por Marcos Ghio
Hace
10 años editábamos por primera vez al castellano la obra principal de Julius
Evola, Rebelión contra el mundo moderno. Texto que se publicara a su vez
en su lengua originaria en 1934, es decir, hace setenta años, por lo cual
nuestro homenaje es aquí doble. Digamos además que este libro trascendente, el
principal del autor que hoy homenajeamos, ha sido traducido ya no sólo a los
principales idiomas de la Tierra, sino también a lenguas secundarias, como por
ejemplo el turco o el finlandés, y es de destacar además que, de los idiomas
más importantes, el nuestro ha sido el último en ver editada dicha obra por
primera vez. Las razones de ello las hemos mencionado en nuestro opúsculo Evola
en el mundo de habla hispana, por lo que obviamos este tema fundamental.
Hoy, al cumplirse la primera década de nuestra
edición al castellano, valgan una serie de reflexiones sobre la importancia de
la obra. Rebelión.. no ha sido un libro abocado meramente a explicar las
causas de la crisis o decadencia de aquello que se conoce como el Occidente, tal
como fuera por ejemplo el título que llevara la obra homónima de Spengler, la
que, a partir de ello, pretendía determinar las razones por las cuales esta
civilización, la occidental, había entrado en un estado de declive y de qué
modo debería encontrar las fuerzas para originar un retorno a la situación de
grandeza que viviera en épocas anteriores. Ello no es así por la sencilla razón
de que no se trata de un texto de historia de las civilizaciones, sino de
meta-historia. Su punto de partida no es el análisis de una determinada forma
cultural, sino una reflexión principalmente metafísica (perspectiva ésta
expresamente rechazada por Spengler) acerca de la naturaleza del hombre
explicada en su despliegue a lo largo del devenir. Para E. existe una esencia humana
inmutable que se encuentra más allá del mismo proceso histórico, el cual, lejos
de brindarnos el punto de referencia, sirve apenas para confirmarla. Las
posturas historicistas en cambio parten todas por igual de la aceptación de un
tipo de hombre ya determinado, en este caso el occidental o fáustico, y el
concepto de potencia y grandeza, que según éstas debería alcanzar una
civilización para no ser decadente, significa ya la asunción de un determinado
punto de vista, que a nuestro entender es también moderno.
Es de destacar que en su reflexión acerca de la
naturaleza humana, la verificación esencial que efectúa el autor es la de que
en todo momento se han manifestado a lo largo de la historia, más allá de
culturas y civilizaciones disímiles, dos tipos diferenciados y contrapuestos
de hombre: el moderno y el tradicional. Lo que los diferencia no es una
ubicación geográfica, racial o cultural determinada, sino el hecho de que, más
allá de cualquier circunstancia, unos tienen por meta la eternidad y otros en
cambio se encuentran afincados en el tiempo. Tal como dijera el primer gran
metafísico de la historia que fuera San Agustín, en su trascendental obra La
ciudad de Dios, con la cual es factible hallar grandes analogías con la de
Evola, con Abel y con Caín, comprendidos como arquetipos diferentes de
ciudadano, del Cielo uno y de la Tierra el otro, encontramos el primer
antagonismo histórico entre estos dos tipos de hombres contrapuestos, aunque
habitantes por igual en una misma historia y partícipes de un cuerpo semejante.
La conducta entre ambos se encontraba diferenciada por la manera como se
vinculaban con las cosas. Abel era nómada, por lo tanto él vivía en este mundo
como de paso, como un “peregrinus ad saeculum”, tal como lo
calificaba S. Agustín; en ningún lugar del espacio él había asentado su morada
definitiva pues su existencia estaba centrada en la búsqueda incesante de algo
que la trascendiera y le otorgara un significado superior. Caín en cambio era
sedentario, simbolizando así con tal conducta el hecho de que hallaba en esta
vida, en la Tierra misma, el sentido último del propio existir. Abel la
concebía en cambio como un tránsito, como un momento sí necesario, pero tan
sólo en tanto comprendido como un medio ordenado hacia un fin ulterior, manteniéndose
alejado así de las cosas superfluas, por lo que la existencia era vivida como
un duro combate para alcanzar la eternidad. Las cosas materiales y los
instrumentos utilizables para su disfrute y explotación, lo que hoy hace a la
esencia de la moderna sociedad tecnológica y de los consumos múltiples e
incesantes, eran en cambio el objeto último para Caín, comprendidos éstos como
verdaderos alucinógenos que permiten olvidarnos de lo que realmente se es. Abel
en cambio, en tanto su meta se hallaba más allá de este mundo, disminuía al
máximo la tecnología hasta reducirla a la mera satisfacción de las necesidades
elementales de supervivencia. Tal antagonismo entre estos dos tipos de hombre
recorrerá toda la historia hasta nuestros mismos días, siendo Abel el primer
arquetipo de hombre tradicional, que halla en el ascetismo y en la vida heroica
su forma propia de ser, Caín en cambio es el modelo de hombre moderno cuyo
sedentarismo representa el verdadero antecedente del consumismo y del
desenfreno tecnológico de nuestros días, así como el fenómeno de la gran
concentración en las ciudades.
