1)
Planteamiento del problema
En diferentes oportunidades hemos
analizado la relación establecida entre Evola y el régimen nacional socialista tratando
de resaltar sea sus críticas como sus coincidencias. Es indudable al respecto
que nuestro autor, a diferencia de otros pensadores tradicionalistas como por
ejemplo René Guénon, supo ver en tal movimiento, lo mismo que en el fascismo
italiano, la presencia de una serie de elementos que lo contraponían a los
valores propios de la modernidad, por lo que una importante parte de su obra
estuvo destinada a destacar los primeros separándolos de los segundos.
En lo que respecta al nacional
socialismo, tal como su nombre lo indica, puede acotarse que el mismo presentó
como positivo el haber intentado sintetizar a dos corrientes políticas que en
muchos de sus postulados eran contrarias al sistema entonces vigente. En efecto
era una característica esencial de la modernidad considerar al hombre como un
ser reducido al propio medio y cuyo su fin último en la vida era el logro de la
economía y del bienestar material, por lo tanto el materialismo, el que junto a
la concepción ambientalista representa la otra cara visible del sistema
vigente. Al sostener el nacionalismo, tal movimiento pretendió reivindicar la
propia identidad ante el abstracto universalismo moderno que concebía a un ser
humano amorfo y masificado, sin raza y sin historia, como una tabula rasa
en potencial disposición de asimilarlo todo a través de una oportuna educación
y adiestramiento. Y a su vez, por la exaltación del socialismo, se sostuvo
principalmente que los intereses de la propia comunidad estaban por encima de
los egoísmos individuales determinados siempre por los fines económicos y
materiales que, de acuerdo al equívoco postulado moderno, gobernarían
universalmente a todo ser humano por igual.
Sin embargo estos dos postulados
positivos, sostenidos por tal movimiento en contraposición con las ideologías
modernas, igualitarias y democráticas en ese entonces vigentes, necesitaron con
el tiempo ciertas precisiones y rectificaciones que se fueron operando
sucesivamente desde la propia fundación. Aquí es dable resaltar como un mérito
del mismo el haber tenido en ciertas circunstancias la capacidad por adaptarse
y corregir a tiempo algunas desviaciones, lo que en gran medida explica los
logros alcanzados. Así pues la purga de junio de 1934, conocida como la “Noche
de los cuchillos largos” por la que se disolvió a las SA y se defenestró a su
líder Röhm, junto a otros complotados, logró evitar que el socialismo de tal
movimiento degenerara en una vía similar a la del marxismo ruso. El eje
Berlín-Moscú, sostenido insistentemente por los principales ideólogos de tal
sector, tales como los hermanos Strasser y Dryssen entre otros, implicaba
reducir el socialismo a una dimensión materialista y economicista, como la del
marxismo, cuando el mismo debía representar principalmente lo contrario de tal
ideología disolvente y gemela del liberalismo. Se sostenía el socialismo en
tanto superación de la mera búsqueda afanosa y egoísta del bienestar material,
debiendo en vez la vida del hombre estar enmarcada en la realización incesante
de valores comunitarios y extra-individuales, presentes en el propio acervo. Es
así como se sostuvo entonces no la lucha de clases, sino la colaboración entre
éstas en aras del concepto superior de nación.
La necesaria depuración del
nacionalismo no sucederá con la misma rapidez que la demostrada en el caso del
socialismo respecto de su vertiente materialista. Al respecto es dable decir
que, así como no todo socialismo es rescatable por las razones antes mentadas,
sucede lo mismo con el nacionalismo. Recordemos que tal movimiento tuvo su
origen con la modernidad y la Revolución Francesa y significó también una
exaltación individualista por lo propio con independencia de cualquier valor
que lo trascendiese. De la misma manera que el proletario marxista debía velar
y cuidar por sus intereses de clase, así como lo hacen las otras, un
nacionalismo influido por la modernidad extrapola esta lucha por los meros
intereses sociales al ámbito de las naciones, las que, del mismo modo que las
clases, deberían reducir su existencia a un mero combate por las propias
“reivindicaciones”, las cuales bien sabemos que terminan siendo también
prioritariamente económicas y por lo tanto negadoras de cualquier valor
superior. Tal pensamiento se vio reflejado en la Alemania romántica con Fichte
para el cual lo alemán era sinónimo de justo y verdadero, sacralizando así el
relativismo cultural por el que lo propio, con independencia de aquello de lo
que estuviese compuesto, debía ser siempre exaltado y defendido. Pero hay otro
nacionalismo a rescatar que es aquel de carácter selectivo capaz de discernir
en el pasado histórico de un mismo pueblo a aquellos factores positivos a ser
asumidos y los que en cambio sin más deben ser rectificados, exigiendo tal
tarea discriminatoria la existencia de una profunda lucha interior en el seno
de una determinada comunidad. Para el mismo los valores presentes en una nación
son tales no en tanto son propios meramente, sino en la medida que signifiquen
algo de carácter superior capaces de servir para que lo que un hombre trae al
nacer en modo espontáneo y natural pudiese ser modificado y perfeccionado. Es
tan sólo en este contexto de discriminación a efectuar entre influencias
opuestas y antagónicas en el seno de una determinada comunidad que debe
comprenderse el concepto de raza. Luchar por la pureza de la propia raza es
bregar a fin de que lo mejor que existe en el patrimonio de la propia comunidad
triunfe sobre los elementos impuros y ajenos a la misma. Ahora bien, cuando
el nacional socialismo postula la defensa de la propia raza en contraposición
de elementos extraños expresados principalmente por el factor judaico presente
en el seno de la sociedad germánica, ello representa un valor positivo y
selectivo perteneciente a ese segundo nacionalismo aquí mentado que exalta un
patrimonio histórico y cultural en función de su valor y no simplemente porque
sea propio. Sin embargo para que ello adquiera una mayor significación debe ser
capaz de señalar en su más vasta plenitud los caracteres propios de aquello que
es judaico e impuro en la propia comunidad de lo que en cambio es su valor
positivo opuesto, al que se califica como lo ario.
