Todos son iguales ante dios, dirá el sacerdote,
todos valemos por igual un voto, manifestará a su vez el político, significando
ello la supresión de toda jerarquía, de cualquier diferencia superior, de
cualquier aristocracia. Las almas son todas inmortales por igual. Y más aun,
llega a igualarse también en cuanto a la inmortalidad a los salvados y
rechazados. ¿Y cómo puede alcanzarse el bien, la salvación, el paraíso, el
cielo? Pues bien, haciendo lo que nos dicen los sacerdotes, obedeciéndoles
ciegamente, del mismo modo que con la democracia “se come y se educa”, pero con
la condición de que todos seamos democráticos, es decir, que nos convirtamos a
tal religión.
Además nos resalta el carácter plebeyo
que tiene el ideal paradisíaco del judeo-cristianismo. El paraíso es la tierra
sin conflicto y sin sufrimientos, que se encuentra afuera de ésta, es el
rechazo por el dolor como un mal, cuando los espíritus superiores saben en
cambio ver en los mismos una fuente creadora y de energías. La vida cómoda del
plebeyo, que, acotemos, no tiene nada que ver tal categoría con tener dinero y
riquezas (“Plebeyos arriba y plebeyos abajo, tal es el drama de nuestra
época”), el pacifismo, se traslada
y sublima en el ideal de paraíso cristiano, asociado a su vez a una actitud de
revancha y de resentimiento. Recuerda al respecto a Dante el cual
imaginaba un infierno repleto de sus enemigos y un cielo con una mirilla a
través de la cual los “salvados” se solazaban a través de la contemplación de
los sufrimientos de los condenados. Para tal religión de los sacerdotes, los
fuertes de hoy serán los condenados de mañana y los débiles en vez serán los
triunfadores para la eternidad. “Los últimos serán los primeros”.
Es interesante aquí acotar la solución
que Nietzsche propone al problema judío. Indudablemente, de la misma
manera que su contemporáneo, el músico R. Wagner, él concuerda en
que el judío es la fuerza disolutoria
de la civilización y que éste logrará sanearse únicamente extirpando de su seno
la influencia judía. Pero las soluciones son diferentes. Mientras que Wagner
sostiene que la resolución pasa por la conversión del judío lo mismo que
sostiene el cristianismo, Nietzsche desdeña de tal posibilidad. Pero aun
así se opone al antisemitismo de su tiempo en tanto considera un severo error
evitar la integración del judío a la sociedad germánica. Dicha sociedad ya se
encuentra plagada suficientemente de virus moderno gracias principalmente al
cristianismo, el cual en Alemania, con Lutero ha tenido justamente la variante
más judaica del mismo y aun el pretendido paganismo inspirado en Wagner retoza
por doquier de cristianismo. Ser antisemita pues al modo germánico, oponerse al
ingreso del judío para mantener indemne a la sociedad cristiana tradicional
sería el más grave error en el que podría incurrirse. Al contrario, siendo el
judío la única de las razas que se ha mantenido pura, lo que se logrará de tal
manera por reacción contraria es que la misma se organice y revitalice. ¿No es
lo que ha sucedido acaso tras las persecuciones del régimen hitlerista en
Alemania? ¿Habría durado tanto el régimen judío de Israel sin la existencia
previa de los campos de concentración y del Holocausto, los cuales han
representado un verdadero justificativo para todas sus tropelías?
En esta solución vemos justamente un
mentís para aquellos que han querido asimilar a Nietzsche con el
nazismo. Puesto que él no ve posibilidades a la restauración del Occidente,
piensa que la integración del judío en su seno facilitará por el contrario su
etapa destructiva, para dar lugar a una nueva humanidad y civilización, la del
superhombre. Y en esto quizás pueda hallarse una cierta semejanza con la
postura de Evola respecto del problema judío. Según Evola no hay
que detener lo que está destinado a perecer. Y a su vez, en materia de
antisemitismo, Evola tampoco consideraba al judío como una raza
biológica, sino como una raza del espíritu, constituida justamente a través de
la diáspora, es decir el período del dominio de los sacerdotes. Y de la misma
manera que Nietzsche no creía en las posibilidades de restauración del
Occidente que pasaran por un retorno a la tradición cristiana o pagana, sino
por el contrario pensaba que la Edad del hierro en la cual nos encontramos sólo
iba concluir a través de un colapso, sólo luego del cual era posible instaurar
una nueva Edad Áurea.