El
hombre tradicional se diferencia del moderno en el hecho de que para éste,
además de esta dimensión que captan nuestros sentidos externos, existe una
superior y metafísica, que además del tiempo se encuentra también la eternidad,
y más aun, que el tiempo en sí mismo, en tanto devenir incesante, no es
propiamente sino una ilusión, pues lo único que es en cambio verdadero es el
ser y lo eterno es el modo como se lo capta y vive. Sin embargo es de destacar
también que no se nace con esta dimensión metafísica, que la misma es el
producto de un largo proceso que dura toda una existencia, de una conquista
heroica que tan sólo se agota con la muerte. De manera tal que mientras que
únicamente algunos en la vida alcanzan a desarrollar la dimensión eterna, otros
en cambio se diluyen en la nada del devenir. Ésta es pues la escisión esencial
que divide a nuestra especie. Éstas son las dos razas a las cuales se refiere
Evola a lo largo de toda su obra y consecuentemente éstas son las dos
civilizaciones posibles. Y es a su vez esta misma perspectiva la que fundamenta
la diferencia entre los conceptos de persona e individuo. Persona es el sujeto
que ha alcanzado a vivenciar el ser y la eternidad, individuo en cambio es
aquel que no ha sido capaz de superar la dimensión temporal y del devenir,
quedando como Caín afincado en la misma. Hay a su vez grados de personalidad,
pues se nace individuo pero se deviene persona, y así como nadie alcanza ni a
ser persona ni individuo absoluto, sino que tan sólo existen aproximaciones
distintas a tales arquetipos, hay sin embargo algunos –y cada vez son más– que
viven y mueren sin haber prácticamente desarrollado ningún grado de
personalidad. Y ambas polaridades corresponden a su vez a los dos tipos de
sociedades o mundos que pueden constituirse. Individuo y Persona son pues los
correlativos de Mundo Moderno y Mundo Tradicional.
Es de este modo un principio esencial de la
concepción tradicional la certeza absoluta de que existen dos tipos de hombre
contrapuestos. Y lo que caracteriza a lo moderno en cambio es la actitud
opuesta de negar incesantemente esta diferencia esencial; así como hoy en día
se confunde individuo con persona y se los considera términos sinónimos y
equivalentes, de la misma manera para éste los hombres son todos iguales entre
sí. El igualitarismo, además de representar un error sustancial fundado en la
profunda ignorancia e impotencia por percibir la realidad en su plenitud, es
además el medio ofensivo que utiliza el moderno para perpetuarse, la manera
como éste asedia y combate al hombre de la Tradición. Por ello es que la
igualdad es la característica principal que se encuentra en el trasfondo de
todas sus doctrinas. Según la misma todos tendríamos que tener los mismos
derechos, varones, mujeres, niños y adultos, del mismo modo que todos
valdríamos por igual un voto. Y a medida que se despliega la modernidad en su
faz de más profunda decadencia y corrupción cada vez mayor es la manifestación
del principio de la igualdad que en la fase última, terminal y del hierro,
alcanza límites verdaderamente inverosímiles. La democracia igualitaria no es
tan sólo la forma de gobierno del hombre moderno sino que también es su meta
esencial y última, el modo propio de ser que lo distingue. Y el materialismo es
a su vez el correlato metafísico de la democracia como forma de vida. Así como
la masa en que se funda tal sistema es un compuesto amorfo de individuos
iguales que equivalen todos a un voto, violentándose así cualquier diferencia
cualitativa de personalidades, la materia es a su vez un todo homogéneo
compuesto también de átomos o partes iguales. El mundo espiritual, en que se
afinca el hombre de la Tradición es, contrariamente al mundo democrático,
jerárquico, heterogéneo, desigual.
La lucha entre el moderno y el hombre de la
tradición se encuentra pues en los mismos orígenes de la historia universal
como trasfondo último de todas las civilizaciones y es un conflicto que siempre
se halla latente aunque la gran prensa y la cultura oficial jamás hablen del
mismo. Pero agreguemos también que Evola, tal como hemos dicho en otras
ocasiones, no es fatalista, habiendo aquí una diferencia esencial con otros
metafísicos, como el caso del mismo San Agustín; él no cree que en la historia
se opere necesariamente un final feliz. Depende y dependerá siempre de la
voluntad humana la manera y el cómo concluirá el proceso histórico. Caín y Abel
no han terminado aun con su batalla y el final de la misma siempre resultará incierto y abierto.
Es por dicha razón que lo que caracteriza a Rebelión...,
junto con las restantes obras de JE, es que la misma no puede tratarse
meramente de una descripción erudita de la realidad ni tampoco representa una
simple obra de circunstancia. Sí, por supuesto, fue escrita en un momento de
desencanto de Evola respecto de las posibilidades restauradoras y tradicionales
que hubiese podido realizar el fascismo italiano en caso de haberse alejado del
influjo güelfo y burgués, plasmado a través de la firma del Concordato con el
Vaticano. Pero esta mera circunstancia histórica no puede soslayarnos el hecho
esencial de que Rebelión.... es, además de una exposición lúcida y clara
de las diferencias entre estos dos tipos de hombre y de civilización, un
verdadero programa de acción, una verdadera y propia metodología de combate,
brindando al hombre de la tradición los elementos necesarios para derrotar las
insidias de la modernidad. Por ello es que el título de tal obra, Rebelión
contra el mundo moderno, no fuera antojadizo, pues no se trataba de una
mera descripción de una crisis, sino de algo más, de un verdadero manual de
cirugía mayor y no simplemente de anatomía general, no una mera descripción de
una situación, sino un conjunto de medios terapéuticos a fin de salir de la
misma extirpando todas sus metástasis.