Y es aquí en donde comienzan a aparecer
las limitaciones de cierto racismo, las que sólo pudieron ser superadas
tardíamente ya cuando el resultado bélico desfavorable era inminente. Para
algunos el problema de la salud de la propia raza consistente en descartar el
elemento judaico presente en el seno de la colectividad se limitaba simplemente
a un acto de higiene corporal por el que se evitaran cruzas impuras, considerándose
así al cuerpo como el factor determinante para la raza en tanto que en el mismo
encuentran su manifestación las otras dos dimensiones del hombre, la psíquica y
la espiritual. Nos encontramos entonces con el racismo biológico, que es
el que considera que el factor corpóreo y visible es el que resulta
determinante en la esfera racial y cuyos exponentes principales fueron
Rosenberg y Günther, encargados de estereotipar tal primera dimensión en
detrimento de las restantes, a las que consideró como simples efectos e incluso
partes integrantes de la primera. Dichos autores, fundándose en Chamberlain
principalmente, además de reducir el factor racial a su aspecto inferior de
carácter corporal, el cual sin más debería asumir los otros dos elementos que
componen al hombre, como consecuencia de tal reduccionismo, en un segundo paso reputaron a la propia raza como
superior a las restantes, en tanto que consideraron que en la misma estaban
presentes más que en las otras tales características visibles de lo corpóreo.
De este modo por un camino diferente terminaron asumiendo los valores
deletéreos pertenecientes al primer nacionalismo consistente en un culto
irracional y particularista por lo propio, lo cual debía dar como consecuencia
necesaria la exclusión de los valores que en cambio pudiesen estar presentes en
otros. Fue así que atribuyeron a la propia comunidad casi en exclusividad el
atributo de ario, descartándose como inferiores a los demás pueblos en la
medida que se encontrarían carentes de tal elemento superior y considerando que
la restauración de la propia raza originaria pasaba por la simple depuración
biológica del elemento judaico que se había infiltrado en la misma. Para
alcanzar tal fin fue que se acudió a una serie de medidas eugenésicas por las
que se segregaba a personas que no podían demostrar ascendencia aria hasta la
tercera generación.
En realidad la discriminación entre
lo ario y lo judaico para Evola, más que referirse a dimensiones corporales
como hacía erróneamente el racismo biológico, las que por supuesto existen pero
no son de manera alguna las determinantes, debía efectuarse principalmente
en relación a valores espirituales. Es decir que existe una espiritualidad
judaica y una aria contrapuestas las que no necesariamente se encuentran en
relación con un cuerpo que les equivalga, tal como podía haber sucedido en
otras épocas de la humanidad en las cuales el equilibrio entre las tres
dimensiones del hombre, cuerpo, alma y espíritu, existía en un mismo sujeto.
Hoy en día es posible más que nunca encontrarnos con el hecho notorio de que en
un cuerpo de caracteres físicos arios exista en vez un espíritu judaico e
incluso, aunque en menor medida, a la inversa, si tomamos a estas dos razas
como dos arquetipos antitéticos. Tal fenómeno fue en algún momento comprendido
por el mismo régimen nazi cuando, a pesar de sus estrictas medidas de
determinismo biológico-raciales, aceptó que algunas personas, a pesar de no
estar en orden con la propia raza, es decir de no presentar ascendencia aria
hasta la tercera generación, sin embargo por sus aportes comunitarios podían
ser reputados como Arios honorarios (Ehrenarier). Evola nos hace notar
que un desarrollo completo de tal idea debería haber llevado al régimen (y
quizás de haberlo hecho a tiempo le hubiese evitado tantos de los errores que
lo condujeron al fracaso) a concebir también la existencia de Ehrenjuden,
es decir de arios que por su espíritu eran y actuaban como verdaderos judíos.