Y es justamente dentro de dicha
situación de decadencia, antes reducida a un pueblo en particular, aunque con
otros antecedentes históricos acontecidos en el Oriente (por ej. Egipto) que
puede comprenderse en su magnitud el carácter de verdadero un virus destructivo
que según Nietzsche asumirá con el cristianismo el espíritu judío invade
el Occidente. ¿Y qué es lo que representa el cristianismo?
En
su obra El Anticristo aparece condensada su crítica al
cristianismo, el mismo representa:
1) El espíritu
decadente. 2) La rebelión de los parias. 3) El goce por el sufrimiento, la
autoflagelación, comprendido como depreciación y odio por todo lo que sea sano
y vital.
Mientras que el judío
representa el modelo arquetípico de un pueblo que se rebela contra la vida y
penetra en la decadencia, el cristianismo es la manifestación y expansión plena
hacia el Occidente y el resto del mundo de este odio instintivo hacia la
realidad. Si bien Jesús representa un conato de rebelión contra los sacerdotes,
la misma ha sido tan sólo contra sus exponentes, no contra el espíritu de esta
religión. Al contrario la ha universalizado con dos principios:
a) el concepto
del amor como miedo hacia el dolor y el sufrimiento. De este modo ha ensalzado
al plebeyo que es el que busca la felicidad y el goce. El último hombre del que
hablaba Zaratustra que ha inventado la felicidad.
b) El concepto de
igualdad de todos ante Dios en tanto pecadores y poseedores por igual de un
alma inmortal.
El pecado es la categoría
propia del judaísmo y retomada por el cristianismo en tanto Iglesia. Es un
singular medio de opresión ejercido por el sacerdocio y que después será
retomado por lo que es la secularización de estas religiones desviadas. El
sacerdote promete a los hombres el cielo a cambio de la sumisión de éstos a su
gobierno y nos enseña que, si no le obedecemos, corremos todos el peligro de
caer en el infierno y la perdición. Y en esto también se parece al político
democrático de nuestros días quien razona en forma secularizada del mismo modo que
el sacerdote. Ambos especulan con el miedo hacia lo desconocido o hacia lo que
se les ha contado a la gente que es lo desconocido y que ellos en cambio
conocen. La democracia representa la gran panacea (se come, se educa, se
cura), aunque la misma se encuentre siempre en un más allá. La
diferencia se encuentra en que el más allá que nos propone el sacerdote
pertenece a otro mundo allende esta vida, en cambio el paraíso democrático
pertenecería a otro tiempo futuro, a otras generaciones que habrían sido capaces
de incrementar hasta límites absolutos (cosa que nunca sería suficiente) el
modo de vida democrático, las cuales se van alejando siempre en el tiempo hasta
no hallar límite alguno. Y además, del mismo modo que afuera del orden
instituido por los sacerdotes se encuentra el mal y el infierno, afuera de la
democracia se encontraría la nada y la perdición. Por lo que cuando algo no
sucede bien no es por un mal intrínseco de la democracia misma, sino por una
insuficiencia de ésta en su realización, la que se resolverá luego en
generaciones futuras, más maduras y por lo tanto más democráticas.
Si Jesús representó un conato fallido
por desplazar al sacerdote, tal actutud cambia con el cristianismo que ha sido
usurpado por Pablo, el que ha representado la reacción sacerdotal. Es el
judío dos y hasta tres veces. Es el odio por las distancias y la absurda
afirmación de la igualdad de derechos. “El cristianismo es la mayor
desgracia que se ha abatido jamás sobre la humanidad”.
El anarquista y el cristiano, a pesar
de oponerse entre sí, tienen por igual un mismo origen. Rechazan la
desigualdad que es en verdad la verdadera fuente del derecho.
A su vez el cristianismo fue el
vampiro del imperio romano. El mismo era lo suficientemente sólido como
para soportar a los malos emperadores, pero no así al cristiano, esa forma más
corrupta de la corrupción.