Volviendo ahora a lo que decía San Agustín en la
obra aludida, recordemos que, al hablarnos del conflicto entre Caín y Abel, él
hacía alusión a un resentimiento oculto y obsesivo que el primero tenía
respecto del segundo y que lo llevara finalmente a su supresión física. El
mismo consistía en la no aceptación de que aquél hubiese sido elegido por Dios
en su lugar, a pesar de que él consideraba haber cumplido con todos los
preceptos; tal es el sentimiento de la envidia y el consecuente resentimiento
que lo conducirá luego hacia la acción delictiva. El mismo podría traducirse
por la siguiente pregunta ¿Por qué algunos alcanzan a ser inmortales y otros
no? ¿Por qué deben existir diferencias en este mundo? Éste es el aterrador
interrogante que lo atormenta a Caín, quien es incapaz de comprender su propia
condición. Entonces ante ello, por no poder soportar tal circunstancia es que
arriba hacia la negación de la diferencia: el sentimiento y deseo por la
igualdad se funda pues en la envidia y la impotencia, una pasión oculta que se
esconde en el moderno y que desemboca en su intento siempre exasperado por la
nivelación de cualquier diferencia. El mismo se desarrolla como una guerra
oculta y secreta en contra del mundo tradicional tratando de obtener su
aniquilamiento, así como lo hiciera Caín respecto de Abel.
Las técnicas de la guerra oculta son múltiples e
inagotables como las hidras que ornan la cabeza de la Medusa, pues es
característica de aquel que ha fundado en la vida y el cambio su razón de ser
la de poseer también la habilidad secreta de saber adaptarse a circunstancias
cada vez más cambiantes. El imperativo principal del moderno es el de que hay
que suprimir las diferencias y consecuentemente proceder, como con una guadaña,
a nivelarlo todo por lo bajo. Es en función de tal meta, que se le ha
convertido en una verdadera obsesión similar a la de su arquetipo Caín, que
para éste todo vale, cualquier método es aplicable no excluyéndose
siquiera el de la mentira o falsificación, pues en aras de la democracia, su
divinidad adorada, todo se puede y todo se explica. Queda entonces para él
perfectamente justificado, en función del fetiche que se ha fabricado,
falsificar los hechos o al menos interpretarlos en manera tal de que sea
imposible percibir las diferencias. A medida que avanza el declive del mundo
moderno, cada vez son mayores y más siniestros los procedimientos de esta
guerra oculta.
Ahora bien, desde que Evola escribiera Rebelión...,
texto que fue actualizado varias veces hasta su muerte acontecida en 1974,
muchas son las cosas que han sucedido en el mundo y podríamos decir que la
situación desde ese entonces se ha ido agudizando sobremanera, habiéndose a su
vez ido incrementando cada vez más en eficacia y diversificación las tácticas
de la guerra oculta, en especial a través de los procedimientos sutiles de
sugestión operados por lo que hoy ha dado en llamarse como la guerra
mediática. Hoy en día se puede dominar a una nación a través de un elaborado
lavado de cerebro que haga que sus habitantes, como en un estado
cuasi-hipnótico o cataléptico, trabajen en contra de sí mismos y a favor de
tales poderes destructivos sin darse cuenta siquiera de ello a lo largo de toda
su vida y que hasta paradojalmente lleguen a exaltar a sus verdugos como si
fuesen sus verdaderos salvadores. Todas nuestras políticas económicas
deletéreas de los últimos cuarenta años son una prueba irrebatible de lo que
afirmamos. Éste es pues hoy en día el procedimiento principal de la guerra que
se vive, guerra silenciosa, sutil, dirigida con pluralidad de medios hacia el
inconsciente colectivo, siendo su forma la más artera de todas, propia de los
tiempos últimos. La moderna tecnología ha facilitado hasta límites asombrosos la
técnica de mentir y de engañar a los pueblos habiendo incrementado en
posibilidades esa guerra oculta de la que hablaba nuestro autor.
El otro elemento esencial y concurrente con el
anteriormente mentado es que E. no asistió al final de la guerra fría y a la
consecuente caída del comunismo y por lo tanto no presenció el fenómeno hoy
universalizado del mundo unipolar y globalizado que vivimos en nuestros días en
donde comunismo y capitalismo, luego de medio siglo de oposición
irreconciliable, se han finalmente abrazado en una unión fraternal. Sin embargo
ha sido profética en su tiempo la calificación que nos diera del Quinto
Estado, comprendido como un proceso gradual que confluiría en una síntesis
que tarde o temprano habría de sobrevenir entre esas dos grandes anomalías o
formas de vida intrínsecamente gemelas y en falsa contraposición.
Cuando E. escribía, y aquí hay que ver la diferencia
que existe entre su edición de 1934 y su última revisión de 1972, el último
intento de reacción antimoderna había ya sucumbido con la derrota de 1945 y
desde ese entonces nada nuevo ni similar había aparecido aun en el horizonte.