Ahora bien lo importante es, de acuerdo
a nuestro autor, señalar esta diferencia dicotómica entre ario y semita desde
un punto de vista espiritual, es decir, relativo a la manera de ser propia de
cada raza, y no reducida exclusivamente a un factor físico o psíquico como
hacía el racismo biológico. Y al respecto nos preguntamos ¿Qué es lo propio de
la raza judaica que se encuentra en contraposición con la aria? La primera y
más elemental diferencia se encuentra en la manera como sea el judío como el
ario conciben la relación entre lo humano y lo divino, la cual por extensión luego
se remite a todo lo demás. En el caso del judaísmo el sujeto se encuentra ante
Jehová en una relación de absoluta dependencia y pasividad, por lo que se
relaciona con la misma en una actitud de servilismo y negación de sí. Lo ario
en cambio se caracteriza por concebir tal vínculo en manera activa y de
señorío. El hombre no es considerado como criatura, sino como compañero de
Dios, lo divino no es una cosa que le resulte ajena, sino parte integrante de
lo más profundo de su ser. Esto lo terminó con el tiempo aceptando el mismo
Günther, a pesar de sus inicios biologistas, en un conjunto de textos muy
valiosos. La secuela de ello es, desde el punto de vista judaico, concebir un
hombre degradado que se reduce a la situación de parte respecto de un todo, lo
cual no solamente está presente en la manifestación religiosa. La
secularización ha hecho en modo tal que el papel de Jehová fuera suplantado por
otras entidades impersonales encargadas todas ellas de determinar al hombre en
una dirección que le resulta fatal y obligatoria y de la cual no puede
apartarse en manera alguna corriendo el riesgo en caso contrario de recibir una
condena. Se llame esta divinidad Historia, Sociedad, la misma Raza, una
determinada religión o una doctrina a las que se les asigna un valor absoluto y
ante las cuales el ser humano debe subordinarse como una simple marioneta, sin
poderle objetar absolutamente nada bajo el riesgo de ser reputado como réprobo
o excluido: éste es el rasgo principal del semitismo que Evola en obras posteriores
denomina más rotundamente como moderno, lo cual abarca diferentes grados hasta
arribar al más bajo de subordinación referido al más crudo sometimiento al
poder del dinero y de la economía, el cual ha tenido que estar precedido por el
determinismo del sujeto respecto de Jehová. En síntesis: si el ario se
encuentra en el mundo como un sujeto activo dueño y señor del propio destino,
el semita o moderno es en cambio un sujeto pasivo reducido al papel de parte de
un todo que lo trasciende, recibiendo el mismo diferentes denominaciones de
acuerdo al collar que el hombre elija para estar sometido.
Lamentablemente tales superaciones y
mejores explicitaciones doctrinarias llegaron muy tarde como para haber
permitido que el nacional socialismo superara aquellas limitaciones que
impidieron su éxito político y como concepción del mundo. El caso específico se
lo tuvo en la relación que tal régimen estableció en un primer momento con los
pueblos sometidos militarmente y más específicamente con el caso del ruso.
Basados en las estrechas concepciones de Rosenberg por las cuales lo ario era
sinónimo de germánico, y por lo tanto de raza superior, es decir un argumento
ideológico al servicio del propio nacionalismo concebido como sentimiento de
dominio de la propia nación respecto de las otras, sentimiento éste propiamente
moderno, despreció al ruso eslavo, al que asimiló grotescamente con el
“esclavo” y en vez de buscar una unión con éste para abatir al comunismo, lo
sometió en una manera peor que Stalin en los territorios ocupados, postergando
las posibilidades del Ejército ruso libre de Vlasov, el que sólo entró en
acción en los finales de la guerra. Tal rectificación llegó demasiado tarde.
Tan sólo finalizando la guerra las SS supieron convertirse en divisiones
pluri-raciales, compuestas incluso por árabes e hindúes, es decir no miembros
de la raza blanca en exclusividad, sino en cambio unidos todos, más allá de sus
diferencias corpóreas, en función de una concepción del mundo. Es decir que
aunque demasiado tarde se comprendió que lo ario no era una categoría
prioritariamente corporal, sino un concepto de carácter espiritual del que
todos podían participar en mayor o menor medida.
El hecho de que tal acontecimiento
sucediera en simultaneidad con la derrota bélica impidió esta necesaria
evolución que hubiese significado la liquidación definitiva del nazismo
biológico, cuya depuración por lo tardío, no pudo ser así asimilada
suficientemente como en cambio sucediera con el desvío nacional-comunista del
‘34. Es ello lo que ha hecho que aun hoy en día existan sectores que reducen la
experiencia nacional-socialista a tal segundo desvío doctrinario, principal
responsable de la derrota bélica del 45.