¿Y qué es lo que caracteriza
al cristiano? Su afán por destruirlo todo, por cuestionar hasta las más
elementales creencias. Hay una similitud, aunque en una escala menor, con la
actitud dialéctica de Sócrates que todo lo cuestiona, sobre todo lo que
existe él busca el porqué, lo trastorna y trastrueca, aplica la ironía, siembra
así el caos sobre lo obvio. Es que con la dialéctica triunfa así la plebe.
Agreguemos que la plebe representa al hombre inferior que no puede intuir
metafísicamente, entonces éste sobre lo que no puede ver siembra el caos, la
duda, la ironía. Sócrates en efecto era de origen plebeyo. Pero lo que
necesita ser probado poco vale. Vale en cambio aquello que por sí mismo se
manifiesta en claridad y plenitud. El sol no precisa de un discurso que anuncie
su arribo, simplemente es y alumbra. Pero en cambio el ciego que no ve, cuando
es resentido, se burla de la luz y de la claridad. Así pues Sócrates fue
el payaso que se hizo tomar en serio. Hay una profunda similitud entre la
figura de Pablo y de Sócrates, a pesar del optimismo del uno por
la razón y del otro por la fe. Hago el mal porque no conozco el bien, diría Sócrates,
conozco el bien y sin embargo hago el mal, dice en cambio Pablo, por lo
que sólo la fe me salva. Pero ambos desvalorizan el mundo por igual. Ambos
engañan y son resentidos por su condición. Para el primero el concepto suplanta
a la vida y para el segundo las ideas de inmortalidad y de infierno
desvalorizan al mundo. Y no es que Sócrates fue mandado a matar. Él
buscó ser condenado y matado. Distinto es el caso de Platón, él fue en
cambio un aristócrata fallido que no supo ordenar un Estado, por ello entonces
lo siguió a Sócrates en su dialéctica y la convirtió en sistema.
Y aquello que es efectuado primero por
la filosofía en un cenáculo restringido en cambio será multiplicado por el
cristianismo de Pablo. Pablo es el judío eterno por excelencia.
Comprendió que con el concepto de inmortalidad iba a poder desvalorizar el
mundo, con el de infierno daría cuenta de Roma. Con el de más allá se mataría a
la vida. Y a su vez el cristianismo es “platonismo del pueblo”. Nihilismo y
cristianismo marchan por el mismo camino.
Hay otra diferencia notable entre Nietzsche
y el pensamiento tradicional. Mientras que este último ve en la Edad Media y
específicamente en el gibelinismo un intento de rectificación del espíritu
cristiano en sus caracteres judaicos, el primero en cambio sólo alcanza a
reivindicar el intento paganizante del Renacimiento, que para Evola y Guénon
representa en cambio un conato de decadencia. Justamente para él Lutero
representa el retorno hacia el espíritu judaico y en esto hay desde ya plena
coincidencia de perspectiva.
Por lo tanto toda la filosofía y la
religión de Occidente desde Sócrates y Platón hasta Hegel
pasando por el cristianismo pertenecen por igual a lo que ha dado en
calificarse como nihilismo.
Los califica de nihilistas. Son
nihilistas en cuanto niegan la vida por el concepto de un más allá perfecto
ante el cual esta realidad queda totalmente depreciada y sin valor. Desde esta
perspectiva Nietzsche rechaza no sólo la religión, sino también la
metafísica. (Ésta es como dijimos su gran limitación). Lo que distingue a
la religión de la metafísica es el carácter popular de la primera. “El
cristianismo es para él platonismo de pueblo”. Pero hay un segundo nihilismo al
que él adhiere y por lo cual él mismo se proclama como el más gran nihilista de
todos los tiempos. Es lo que podría denominarse como un nihilismo activo.