Han tenido que pasar más de cincuenta años como para que el mundo moderno,
luego de la primavera fascista, incompleta y fallida, recibiera una demoledora
reacción de parte del mundo tradicional. Me refiero aquí, sin continuar ya más
con prolegómenos, al hecho esencial que fuera el 11 de septiembre de 2001. Un
fenómeno nuevo, acontecido no en el seno de nuestra civilización o religión, es
decir desde el Occidente, sino desde el cercano Islam, y que ha sido bautizado
con el nombre de fundamentalismo, y que aceptamos como calificación provisoria
ya que es un término claramente indicativo, ha puesto en jaque radicalmente a
la civilización moderna. Y no decimos como algunos solamente norteamericana,
sino también, por extensión, europea y rusa, en tanto las tres son por igual
expresiones de un mismo universo, así como en la época en que Evola escribía lo
fueran el comunismo y el capitalismo, es decir en todos estos casos, de un
mundo de individuos, de máquinas, de masas. Aprovechemos la ocasión para
decirlo con franqueza: nosotros no queremos salir del lazo que nos asujeta a
Norteamérica para lanzarnos al abrazo protector de europeos o rusos. Son todos,
utilizando la expresión heideggeriana, metafísicamente iguales. Al respecto
quiero hacer notar aquí como hoy en día dos autores europeos, en apariencias
contrapuestos, de izquierda uno y de “derecha” radical otro, me refiero en este
caso a Oriana Fallaci en una obra a punto de salir en estos días, pero
anticipada en sus conceptos esenciales por el diario La Nación y a un
tal Guillaume Faye, en su increíble texto titulado El arqueofuturismo
(una verdadera suma de dislates que no lo mencionaríamos aquí de no ser que
este último pretende confiscarlo a Evola para sí convirtiéndolo a su entero
pesar en un “pensador occidental”, aunque aclaremos que no existe nada mas
antievoliano que tal escrito), así como también católicos integristas del
estilo del Padre Sáenz en nuestro suelo, llaman a la unidad europea y
“cristiana” en contra del Islam, el cual representa para ellos el principal
enemigo del “Occidente”, siendo en cambio los verdaderos amigos del mismo, los
presidentes Bush y Putin y ¿por qué no? También, de acuerdo a tal punto de
vista, aunque los de derecha no se animen a decirlo abiertamente, lo serían
Sharon y el Estado de Israel que combaten también al mismo enemigo. Lo que le
critican a Norteamérica es que es poco habilidoso y torpe en su combate contra
el Islam y que tal función le correspondería a los europeos por tener a cuestas
más siglos de modernidad. Faye nos aporta su cuota original al hablar de
eurorusos o “eurasiáticos”, es decir en recordarnos que los rusos también
tendrían que entrar en el banquete. Es increíble corroborar como para esta
gente, en todos estos análisis que se hacen, nosotros los que vivimos en el
hemisferio sur deberíamos seguir permaneciendo siempre en un estado de
subordinación respecto del norte u “Occidente” que ellos representan, sin saber
exactamente por qué deberíamos aceptar permitirles a ellos seguir disfrutando
de su confort a costa de nuestra constante expoliación de riquezas. De paso
digamos que esto ultimo no es algo meramente verborrágico e inofensivo, pues
aquellos que hoy alaban al tirano Putin, el mismo que ha masacrado a 200.000
chechenios (incluyendo a niños), olvidan que éste junto al Estado de Israel ha
sido el principal sostenedor del presidente Bush en las ultimas elecciones.
Todo esto sirve para demostrarnos una vez más que el problema propiamente no es
el Occidente, sino la modernidad, de la cual participan por igual tanto
Norteamérica como Rusia y la Europa mercantil con todos los laderos como los
que acabamos de mencionar. Por supuesto que no se trata aquí del Occidente de
Platón, Plotino o Federico de Hohenstauffen, sino de esta patología
tecnocrática, materialista y consumista en la que hoy se nos quiere obligar a
vivir. Podrá haber diferencias secundarias entre estas expresiones, sin embargo
todas por igual conciben un mundo en donde no existe más ni el espíritu ni la
persona, sino meramente el confort, el consumo y la democracia. Así pues
podemos decir que somos antinorteamericanos, de la misma manera que somos
también antirusos y antieuropeos. Es decir estamos en contra de todas las
diferentes expresiones que representan esa gran anomalía histórica que es la
modernidad.
La reacción fundamentalista que se inaugurara con la
revolución iraní del ayatollah Khomeini en 1979, ayer en una postura meramente
defensiva, hoy asume en cambio una dimensión de franca ofensiva. Coincidimos en
decir que el hecho liminar que ha puesto una nueva bisagra en la historia ha
sido lo que se conociera como el atentado de las Torres Gemelas. Frente
a la contundencia de tal acto que demostró que con una insignificante
disposición de medios se puede ser capaz de poner en jaque al principal
exponente de tal civilización anómala, el enemigo moderno ha debido agudizar
hasta límites inauditos su imaginación para perfeccionar sus tácticas de guerra
oculta, aprovechando su gran capacidad mediática, procedimiento éste que le
permite cubrir sus déficit esenciales de heroísmo, pues sólo existe un heroísmo
verdadero allí donde la simple vida y el exasperado cuidado por el propio
pellejo no son las metas supremas. No casualmente el moderno, y englobamos aquí
a un vasto espectro de personas que van desde el presidente Bush hasta nuestros
vernáculos ex militares carapintadas, hoy abocados en nuestro país a hacer
carrera política y periodística, califica despectivamente como “suicidas” a
quienes se inmolaron por una causa heroica. Resulta llamativo que quienes se
rindieron sucesivamente, cada vez que las circunstancias les ofrecieron el
privilegio de las armas, hoy se atrevan a descalificar a los que han dado su
vida en contra de ese mismo enemigo que ellos fueron incapaces de combatir
hasta el final y con el cual en cambio hoy hipócritamente están dispuestos a
participar de sus banquetes electorales. Digamos que los entendemos, aquel para
el cual, a la manera moderna, la vida lo es todo, renunciar a ella representa
un acto suicida y despreciable.
Pero volvamos a las técnicas actuales de la guerra
oculta. Una vez que se ha despreciado al adversario descalificando moral y
hasta religiosamente su causa (sectores católicos como los de la revista Cabildo
califican a tales mártires como pecadores) el paso siguiente es el de restarle
entidad. La táctica es aquí la de la negación. La misma parte del
principio de que el mejor de todos los adversarios es aquel al que se le han
negado la mayor cantidad de atributos. Así pues, frente a la ofensiva
fundamentalista, tal táctica acude hoy en día a los siguientes asertos: no
existe Bin Laden, (bueno, ahora luego de su aparición pública esa pobre gente
ya no lo puede decir tan categóricamente, aunque los hay tan necios que llegan
a decir que se trata de un doble puesto para favorecerlo a Bush), no existió el
atentado, no existe tampoco el fundamentalismo islámico ya que es un mero
producto de los servicios de inteligencia (CIA), no estalló un avión en el
Pentágono, no existieron los “pilotos suicidas” o “estrelladores de aviones”,
etc.; y en función de la aceptación de todas estas inexistencias no se hesita
en aceptar al mismo tiempo aun la descalificación moral de los Estados Unidos.