Las incesantes prédicas efectuadas por
nosotros señalando los aportes realizados por Evola sea desde adentro como
afuera del nacional-socialismo demostrando la superación necesaria que el mismo
debe hacer del nazismo biológico han dado múltiples resultados, sea a favor
como en contra. Entre estos últimos nos queremos referir específicamente a una
página de reciente hechura en internet en la que escriben un conjunto de
personas escudadas en su mayoría en el anonimato, pero además con el aditamento
de un trabajo efectuado por un sacerdote lefevrista hace diez años, lo cual por
lo que veremos permite una mejor comprensión de tal anomalía. Junto a ello
aparece también un texto nuestro recortado y editado sin nuestra autorización,
el que por tal razón descalificamos y finalmente un trabajo perteneciente al autor
catalán secesionista, Ramón Bau. Recomendamos a todos aquellos que quieran
hacerse una composición de lugar respecto del nivel de esta corriente leer con
atención, si es que antes la carcajada no se apodera de ellos, esta página a
fin de poder percibir la dimensión alcanzada por un fenómeno afortunadamente
terminal dentro del nacional socialismo (1). Para agilizar la lectura dividiremos la
refutación de todos los trabajos en tres secciones en función del orden en que
los mismos se han expuesto.
a) Actitudes
semitas del padre Cretiné
El sacerdote lefevrista francés Bobé
(bautizado en nuestro medio por muchos espantados feligreses, debido a sus
incesantes dislates, como Cretiné) escribió tiempo atrás un artículo en nuestra
contra y por extensión también en contra de Evola, en 1996 en la revista de su
orden, Iesuchristus, el que fuera en su momento debidamente refutado en
la publicación El Fortín n.º 1 (3ª época) de ese mismo año con el título
El tradicionalismo soberbio y sectario. En aquel artículo Cretiné se
mostraba preocupado por una visita nuestra efectuada al Perú en donde diéramos
ante feligreses suyos de aquel país entre otros, una conferencia sobre Julius
Evola. En un lenguaje sigilosamente amenazante, típico de los sacerdotes
talmúdicos, Cretiné manifestaba que el suscripto era un adepto de Satanás y que
por lo tanto sea quienes lo habían escuchado como los que pensaban hacerlo en
lo sucesivo corrían el severo peligro de caer en la abismal condena a la que
conduce tal maldad absoluta. Al respecto Cretiné formulaba una serie de
recomendaciones catárticas a fin de que los fieles que en buena fe y
desconocimiento hubiesen asistido a nuestra conferencia pudiesen purificarse de
los daños sufridos. Además de someterse a una “buena confesión”, la primera de
ellas era no acercarse en lo sucesivo a ninguna obra del “satanista” Evola. Él
mismo iba a realizar como ejemplo un acto de contrición para su feligresía
prometiendo no leerlo nunca ni siquiera una vez, acudiendo para lo cual a los
servicios de otro abnegado sacerdote, el
sedevacantista (para tal secta seres también execrados, aunque no tanto
como para ser reputados satanistas) Curcio Nitoglia, el que según él había
hecho tal sacrificio para todos “leyéndolo” y por lo tanto criticándolo,
proporcionando así a los fieles argumentos irrebatibles que los salvaran de la
hoguera del Infierno. Lamentablemente de la lectura de la nota puede
constatarse que también el aludido, en el artículo reproducido por Cretiné, nos
confiesa no haberlo leído él tampoco a Evola, sino que se libera de tal
responsabilidad remitiéndose para ello a un autor marxista, Marco Fraquelli,
quien sí lo ha hecho y escrito un grueso libro de unas 400 páginas sobre el mismo,
titulado El filósofo prohibido, en donde explica él también las razones
por las cuales conviene no leerlo nunca. No porque conduzca hacia las puertas
del Infierno cristiano como sostiene Cretiné, sino porque en cambio sería el
gran responsable de la violencia nazi-fascista acontecida en la Italia de
posguerra, esto es, el infierno de los comunistas. Falsa acusación esta última,
debidamente refutada por nuestro autor en su defensa en un juicio del que
saliera airoso tras seis meses de cárcel del sistema, habiendo sido el primer
preso de la Italia democrática. Es curioso constatar que una página que se
autotitula “nacionalsocialista” (ya vemos que no lo es) se haga eco de tales
calumnias y falsedades judaicas.
b) Reiterados
actos de semitismo en el nazismo anónimo
Tal como vimos, Cretiné es una típica expresión de la raza
espiritual semítica. Existen para él verdades absolutas e intangibles ante las
cuales debemos suplicar de rodillas viviendo atormentados por “no pecar”,
evitando caer en la tentación de leer autores satanistas que nos hundan en el
Gehena, en una actitud similar a la de los sacerdotes hebreos ante el severo
Jehová vengativo y vigilante de nuestras acciones con el que prometen
reconciliarnos. Ha sido por lo tanto muy atinada la elección de tal nota como
introductoria a una crítica a Julius Evola formulada por el grupo de nazis
biológicos que le siguen a continuación en la aludida página manteniendo sin
darse cuenta ese mismo espíritu judaico.
En términos similares a los de Cretiné se expresan los artículos
siguientes firmados por tres anónimos personajes de los que hablaremos
seguidamente. Hasta sus sugestivos nombres elegidos, T. Balde, San Trece y
Nuestra Señora Integridad, son sumamente coherentes con las opiniones vertidas.