El nihilismo activo es la actitud de crítica radical por la que se niegan
sistemáticamente todas las concepciones vigentes. Partiendo de Kant la
filosofía se ha hecho crítica. Pero Kant detuvo su crítica al ámbito del
conocimiento, cuando demostró la no identidad entre la realidad y el objeto
conocido. Sin embargo su nihilismo se ha detenido en la faz moral en donde se
siguen aceptando los mismos conceptos de bien, de mal, de bondad, de pecado, de
felicidad como determinantes de la voluntad humana. Nietzsche formula
aquí una diferencia de móviles entre el hombre y el superhombre. Mientras que
para el hombre y en grados cada vez más bajos que van desde el hombre de su
tiempo hasta el último hombre, es decir, el hombre actual, el móvil de la
existencia es el bienestar, el confort y la paz, para el superhombre, en este
caso el hombre diferenciado de Evola, el móvil de la acción es en
cambio el honor, la dignidad, la lucha, la guerra, la victoria. La limitación
que notamos es que, así como él acepta la existencia de dos morales, una que es
propia del hombre inferior y otra del
superior, no sucede en cambio así en lo relativo a dos formas diferentes de
conocimiento entre el hombre y el superhombre. De allí pues su limitación respecto
de la metafísica y la superioridad que en dicho plano en cambio hallamos en el
pensamiento tradicional.
El nihilismo activo consiste pues en
una negación de una negación. Y una doble negación en lógica es una afirmación.
En este caso se niega lo que niega a la vida y de este modo se la reafirma. Acá
hay que acotar que Nietzsche cuando habla de vida no se trata aquí de
una mera existencia biológica, error en el cual han caído, como decía, algunos
intérpretes de sus interpretes, incluso a mi entender el mismo J. Evola
en Cabalgar el tigre. La vida es para él en última instancia
espíritu, pero espíritu es fundamentalmente impulso e instinto, y
principalmente libertad. Se vincula dicho concepto con la doctrina del
eterno retorno. El tiempo no es una línea con un comienzo y un final,
estando encadenados los momentos entre sí por una unidad de sentido, por la
cual cada momento adquiere valor en función del todo que lo contiene y le
asigna un significado. Este instante tiene un valor absoluto y es por lo tanto
eterno en tanto que el mismo se repite ilimitadamente siempre igual.
Conclusión:
Podemos decir que Nietzshe y el
pensamiento tradicional, lejos de contraponerse en lo esencial, concuerdan y se
complementan mutuamente.
a) Si Nietzsche
quiere superar las limitaciones del kantismo en el campo ético, rechazando la
idea de universalidad moral, lo cual es rescatable, no debería sin embargo
haber aceptado en el campo del conocimiento la universalidad de un yo
trascendental único para la especie hombre. Él debería haber distinguido
tambien aquí entre hombre y superhombre. Mientras que al hombre (asimilable al homo
o pasu del esoterismo) le corresponde el mero conocimiento sensitivo y
discursivo, al superhombre (asimilable al vir o virya del
esoterismo) le corresponde además el conocimiento intuitivo intelectual de
carácter metafísico. Mientras que uno sólo puede conocer las cosas que devienen
y cambian ilimitadamente sin poder alcanzar nunca los principios eternos que
trascienden y rigen lo real, el otro en cambio puede conocer la realidad
superior que no es una negación de ésta.
b) De ninguna
manera en Nietzsche hallamos un rechazo hacia la religión. Es sólo hacia
el judeo-cristianismo que él dirige sus dardos, hacia la religión plebeya y de
esclavos, no hacia una religión aristocrática que asocia lo humano con lo
divino, la política con la metafísica. Y aun así, una vez que se ha asumido la
veracidad y sensatez de su crítica a tal vertiente, es posible como nosotros
seguir siendo católico al no sentirse para nada tocado en lo más íntimo por
dichas críticas. El dilema de nuestra religión sigue dirimiéndose entre
güelfismo y gibelinismo, fenómenos éstos que no se reducen tan sólo al
cristianismo. Y desde tal perspectiva no dudamos en asimilar a Nietzsche
con el gibelinismo. Y más aun, una vez que hemos hecho las aclaraciones
necesarias con respecto a la excepción manifestada a través de la figura de Jesús,
podemos decir que su acento está puesto específicamente en el judaísmo y en
aquello que, en tanto perteneciente al tronco judío y fariseo, se encuentra
presente en el cristianismo, del cual Pablo es la principal figura, del
mismo modo que en el campo de la filosofía Sócrates representa el desvío
de la razón que de intuitiva se ha convertido en discursiva. Por lo tanto una
vez más es clara la asociación entre Nietzsche y la tradición.
MARCOS GHIO