En verdad esto es lo menos importante para ellos. En un mundo en donde el mero
éxito en la acción lo es todo, el moderno sabe que la moral es nada más que una
cobertura relativa y variable en función de los propios intereses. Hasta ha
inventado una teoría de la doble verdad, la que establece las diferencias entre
la moral privada y la pública.
Una verdadera catarata de libros e investigaciones, best
sellers en su inmensa mayoría, ha sido escrita con la finalidad expresa de
restar importancia al heroico acto del 11S y a todas sus secuelas posteriores
de guerra incondicional en contra de la modernidad. Nosotros, por razones de
espacio, no podemos contestar a todas las objeciones que aquí se han formulado,
aunque sí lo venimos haciendo en distintos comunicados del Centro de
Estudios Evolianos. Sin embargo, en tanto no queremos permanecer ajenos ni
un minuto al combate que se ha iniciado y en aras de abatir al enemigo y
develar sus sofismas engañadores, en perfecta sintonía con el accionar de los
héroes que un 11S aplicaron un demoledor golpe a la modernidad, porque,
insistimos, la guerra actual es principalmente psicológica y mediática, vamos a
proceder a refutar aquí a uno de los textos más conocidos en que se funda toda
esta impostura armada para contrarrestar la aludida ofensiva. Nos referimos
específicamente a la obra del autor francés Thierry Meyssan, curiosamente
titulada La terrible impostura, cuya finalidad es demostrar entre otras
cosas (ya que éste no es el único argumento de su libro) que el 11S no se
estrelló un avión en el Pentágono. Antes de entrar a contestar este verdadero
panfleto grotesco y fraudulento, contestémosles a aquellos que en una misma
tónica sostienen con una convicción cuasi religiosa que Bin Laden no existe
simplemente porque el todopoderoso ejército norteamericano no lo ha podido
detener y que además en caso de que ello no fuera cierto, se habría hecho
inoperativo porque le congelaron los fondos bancarios (por más que comprendamos
que en la sociedad moderna estar sin fondos y carecer de créditos bancarios
quiere decir no existir o en todo caso ser un cartonero, que es lo mismo) (1)
Por otra parte digamos que ya Bin Laden se ha encargado por su cuenta de
contestarles a tales personas. Sin embargo a toda esta gente que ni siquiera se
rinde ante la evidencia, le decimos que preferimos que se siga creyendo en
tales dogmas antes de tener que mostrarles que estaban profundamente
equivocados, tal como sucedió con Saddam Hussein cuyo lamentable
encarcelamiento representó un también lamentable papelón para quienes sostenían
con una suficiencia digna de ignorantes que no iba a aparecer nunca porque era
él también un agente de la CIA. Pero digamos que, más que el papelón y
vergüenza de tales personas, nos interesa que la causa del fundamentalismo siga
viva y triunfante como hasta ahora, representando cada día que pasa, sin la
detención de Bin Laden, del Mulah Omad o de Al Zarqawi entre otros, una dura
derrota para el enemigo moderno. El fundamentalismo islámico, tal como lo hemos
dicho en distintas oportunidades, es tradicional en tanto considera que el
Cielo y la eternidad son las metas supremas para el hombre, y que en función de
su triunfo es justificable el sacrificio de la propia vida, todo ello
independientemente de la religión o cultura a la que éstos pertenezcan.
Yendo ahora precisamente a la obra de Meyssan
digamos en primer término quién es esta persona y qué pretende afirmar en su
libro. Es dable señalar aquí que la obra no se remite meramente a hablar de la
inexistencia de un avión en el atentado contra el Pentágono, sino que pretende
ser un texto que serviría principalmente, a partir de tal pretendida
revelación, para respaldar el trillado argumento de que en realidad el 11S fue
un verdadero montaje armado por ciertos sectores poderosos de los EEUU para
justificar acciones imperialistas por todo el planeta, especialmente en el
Medio Oriente en donde se encuentran las principales riquezas petroleras. El
tema del avión que no habría explotado en el Pentágono representaría para él
tan sólo la prueba principal de lo que afirma. Ahora bien, vayamos a los
antecedentes que facultarían a esta persona para hablar con propiedad de tal
tema. ¿Quién es el Sr. M.? Leamos lo que de él se dice en la solapa de la obra.