Aclaremos primeramente que no es mucho lo que, desde un punto de vista
conceptual, manifiestan en sus notas. Se trata más que nada de estados de ánimo
subjetivos, de traumas psicológicos no resueltos, pero lo que llama
poderosamente la atención es que ellos le reprochen a Evola justamente lo que
se caracterizan en cambio por hacer. Por ejemplo le achacan de ser un
intelectual que no “vive peligrosamente” como al parecer ellos lo hacen. Sin
embargo amén de que ello no sea cierto en el caso de Evola, lisiado de por vida
en la última contienda tras haber participado de importantes acciones, todas
ellas reseñadas en su obra cumbre sobre los fascismos, llama la atención la
manera como dicen hacerlo en cambio tales personas. Si bien nos manifiestan
estar resueltas a llevar adelante una vida de peligros, al parecer éstos no lo
serían tanto como para dar la cara y firmar sus notas con sus nombres y
apellidos verdaderos. Ellos alegan que lo hacen porque tienen miedo de perder
sus empleos; sin embargo puedo asegurarles que, más allá de que eso no sea una
excusa plausible que pueda disimular una esencial cobardía, no corren peligro
alguno por las cosas que dicen.
T. Balde, tal como su nombre mismo lo
indica, escribe largas e insustanciales peroratas, plagadas de ignorancias e
imprecisiones, las que hemos refutado en dos oportunidades con la vana
esperanza de llamarlo un poco a silencio a fin de que no fastidie más.
Lamentablemente no hemos tenido éxito en nuestro objetivo pues a cada nota
nuestra le responde con otra más extensa e insustancial no contestando
absolutamente nada y exteriorizando solamente sus molestos estados de ánimo.
Por lo que hemos decidido no responderle más, aparte por el lastimoso
espectáculo de su recurrencia a un pseudónimo. Ya hemos refutado su pretendida
“réplica” a mi persona y quien quiera leerla por curiosidad puede remitirse a
la página del grupo de Nuevo Orden en donde la puede encontrar (2).
En cuanto a San Trece hallamos la continuidad
más estrecha y casi una identidad con la nota del padre Cretiné. (Por algo
habrá elegido un pseudónimo tan cristiano y al mismo tiempo cabalista). De la
misma manera que éste él nos invita a no leerlo a Evola por los graves daños
que puede causar en los más jóvenes. Al parecer él no lo sería. Pero en cambio
promete hacer el sacrificio para más adelante y escribirnos un libro al
respecto. Estamos ansiosos por leerlo, pues debe ser para alquilar balcones.
Por supuesto que tal anatema dirigido al pensador italiano, similar al de
satanista proferido por Cretiné, se funda en su fe judaica respecto del valor
absoluto e irrebatible que tiene una doctrina. Si el Jehová de Cretiné es el
judeo-cristianismo lefevrista (ahora reconciliado con el Vaticano), el de San
Trece es en cambio la doctrina nazi biológica, la cual es “perfecta” e
“intangible” como el dios hebreo que no admite la más mínima crítica, pues en
caso de hacerla, de la misma manera que lo que acontece con las amenazas de
Cretiné, corremos el severo riesgo de ser excomulgados o fulminados por un rayo
destructor. La demonización terrible que nos lanza San Trece es la de que un
judío llamado Isaac Goldman (¡qué poca imaginación!) ha escrito un documento
secreto, aunque no para él, en el que dice que Evola es el instrumento a
utilizar para desarticular al nazismo. Aunque el hecho de que el ex ministro
Sharon haya solicitado “clausurar los centros evolianos en el mundo”, lo deja
un poco perplejo. Sin embargo seguidamente nos agrega que con los institutos
hitleristas ello no sucede “porque no existe ninguno”. ¿Estará a punto de
crearnos uno para mostrarnos que son más peligrosos que los evolianos o
simplemente considerará que es mejor no crearlos para seguir viviendo
“peligrosamente” en el anonimato?
Dejamos a San Trece para finalizar con
el postrecito de los anónimos representado por Nuestra Señora Integridad, una
“camarada” que protesta porque Evola es “misógino”, es decir porque odiaría
según ella al género al que pertenece. Le contestaremos que, por lo que
sabemos, tenía un trato muy intenso con su sexo opuesto, habiendo sostenido una
muy rica vida sentimental. Lástima que ella haya llegado tarde para
comprobarlo. En cuanto a su crítica principal que le insume la casi totalidad
de su afortunadamente breve artículo digamos que la mantiene obsesionada la
idea de que cabalgar el tigre no sea una cosa tan peligrosa como en cambio
escribir sus anónimos. Yo no sé si ella habrá reparado en la enormidad de lo
que está diciendo, pero aun a riesgo de que a mí también me repute de misógino,
le diré que éstos no son temas que ella pueda entender pues, como dijera bien
Nietzsche, su meta debe resumirse o en el “el matrimonio o en el reposo del
guerrero”.
c) Ramón Bau y el
verdulero de Hegel
Luego de estas inverosímiles notas nos
tropezamos seguidamente con el escrito “brillante” que, según los aludidos
anónimos, nos eximiría de los adefesios anteriores. Acá afortunadamente no nos
topamos con un pseudónimo sino con un catalán dicharachero y simpático que
conociéramos personalmente en Barcelona en una conferencia nuestra. El mismo
nos escribe ahora un largo texto en el que, sin citarnos, entrecomilla en forma
abundante pasajes de una ponencia que diéramos el pasado año titulada La superación del racismo: Evola y Günther
y aprovecha la misma para achacarnos una serie de cosas que nunca nos manifestó
en nuestra conversación.