Se trata de un periodista francés dedicado a la investigación. ¿Pero cuáles son
sus títulos académicos y antecedentes al respecto? Cualquiera pensaría, a
primera vista, que se trata de un experto en cuestiones de explosivos, y que su
libro podía ser algo parecido a lo que fuera el Informe Leuchter, un
ingeniero especialista en cámaras de gas que negaba con argumentos científicos
que en Auschwitz hubiera habido tal instrumento de exterminio, o en nuestro
país el informe del arquitecto De León, experto argentino en explosivos, quien,
a través de un peritaje, negara que en el atentado a la Embajada de Israel de
Buenos Aires hubiese estallado un coche bomba, y que por lo tanto nos habla con
autoridad cuando expresa que las pruebas que posee demuestran a ciencia cierta
que no fue un avión lo que estalló contra el Pentágono, sino un misil. No,
Meyssan es simplemente un licenciado en Teología sin el más mínimo antecedente
para explayarse sobre el tema. Ahora bien, resaltemos además la curiosidad de
que entre quienes creen a pie juntillas en su hipótesis, son en su mayoría
personas que pertenecen o dicen pertenecer a nuestro mismo bando. Es decir
sujetos que se autotitulan como antinorteamericanos en cuanto a los principios
o incluso en algunos casos como antimodernos y hasta los hay evolianos. Pues
bien, aclarémosle a estos últimos cuál es la ideología del Sr. Meyssan. Siempre
de acuerdo a los antecedentes que figuran en la aludida solapa, nos encontramos
con que es el secretario del Partido Radical de Francia, es decir, un partido
encuadrado dentro del contexto de la extrema izquierda progresista y además,
por si fuera poco, ha sido durante tres años coordinador del Comité nacional
de vigilancia contra la extrema derecha. Es decir, se trata de un exponente
izquierdista del antifascismo que curiosamente alimenta con sus delirios a
muchas personas que en la actualidad sustentan justamente la ideología que él
combate con vigor. Digamos pues que esto último representa una de las tantas
incongruencias de la vida política que hoy vivimos y que sólo se explica en el
hecho de que quienes sostienen determinados puntos de vista, en realidad no se
han documentado lo suficiente. En conclusión, se trata aquí de alguien signado
por una cierta aversión ideológica que intenta con pretendidas pruebas ratificar
sus prejuicios. Pero vayamos al argumento principal que pretende aportarnos el
autor ¿Cuál es la razón por la que considera con tanta convicción que el 11S no
estalló un avión en el Pentágono? Aunque cueste creerlo la prueba principal es
la que se exhibe en la tapa de su libro, es decir, simplemente porque en
tal fotografía y otras similares no
aparecen restos de avión alguno. Prueba ésta realmente ridícula pues
recordemos que tampoco aparecen restos de avión en las fotos que se nos
muestran de las ruinas de las Torres Gemelas y no por ello nadie se atrevería a
decir que no estallaron aviones en su contra. Claro que la diferencia entre
ambos acontecimientos fue que en este último caso hubo cámaras que lo filmaron,
en cambio en el Pentágono no hubo ninguna. Imaginémonos pues, en razón de la
tiranía mediática que hoy nos gobierna, todos los libros que se hubieran
escrito en caso de que la televisión no hubiese filmado con lujo de detalles la
voladura de las Torres. Y al respecto digamos también que Bin Laden, que es un
gran estratega, entre otras cosas sabía que, en función de las características
que posee la guerra moderna, para que la acción fuese plenamente exitosa, debía
ser, además de contundente en su capacidad de destrucción, irrebatible también
en el plano mediático, que es aquel en donde hoy se dirime la guerra moderna;
que no era suficiente sortear los radares del enemigo, sino principalmente su
instrumento esencial cual es la televisión y el consecuente control mediático
que ésta posee sobre las conciencias de las personas. Es decir, debía actuar en
modo tal de que no permitiese darse cabida a duda alguna respecto de la misma,
aun de las más descabelladas, como las de Meyssan. Por ello es que pergeñó dos
atentados en tiempos diferentes de aproximadamente media hora entre sí, en un
mismo lugar, porque sabía que la televisión iba a estar presente al menos en el
segundo. Con las Torres sucedió que lo estuvo en ambos, porque dio la
casualidad de que en el primer caso estaba filmando un homenaje a los bomberos
de Nueva York e involuntariamente documentó lo acontecido. El segundo en cambio
fue captado por distintas cámaras. De modo tal que no pudo decirse que lo
sucedido fue un misil o un simple accidente aéreo. Con el Pentágono iba a
suceder lo mismo, pero el segundo avión no pudo llegar a su objetivo por
razones que nunca podremos saber de manera definitiva. Varias cámaras entonces
lo habrían filmado y el panfleto de Meyssan entonces nunca se habría podido
escribir.
Pero agreguemos que ésta no es la única “prueba” que
nos aporta, aunque para él sería la más contundente. Hay otra que consistiría
en la sospechosa conducta de los sofisticados radares del Pentágono que no
fueron capaces de rastrear en ningún momento el pretendido avión, lo cual para
él resulta un imposible y por lo tanto una prueba más de la conjura. Pero por
otro lado nos reconoce como un hecho aparte (y aquí manifiesta su profunda
ignorancia tecnológica, que afortunadamente no es la nuestra por haber vivido
la guerra de Malvinas) que el avión, de haber existido, tendría que haber
volado a una altura de casi al ras del suelo para poder impactar en un edificio
bajo como el Pentágono, lo cual también le llama la atención pues es algo
solamente realizable por un piloto sumamente avezado. Digamos que este último
argumento contesta el por qué el avión no fue rastreado por el radar.
Justamente en la guerra de Malvinas los aviones que transportaban los misiles
Exocet que iban a ser lanzados contra la flota británica también volaban al ras
del mar para evitar ser detectados por los radares. Pero por otra parte hay una
constante a resaltar aquí y es que todos estos autores encargados de
explicarnos grandes confabulaciones están en el fondo convencidos de que
Norteamérica es una nación invencible y de que si se equivoca es tan sólo
porque lo ha hecho a propósito. Por otro lado digamos que, además de no
compartir su admiración, es de destacar también que en toda acción victoriosa
no solamente entra a tallar la habilidad del vencedor, sino además la torpeza e
ineficiencia, o simplemente los errores del que perdió. El cual por supuesto
nunca los reconocerá públicamente.
Estas dos pruebas endebles, insistimos las únicas
que esgrime el autor para sustentar su audaz hipótesis, le dan pié para afirmar
otras barbaridades del mismo tenor o más insólitas todavía. La teoría que nos
pretende demostrar es que hubo un complot. Anticipemos de quien. Por supuesto
que no de izquierdistas, es decir de personas pertenecientes a su ideología,
sino de integrantes de la extrema derecha que él vigila, como el Ku-klux-klan,
los nazis, los fachistas, los servicios de inteligencia, la CIA, el FBI,
verdaderos entes demoníacos que quieren meter al mundo entero en un gran
asador. Ahora bien, estas personas que tienen el poder sin embargo no se
suicidan. Ningún agente de inteligencia puede ser tan tonto como para renunciar
a esta vida moderna y placentera. ¿Cómo resolver entonces la cuestión de los
aviones de las Torres Gemelas en donde no se puede negar que fueron tales pues
los filmó toda la televisión? Aunque no se crea Meyssan nos dice que no hubo
“suicidas” (es decir mártires), sino que todo fue obra de pilotos automáticos
actuados en consonancia con balizas que estaban en las Torres, las que
atrajeron hacia sí a los aviones para prender así una gran mecha que hizo luego
estallar sus objetivos. Claro que lo que no puede hacer al respecto, salvo
llevar hasta límites inverosímiles su intriga, es cómo explicar todas las
llamadas de celulares que desde los aviones hablaban de un secuestro en vuelo,
o también qué hacían los pilotos de los mismos cuando eran suplantados
mecánicamente por un robot. ¿Dónde están sus comunicaciones con los aeropuertos
denunciando tal anomalía en vuelo? El autor tampoco se traga la teoría de que
el calor del combustible quemado hizo derretir las columnas de acero de las
Torres, sino que según él, aunque no lo pueda ratificar con ningún testimonio
al respecto, habría habido explosivos en éstas, puestos por los mismos que
instalaron las balizas. Hasta aquí todo suena a sumamente inverosímil y además
no sale para nada del terreno de las conjeturas. Pero henos arribar la prueba
para él decisoria de que no hubo “suicidas”. Resulta que el FBI encontró entre
los escombros nada menos que el pasaporte del principal de uno de ellos,
Mohamed Atta. Se pregunta al respecto ¿cómo puede ser que con semejante
incendio y explosión haya podido hallarse tal pista? Indudablemente habría sido
puesta a propósito para despistar e incriminar al fundamentalismo hallando así
la excusa para invadir Afganistán. Llama la atención que esta evidencia, la
cual se la podemos reconocer sin inconveniente, no haya sido interpretada en
otra manera que no sea la que es más ventajosa para la hipótesis de Meyssan. No
se entiende cómo, si los servicios de inteligencia son tan astutos e
inteligentes como sostiene el autor, hayan podido acudir a una prueba tan
torpe, a no ser que se piense que no lo son y que inventen algo tan absurdo
para dar cabida a obras como la de Meyssan encargadas de incriminar a los “fachistas”
y ensalzar a su vez la omnipotencia de los norteamericanos.
La otra evidencia que tendría el autor sería el
hecho de que en todos estos pretendidos atentados murió muy poca gente. En el
Pentágono la explosión fue en una parte en refacción, por lo que apenas
falleció un general (parece que era porque no lo querían) y en las Torres le
avisaron a la mayoría de que no fueran a trabajar. Resulta curioso, de ser así,
que nadie diga nada al respecto, ni que tampoco proteste ninguno de los
parientes de las tres mil personas por qué a ellos no se les avisó. La única
prueba que aporta es una información de la empresa de seguridad Odigo,
cuyo gerente, Michel Micover, manifestó que recibió una orden de sus superiores
de dar un asueto para ese día. Acotemos que la empresa aludida era de capitales
judíos, lo cual a su vez permitió que rápidamente varios de nuestros nazis o
colaterales, que ven conspiraciones judaicas por todas partes, siendo así
funcionales a los intereses de los judíos, pusieran el grito en el cielo
diciendo: “Eureka” fue el Mossad de Israel el que hizo el atentado para
justificar acciones de represalia en el Medio Oriente”. A lo que Meyssan, un
pacifista de izquierda, que por lo tanto no puede adherir a tal hipótesis,
expresa que, aun reconociendo que se trataba de judíos, sin embargo al parecer
en esa empresa había también muchos goims trabajando. Claro, lo que ni
los nazis ni Meyssan nos dicen o no le prestan atención es a la fuente de dónde
provino tal especie periodística. Adivina adivinador. ¿Fueron los empleados
cristianos de la empresa los que se presentaron a los medios a difundir tal
revelación? ¿Fue el Ku-kux-klan el que lo dijo para incriminar a los judíos?
No, fueron nada menos que los mismos judíos a través del diario sionista e
israelita Ha’aretz, el que lanzó tal especie. Ahora bien, nos
preguntamos: ¿por qué los judíos habrían de difundir tal noticia? Luego
contestaremos por qué son los nazis los que más les creen a los judíos. Con
respecto a lo primero porque consiguen un doble objetivo. El primero es el
mismo que la inteligencia norteamericana. Obtener un manto de inmunidad
respecto de su capacidad militar. Si algo grande nos ha sucedido es porque sólo
nosotros nos lo hemos podido producir. No existen en el mundo personas capaces
de inferirnos daños. Ésta es la primera parte del mensaje. La segunda es la que
comparten con los nazis que les resultan funcionales. Pueden así decirnos con
soltura: “Ven, resulta que siempre tenemos la culpa de todo lo que pasa. Si los
judíos no existiesen habría que inventarlos”. Una vez más tenemos aquí la
victimización que les permite cometer libremente tropelías por el planeta
entero.