Para aquellos muchos que no saben quién
es Bau expliquémoslo a partir de lo que él mismo nos manifiesta en su escrito
aludido. En su firma él se nos califica como un “ex CEDADE”. Efectivamente
recordemos que tal grupo fue una importante expresión del nacional socialismo
español de fines del pasado siglo y con ramificaciones en la Argentina. Ahora
bien, alguno pensará que el aditamento “ex” fue puesto porque se trata de un
nucleamiento que ya no existe más. De ninguna manera ello es así. Lo que ha
pasado es que Bau es “ex” en tanto dejó de pertenecer al mismo en la década del
ochenta por sostener una postura anti-española y catalanista por la que
defendía abiertamente la independencia de su región, Cataluña, con la
incorporación de otras aledañas como la de Valencia. Es decir ostentaba una
actitud de secesionismo muy semejante a la que sostiene la ETA en relación a
los provincias vascongadas, lo cual en manera alguna podía ser compartido por
un grupo de personas que se calificaran como nacionalistas. Es interesante
recordar este hecho porque las razones que Bau nos da para sostener la
independencia respecto de España son muy parecidas a las que nos esgrime en el
texto aludido para negar la existencia de una raza del espíritu y por lo tanto
para expresar su adhesión incondicional al nazismo biológico. En ambos casos,
España y la realidad espiritual, se trata para él de fetiches que existen
exclusivamente en la imaginación y cuya entidad debe ser sin más descartada
para ser suplantada por las “realidades demostrables”, las que, en el caso aquí
mencionado, serían las regiones, las cuales deberían confederarse entre sí en
una unidad más comprensiva que la de la convencional y arbitraria España. La
actual Comunidad Europea sería según Bau la nueva entidad que confirmaría su
proyecto, por ello los sectores afines a él han llamado a votar a favor de su
Constitución en las últimas elecciones (ya vimos cómo les fue). Su argumento
para rechazar la realidad de entidades metafísicas, es decir de entidades que
están por encima de la mera inmanencia, representada en su caso por las
regiones, es parecido al que nos daba el verdulero que discutía con Hegel
cuando le negaba al filósofo que existiera la fruta pues en sus mostradores
sólo había peras, manzanas, etc., pero no un estante con “fruta”. Así pues
cuando Bau observa el mapa de España inmediatamente nos dice, del mismo modo
que el verdulero de Hegel, que tal entelequia no existe, sino sólo Cataluña,
Galicia, Castilla, etc, pero no un lugar que se llame España. A lo que el
filósofo le hubiera contestado de la misma manera que a su verdulero amigo que,
si fuera coherente con la argumentación, tampoco podría decir que existen las
peras o las manzanas, sino simplemente estas peras y estas
manzanas; del mismo modo que si se lo fuera hasta el final con el relativismo
de Bau habría que decir que tampoco Cataluña existe, sino las comunidades que
la componen y si seguimos descendiendo llegaríamos a las unidades más
inferiores de todas que son los individuos singulares, los únicos
verdaderamente “demostrables” en su entidad. Es curioso que Bau, un verdadero
relativista y por lo tanto individualista que niega la existencia de realidades
universales, como España y el espíritu, nos califique en cambio a nosotros como
tales, demostrando hacer él lo mismo que sus anónimos amigos cuando atribuían a
Evola lo que ellos en realidad eran. En verdad el verdadero individualista es
él. Por supuesto que su relativismo, del mismo modo que el del simpático
verdulero, no es absoluto, pues en vez de descender en su reflexión hasta el
mero individuo se detiene en un género superior que son las comunidades (no
nacionales, sino regionales como la de Cataluña), y ello es hecho en detrimento
de su coherencia. Si su razonamiento llegara hasta las últimas consecuencias
vería que no está muy lejos ni del liberalismo ni del marxismo que son dos
maneras también de relativismo como la suya. Por lo tanto no es casual que de
la misma manera que ellos él considere, y lo expresa textualmente, que, en
tanto no existen realidades universales superiores a la relativa por él
aceptada como instancia última y verdadera, el Estado debe estar subordinado a
la comunidad. Es decir que él también cree en la democracia y en el dogma de la
soberanía popular, lo mismo que las dos ideologías modernas antes mentadas. Es
el pueblo, representado por su comunidad, lo que para él implica la instancia
última de lo verdadero. En cuanto a su pretendida manifestación en contrario de
que rechaza el dogma de la igualdad y que sostiene el desigualitarismo, ello
tampoco es así totalmente. Porque si bien manifiesta que las comunidades son
desiguales entre sí racial y culturalmente, en el seno de las mismas él en
cambio acepta el principio de la igualdad. Es justamente en su concepción
democrática de un Estado que se subordina a una determinada comunidad en donde
se encuentra su adhesión al igualitarismo. No existen para él jerarquías, no
hay aristocracias que deban mandar en razón de una superioridad espiritual que
así lo determine, ya que como veremos para él el espíritu no existe, sino que todos
los integrantes “sanos” de la comunidad terminan formando el Estado y poseyendo
así los mismos derechos. Claro que alguno podrá decir que la idea de nación-Estado es moderna y que en la Edad Media no
existieron naciones como España superpuestas a las diferentes nacionalidades.
Ello es cierto pero tan sólo porque había una entidad superpuesta, más
espiritual, metafísica, que estaba por encima de las nacionalidades, que era el
Imperio. Institución en nada aceptada por Bau, pues de la misma manera que nuestros
demócratas republicanos (uno de sus movimientos afines casualmente lleva ese
nombre) sostienen un mero acuerdo entre diferentes comunidades, el que puede
ser disuelto en cualquier momento, no siendo en nada diferente en el fondo del
contrato social rousseauniano, lo único que lo distingue es que la palabra
individuo queda aquí suplantada por otros particulares que son las diferentes
comunidades, las que por una especie de milagrosa armonía preestablecida se
autogobernarían a sí mismas. Es decir se sostiene aquí un federalismo sin
Imperio y por lo tanto sin Estado, muy similar al que intenta implantarse
actualmente en Europa. Resulta además curioso que él nos achaque estar con el
sistema porque nos declaramos en contra de la democracia. Su argumento es infantil
al respecto. Nos dice que porque hoy en día la verdadera democracia no existe
deberíamos estar contentos y hallarnos afines con el sistema vigente. Más bien
lo contrario es lo verdadero. La democracia no existe no porque no quiera
aplicarse, sino simplemente porque es una utopía tan irrealizable como la del
fracasado comunismo.
Bau en su larga exposición, si bien nos
dice que rechaza la metafísica, ello sin embargo no le impide efectuar una
serie de disquisiciones sobre la existencia de la realidad, lo cual es también
de alguna manera hacer metafísica. Al respecto digamos que en el contexto de la
misma él adhiere a una escuela determinada que es la del realismo vulgar que
consiste en sostener que la única realidad “demostrable” es la que captan nuestros
sentidos externos, esto es la perteneciente a la dimensión espacio temporal.
Por lo tanto la forma de conocimiento válida es la que posee el común de las
personas, demostrando también en esto su adhesión a los postulados democráticos
propios de la ciencia moderna que sostiene que son válidos únicamente aquellos
conocimientos a los cuales todo el mundo puede llegar. Digamos al respecto que
esta forma de conocer la realidad ha existido siempre porque en todo momento ha
habido personas cuyas posibilidades estaban enmarcadas exclusivamente en la
esfera sensitiva y carecían, como en cambio era factible que aconteciese en
modo eminente tan sólo en algunos, de la posibilidad de elevarse hacia una
dimensión superior de carácter espiritual. Era justamente esta diferencia entre
seres que podían conocer las causas a través de los efectos y aquellos que en
cambio podían conocer los efectos a través de las causas lo que explicaba la
existencia del Estado y por lo tanto el verdadero principio de la desigualdad
que es en cambio ignorado olímpicamente por Bau. Aquel que expresaba tal
superioridad espiritual tenía no solamente el derecho, sino principalmente el
deber de gobernar y orientar a aquellos que eran carentes e imperfectos debido
a tal tipo de forma de conocimiento inferior. Por lo tanto debía ser el Estado,
compuesto por una verdadera aristocracia espiritual, el encargado de gobernar y
ejercer la soberanía y ello era una necesidad expresada y reconocida
principalmente por quienes eran inferiores. La anomalía moderna ha consistido
en cambio en considerar que esta forma más baja de conocimiento, que está
presente en las mayorías, y que era lo que justificaba por parte del que era
inferior una necesidad de ser conducido, que ahora en cambio se la repute como
el estado normal y propio de todo el mundo, negándose así cualquier jerarquía,
y queriendo en cambio imponerle en forma intolerante a todos, y en especial al
que es superior, esta forma inferior de conocimiento: esto es propiamente la
esencia de la democracia.
Esta misma actitud invasiva y
prepotente la vemos con las actitudes que asume Bau cuando se refiere a quienes
tienen intuiciones metafísicas, esto es que captan realidades superiores
inespaciales, a-temporales y universales, es decir diferentes a las que tenía
el verdulero de Hegel. Respecto de ellos él nos dice socarronamente que se
trata de enfermos que duplican esquizofrénicamente la realidad imaginando
mundos en los cuales necesariamente el bien triunfa sobre el mal fabricándose
utopías y quimeras que les permitirían de esta manera apoltronarse y “no hacer
nada” sin “ponerse la pistola en el cinto”, etc. Digámosle al respecto que él
comete una gran confusión. A diferencia de lo que acontece en el ámbito de la
naturaleza física, lo que es propio del espíritu es la libertad y no la
necesidad, por lo que queda siempre indeterminado saber si es el bien o el mal
lo que habrá de triunfar con independencia de lo que uno haga. Y por tal razón,
en la medida en que las cosas no se encuentran resueltas, de manera alguna como
nos sugiere Bau, hacer triunfar la propia idea especialmente en un mundo que
adhiere en lo esencial a los postulados democráticos que él también comparte,
representa un enorme compromiso mucho mayor que el suyo.
A su vez acudiendo a las más burdas argumentaciones
cientificistas propias del siglo XIX refuta la existencia de una raza
espiritual simplemente porque el pequeño movimiento de una célula del cerebro o
de un átomo travieso puede generar el colapso mental de una persona, lo que
según él conllevaría también la desaparición del espíritu. Lo cual nos recuerda
a ese cirujano entusiasta que orgullosamente exhibía el bisturí que nunca se
había topado con un alma inmortal, o al cosmonauta Titov satisfecho por no
haber visto ángeles en el cielo. Seguramente a Bau, quien debe estar tratando
desde hace años de pesar el aire con la balanza de su cocina, sería bueno
recordarle que cada cosa tiene su instrumento propio de conocimiento. No puede
un ojo sensible, ni un instrumento material y extenso captar de manera directa
una realidad espiritual y por lo tanto inespacial e inextensa. Se precisan para
ello otros ojos, otros oídos, otras intuiciones diferentes de las de nuestra
sensibilidad. Sucede que algunos las poseen y otros no. Pero no porque sean
muchos los que no la tengan tenemos que decir que no existen. De lo contrario
estamos de lleno en la democracia y el igualitarismo, su terreno propio, en
donde sólo es válido lo que la mayoría hace o resuelve. Nosotros opinamos
diferente.
Con respecto al racismo que le achaca a
Evola demuestra una absoluta incomprensión, tan grande como la que manifiesta
en relación a su pretendido nacionalsocialismo. No es verdad que nuestro autor
haya rechazado la existencia de una raza del cuerpo. Basta leer los vastos
capítulos que le dedica a tal tema en La raza del espíritu, traducida al
castellano y al alcance de quien lo quiera. ¿Por qué no se toma el trabajo de
leerlo, o es que le hace caso a Cretiné y a San Trece? Por otro lado no es
verdad tampoco que manifieste que el espíritu en el hombre no se expresa a
través del cuerpo y que por lo tanto es “como el sexo de los ángeles”. Con el
perdón de la palabra ¡qué ejemplo más estúpido que nos ha dado! Es exactamente
lo contrario, el cuerpo es el medio de expresión del espíritu. Pero así como la
vestimenta que utilizamos no agota a nuestra persona, es falso reducirlo a la
condición de mera manifestación corporal y negar por lo tanto su trascendencia
como hace el nazismo biológico en concordancia con todo el movimiento cientificista
del siglo XIX. Si bien no todos tienen la posibilidad de captarlo directamente,
como los ascetas y los héroes, existen múltiples expresiones en el hombre, en
especial las que son libres y no necesarias, que demuestran fehacientemente la
existencia de tal realidad superior que la mayoría puede al menos captar en
manera indirecta.
Volvemos así al ejemplo anterior: ¿cómo
se expresa principalmente el judaísmo? No por cierto a través del cuerpo,
aunque por supuesto existe un biotipo judaico, sino principalmente a través del
espíritu, es decir por una libre decisión efectuada por uno mismo entre
diferentes tendencias. Es un espíritu judaico reputar que el hombre se
encuentra en un estado de pasividad y fatalismo ante la realidad, llámese ésta
economía, sexo o raza como el caso específico de cierto racismo. Es judaico
también el materialismo, considerar que sólo existe la realidad demostrable por
los sentidos externos y el rechazo rebelde por aquello que “no se ve”,
descartando que en cambio existan otros que puedan hacerlo. El espíritu ario es
en cambio lo contrario: libertad, antideterminismo, antifatalismo.
Por último digamos que Bau, como buen
demócrata y moderno que es, no solamente es regresivo en cuanto a su nacional
socialismo en relación a su asunción fanática de una vertiente degradada del
mismo, el nazismo biológico, sino también en el hecho que de manera necia
rechaza la rectificación efectuada en 1934 con la tendencia nacional-comunista.
Por lo que sabemos en la actualidad él adhiere también a tal corriente pro-rusa
y esto nos explica mucho su diferencia con el líder de su movimiento. Pero lo
más gracioso es que quiera reducir aquel conflicto que Hitler tuviera con las
camisas pardas de las SA, no a una manera diferente de concebir la doctrina, no
al hecho de que aquellas quisiesen sustituir al ejército por milicias populares
como en Rusia, sino a una mera puja entre homo y heterosexuales. Esto, más allá
de lo descabellado, nos permite establecer un vínculo nuevo con nuestros
anteriores nazis anónimos. En verdad hay nuevamente aquí un fenómeno
psicológico de transferencia. Lo que él le achaca a Evola de reducir el tema de
la raza del espíritu a una cuestión sexual él lo hace en cambio en relación a
su caracterización del nacional socialismo. Por más que se repute como
antijudío en el fondo concuerda con el judío Freud al considerar que es el sexo
lo que gobernaría a las personas.