Por último nos queda lo que nos dice respecto de Bin
Laden. El autor da por supuesto que fue un agente de la CIA durante la guerra
de Afganistán contra los soviéticos. Sin embargo soslaya el hecho de que en
dicha contienda, salvo lo manifestado en las películas de Rambo, los
norteamericanos no pisaron suelo afgano para evitar un conflicto diplomático
con la URSS. El aludido Bergen hace notar como tal afirmación es apenas una
teoría sin ninguna prueba que lo sustente. Agregando a su vez que Bin Laden
nunca estuvo en EEUU, que no habla su lengua ni por lo tanto estudió en
universidades yanquis como maliciosamente se afirma, sino en una saudita, la de
Rey Adbul Aziz. Noten Uds. la mala fe de Meyssan quien,
cuando la menciona en su libro, lo hace en traducción inglesa, es decir la
llama King Abdul Aziz University, lo cual sería lo mismo que si
dijésemos: Fulano de tal estudió en la Buenos Aires University y no en la
Universidad de Bs. As. como correspondería. Ello es hecho a propósito como para
crearnos la idea de que estuvo estudiando en los Estados Unidos. Además Bergen
hace notar también que ya durante la guerra contra los soviéticos Bin Laden se
declaraba como antinorteamericano. Habiendo manifestado textualmente: “Estados
Unidos debe retirarse del País de los dos Lugares Santos” (lo que se conoce
como Arabia Saudita, pero que no aceptaba mencionarla por tal nombre por su
rechazo hacia la dinastía saudí). O también: “Estos norteamericanos trajeron...
mujeres judías que pueden moverse con entera libertad en nuestra tierra santa”.
Etc.
Lo
increíble es que nada de todo esto sea mencionado por Meyssan, y no sólo, como
los otros autores afines a su postura, no nos aporta pruebas respecto de la
pretendida pertenencia a la CIA por parte de Bin Laden, sino que se arriesga a
afirmar que sigue perteneciendo a tal agencia, lo mismo que su organización. No
sabemos si seguirá diciendo ahora lo mismo pues su libro fue escrito a pocos
meses del atentado del 11S, pero nos gustaría poder preguntarle. ¿Por cuales
razones la CIA hizo explotar también los trenes de Atocha? Si sus atentados
eran para hacer entrar a países en la guerra del Medio Oriente, con este
atentado se logró en cambio que España saliera de la misma. ¿Por cuales razones
hace que se degüellen rehenes, como en el caso de los filipinos por lo cual
también se hizo salir a tal país de la contienda? ¿Y por cuáles causas dinamitó
el hotel Hilton de Egipto ocasionando la muerte de medio centenar de ciudadanos
judíos? ¿Si era también para justificar represalias, por qué no les avisó antes
como en el caso de las Torres? Ni qué decir de los incesantes atentados
cometidos por Al Qaeda en contra de las tropas norteamericanas. ¿Qué nos podrá
decir de todo esto el “gran impostor” Meyssan?
Unas
palabras finales respecto de Bin Laden. No existe persona en la actualidad de
la cual se haya distorsionado tanto como la del aludido saudita. En primer
término se dice que es un empresario multimillonario, lo cual es totalmente
falso. Su única empresa es la de llevar a cabo una gran guerra santa en contra
del occidente materialista y decadente. Es cierto que ha tenido una importante
fortuna, pero la misma fue heredada de su padre fallecido en un accidente
aéreo. Lo interesante a destacar aquí es que él la ha puesto a disposición
absoluta de su causa. Él podría haber disfrutado de una vida burguesa y sin
sobresaltos, sin embargo ha preferido transcurrir sus días en las heladas
montañas de Tora Tora en Afganistán. El aludido Bergen, único periodista
norteamericano que lo entrevistara, recuerda como tosía insistentemente por el
frío padecido en tal inhóspita región. Él pudo constatar de su entrevista que
se trata de una persona de arraigadas creencias religiosas y que su influencia
en Al Qaeda es la de un verdadero líder y maestro espiritual. Creemos
que no se equivoca tampoco en equipararlo a una figura legendaria del Islam
como la del Viejo de la Montaña, líder espiritual de la secta de los Assassins
durante la Edad Media y gestor de una renovación espiritual dentro de la propia
religión, encargada entre otras cosas de la eliminación de herejes que ocupaban
cargos importantes en su estructura a fin de que la misma no se aburguesara. Es
de esperar que se cumpla con otra de las características que tuviera tal grupo
cual fue la de establecer en plena guerra de las Cruzadas un diálogo fluido con
la Orden de los Templarios en el seno de la Cristiandad, en aras de
buscar la unión metafísica y trascendente entre las grandes religiones. Quizás,
para que ello se reitere, sea necesario que en el seno de la nuestra se recree
tal orden y al decir de Juan Manuel de Rosas “se golpee con la tiara a la
polilla que la carcome”.
Finalicemos
la exposición diciendo que habiendo pasado setenta años de la edición italiana
de la obra y 10 de la primera versión al castellano finalmente en el mundo ha
aparecido un movimiento que, siguiendo lo anticipado por nuestro autor, ha
hilvanado una verdadera y propia Rebelión contra el mundo moderno.
(1) En su obra “Guerra Santa S.A.”, Peter
Bergen, quien fuera el único periodista norteamericano que lo entrevistara a
Bin Laden poco antes del 11S, afirma que, como Bin Laden quiere ser coherente
con sus principios islámicos, no depositó nunca sus fondos en los Bancos
occidentales porque el Corán prohíbe la práctica de la usura, por lo tanto lo
hace en Bancos de origen árabe acordes con tales principios. Es decir que por
tal causa los fondos nunca le fueron realmente congelados.
(Texto de la Conferencia dictada el pasado 4-11-04 en la sede del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires)